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He acompañado cuatro muertes que la sabiduría médica hubiera podido acortar y aliviar.

La primera en el año de 1982 mientras convalecía de la operación de un quiste pilonidal. Volví de los anestésicos antes del amanecer en medio de los aullidos de una mujer que agonizaba en la cama vecina. Nos separaba sólo una de esas altas cortinas con ruedas que hay en los hospitales. La mujer tomaba aire roncamente y lo exhalaba en una queja entrecortada y repetida, como su respiración. Cada tanto oía su voz exhausta y desfalleciente decir: “Déjenme, déjenme”. Al amanecer oí a través de la cortina que su médico y sus hijos decidían ponerle una transfusión. Me cambiaron de pabellón por la mañana y me dieron de alta al día siguiente. Antes de irme pregunté a la enfermera por la mujer que había oído agonizar junto a mí. Me dijo: “Esta madrugada descansó”. Hice mis cuentas: sus hijos y su médico le habían regalado con la transfusión un día más de dolores terminales.

05-dignidad

Segunda: En el mes de octubre del año 1991 mi tía Luisa Camín ingresó de urgencia al Hospital Inglés con un cuadro agudo de peritonitis. La salvaron de la peritonitis mediante una operación de varias horas. Salió del quirófano en estado crítico para una convalecencia en terapia intensiva, en la que pronto necesitó una traqueotomía, de la que nunca pudo regresar. Murió tres meses después, entubada y lúcida, consciente de su larga muerte. Murió encerrada en la trampa hospitalaria de nuestro tiempo que consiste en lo siguiente: no te pueden curar pero tampoco te pueden dejar morir.

Tercera: Por aquellos mismos días mi sobrino Eduardo, de dos años, bebía un atole de arroz al tiempo que roía un bolillo. Mal tragó de ambas cosas y empezó a ahogarse. Cuando sus padres lo pusieron en manos de la joven doctora del Hospital de México que iba a atenderlo, Eduardo llevaba varios minutos sin respirar. La joven doctora lo rescató de su asfixia y devolvió a sus padres el cuerpo vivo del niño pero en condición vegetal. El niño vivió siete meses más en esa condición, en un cuarto de su casa, junto al de su padres y al de su hermano, bajo los cuidados de dos enfermeras. Por las noches a veces emitía algo parecido a un chirrido metálico, una queja mineral. Los doctores explicaban que era un ruido reflejo producto de descargas maquinales del bulbo raquídeo. No un grito de dolor, sólo un chasquido de la vida vegetativa para vivir la cual habían impedido su muerte.

Cuarta: En mayo de 2005 recibí en la ciudad de Oaxaca la noticia de que mi madre había ingresado al hospital de emergencia, inconsciente, con los pulmones quemados por una broncoaspiración severa ocurrida durante el sueño. Tenía de por sí tomados dos tercios de los pulmones por un enfisema, de modo que cuando el médico me dijo que la broncoaspiración había quemado la parte pulmonar sana, entendí que mi madre había muerto y que lo que nos faltaba era sólo el desenlace maléfico de su agonía. Esto es: que no la dejaran morir.

No la dejaron morir, en efecto, durante veintidós días de terapia intensiva, días que pasaron interviniéndola y equilibrándola, de esto y de aquello, del agua en la pleura, de la albúmina en la orina, de la infección en los riñones. No hubo médico que dijera lo que todos sabíamos pero no queríamos decir: que era imposible salvarla, que lo único que podían hacer era no dejar que se muriera aunque de hecho estuviera muerta. En el día veintitrés finalmente los médicos dijeron que no había nada que hacer y autorizamos que la desconectaran de sus tubos. A la fecha no sé si, dadas nuestras leyes, cometimos un crimen. Cuando la desconectaron, vi su piel ponerse amarilla y el ceño de su frente desaparecer. Hay algo hermoso en la desaparición del dolor y de la angustia en el rostro de un agonizante que acaba de morir.

 

En las cuatro historias que acabo de contar hay varias constantes. La primera es que los pacientes están en trance inevitable de muerte. La segunda es que los médicos no lo dicen con la claridad con que lo ven: mienten o callan, piadosamente, para confortar a los parientes, para no ser ellos los odiosos mensajeros de la muerte. La tercera es que todos estos moribundos podrían haber tenido una muerte mejor si el médico y los parientes hubieran aceptado la realidad y hubieran dejado que su muerto en vida se muriera de su propia muerte, sin prolongar esa falsa forma de la vida que se ha vuelto la especialidad, y el negocio, de los hospitales modernos: no dejar que la gente se muera cuando es obvio que prolongar su agonía es una forma involuntaria de la crueldad. También es una muestra de poca seriedad moral y profesional ante la muerte.

Los cuatro rasgos comunes a estas muertes diferidas artificialmente son: primero la mentira médica, luego el empecinamiento curativo, luego la captura hospitalaria del paciente, por último la condena a una mala agonía.

El médico es responsable de prácticamente todas estas fases del maltrato terminal, pues es él quien empieza por no decir cabalmente lo que sabe del paciente cuando su saber no tiene ninguna rendija de esperanza y está frente al muro seco, la autoridad imperiosa y perentoria de la muerte. Le siguen en responsabilidad, desde luego, los parientes del moribundo que nada quieren saber claramente del hecho terminal que tienen enfrente. Tampoco quieren ahorrar esfuerzos de salvamento, aun si los esfuerzos son inútiles y sus resultados son terribles para la dignidad agónica de su ser querido.

 

Hay una muerte elegida que me parece un modelo de trato con la muerte. Es la muerte de Freud. A riesgo de repetir lo que todos saben, vuelvo a contar esta historia porque su final es la antípoda de las historias que he referido, y porque conduce a las categorías correctas de juicio respecto del endemoniado asunto que nos reúne: la reflexión sobre la muerte digna.

La historia de la muerte de Freud que he podido reconstruir es como sigue: En el mes de abril de 1923, a los 67 años, Freud llamó a su médico de cabecera, colega de su círculo psicoanalítico, Félix Deutsch y le dijo: “Prepárese para ver algo que no le gustará”. Le mostró entonces lo que había en el interior de su boca. Deutsch vio con toda evidencia una forma de cáncer maligno llamado epitelioma. Dijo sin embargo a su maestro que se trataba sólo de una leucoplasia, una lesión también severa de la piel pero de índole precancerosa. Luego de tranquilizar a Freud con esta mentira, Deutsch contó su decisión al círculo de doctores cercanos a Freud, su pequeña y célebre tribu. Todos convinieron con Deutsch en las ventajas de haberle ocultado la verdad al maestro.

Deutsch contó después que en el momento de la consulta sobre su epitelioma Freud acababa de perder a un nieto de seis años, por tuberculosis, y que en esas condiciones de duelo y dolor, la noticia sobre su propio cáncer fatal le hubiera provocado un infarto.

En el inicio de su relación como médico y paciente, Freud había preguntado a Deutsch si, llegado el momento, lo ayudaría a “desaparecer con decencia de este mundo”. Deutsch había dicho que sí, y éste era su pacto de médico y paciente con el maestro.

El epitelioma de Freud, desde luego, siguió su camino y hubo que operarlo. Llegado a este punto, Freud entendió que Deutsch le había mentido y lo eximió en adelante como su médico de cabecera. Tratando de exculpar a Deutsch, otro de los doctores del círculo dijo a Freud que todos habían convenido en ocultarle la gravedad de su mal. Freud respondió iracundo: “¿Con qué derecho?”.

Rompió su relación con Deutsch y empezó una con un joven internista llamado Max Schur, cuarenta años menor que él, con quien estableció un pacto de confianza profesional que el ahora fatalmente enfermo maestro de Viena resumió en dos principios. Primero, como médico y paciente siempre se dirían la verdad. Segundo, dijo Freud a Schur: “Cuando llegue el momento no me dejarás sufrir innecesariamente”.

Ahorro los incidentes de este pacto, iniciado en 1926. Trece años después, luego de unas treinta cirugías y radiaciones contra el epitelioma de la boca que le comía la vida, es decir, luego de pelear como un poseído contra su enfermedad, un estragado Freud hizo venir a Schur a su departamento de Londres, el 21 de septiembre de 1939. Le dijo: “Mi querido Schur, desde luego recuerdas nuestra primera conversación. Me prometiste entonces que no me abandonarías cuando me llegara la hora. Lo de ahora es una tortura y ya no tiene sentido”.

Schur dijo que en efecto, no había olvidado. Vio a Freud “respirar con alivio”. Freud le tomó de la mano y le pidió que informara a su hija Anna de la decisión. Anna supo de la decisión de su padre por boca de Schur. Aceptó con protestas lo que oía pero al final agradeció a su padre que se hubiera mantenido lúcido hasta el final y que hubiera podido decidir sobre sí.

En su memoria de lo que siguió Schur dejó estas líneas sobre el desenlace de su pacto con Freud. “Cuando estuvo nuevamente en agonía por el dolor, le inyecté dos centigramos de morfina de una jeringa (entre 15 y 25 miligramos). Sintió un pronto alivio y cayó en un tranquilo sueño. La expresión de dolor y sufrimiento se había ido. Repetí la dosis doce horas después. Freud tenía tan pocas reservas físicas que entró en coma y no despertó más”.

Murió tranquilamente a las tres de la mañana del día 23 de septiembre de 1939, a los 83.

Todo esto lo he leído en el relato que Lewis Cohen escribió para The Atlantic: “How Sigmund Freud Wanted to Die”, y desde luego puede leerse en las páginas finales de la magnífica biografía de Peter Gay.

¿Qué es lo que hay de ejemplar en esta muerte para toda relación entre médicos y pacientes terminales? Veo también cuatro aspectos, cuatro dimensiones morales y prácticas. Primero, hay conocimiento. Segundo, hay autonomía. Tercero, hay libertad. Cuarto, hay liberación.

El conocimiento viene de saber las dimensiones exactas de la enfermedad fatal que se enfrenta. La autonomía nace de la facultad soberana del enfermo para decidir sobre el tiempo de su muerte inevitable. La libertad surge del acuerdo entre médico y paciente que le permite a éste elegir positivamente lo que sigue cuando nada puede hacerse ya desde la orilla de la vida sino ayudar al enfermo a cruzar con dignidad la orilla de la muerte. Finalmente, la liberación consiste en poder zafarse de la esclavitud de una agonía que sólo puede deparar dolor, miedo, vergüenza, indignidad. En estas condiciones, la muerte no es lo peor, es sólo, por fortuna, lo último.

 Mi conclusión es que los médicos deben aliviar la muerte inevitable y dolorosa con la misma dedicación con que atienden la vida y las enfermedades curables. Deben acatar el dictado de la muerte cuando ésta se presenta con claridad a sus ojos, la claridad que sólo ellos tienen la especialidad reconocida para ver.

 Dentro de un tiempo todos estaremos en manos de un médico para nuestro trance mortal. Deberíamos construir juntos, médicos y pacientes, las condiciones mentales, morales, profesionales, legales e institucionales para que, llegado ese momento, podamos enfrentarlo desde las dos orillas con conocimiento, autonomía y libertad, de modo que morir ayudado por la medicina no sea una forma intolerable de agonía y sufrimiento, sino una forma, la última posible, de humanidad y libertad: una liberación.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor. Su novela más reciente es Adiós a los padres.

 

25 comentarios en “IV. Morir con dignidad

  1. ¡Maravilloso ensayo! Soy patólogo, es decir, a mí me toca intentar reconstruir la historia clínica del que fue a partir de su cadáver, pero eso sólo ocupa una pequeña parte de mi tiempo profesional. La mayor parte la empleo en con los pacientes vivos, aquellos a los que se les somete a una operación quirúrgica, sea pequeña (biopsia), mediana o grande. Y así, leyendo aquí y allá y, particularmente, leyendo a Arnoldo Kraus, me he venido interesando en la bioética.
    Usted ha dado en el clavo y celebro que lo haya hecho con tanto tino siendo, por lo pronto, testigo y usando su notabilísima capacidad de escritor.
    Como todos vamos a morir, preocuparnos por la forma no es gratuito, es pura defensa personal. Hoy somos testigos o acompañantes, pero seguro que mañana seremos protagonistas. Más vale que podamos serlo con toda la dignidad posible.

  2. Siempre se disfruta la lectura que reta a los recursos mentales de la reflexión, incluso mucho después de concluida. Sobra decir que falta mucho por legislar y establecer un marco educativo general (no solo para los estudiantes y profesionales de la salud, sino para la población en general) que trate sobre el final natural de toda existencia, por corta o larga que haya sido: la muerte. A los estudiantes de medicina se les enseña que la preservación de la vida está por encima de todo (no hace mucho que se ha tocado la frase “calidad de vida”, con todo lo que ella implica). En ese contexto, los hospitales se pueden convertir en lugares de tortura para algunos pacientes terminales y severamente complicados, en donde el medico lucha contra la naturaleza auspiciado por la ley, los familiares y la poca educacion tanatologica. Y nos enfrentamos a que los pacientes ni los familiares quieren escuchar la verdad sobre la posibilidad clara de la muerte como una variante natural en el curso de la enfermedad. Aunque sevtrate con mucho tacto el tema, los implicados no lo quieren escuchar y en el entorno actual el medico se juega el riesgo de una demanda por “inhumano”, lo mismo que cuando hace un esfuerzo “heroico” por tratar de salvar una vida y al final no lo logra. “Impericia”, “iatrogenia” ( palabra empleada en el contexto negro que implica una falla por parte del medico, como si fuera un sinonimo de “error”) surgen de inmediato en el lenguage lapidario del común de la gente, incluso de otros médicos. Falta mucho por hacer para lograr “el bien morir” ( se ha avanzado con las unidades de cuidados paliativos, donde se ayuda al paciente y a los familiares a afrontar la muerte con menos dolor fisico y emocional) y la aceptacion de la muerte como una realidad llana. Se requiere de entrenamiento moral y tecnico para hablar de ella cuando eres un profesional de la salud y no sonar inhumano ni condescendiente. Se requiere de un minimo de educacion en salud para la gente en general para comprender que la muerte es inherente a la vida. Se necesita un marco legal especializado que evalue criterios eticos y biologicos laicos que contemplen a la muerte como algo normal y no como un motivo de castigo para el responsable o responsables de un tratamiento que no prosperó a pesar de que se hayan seguido adecuadamente los protocolos. Hay mucho por hacer.

  3. Excelente ensayo del Sr. Aguilar Camin. Yo soy medico de la vieja esculela, mi generacion UNAM 60-65, con ausencia absoluta del tema Tanatologico ni de la muerte asistida o final digno.
    Ojala este ensayo incida positivamente en la legislacion mexicana, pues el aplicar los apoyos para un final digo, pudieran resultar en graves consecuencias legales para el medico o asistentes si algun familiar en desacuerdo estableciera un juicio.
    En mis anos de estudiante y por orden de un medico maestro, aplique un medicamento intravenoso a su padre, tambien medico, para asistirlo en una muerte digna dentro de un sueno profundo, despues de una agonia espantosa.
    Quede mi comentario como una manifestacion, a mis cuarenta y tantos anos de ejercicio medico, de mi apoyo a las practicas medicas para darle al paciente moribundo las armas para un sueno profundo y una muerte asistida piadosa y legalmente.
    Dr. Ruben Reyes y Rangel

  4. Brillante y conmovedor testimonio de Aguilar Camin, un relato autoiográfico transformado en una pequeña joya literaria, que tiene más fuerza que cualquier discurso médico tradicional sobre “el valor de la vida” de los que ya nos tienen harto y se parecen más al viejo cura de pueblo que a lo que debería pensar un profesional de la salud, es decir del bienestar. Bravo.

  5. Excelente ensayo. Claro y sin ambages, como debe enfrentarse el trance de la muerte. En el D. F. existe la Ley de Voluntad Anticipada que, si bien aún tiene restricciones, es un buen principio para entrar al análisis al que el autor nos convoca.

    Gran ensayo.

  6. Ser católica conlleva la convicción, aceptación e incluso el privilegio de esperar nuestra muerte de la manera en que Él lo tenga dispuesto para cada uno; porque cada persona habrá de morir cuando y como Él lo tenga dispuesto. Lo expresado por el Dr Aguilar contiene la opinión de un ser humano protagonista de situaciones difíciles y dolorosas en extremo y cuya conclusión es obviamente comprensible. Qué hacer entonces con ésa doctrina cristiana que hemos llevado como tatuaje desde niños porque es lo que nuestro espíritu ha absorbido y forma ya parte de nuestra cultura. (???)

    • Pues evolucionar y estudiar lo que nos dicen las nuevas ciencias(neuroteologia,neurofilosofia,etc). Y dejar de pensar en Dios como “El”. Solo asi podremos sacudirnos ese espiritu cristiano que llevamos tatuado y hacernos una nueva cultura. La ignorancia es lo que no deja entender a la gente que hacer con ese espiritu cristiano tatuado en su alma

  7. Precioso y estrujante ensayo.Para meditar mucho y cada día.
    He presenciado esto como parte del quehacer diario,y como acompañamiento a mis seres queridos familiares o no.
    Cuando he decidido no atormentar a una mascota con quimio y he suplicado a un médico veterinario un fin al sufrimiento con tranquilidad, sin tortura y lleno de amor y mimos,viéndolo quedar plácidamente y con mirada agradecida dormida para siempre, he salido pensando que si esto se merece un animalito que no sé todavía cuanto entiende, pero que me mira con confianza y gratitud y que tomé yo esa decisión…pienso en todo esto que escribe el Dr. Aguilar Camín.
    El médico es el único profesional que tiene permiso de lastimar con el fin de lograr un bien al paciente… lastimar, torturar hasta dónde?
    Creo que la Bioética y la Tanatología tienen que ser una materia obligatoria en todas las carreras.
    Creo que la Ley de Voluntad Anticipada, debe ser un derecho de todas las personas.
    Creo que toda persona tiene la libertad de decidir que tipo de muerte desea, según su creencia y voluntad, y ser atendida por el médico que según su conciencia y ética pueda dar respuesta a este derecho.
    Como católica practicante no puedo o quiero una muerte asistida, pero si puedo exigir con derecho nada de medidas heroicas que prolonguen un inútil desgaste y sufrimiento personal y familiar, un gasto social, que debe ir a personas con necesidad y probabilidades de una recuperación exitosa.
    Ya hemos escuchado que el Papa Juan Pablo II al final de esa larga agonía pedía “por favor ya déjenme ir a casa de mi Padre”…

  8. Un ensayo excelente del autor.Si,el necesario conocimiento, la libertad para decidir por uno mismo. De este modo lograr una digna liberación y despedida de este mundo. Sin que quede nadie que se sienta culpable o con resentimiento. Ojalá comenzaremos ya a construir esos puentes de entendimiento,de comprensión mutua y de acción real.

  9. Totalmente de acuerdo. En el D.F. podemos hacer un documento ante notario para que no haya encabezamiento médico. Yo ya lo hice pero creo que sólo somos dos mil y pico. Además del sufrimiento hay que hablar de la ganancia de los hospitales. En muchos casos de eso se trata.

  10. En la 59 legislatura, como diputada , presenté una iniciativa de Ley sobre los derechos de las personas enfermas en estado terminal que establecía los derechos a: 1) ser informados con veracidad científica; 2) decidir sobre los tratamientos y medicinas que se aceptarían (no al encarnecimiento terapeútico); 3) decidir el momento de morir (despenalizando el suicidio asistido en el Código Penal) y 4) notariar el acta de voluntad anticipada. Se abrió un interesante debate que, posteriormente, permitió el no encarnecimiento terapéutico y el acta; sigue sin legislarse el derecho a decidir cuando es el momento exacto de irse dignamente

    • En Xalapa Veracruz el Licenciado Magno Garcimarrero y una servidora llevamos más de un año trabajando para que algún diputado acepte presentar cuando menos la iniciativa de ley de Voluntad anticipada. La gente empieza a hacer conciencia sobre el tema y aceptan que morir dignamente debe ser, como lo propone el licenciado Magno, parte de los derechos humanos.

  11. Este documento debia ser de lectura obligatoria, discusion y cas memorizacion de todos los miembros del sistema de adultos mayores, de todos los proveedores de servicios medicos en hospitales publicos y privados.
    La actitud hacia la muerte no puede continuar como si estuviesemos en la edad media. Seguir creyendo que la muerte es incontrolable es como creer que la tierra tiene al sol girando a su alrededor.

  12. Interesante ensayo. Soy intensivista, para los legos, especialista en terapia intensiva. Al momento actual, después de cientos de estudios clínicos con miles de pacientes, no contamos con una herramienta que nos permita definir quién vivirá o morirá al ingresar a la terapia intensiva. He visto morir a cientos que, según las escalas pronósticas de mortalidad, iban a sobrevivir. He visto milagros, personas que, según las escalas pronósticas y la experiencia propia y colegas de la terapia, indicaba que morirían y, sin embargo, sobrevivieron.
    Así las cosas, no es posible decir quién vivirá y quién morirá a pesar de la gravedad de la enfermedad con la cual llegan a la terapia intensiva. De tal forma que, luchamos encarnizadamente por mejorar los valores fisiológicos con la esperanza de que nuestro paciente recupere su homeostasis, su salud. Desafortunadamente, en el camino perdemos de vista lo que quiere el paciente.
    Por ello, son importantes dos cosas a mi parecer:
    1. Respetar los deseos del paciente. Yo les digo a los familiares: “Usted escogió qué estudiar, con quién casarse, a qué dedicarse, ¿no es lógico que Usted decida cómo morir también? Así que, en las conversaciones que haya tenido con su familiar o en los años que lleva de conocerlo, ¿cómo le habría gustado morir?” De esta forma, respetamos la voluntad de cada quien. La mayoría dice: “Mi papá no quería que lo intubaran”, “Mi mamá quería morir en su casa”, “Mi esposo no quería que lo conectaran a máquinas”. Por ello es importante que tengamos un testamento en vida, el documento legal se llama Voluntad anticipada. O, en el peor de los casos, sostener esta conversación con todos nuestros familiares pues nadie es eterno y aunque a todos les da miedo hablar de la muertes, hay que hacerlo. Así, evitamos decisiones equivocadas, largas agonías y sufrimiento de todos.
    2. Enseñar en medicina a dar malas noticias y a ayudar a los pacientes y familiares a tomar la mejor decisión en los casos críticos. Enseñar en medicina a no “curar números” sino a ver la calidad de vida con la que quedará el paciente en caso de salir adelante. Enseñar en medicina que es tan importante la calidad de vida como la calidad de muerte. Saber que el moribundo requiere analgesia y sedación a dosis máximas, hacer las paces con sus familiares aún cuando esté sedado, permitir que la visita dure más tiempo y haya más personas, permitir el paso del ministro de su religión en el momento en que se pueda y aliviar el sufrimiento de la familia brindando consuelo.
    El especialista que más lidia con la muerte es el intensivista y, curiosamente, nunca recibimos formación en este sentido.

  13. Sr. Héctor Aguilar Camín, Soy un convencido promotor de la muerte digna por medio de la eutanasia o muerte asistida. Mi nombre es Magno Garcimarrero Ochoa, soy jalapeño y recientemente he contendido como candidato a diputado federal… perdiendo. Llevé dos propuestas de campaña: Proyecto de reforma al 4° constitucional para instituir la muerte asistida como garantía constitucional, la otra: federalizar la ley de voluntad anticipada para que cobre aplicación en toda la república.
    Si el espacio lo permite, le transcribo a usted el primer proyecto mencionado.
    EXPOSICIÓN DE MOTIVOS

    I
    Los mexicanos tenemos la prerrogativa de disfrutar de garantías constitucionales que tutelan nuestra vida, salud, alimentación, libertad, igualdad, trabajo, creencias, pensamiento y su libre expresión, libertad de tránsito, patrimonio, igualdad de géneros; en fin, gozamos de los más elementales derechos que, la cultura, la civilización y el progreso han alcanzado a través de siglos de lucha denodada, hasta lograr una vida social por lo general pacífica y armoniosa; pero ese gran acopio de derechos que nos dan seguridad y bien estar común, aún no está completa. Hay un derecho humano que está pendiente de ser reconocido y respetado como garantía individual: ese es el de decidir voluntariamente el fin de nuestra propia vida y, a efectuarlo de manera digna, segura, limpia, profiláctica, indolora, informada y asistida por facultativos.

    II
    Sobre el cimiento de la libertad de creencias, debiera considerarse que en nuestro país se ha venido acrecentando el número de personas que no profesan ninguna religión, y que no creen en la existencia de un “ser supremo”, por ende están exentos de la espera de la muerte sobrevenida por la voluntad de Dios, como lo proponen las religiones. Para estos que por lo pronto son minoría, y para los ciudadanos mexicanos en general, es necesario adecuar la norma constitucional y sus correlativas, a fin de que se respete el derecho de decidir el cuándo, cómo y dónde morir, lo que finalmente será una posibilidad que beneficie a todos, aunque sólo se acojan a ella quienes así lo decidan en ejercicio de sus prerrogativas ciudadanas.
    Los viejos criterios ético-religiosos, han seguido vigentes a pesar de los librepensadores, por lo que continúa calificándose el aborto como delito, la homosexualidad como inmoralidad, el suicidio como pecado mortal, el divorcio como el fracaso de la sagrada familia. Pocos han cuestionado la existencia de Dios, ergo no han perdido autoridad quienes se autonombraron sus representantes en la tierra… en el país… en el mundo. Consecuentemente subsiste en forma generalizada la vieja y equivocada idea de que sólo Dios puede disponer de nuestra vida, obligándonos a soportarla hasta su agotamiento más doloroso e indigno, como si vivir fuera una obligación y no un derecho, tal lo advirtió Ramón Sampedro.
    Nuestra vida tiene sentido: primero el natural y luego como seres racionales, el ser felices, útiles, trascendentales, pero finitos como personas; por eso es conveniente cambiar la idea que se tiene sobre la muerte, dejar de temerle y asumirla como un final natural y necesario. Quienes practican la ciencia médica, no obstante, han perdido de vista, su objetivo preciso que es ayudar a ser felices y sanos, pero sin llegar al empecinamiento de mantener vivo a quien no desea o no puede vivir más; la inmortalidad, es deseable en el plano intelectual, en el plano somático o físico es indeseable. Debemos mirar hacia el futuro y analizar que la inmortalidad física es contra natura, ilógica e inconsecuente con todo lo que nos rodea como elementos necesarios para vivir. ¿Si nadie muriera cómo podría dársele sustento a todos? ¿Acaso no se nota ya la depredación del planeta a causa de la sobre población humana?
    “Nacemos para crecer, envejecemos para morir. Todo lo que la naturaleza nos ofrece para el desarrollo nos lo sustrae preparando la muerte”.
    ¿Cuándo es el tiempo de morir? ¿Por qué tienen que decidirlo otros y no nosotros? Me refiero al Estado, a los médicos, a los familiares, a Dios. ¿Por qué no ha de ser el dueño de su propia vida quién decida su fin? ¿Habremos de llegar a ser un mundo de creaciones de Frankenstain, para satisfacer la idea y el afán de dominio sobre la vida ante la invencible muerte? ¿Quién nos ha vendido la idea de una vida eterna?
    Las religiones son las que nos hablan de una vida eterna, pero bien pensado caemos en la cuenta de que es una idea monstruosa, patológica. Solamente los autores de historias de terror han inventado la aberrante idea de una existencia eterna y ni siquiera ellos les conceden felicidad a esa forma de vida. Si eso es lo que ocurre lo correcto es entender que lo bueno que tiene la vida es su finitud y qué mejor que ésta se enmarque en el plano de nuestras personalísimas decisiones. Ya lo dijo Plinio el viejo: “De los bienes que la naturaleza concedió al hombre ninguno hay mejor que una muerte a tiempo, y lo óptimo es que cada cual pueda dársela a sí mismo”. Por creencias absurdas nos hemos negado a nosotros mismos un acto supremo de voluntad: decidir nuestro propio fin, cuando debiera ser el culmen del honor, de la autodeterminación de la intimidad y de la dignidad de los seres humanos.

    III
    Muchos de nosotros habremos tenido quizás de nuestros propios padres viejos y deteriorados, la súplica de acelerar su muerte, muchos habremos llorado la imposibilidad de cumplir su deseo porque las leyes nos castigarían y los hemos tenido que ver agotarse en medio de cruentos dolores. ¿Cuántas veces hemos aceptado la muerte como alivio de un sufrimiento terrible y prolongado? ¿Cuántos cargamos ahora el remordimiento de consciencia de haber arrinconado como estorbo a alguno de nuestros padres o abuelos, porque se propasaron viviendo más de la cuenta, convirtiéndose en carne de asilo, o en decadentes e insoportables visitantes temporarios de los domicilios de sus hijos, ocupados en resolver su propia vida? O peor aún, en vejestorios arrumbados por sus seres queridos. La reflexión de Gabriel García Márquez, convierte en poesía la penuria de nuestro seguro abandono: “El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”. Para ofrecernos esa frase de alivio, el Nobel de Literatura debió tener muy en cuenta que la vejez es una enfermedad terminal que no todos estamos dispuestos a enfrentar. Arnoldo Kraus lo dice más fuerte: “La soledad puede ser peor que la muerte, y la soledad en la vejez peor que todas las muertes”.
    A nosotros, los que ahora gozamos de cabal salud, de vida digna, útil y placentera, nos espera exacta y fatalmente esa pena que no quisiéramos que llegara jamás: una decrepitud sufriente, dolorosa, e indigna, que podemos atajar tan solo con darnos la herramienta jurídica que aquí se propone.

    IV
    La rigidez de la norma escrita, conlleva la lentitud en su adecuación a las necesidades sociales que, en la actualidad son cada vez más urgentes e imperiosas. Este es el caso de una disposición que se ha quedado a la saga y ha caído en un patético anacronismo, al grado de que sentimos como triunfo y éxito legislativo el haber aprobado en algunas entidades federativas la institución de la Voluntad Anticipada, para tratar de evitarnos un fin demasiado sufriente y prolongado por el encarnizamiento terapéutico. Y aunque si bien, ese paliativo es un avance jurídico, sigue siendo un pobre sucedáneo de la eutanasia activa, voluntaria y asistida que debiera brillar dentro de las garantías individuales de los mexicanos.
    Tenemos ahora la oportunidad de legislar para darnos a nosotros, a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos, una vida sin dudas respecto a nuestro fin, y una muerte a voluntad, digna, útil, sin nubarrones de angustia, dolor, desesperanza y decadencia.
    No estamos invocando el suicidio con sus cruentas e indignas implicaciones, sino la muerte voluntaria asistida por facultativos que la hagan suave, limpia, indolora, segura, profiláctica, informada. Tampoco estamos estableciendo su obligatoriedad universal, sólo ofrecemos la posibilidad jurídica, para quien se acoja a ella, de optar voluntariamente por un final que no pase por etapas indeseables.
    Así pues, será necesario dejar en claro dentro de la reglamentación, las condiciones y oportunidad que debe tener su aplicación así que, la adición deberá comprender a la Constitución Política en su capítulo de garantías individuales, una ley reglamentaria; a las leyes de salud tanto la federal como las estatales, y a los códigos penales que deberán derogar el delito de inducción y ayuda al suicidio, o incluir como excluyente del delito la muerte piadosa rogada por el propio sujeto pasivo.
    No está por demás ser reiterativos: el objeto de este proyecto, concretamente dicho, es dar a los ciudadanos mexicanos la garantía de decidir su propia muerte de manera íntima, libre, voluntaria, oportuna, informada y asistida por facultativo, que la haga indolora, digna y segura.

    V
    Pocos países del orbe han legislado al respecto, Holanda, Bélgica y el Estado de Oregón en EE. UU. Son los que ofrecen las modalidades más avanzadas respecto a la aplicación de la eutanasia o muerte asistida, en los dos mencionados primeramente, está incluida como un servicio más de la seguridad social para todos sus ciudadanos y, por lo tanto sin costo para el derechohabiente o su familia; no obstante su aplicación, anota estadísticamente sólo a tres de cada diez solicitantes, dado que los requisitos legales son abundantes y rigurosamente cuidados: (Expresión de voluntad escrita, de parte del solicitante en uso de sus facultades plenas, enfermedad incurable, insoportablemente dolorosa e irreversible, asistencia médica y opinión de dos facultativos).
    Colombia dando un giro jurisdiccional al asunto, involucrando a su Corte Superior: ante un reclamo de inconstitucionalidad, negó la petición, pero concedió la causal de justificación en el homicidio por piedad, eso abrió la posibilidad de la eutanasia activa voluntaria; de ese modo ha logrado que se sancione benigna mente o no se sancione a quienes incurran en el supuesto antisocial. A partir abril de 2015 Colombia legalizó la muerte asistida, en fechas recientes hicieron lo mismo Canadá e Islas Canarias.
    En México desde 1994 con una reforma a la legislación penal se introdujo la fracción III al artículo 15 del Código Penal Federal en la que se señaló como causa excluyente del delito, el consentimiento del ofendido, esto implica, desde luego, la inexistencia del delito que, procedimentalmente conlleva la inocencia o absolución del presunto infractor. Pero como el derecho penal sustantivo, en nuestro país es de ámbito estatal y no federal, el excluyente referido no rige de modo general, aunque es posible que en honras del principio de in dubio pro reo, una buena defensa pudiera acogerse a ese beneficio.
    Doce entidades federativas mexicanas, cuentan ya con ley de Voluntad Anticipada. Mediante su aplicación cualquier ciudadano puede expresar notarialmente su voluntad de que, al llegar a la fase terminal de su vida, no sea sometido a una sobrevivencia terapéutica artificial; pero ésta es sólo una forma pasiva de la eutanasia, que no toma en cuenta que la decrepitud es también una penosísima enfermedad terminal de la nadie escapa. La ley de Voluntad Anticipada está redactada de tal forma, que permite que cualquier ciudadano mexicano o extranjero se acoja a ella, aunque su domicilio no esté dentro del territorio jurisdiccional donde está vigente, porque por otra parte la fe pública de los notarios tiene validez universal.

    VI
    “Vida” es, curiosamente, un concepto que todos usamos, pero que nadie ha definido satisfactoriamente. Las ciencias, la filosofía, las religiones, han dado multitud de criterios, todos cercanos, ninguno preciso. Sin intentar definir lo que nadie ha definido, intentemos entender lo siguiente: El sentido más general de vida, es el de que se trata de un fenómeno universal que se genera siempre que se dan las condiciones físicas de organización de ciertos elementos, en la naturaleza cambiante y de formas perecederas, cobrando con ella, una fuerza y actividad substancial, autónoma, adaptativa y, en consecuencia también de formas perecederas.
    La forma vital que nos importa en este trabajo, es la humana que, a través de siglos de adaptación ha cobrado raciocinio, conciencia del yo individual (personalidad) y entendimiento de la breve temporalidad de su función organizada.
    Consideremos que en la vida, como en la muerte humana, deben cuidarse valores como la intimidad, la dignidad, la autodeterminación, la trascendencia, el bienestar, la temporalidad, la utilidad.
    La vida tiene varias condiciones que si no se cumplen no se tiene porqué seguirla aguantando: debe ser indolora; cuando comienza uno a estrenar achaques y dolencias cada día, se tiene que empezar a pensar que ya fue suficiente. La vida debe ser útil para los demás, una vida inútil como la de Pito Pérez según José Rubén Romero, no merece ser vivida. La vida debe ser digna, es decir, decorosa, meritoria, sólo así se puede aspirar a una muerte digna también; la vida debe ser creativa, es necesario afanarse para dejar algo en este mundo que cuando llegamos a él no estaba y que, estando ya porque lo hicimos, perdure muchos años, puede ser eso una pirámide, un invento, un poema, una frase, un libro, un árbol o un hijo, aunque salgan fallidos como los del soneto inmoral de Francisco Liguori. La vida debe ser productiva: el esfuerzo debe estar encaminado a que nuestros hijos den su primer paso más adelante del que dimos como último. De este modo habremos cumplido las condiciones para tener el privilegio de morir cuándo y cómo sea nuestra propia voluntad. Así la muerte se puede escoger: se puede decidir que sea voluntaria, digna, tranquila, heroica, alegre, indolora, luminosa, trascendental, finita y no involuntaria, arrebatada, cobarde, lacrimógena, penosa, luctuosa e intrascendente.
    La muerte digna la dictan las circunstancias y el lugar donde se ha vivido, debe ser el colofón de una vida digna. Para los espartanos la muerte en la cama era indigna y en la batalla era ideal, los mismo entre los mexica; las mujeres tenían una buena muerte si llegaban a ella pariendo. La muerte heroica siempre ha sido una buena muerte. El suicidio no tiene aún buena calificación en razón de los 1500 años de proscripción ético religiosa, pero seres extraordinarios como Aníbal, Cleopatra, Marco Antonio, Séneca, Van Gohg, Virginia Wolf, Salvador Allende, Hemingway, Violeta Parra, que le cantó a la vida; nos han dejado dicho que una muerte oportuna y a voluntad es siempre más digna que aquella que espera que alguien se apiade de nuestro doliente deterioro.
    Intimidad: La decisión voluntaria de morir está enmarcada en la consciencia de uno mismo, en nuestro estado y nuestros actos, en la vida interior de la persona. Es la parte que no se comparte, entidad personalísima y reservada que, no admite intromisiones y la que cada uno tiene derecho de guardar y defender de toda intrusión ajena. Es acaso esa parte nuestra emparentada con la soledad de la que habla García Márquez y que nos acompaña a través de la vida desde el nacimiento hasta la muerte y que, frecuentemente olvidamos en aras del amor, para el único propósito universal de cumplir o de intentar cumplir con la preservación de la especie.
    Determinar nuestro propio ser y proceder, es una facultad que sólo podemos darnos los seres libres, autónomos; quien sacrifica su capacidad de auto determinar su vida y su destino es porque ha caído en la esclavitud, o en la servidumbre. Esa condición no es digna ni deseable, sin embargo es incontable el número de personas que cancelan sus propias decisiones y las ponen en manos de otro. La decisión de morir debiera ser como la decisión de vivir y, dentro de un marco de libertades democráticas, el propio Estado debiera tener la obligación de tutelar ese derecho inalienable, al igual que tutela la seguridad y el bienestar de sus ciudadanos.
    Seguridad: Debemos tener presente que son los profesionales de la medicina, humana y animal, quienes tienen el conocimiento y la praxis respecto al manejo de la salud, la vida y la muerte de sus pacientes, son ellos por eso, quienes actuando con eficiencia pueden cumplir con seguridad el propósito pedido. Los demás, podemos fallar en el intento, con nefastas consecuencias, como tantas veces ha ocurrido, sobre todo cuando el suicida potencial se enfrenta a la oposición irrespetuosa y sistemática de su propósito, por parte de quienes se entrometen indebidamente en su intento, partiendo del doble prejuicio de que lo están salvando de un pecado o de un acto ilegal y de que, por ello el que se inmiscuye es un héroe que merece reconocimiento público, cuando, en un mejor sentido de las cosas, el que frustra un suicidio debiera ser visto como un imprudente, inoportuno y entrometido.

    VII
    Contar con una disposición legal, terminaría con la práctica clandestina que ocurre hasta ahora. Es verdad sabida que en los lugares donde se prohíbe y penaliza el aborto, el clandestinaje está a la orden del día con todos los riesgos que entraña; lo mismo ocurre con la muerte asistida. Fernando Cano Valle sostiene que: “En muchos centros hospitalarios del mundo, en las unidades de terapia intensiva es práctica común el empleo de narcóticos que quitan el dolor y sedan al paciente, y suprimen los reflejos respiratorios, lo que en un corto lapso produce la muerte. Sin embargo esto se hace a espaldas de la ley, y no deja de ser un riesgo para el personal de salud. La ayuda que muchos médicos prestan a sus pacientes para morir sin sufrimientos aumentaría si, en alguna forma, se legalizara la sedación intensa del enfermo”.

    VIII
    México podría contarse entre los pioneros, al incluir lisa y llanamente entre sus garantías, la voluntad individual de morir y, serían las leyes secundarias las que enumeren las condiciones y modalidades a que se sujetaría su aplicación. Tales condiciones pueden ser: edad, capacidad jurídica, estado mental, estado de salud. Es posible que el resultado fuera equivalente, con sólo derogar el delito de ayuda al suicidio en los códigos penales que lo contienen, pero el propósito de este proyecto, es reconocerles a todos los ciudadanos mexicanos el derecho a decidir su muerte, aunque haya quien no lo ejercite. Si sólo se derogara la disposición penal, la garantía continuaría pendiente y, con ella la universalidad del precepto.

    En consecuencia se propone la presente:
    Iniciativa con proyecto de decreto por el que se adiciona el artículo 4° Constitucional, con el siguiente párrafo final:
    ARTÍCULO 4°… ( ) -Toda persona tiene derecho a decidir su propia muerte. El Estado otorgará facilidades para que los ciudadanos alcancen su propósito de manera segura, indolora, informada y profiláctica con la ayuda de facultativos con experiencia.
    – En artículo transitorio: Las leyes sanitarias secundarias señalarán los términos y condiciones para la aplicación del precepto. Las disposiciones penales se adecuarán a esta disposición. Se deroga toda norma en contrario.

    BIBLIOGRAFÍA.
    Bioética. UNAM. 2005. Fernando Cano Valle.
    Cuando la muerte se aproxima. Ed. Almadia. 2011. Arnoldo Kraus.
    Eutanasia. UNAM. 2005. Eugenia Maldonado, Enrique Díaz Aranda. Fernando Cano Valle.
    La tutela de la propia incapacidad (Voluntad Anticipada). Instituto de investigaciones Jurídicas. UNAM.
    Ley de Voluntad anticipada para el D.F. Cámara de diputados. Centro de documentación, información y análisis. Cámara de diputados.
    Legislación internacional y estudio de derecho comparado de la eutanasia. (Idem)
    La necesidad de legislar la eutanasia en México. (Idem)

  14. Como siempre Maestro Camin, han colocado en la llaga en el momento oportuno, es el momento de hacer Federal la Ley de Muerte Digna, sobre todo porque en unos años mas, tendremos a casi la tercera parte de la poblacion en Edad de Morir, Hoy tengo setenta y aqui en Aguascalientes ni los notarios quieren hablar del tema y mucho menos con las autoridades catolicas que padesemos. Seguire informandome del tema ya que lo platico con todos los amigos que frecuento. Gracias por la oportunidad del Tema.

  15. Siempre he estado de acuerdo cn todo lo que aquí se dce..no creo que Dios tenga que ver nada en el asunto,sólo se que los servicios hospitalarios lucran con los pacientes terminales,Se tendrá que legislar al respecto, y, que se apuren, tengo 83 años…..

  16. Excelente reflexión de don Héctor Aguilar, y totalmente de acuerdo con él. Cuando ya no hay expectativas de mejorar o que ya han sido agotadas, ¿para qué insistir en algo que no tiene solución?

  17. Lo narrado por HAC confirma la idea generalizada de que la practica de la medicina es ante todo un negocio. Muchos tenemos casos cercanos, con grandes similitudes, y la constant es el lucro del medico y el hospital. Seguramente estos son los intereses que impiden el establecimiento de un marco legal para la euthanasia.

  18. Extraordinario ensayo maestro Aguilar Camín, nos permite reflexionar sobre un tema del cual todavía no tenemos el suficiente valor para afrontarlo. Mi madre falleció después de tres meses de agonía, agonía que la tuvo en un sufrimiento constante y que nos hizo darnos cuenta de nuestra inmadurez, temor e incluso cobardía para enfrentar la muerte.

  19. Que buen artículo, sin embargo muy duro para los religiosos y sentimentalistas, todos quisieramos que nuestros seres queridos vivieran más, y le echamos la cul´pa a dios y los doctores. uno porque ya no quiso que siguiera sufriendo y el otro también. ojala se legisle el bien morir. muchas gracias un abraso

  20. Los cuatro puntos que comenta Sr. Camin son ciertos. El paciente es quien debe decidir sobre su futuro en base a una explicacion profunda y perfectamente comprendida sobre su estado de salud. Yo, como medico intensivista son embargo veo el panorama mucho mas complejo que eso.
    1. En el caso del niño que usted pone en su argumento, que haría si usted fuera el papá de la creatura y le tocara tomar una decisión de esa magnitud en in lapso menor a 20 minutos (que es mas o menos lo que dura una reanimacion cardiopulmonar promedio).
    2. Sin conocer el contexto del caso de ese niño, si bien es cierto que el daño neuronal es extenso e irremediable a partir de los 4 minutos de ausencia de aire, tambien es cierto que no ea posible decir de manera categorica y tajante a la familia: “No reanimo a su hijo porque el pronóstico en malo para la funcion y la vida a muy corto plazo”. Por que? Porque saber la extension y magnitud OBJETIVA de la lesion neuronal implica realizacion de estudios de gabinete que no estan diaponibles en un lapso tan breve como 20 minutos.
    3.- Suponiendo que la decision se basara en los hallazgos clínicos y en el éxito de la reanimación existe plasticidad neuronal suficientr en un niño de esa edad que le permite, por lo menos, la esperanza de pasar del esrado coma vigilia a un estado de mínima conciencia. Le pregunto Sr. Camín, usted le diría al doctor “Quiero que el tratamiento médico vaya encaminado a que el niño tenga una muerte sin dolor y en paz”, cuando tal vez es posible que el niño contra todo pronóstico logre sobrevivir y después, con el paso del tiempo, logre aprovechar esa plasticidad neuronal para siquiera identificar a sus padres.
    4. En resumen, en situaciones de extrema urgencia, a veces (sobretodo en las verdaderas urgencias inesperadas) no hay tiempo, circunstancias, posibilidades de documentar al 100%, el pronóstico para la vida y función de un paciente y ese mínimo porcentaje Sr. Camín, es el objetivo por el que se desarrollan especialidades como urgencias y como la medicina intensiva.
    5. Ahora bien, por lo que escribe, no veo sentido que siquiera contemple manejo hospitalario de un familiar. Mejor, desde.urgencias solicite plan ambulatorio médico asistencial máximo y ahorrese dinero.

  21. Mientras leí sus lineas sr. Aguilar, he recordado la inútil y dolorosa agonía de meses que mi padre padeció para bien morir. Ojalá nadie tuviera que transitar caminos llamados traqueotomia, broncoaspirar, cancer, etc. Y si a de ser así, que nos pidan autorización o al menos que nos pregunten si queremos hacer uso de esa opción.