Es común que un hombre árabe renuncie a su nombre de pila para tomar el de su primer hijo varón, precedido por la palabra Abu, su título de paternidad. Hace muchos años, Rashed Faraq se hizo llamar Abu Lutfi, el padre de Lutfi.

alepo

Abu Lutfi es muchos hombres, se trata de un personaje. Su voz es la de varios con los que he hablado en los últimos meses. Ellos viven al norte de Siria, comparten historias y temores.

Abu Lutfi sabe que si su hijo mayor regresa a Alepo, lo hará con una nueva bandera. Es la tercera que Nael y Fátima, los dos hijos menores, pondrán en la puerta de su casa desde que inicio la guerra. Primero fue la de franjas roja y negra, aquella casi idéntica a la de Irak, la del partido Ba’ath cuando de un lado de la frontera estaba Hafez al-Assad y del otro Saddam. Las banderas que todavía ondean en Naciones Unidas.

Alepo está completamente destruido. Esa casa se redujo a la mitad, ahí extrañan los tiempos de paz, cuando Lutfi iba a buscar trabajo día con día y a pesar de su doctorado regresaba sin nada, cuando su padre manejaba un auto como si fuera taxi, transportado turistas al centro de la ciudad, cuando no se podía hablar en la calle por miedo a que el Muhabarat escuchara. En esos días conocían los límites de la dictadura que eran pocos y sólo temían la infinita brutalidad del régimen. Hoy, cuando Abu Lutfi sale a la calle, voltea a lo alto de los edificios tratando de ubicar francotiradores, si escucha el silbido de un avión corre en busca de refugio. Adivina cuánto tiempo tardarán en caer las bombas, ya es experto. Están las de barril que arroja la fuerza aérea y explotan en el suelo liberando miles de esquirlas en llamas. También están los morteros de al-Nusra, la filial siria de al-Qaeda y las granadas del Daesh, al que el mundo llama ISIS, o IS, o Estado Islámico. Abu Lutfi no usará esa palabra en árabe, a su hijo no le gusta aunque la decía cuando colocó la segunda bandera, la de franjas verde y negra, la de la independencia, esa que hicieron propia los rebeldes cuando en la guerra sólo estaban ellos y los hermanos al-Assad. Lutfi la usaba con desprecio cuando peleaba contra el régimen pero desde que se fue a Irak, no lo hace más. El sonido de Daesh es brusco, poco lírico, y en árabe importa más cómo se dice algo que lo que se dice. Prefiere al-Dawla, el Estado; el califato. Su proyecto, el viejo Imperio Islámico que llegaba hasta España en los días de Córdoba y Granada. Abu Lutfi es complaciente, quiere que todo acabe, también quiere a su hijo y no duda que una ofensa será suficiente para que muera a manos de su sangre. Extraña los tiempos de la dictadura, me dice al teléfono. Todos los Assad, incluso juntos con su aparato represor, eran frente al ISIS un mal menor.

No hablamos de muertos, tampoco de las decapitaciones que todos tienen presentes cuando se habla del llamado Estado Islámico. No insisto para que me cuente, todo eso está en las noticias. Hay un punto en que de esas cosas sólo hablan quienes no conocen el campo de batalla.

—¿Cómo llegamos a esto? —Me pregunta.

—¿Abu Lutfi, te acuerdas de la hija de Lana? Tampoco hablo del misil que le cayó a mi sobrina.

—¿Cómo está?

—Bien, entiendo que ya está bien. Su amigo está muerto.

—¿Iban agarrados de la mano?

—No, sólo estaban caminando.

Al hamdu lillah. —Agradece a Dios en árabe. Puede que sus palabras sean vacías. Después de todo, sigue creyendo en él.

—Todo esto para nada. —Dice entre lágrimas. Nunca he sabido hablar con alguien que llora. Fueron las mismas palabras que escribió mi prima hace unos meses, cuando me avisó de la hija de Lana. —¿Cómo llegamos a esto? —Pregunta de nuevo.

La respuesta está en cómo empezamos.

Parece novela rusa. Para entender porqué Lutfi ha cambiado de bando hay que sacar la pluma y hacer un diagrama que recuerde relaciones a lo largo de la historia. Su padre teme que no regrese, sus hermanos que lo haga. Se ha hecho un hombre violento que obliga a Fátima a cubrirse el rostro. Los bombardeos liderados por Estados Unidos han sido eficaces, los están conteniendo en el territorio que ocupan entre Siria e Irak pero ISIS es más que eso y la tímida intervención no es suficiente. Sabemos que ISIS es una escisión de al-Nusra, la filial de al-Qaeda en Siria pero sobre todo es una idea. Ya los mejores analistas han explicado cómo por más que se estén replegando, surgen voces que proclaman sus filias con los que quieren imponer un califato.

Abu Lutfi tiene edad para recordar y enseñarme cómo el partido Ba’ath manejó a las tribus desde la década de los setenta. Ahí se encuentra la clave para entender a ISIS en el terreno. Saddam y al-Assad tenían más diferencias que las conocidas, sus políticas internas son parte de las razones que tienen al mundo sumido en el terror de una organización terrorista que además es un grupo comercial, evidentemente criminal, que sabe manejar los mercados grises donde petróleo y armas se venden de forma casi legal. ISIS es todo eso y un símil de Estado. Lo más peligroso, es una utopía política y religiosa que genera adeptos.

Abu Lutfi y yo evitamos hablar de la expansión del ISIS fuera del territorio sirio e iraquí, esa parece incontenible.

Saddam era sunita, se reunía con sus tribus y también con las chiitas. Hafez despreciaba a todas como si fuera occidental, pensaba que contradecían el progresismo del ba’athismo sirio pero el ba’athismo secular de Irak permitió el regreso del fundamentalismo.

—En América, ustedes piensan que las tribus no son civilizadas pero éramos tribus antes que nos dibujaran las fronteras y lo seguimos siendo.

No sé qué responderle, tiene razón. Hemos sido demasiado soberbios.

Esa fronteras ya no existen. La mayoría de las tribus se encuentran en esas zonas, ahí es donde el ISIS se ha desenvuelto mejor. También al-Nusra se movía bien ahí, los dos usaron el método de Saddam, usar a las tribus para controlar territorios.

ISIS construye líderes tribales, les ofrece petróleo y contrabandos, les da posiciones de liderazgo si le dan la espalda a los viejos que se habían mantenido neutrales a al-Assad o bien de su lado.

—Abu Lutfi, tu hijo no pertenece a ninguna tribu. —Afirmo con la duda que provoca una posible ignorancia.

—Pero es un buen árbitro.

A raíz de la guerra, los dos países se quedaron sin un gobierno capaz de resolver los asuntos más simples. Si una tribu se pelea con otra, no esperaran la presencia de Damasco ni de Bagdad, van con el ISIS y ellos mandan a Lutfi para patrullar y poner orden. Siempre lo acompañan extranjeros.

—En realidad ellos no importan. —Dice Abu Lutfi con desdén.

Se dice que al separase al-Nusra, la mayoría de los yihadistas europeos se fueron con ISIS. Para probar su fe, les asignaron misiones suicidas, sin religiosidad de por medio, eran desechables. Tal vez por eso sean extranjeros los que empuñan el cuchillo y decapitan frente a las cámaras.

—Ya hacía eso al-Qaeda en Irak. —Cuenta mi viejo amigo. Es un secreto a voces.

Antes de la retirada de tropas de Estados Unidos, se dice que el cuñado de Bashar apoyó a al-Qaeda. Formaba parte de su gabinete. Assef Shawakat murió en un atentado en 2012.

—Abu Lutfi, me dicen otros hombres que ese ataque le sirvió a Bashar.

Y el viejo espeta un sí por el altavoz. Efectivamente, el atentado le cayó de perlas. Los rumores acerca de una crisis de gobierno eran tan fuertes como los que hoy rodean el atentado.

Por eso Siria, Irak y el ISIS son como una novela rusa. Se mezclan familias, clanes, tribus y política con Dios. De este lado del mundo creemos que la religión es todo en ISIS. Sí, es la principal preocupación de Abu Bakr al-Baghdadi y su cúpula. Se hizo llamar el Emir de los creyentes, es como si el Papa se autoproclamara. Las tribus no simpatizan a rajatabla con el califato que quiere imponer, algunas se adhieren al ISIS por razones políticas, es mero pragmatismo y supervivencia. Al-Baghdadi las une y separa a modo para evitar levantamientos.

—¿Como en Siria en los ochenta? —Le pregunto sobre los Hermanos Musulmanes. No contesta.

Antes de la guerra, Damasco fue anfitrión de reuniones entre al-Qaeda y el partido Ba’ath de Irak. La guerra es promiscua. —Relata el hombre que espera el regreso de su hijo. Todos contra todos es más grande que Damasco, Irán y Estados Unidos peleando al mismo enemigo. Que el Hezbollah y Washington compartan adversario es comprensible, lo que se debe entender es la pelea que se desarrolla a partir de reglas tribales. Líneas patriarcales se desafían y luego juntan en las trincheras, acuerdos de una política familiar más que yihadista y la búsqueda del regreso de un Imperio Islámico.

El dominio del ISIS en las decisiones patriarcales no es compatible con la estrategia occidental, los bombardeos de Estados Unidos han mermado las posiciones del ISIS en la zona pero no contemplan su poder de adaptación. A falta de una solución en Siria, esta estructura sigue siendo funcional y aunque hay quien piensa que el ISIS tiene flancos que lo hacen temporal —los bombardeos principalmente—, ha logrado que miembros de una misma tribu combatan entre sí. Su condición de idea permite su permanencia y mutación, por eso las escisiones dentro de las organizaciones terroristas. Al-Baghdadi no depende de sí mismo para su objetivo, su presencia es transitoria, busca que su pensamiento permee en escalones más bajos. Mientras no exista un asomo de estabilidad en Siria, el manejo de los clanes será más poderoso que cualquier ofensiva.

La estabilidad en Medio Oriente tiene varios niveles. Los externos, internacional y regional. El interno, las tribus. ISIS está presente en todos. Si bien una solución al conflicto sirio podrá venir con la negociación de los actores internacionales como Estados Unidos y Rusia en pos de un régimen transitorio que incluya a la familia Assad, las estructuras tribales quedan en este instante fuera de su alcance. El mal mayor en que se convirtió el ISIS, por su nivel de violencia, puede disminuir con el incremento de estabilidad en los factores externos, pero por lo pronto si bien los bombardeos y la contención reducirá sus actividades en la zona, al mismo tiempo fortalece las voces de adhesión en el resto del planeta.

Si las naciones no pueden con las tribus, ¿qué pasa si se permite a éstas convertirse en Estado? Ninguna de las naciones involucradas permitirá que el ISIS llegue a controlar las ciudades importantes, jamás el califato llegará a las dimensiones de los sueños de Lutfi y al-Baghdadi pero posiblemente, en la búsqueda de un bien mayor, una solución efímera sea obligarlos a permanecer en la fracción de territorio que controlan, donde el mundo seguirá viendo cómo hacen barbaridad y media, ablaciones, ejecuciones y demás inefables, perdiendo la humanidad que decimos tener. Al final, creemos que el ostracismo ha funcionado para contener las acciones de algunos Estados cuando apenas sirven para que no nos molesten tanto. No sé, ante el fanatismo no tengo respuestas.

Abu Lutfi no volverá a saber de su hijo. Nael espera que eso suceda para no tener que defender a su hermana.

 

Maruan Soto Antaki