Siempre me ha gustado observar cómo funcionan ciertas profesiones que considero absolutamente dispares a mi forma de pensar, a partir de ellas encuentro analogías a distintos aspectos de lo que me rodea. En algún momento, gracias a las labores de un adivino, caí en cuenta de nuestros temores a la muerte y de una gitana que me topo de tanto en tanto, ofreciendo sus supercherías, descubro algunas de las perversiones nacionales. Ella lee cartas, supongo que Tarot, juega con unas piedras que prometen decir cuanta cosa se les pregunte y una bola de cristal que de tener una pizca de sentido, muchos en México usarían para saber un destino que se ha ido construyendo a punta de errores. Todo está en ellos, somos y seremos nuestros errores, herramientas de brujo para que éste identifique nuestras carencias y abismos y con ellos, nos cuente de un porvenir que se asomaría bastante claro de no disfrazar nuestras fallas de virtudes.

02-preguntas

¿Qué razón es capaz de escapar de la irracionalidad?

La gitana observa a su cliente, mira sus zapatos, revisa las manos en busca de sortijas y se detiene para adivinar entre las ojeras de aquel que le tiende su mano con una inmensa carga de esperanza. Ha pasado una mala noche. Diagnóstico casi eficiente, algunas preguntas terminan por dar las claves necesarias para confirmar que el presente tiene dudas, aunque eso ya lo podía inferir desde el momento en que solicitó los místicos servicios. La ropa del hombre da indicios de una cartera ligera, apenas lo suficientemente gruesa para pagar la buena fortuna y el café que ha pedido tras rechazar las sugerencias del mesero en el restaurante con terraza, que alojará el evento mágico. Trae una chamarra buena, llena de manchas indelebles, desgastada como la camisa, también de buena calidad, que empieza a mostrar una que otra hebra saliendo de un cuello que no admite imperfecciones. Le importa vestirse pero no hay prendas nuevas en su armario. Son cosas que el tipo pasa inadvertidas y dan cuenta de sí mismo. La gitana comienza por sonreírle y avisarle que sabe de la mala racha. ¿Cómo lo ha adivinado? Por cien pesos puede llevar consigo un cuarzo que sirva de amuleto, “está probado en cosas de dinero”, dice la mujer. Él, no consigue disimular una mueca que nota el deseo por aceptar la oferta y la dificultad para saciarlo. Ella vira de inmediato —No, no, mejor éste de cincuenta. Es más que suficiente para lo que necesitas. Veo posibilidades en tu mirada. —Por fin acepta. Todos queremos que nos digan que contamos con lo necesario y que por más miseria que traigamos encima, ésta será menor que nuestro temple y pinta. Una palmada de aliento y el azar limitado por la esperanza. También somos esperanza. Así funcionan los hombres, los pueblos, las sociedades, sus gobiernos y la democracia. En el dicho de la solución a la precariedad afianzamos nuestras sociedades que por lo general, se construyen a partir de aspiraciones. El tipo se despide de la gitana creyendo que su día mejorará, le ha convencido bien. Es como un elector ante la urna, todos votan apostando por una promesa empática y ahí, en la democracia electoral —que no es la única, hay que recordar— usamos nuestros miedos para conformar actitudes que definirán algún camino.

Pocos pondrán en duda que México anda como el hombre desesperado, que busca resolver su males. Será la corrupción, la violencia, la mentira, los extremos, la ausencia de diálogo y la educación. El desencanto si es que alguna vez estuvimos encantados. Cada uno de ellos los hemos hecho responsables de lo que nos acongoja.

Decimos democracia como si fuera misa pero estamos a millas náuticas de tener las bases que nos permitan llegar a un asomo de aquella estructura que creemos que funciona o, al menos, brinda la ilusión de funcionar.

¿Qué hacer con México?, ¿qué va a pasar? Son preguntas que empiezan a perder su valor como lo hacen las palabras de una pareja que se dice lo mismo demasiadas veces.

El país se parece al tipo que va en busca de la gitana, quiere saber su rumbo y se deja llevar con lo que cree que puede ser, sus ambiciones se encuentran en sus anhelos. Es así como se han construido las sociedades que descubren un poco de decencia. Con la Revolución Francesa se imprimieron los cánones de un país, aseguraban ser un ideal, sus valores de fraternidad, igualdad y libertad eran una meta digna que aparecía en medio de un pueblo que no era tan civilizado. Ha pasado lo mismo en otros lados, cuando se enfrentan un objetivo y el pesar de los defectos, que se tendrán que corregir tras su reconocimiento. Suena lógico pero, parece que al futuro mexicano le falta un ingrediente que lo acerca a la magia y lo aleja de la razón. Parece que éste, es un país que no se podrá construir a partir de un futuro ilusorio como de su más básica conformación. La bola de cristal de la hechicera sólo encuentra respuestas para llevar a buen cabo un país a partir de su realidad, no de su percepción.

Va balde de agua fría. Qué se hace con un país lleno de odio, de recelos, de mentiras que se adentran hasta la historia, un país de violentos donde sólo se triunfa cuando se aplasta al otro y la tribuna se convierte en diatriba que intenta ser artífice de la razón pero, no es más que una pobre perorata y afirmar que tal colección de virtudes están justificadas —que posiblemente lo estén— no sirve más que para imposibilitar el menor de los diálogos.

Que todos los políticos son los malos, puede decirse, aunque las ideas que contemplan absolutos parecen espuma, la afirmación se sostiene fácil pero, quién ha hecho de nosotros un puñado de notables. ¿Quién tiene la autoridad moral para llegar con las respuestas? Estoy seguro que yo no, he mentido como prácticamente todos los que conozco y he sido injusto, alguien podrá decir que hasta, en una etapa de mi vida, poco confiable. ¿Irreductible en lo que vale? Nada, he flaqueado y fallado, he sobornado a policías y si intento ser honesto puede que malandro. Si uno busca esas características en otro no le costará definirlas propias de un político corriente, de esos que se pasean por cualquier puesto o, un mexicano más, como aquellos que caminamos en las mañanas rumbo a nuestros trabajos, como los que nos hartamos a la hora de leer los periódicos y vemos el declive de algo que jamás ha estado bien. Si nadie quiere votar que no voten, ¿qué quieren que hagamos al día siguiente? Que corran a quien sea, levante la mano en impoluto para ocupar la vacante. El que se ponga al frente pecará en mayor o menor grado de lo que ocasionó el debacle de su predecesor. Somos una sociedad que sin aceptarlo, rechaza sus propios anhelos, hemos logrado hacerlos extremadamente distantes a nuestra composición.

Nuestras fobias surgen del odio. Detesto a todos los partidos aunque unos son más detestables que otros, dependerá de razones personales. ¿Con quién me quedo? Con los ciudadanos dirá el ingenuo, ¿en serio somos tan buenos? Un poco de crítica. En conjunto somos… No faltarán los adjetivos, que además tenemos maestría en ser víctimas. El desencanto en la clase política es el desencanto con nosotros mismos. La política de verdad cae en dos entes: ciudadanos comunes y ciudadanos encargados del ejercicio político. Lo importante no es diferenciarlos desde la política, sino entendernos desde la ciudadanía. Nuestros problemas son en realidad las consecuencias, los síntomas que confundimos con origen de la enfermedad. Se dice que la corrupción es el peor de nuestros males y rescato algo que escribí hace tiempo.

“Hay que entender que la corrupción no sólo es consecuencia de un sistema descompuesto, también puede ser su origen. El juego de ambos elementos permite la corrupción de las sociedades y exige un discusión ética que aún no hemos tenido …”

Si el aquelarre de políticos es el síntoma de una sociedad descompuesta, si la corrupción es un círculo interminable, si la falta de concepción ciudadana no permite erradicar los dos primeros males. ¿Qué hacemos para que la gitana adivine el futuro promisorio que todos queremos escuchar? Respóndame, bruja, lo que quiero saber.

Las sociedades se conforman a partir de su educación, el proyecto educativo de nuestro país no contempla la construcción de sociedades como su mantenimiento y supervivencia. No hablo de gobierno sino de Estado, ese que conformamos todos, su labor es ser el principal erradicador de la violencia y para esto debe hacer uso de un aparato pedagógico que evite llegar al punto en que nos encontramos.

El tipo que se entregó a la gitana no cambiará con las cartas, su día seguirá avanzando, a veces bien, otras mal. El país también, con sus dolores inmutables que le dejarán llegar a viejo aunque todo le cueste.

El primer problema de tener una democracia poco desarrollada es que no terminamos de entender qué es la democracia. En ella hay conflictos, hay corrupción, hay cosa malas y los buenos no siempre ganan. El discurso democrático pide antagonismos y no se resquebraja cuando estos son agresivos y bajos. El escándalo es uno de sus principales recursos de confrontación pero las leyes determinan cuándo los culpables los son y si estos deben pagar y cómo. Cuando no existe una idea clara del error, nada importa. Las leyes no serán capaces de juzgar a quien su falta es discutible y en este país la retórica ha logrado que hasta una falta de tránsito sea válida y culpa del semáforo antes que del infractor, qué decir de algo más grave.

A falta de un esquema jurídico decente, los medios se han transformado en jueces. Puede parecer lógica esta tergiversación, no faltará el periodista que asegure que ese es su papel pero en realidad, estamos hablando de un oficio que debe dar a los ciudadanos las herramientas para defenderse de los abusos. Así, en una sociedad como la nuestra es imprescindible una prensa gallarda que ocupe una posición al lado de los hechos, para vigilarlos. Los periodistas son el recurso de los buenos y frente al desencanto, la necesidad de respuestas es inmensa. ¿Quiénes son lo son los malos?, ¿qué hicieron?, ¿si eran ellos?, etcétera. Esto resolverá la inmediatez del problema pero con todo y su valor, no brindará las satisfacciones de un país que va cual navío en mar picado, como un desesperado que necesita el consuelo del auguro. ¿Por qué? Porque nos hemos ocupado demasiado de un sólo nivel de debate. En casi todos los grandes asuntos de la vida, en los grandes temas morales, hay que tener dos tipos de análisis: el coyuntural y el profundo que parece no ser de importancia urgente pero mientras no lleguemos a él, la gitana sólo podrá dar soluciones que den el confort del instante. Si tenemos, con esfuerzos y malabares, más menos clara la función e importancia de la prensa para darnos respuestas, es necesario al mismo tiempo tener quien haga las grandes preguntas. En los últimos años se ha creído que el concepto tan vacío —por amplio— de sociedad civil, podría ser el encargado de ese trabajo. Internet y redes sociales se prestan para el espejismo de una horizontalidad del pensamiento donde la academia y la filosofía, pierden por una absurda obsesión con la imagen de paridades poco equivalentes. Sé que es moda desde hace unos doscientos años despreciar todo lo que se refiera a élites y su similares pero, ¿que pasaría si hoy se pudiera recuperar el espíritu de inicio de proyectos que van desde el Coloquio de Invierno o La experiencia de la libertad, al Grupo San Ángel? Estoy seguro que contamos con cabezas nuevas para ello.

¿Qué pasa si en México descubrimos que no nos estamos haciendo todas las preguntas y qué pasa si éstas, en el terreno más amplio y profundo —el segundo nivel de debate—, no son las correctas?

 

Maruan Soto Antaki

 

2 comentarios en “Las preguntas correctas

  1. El que pregunta se confunde, el que responde se confunde: Buda. Creo que solo puede uno aspirar a cambiar uno, en ese sentido me atrevería a invitar a ver un vídeo , Mattieu Ricardo, el hombre más feliz del mundo. Saludos!

  2. Bien dices: “Hay que entender que la corrupción no sólo es consecuencia de un sistema descompuesto, también puede ser su origen. El juego de ambos elementos permite la corrupción de las sociedades y exige un discusión ética que aún no hemos tenido …” En ciudadanostransformandoamexico.blogspot.mx compartimos el mismo sentir. Consideramos que la corrupción no es la causa de nuestra situación nacional; es la consecuencia de nuestra cultura que consiente, sistemáticamente, el desprecio por el estado de derecho. La suma de los cientos de miles de pequeños e “insignificantes” actos de corrupción de la ciudadanía, crean una condición idónea para la gran corrupción. Por ello nuestra propuesta es que la forma de romper el círculo vicioso es cambiar nuestra precepción de la cultura de la corrupción. Pasar de vernos como víctimas desvalidas de un sistema corrupto, a protagonistas de su génesis y por ende, de su eliminación. Sin embargo no es una tarea fácil pues entre la apatía que supone un cambio social y la autocrítica que implica nuestro enfoque, se requiere de un brazo de palanca que ien pueden proveer quienes como Tú, son líderes de opinión. Te incitamos a acercarte y ayudarnos a crecer a través de la crítica, la sugerencia o la empatía. La transformación de la sociedad solo puede ser generada entre Tú y Yo. No a partir de terceras voluntades.