(PRIMER ACTO)

LA DEVELACIÓN DE LA ESTATUA

En 1947 Manuel Herrera y Lasso en su artículo “Los constructores del amparo”1 lanzó este deseo: “A mi maestro sin par [Emilio Rabasa] de Derecho Constitucional Mexicano, que fue el autor de la Constitución vigente [!] y el consumador del amparo [?], la Suprema Corte de Justicia como a Rejón, como a Otero, como a Vallarta, debe erigirle una estatua”.

Por la actuación ilegal de Rabasa como senador en tiempos de la Decena Trágica y por su cercanía con los golpistas Félix Díaz, Manuel Mondragón y con “El chacal”  Huerta, las palabras del devoto discípulo no podían verse sino como un ferviente anhelo para exaltar la memoria de su Maestro. Pero “con el tiempo (casi 60 años después), y un ganchito (excelente lobbying)”, el pensamiento de un alumno se convirtió en una realidad indeseable. Si se consulta el cuadernillo Ceremonia de Develación de la Estatua de Emilio Rabasa Estebanell (SCJN-2006), el lector olerá el incienso que se esparció en el acto realizado el 23 de febrero de 2006.Para ese momento eran ministros: Mariano Azuela Güitrón, presidente;  José Ramón Cossío Díaz; José de Jesús Gudiño Pelayo; Olga Sánchez Cordero de García Villegas; Juan N. Silva Meza; Sergio A. Valls Hernández; Margarita Beatriz Luna Ramos;  Sergio Salvador Aguirre Angiano; Juan Díaz Romero; Genaro David Góngora Pimentel; y Guillermo Ortiz Mayagoitia. De la carta que leyó el ex canciller Emilio O. Rabasa en honor a su abuelo en la ceremonia,  se infiere que estuvieron en ella todos los ministros pero no he podido constatar el hecho.

La primera alocución la hizo el ministro Gudiño Pelayo. La expectativa se centró en conocer los motivos por los que Rabasa tuviera su estatua en el edificio sede de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (Pino Suárez 2).

El mérito más relevante que el ministro encuentra en Rabasa, “que llega a la Corte para quedarse, petrificado artísticamente en la permanencia que le da la escultura que se realizó en su honor” es: “sobre todas las cosas un reconocimiento al gran crítico de la Constitución y de su interpretación, al gran crítico del amparo y de la Suprema Corte de Justicia”.

En la presentación del cuadernillo, el entonces presidente Mariano Azuela señala que Rabasa en una de sus mejores obras jurídicas, El juicio constitucional, se anticipó a su tiempo pues sostuvo que la estabilidad de las instituciones políticas radica en la eficacia del poder judicial. Agrega, también, que su tesis central se basa en que la Suprema Corte de Justicia es el intérprete legítimo de su Constitución; el escudo de los derechos individuales; el órgano de poder que equilibra y limita; el defensor del régimen federal; la institución que garantiza el cumplimiento de la ley suprema. En sus palabras: “Esta es la razón para colocar [a Rabasa] en el pedestal de honor de este recinto, al lado de Rejón, de Otero, y de Vallarta”. Esto es, al lado de los padres del amparo (Rejón y Otero) y del autor de riquísimos votos particulares (Vallarta).

Emilio O. Rabasa nieto, leyó una carta al más allá a su homenajeado abuelo. El comienzo es tronante: “¡Al fin se te hace justicia!”, al colocarse su estatua “en el Templo Mayor de Justicia de nuestro país”. El motivo de la tardanza, según el nieto, es que fue “lamentablemente de los vencidos en la política”.

Rabasa fue parte del grupo de los científicos y gobernador en Chiapas en el porfiriato. Ante esos argumentos me pregunto: ¿fue entonces un mal el  triunfo de la revolución maderista?

Rabasa contribuyó a la caída de Madero y colaboró con Victoriano Huerta. ¿Acaso Huerta no debió haber sido vencido, para que Rabasa no fuera un desafortunado en lo político? Tal vez así pensaba el nieto, quien veía a su abuelo como “un gigante”.

También nombró a algunos constituyentes de 1917 que negaban relación o influencia de Rabasa como “vergonzantes rabasistas”.

Recordó que su abuelo regresó a México del exilio por “ahí de la tercera década del siglo pasado”, y que con el paso del tiempo “ya no hay vergonzantes rabasistas, sino respetables juristas”. Finalizó el acto el bisnieto de Rabasa, Emilio Rabasa Gamboa, donde refutó el título dado a su antepasado por Martín Díaz Díaz: “teórico de la dictadura necesaria”.

Las palabras o expresiones proscritas en el acto fueron: Porfirio Díaz, Francisco I. Madero, Victoriano Huerta, Decena Trágica, Mondragón, Félix Díaz, Rabasa Embajador de Huerta en Washington. Sobre estos temas sólo hubo silencio.

Al terminar de leer el cuadernillo de referencia, me pregunté: ¿Dónde está el Emilio Rabasa que el 12 de diciembre de 1914, junto a muchos más “presuntos autores del cuartelazo” a Madero2 , se le dictó orden de proceder judicialmente en su contra por “infracción a las fracciones II, III, y XII del artículo 3° de la Ley de 25 de enero de 1862” revivida del pasado juarista por Venustiano Carranza?

Esta ley es dura, draconiana, y puso a Rabasa y a más de tres en una situación jurídica difícil. Para rápida referencia y evitar confusiones de interpretación, inmediatamente transcribo3 :

LEY PARA CASTIGAR LOS DELITOS CONTRA LA NACIÓN, EL ORDEN, LA PAZ PÚBLICA, Y LAS GARANTIAS INDIVIDUALES

Artículo 3. Entre los delitos contra la paz pública y el orden se comprenden:

II. La rebelión contra las autoridades legalmente establecidas.

III. Atentar contra la vida del Supremo Gefe (sic) de la Nación o la de los Ministros de Estado.

XII Complicidad en cualquiera de los delitos anteriores, concurriendo a su perpetración de un modo indirecto, facilitando noticias a los enemigos de la Nación o del Gobierno, especialmente si son empleados públicos, los que se revelen; ministrando recursos a los sediciosos o al enemigo extrangero [sic], sean armas, víveres, dinero, bagajes o impidiendo que las autoridades los tengan; sirviendo a los enemigos de espías, correos o agentes de cualquiera clase, cuyo objeto sea favorecer la empresa de ellos o de los invasores, o que realicen sus planes los perturbadores de la tranquilidad pública, esparciendo noticias falsas, alarmantes, o que debiliten el entusiasmo público, suponiendo hechos contrarios al honor de la República, o comentándolos de una manera desfavorable a los intereses de la patria.

El artículo 6 preceptúa que la autoridad competente para sustanciar y decidir sobre esos delitos es la militar, a través de la formación de un Consejo de Guerra. Los delitos imputados a Rabasa se castigaban incluso con la propia pena de muerte. Así, a fines de 1912, se encontró comprometido gravemente con la justicia militar.

Insatisfecho, el que estas líneas escribe, sobre los méritos y servicios que prestó a la nación Emilio Rabasa, para tener su estatua en la Suprema Corte según lo dicho en la ceremonia de develación, decidió conocer los motivos y las razones por otra vía.

(SEGUNDO ACTO)

LAS RAZONES DE LA CORTE

A fines de 2007 llegó a mis manos el libro Emilio Rabasa. Teórico de la Evolución Constitucional, escrito por Miguel Ángel Fernández Salgado, y editado por la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

La presentación fue realizada por el ministro Mariano Azuela Güitron y las ministras Margarita Beatriz Luna Arroyo y Olga Sánchez Cordero de García Villegas.

Allí, no dudan en llamar a Rabasa “mariscal del juicio de amparo”, “estadista y visionario”. El rabasismo continuaba y mis dudas sobre “los méritos y servicios” de Rabasa, también.

Posibilitado por la Ley Federal de Transparencia y Acceso a la Información Pública presenté una solicitud por escrito ante la propia Corte. Los meses pasaban y no obtenía respuesta alguna.  Una voz -¿interior?- me dijo que debía insistir en mi petición, incluso se podía hacer por vía electrónica, pues si no porfiaba se me tendría por desistido.

El 23 de junio de 2009 pedí tener acceso a los siguientes instrumentos:

Documentos mediante los cuales se realizó la propuesta y/o autorización de colocar, en el edificio sede de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, la estatua del Lic. Emilio Rabasa, y al que contenga la justificación para colocar en el edificio de la sede de la Suprema Corte de Justicia de la Nación la estatua del dicho Lic. Rabasa con base a sus méritos y servicios. También pregunté por el costo de la estatua.

El lunes 13 de julio de 2009, a las 17:40 p.m. recibí la contestación del maestro César Armando González Carmona, Coordinador de Enlace para la Transparencia y Acceso a la Información, vía e-mail.

Paso a glosar la documentación recibida:

Lo primero que se me informó es que el costo erogado por la estatua fue de $296,700.00 pesos moneda nacional.

En un documento titulado: Proyecto para la instalación de una estatua en el edificio sede de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, sobresale que en diciembre de 2003 se hizo una investigación sobre Rabasa y su trayectoria con el fin de entregar dicha información a los posibles realizadores de la obra.

De igual forma se me envió una copia de la misiva de Emilio O. Rabasa, nieto, fechada el 12 de marzo del 2004 y dirigida al Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. La carta es de fecha posterior a los inicios del proyecto de instalación de la estatua según se ha visto.

El nieto pide:

A mi juicio y divorciado de toda pasión familiar, he declarado en conferencias, cátedras y libros, que el mayor orgullo mexicano, la institución más trascendente y la exportación jurídica de diseminación mundial, que hemos tenido, ahora por todos reconocida, se debe al genio de los siguientes juristas a quienes califico, sin ambages, los cuatro mariscales del Derecho Constitucional Mexicano. Manuel Crescencio Rejón.- El creador del notable juicio; Mariano Otero.- Quien lo federalizó (Acta de Reformas de 1847); Ignacio L. Vallarta.- El más grande Juez mexicano por su sabia utilización del amparo y; Emilio Rabasa.- Trascendental crítico y exegeta del juicio constitucional y quien más dio a conocer la obra de sus tres antecesores.

Hoy día existen las estatuas de los tres mariscales antes enumerados.

Mtro Mariano Azuela, Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. En ese elevado tribunal, falta el cuarto notable jurista mexicano, Emilio Rabasa. ¿Cuándo se le va a colocar entre sus pares?

Gracias por su atención.

El último documento, denominado “Breve investigación sobre Emilio Rabasa” es donde deberíamos encontrar los datos duros sobre los servicios y méritos que lo llevaron al pedestal. Para mi sorpresa me encuentro que, en realidad, lo que tenemos es un trabajo pequeño de Daniel Moreno, en donde Rabasa reivindica el papel de las compañías deslindadoras de la época porfirista y en donde se le atribuyen frases como la que sigue: “el negro, más abyecto que el indio, y mucho menos capaz, era mucho más individuo que él y pudo por tanto ser hombre de mucho menos tiempo”.

Pero el broche de oro se encuentra en este párrafo en el que supuestamente es el estudio justificatorio de la Suprema Corte de Justicia de la Nación para tener en el pedestal a Emilio Rabasa, al decir: “Tan grave o más que sus ideas, fueron sus actos, su complicidad con la caída de Madero y su incondicionalismo ante la tiranía del pretoriano Huerta”.

Concuerdo con esta idea del estudio justificatorio, en lo que estoy totalmente en desacuerdo es en que por estos motivos petrifiquen artísticamente a Rabasa en la Suprema Corte.

(TERCER ACTO)

EMILIO RABASA EN LA DECENA TRÁGICA Y EN EL GOBIERNO DE HUERTA

Madero aparece en la vida pública cuando publica, a finales de 1908, su famoso texto La sucesión presidencial en 1910. Rabasa calificó a la obra carente de valor literario y de erudición; sin embargo reconoció que tuvo “el valor de decirlo, en letras de molde y de excitar a la nación para que obrara en el recobro de sus derechos, y justamente lo que ganaba a la generalidad de los lectores era encontrar en el libro lo que ellos mismos pensaban y querían sin el valor de proclamarlo o de hacerlo”.4

El primer diferendo con la revolución maderista y Rabasa surgió cuando su hermano el gobernador de Chiapas, Ramón Rabasa, ante los embates del grupo subversivo “la mano negra”, renunció en 1911 a su encargo.5

Pero acerquémonos a los malos tiempos de la Decena Trágica en los que Emilio Rabasa era senador de la República. El 6 de febrero de 1913 Rabasa pidió, junto con otros senadores, al presidente Madero el cambio de su gabinete.6 Desde luego que no era facultad del senador tener injerencias en actos de gobierno, de tal gravedad como la integración de un gabinete. Facultad que era exclusiva del presidente, reconociendo que varias veces se equivocó en sus designaciones.

El senado de la República se dividió en dos grupos: los revolucionarios, llamados entonces maderistas, y los reaccionarios. En estos últimos se formó el Grupo de los nueve, compuesto  -entre otros- por los senadores: Juan C. Fernández, Sebastián Camacho, Guillermo Obregón, Emilio Rabasa, Rafael Pimentel, Carlos Aguirre, Gumersindo Enríquez, y Ricardo R. Guzmán.

El senador Salvador Gómez en su artículo Senadores Asesinos de Madero7 los caracterizó así:

No había oportunidad que no fuese aprovechada para atacar, para zaherir, para denostar injuriosa y calumniosamente al mencionar al señor Madero y a los hombres que lo rodeaban […]

La mayor parte de ellas se han perdido en el olvido; pero aún se recuerdan las malévolas insinuaciones, los vituperios, las burlas hipócritamente lanzadas a la circulación senatorial, de donde se esparcían a la Capital y a toda la República, por medio de la prensa de escándalo, con el objeto de mancillar y de escarnecer el buen nombre de aquel ilustre gobernante.

Durante los días de la Decena Trágica, Rabasa y su grupo parlamentó con Lascuráin, el reaccionario Secretario de Relaciones Exteriores, con Ernesto Madero, con Victoriano Huerta y con el propio Francisco I. Madero, para solicitar su renuncia.

Madero despidió al grupo con “cajas destempladas”, pues no tenía motivo para renunciar dado que no era inminente el desembarco de tropas norteamericanas en suelo patrio, según se lo aseguró el presidente Taft al propio Madero por telegrama.8

El 16 de febrero fue tomada por los agentes de Casasola una foto ignominiosa, en donde se ve que Emilio Rabasa se apersonó a la Ciudadela a conferenciar con los golpistas Félix Díaz y Manuel Mondragón. ¿Qué hacía allí, además de conspirar, un senador sin la autorización presidencial con estos siniestros personajes? La fotografía se puede ver en la Historia Gráfica de la Revolución Mexicana, 1900-1970, Gustavo Casasola, t. 2, Trillas, 1973, p. 530, con este pie de foto: Los senadores conferenciando en el interior de la Ciudadela con los generales Félix Díaz y Mondragón, durante el armisticio del día 16.

El día 18 de febrero acudieron los nueve senadores a hablar con Victoriano Huerta sobre la necesidad de la renuncia de Madero. Es seguro que por ésta –y tal vez otras conferencias-, Huerta sintió el apoyo del Senado para tomar presos al Presidente y Vicepresidente. El propio 18 de febrero de 1913, “El chacal” envió a los Jefes de fuerzas armadas y a los gobernadores de los estados, consumada su alta traición, un telegrama en estos términos9 :

“Autorizado por el Senado. He asumido el Poder Ejecutivo, estando presos el Presidente y Vicepresidente”.

Antes de que fuera tomado preso, el Presidente recibió un manifiesto de los senadores leales. En su artículo Senadores Asesinos de Madero, entre los que se encuentra Rabasa, Salvador Gómez sentenció:

Como Victoriano Huerta manifestó a la República que autorizado por el Senado había asumido el Poder Ejecutivo, teniendo prisioneros al señor Madero y a su gabinete, mintió por cobardía […]

Repito que el Senado no dio tal autorización, tanto porque no llegó a reunirse con tal objeto, como porque aún en el supuesto que se hubiera reunido, la ley no concede facultades a dicho cuerpo para autorizar cuartelazos.

Pero de todas maneras, los Senadores que hipócritamente, ocurrieron a corromper al ejército, pidiéndole su intervención para exigir sus renuncias a los primeros mandatarios de la Nación, llevarán eternamente en la historia, el baldón de asesinos. 10

El 21 de abril los miembros del Jockey Club ofrecieron un banquete a Félix Díaz y a Mondragón. Asistieron muchos elementos de las “fuerzas vivas de la política”, entre ellos se encontraba Emilio Rabasa celebrando el triunfo de los golpistas. “Al descorcharse el champaña el señor Manuel Sierra Méndez ofreció la comida en un elocuente discurso, al que contestó [el sobrino de su tío]: Félix Díaz, agradeciendo el homenaje”.11

Victoriano Huerta fue obteniendo el reconocimiento de su gobierno por diversos países, pero la aceptación de la joya de la corona de la comunidad internacional, Estados Unidos, no llegaba (y nunca llegó). En este importantísimo asunto le asignó un papel preponderante a Emilio Rabasa.

Veamos, en primer lugar, los pocos pero reveladores documentos sobre la designación como Embajador en Washington de Emilio Rabasa, que obran en su expediente personal en el Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Tal vez, por primera ocasión se publican:

Expediente 5-7-31

Año – 1913

Asunto: Emilio Rabasa.- Su expediente personal.

UNO

Telegrama MX – 27 febrero/1913

Embajada de México Washington

Sírvase preguntar Gobierno Mayor brevedad posible si es persona grata como embajador Señor Senador Rabasa.

De la Barra

Tramítese.

El Oficial Mayor

    Peña y Reyes.

DOS

CIA Telegráfica MX                                                                 15/marzo 1913.

Washington DC

SER MX CITY

Con motivo a la pregunta relativa si el Sr. Senador Rabasa sería persona grata como Embajador. Díceme contestación “Tengo el honor de decir que como la Nueva Administración no ha tenido todavía oportunidad suficiente para dar asunto la cuidadosa atención, no está actualmente en posición de contestar a la pregunta asentada en vuestra nota”.

De la Cueva

TRES                                                                                   MX. 10/abril/1913

Sr. Embajador

Teniendo en consideración los delicados asuntos pendientes en nuestras cancillerías, la conveniencia de que no permanezca sin la debida representación nuestra misión en Washington, así como el parecer justamente favorable que vuestra excelencia se ha servido extender en diversas ocasiones acerca del senador y Lic. Don Emilio Rabasa, designado por el Sr. Presidente de la República, para ocupar el puesto de Embajador en Washington, he de merecer de vuestra excelencia que se sirva reiterar a su gobierno el interés que se tiene en México de ver cuanto antes su contestación que sin duda será satisfactoria, para proceder desde luego al cumplimiento de todos los requisitos necesarios.

A fin de que el mencionado senador Rabasa pueda asumir su alta representación cerca del Gobierno de los Estados Unidos.

Anticipo a Vuestra Excelencia mis agradecimientos por lo que se sirva hacer a este respecto […]

F.L. de la Barra.

A su excelencia Henry Lane Wilson

Embajador Extraordinario y

Plenipotenciario de EUA

Presente

De estos tres documentos se colige que Huerta –con la anuencia de Rabasa, pues se cuidó este principalísimo asunto- tuvo prioridad en tener Embajador en Washington desde sus primeros momentos de gobierno pero ni el presidente Taft  ni el nuevo presidente W. Wilson obsequiaron la solicitud, ya que como ha quedado dicho no reconocieron al gobierno de Huerta.

En todos estos pasos, por elemental lógica se coordinaron Huerta, De la Barra y Rabasa.

El 8 de abril el diario El Imparcial. Daba la siguiente noticia: “No va a EE.UU. El Sr. Ministro de Relaciones. El Sr. Lic. Rabasa sólo espera contestación. Nuestras relaciones con la vecina República del Norte son cada día más cordiales, asegura el Sr. Lic. De la Barra”.

No entiendo conforme lo visto, y lo que expondré más adelante, por qué Alfonso Lujambio todavía en 2009, escribía: “… y aunque Rabasa habría rechazado el ofrecimiento del dictador de convertirse en su Embajador en Washington, en México se le tiene por partidario del derrotado Huertismo”.12

Según nos informa Luis Lara Pardo, Huerta envió a Estados Unidos –en mayo de 1913- a su embajador no reconocido para tratar el tema de El Chamizal. Rabasa viajó pero no fue recibido oficialmente por lo que no pudo hacerse cargo del asunto por el que se movilizó.13 Rabasa incluso se ostentó como embajador. Andrés Serra Rojas14 nos ilustra:

También se habló en esos momentos que don Emilio Rabasa había sido nombrado Embajador de México en los Estados Unidos. Véase a este respecto la obra Emilio Rabasa. Cuestiones Constitucionales. El Senado y la Comisión Permanente. Discurso pronunciado por don Emilio Rabasa nombrado Embajador de México en Estados Unidos. Prólogo de Ignacio Torres Adalid. Cía. sd.  Anunciadora, S.A, 1913, p.p. 23.

Ahora bien, la noticia del viaje a Estados Unidos en mayo de 1913 fue pública. La Semana Ilustrada del 29 de abril de 1913 en su sección Notas Recientes en Sociedad publicó una foto de Rabasa, y señala que ha sido “designado como nuestro futuro embajador en Washington”.

En septiembre de 1913 le ofreció Huerta a Rabasa la Rectoría de la Universidad Nacional, éste dudó al principio. Nemesio García Naranjo años después rememoró: “José María Lozano había designado como Rector a don Emilio Rabasa; pero como este ilustre pensador no había dicho claramente si aceptaba el honroso nombramiento, le dije al doctor Pruneda que pasara a visitarlo a su casa, con la súplica que señalara el día en que estuviera listo para asumir sus elevadas funciones”.15

El 20 de septiembre de 1913 en el Senado se da cuenta de una solicitud del senador Rabasa fechada un día anterior. Allí se alude al nombramiento que se le ha conferido como rector de la Universidad Nacional, pero no puede aceptar el encargo sin renunciar a los emolumentos de senador y a su función.16 “En tales condiciones –expresó- y en el concepto de que mi deber y mi deseo son continuar en el ejercicio de mis funciones de Senador, propongo el caso a esta honorable asamblea, para que, si a bien tiene se sirva concederme el permiso necesario para aceptar el cargo a que me refiero”.

El asunto fue turnado a la comisión respectiva y parece que no fue tratado. Lo expresado desmiente a los rabasistas que han señalado que rechazó –lisa y llanamente– de rectoría por venir de Huerta.

Finalmente, Rabasa aceptó la representación del gobierno de Huerta en las negociaciones de Niagara Falls en las postrimerías del nefasto régimen, uno de los más despreciados –en justicia- de la historia de México. Casi todos se han querido deslindar de él a pesar de sus probadas participaciones.

INTERMEDIO

De propósito no me referí en el presente al Rabasa literato, al profesor, o al escritor de temas jurídicos. Reconozco que estoy en deuda con ese Emilio Rabasa. No pretendo que no tuviera méritos y servicios. Mucho menos me siento con el derecho de que en la esfera privada e institucional privada cada quien admire a quien quiera. Comprendo a la sucesión Rabasa, para ellos su genearca es su gigante y han promovido –contra la marea histórica- no el apellido que portan, y han buscado el reconocimiento de Emilio Rabasa.

Mi desacuerdo es con la existencia de una estatua en la sede de la  Suprema Corte de Justicia de la Nación, de quien en su propio documento justificatorio reconocieron:

“Tan grave o más que sus ideas, fueron sus actos, su complicidad con la caída de Madero y su incondicionalismo ante la tiranía del pretoriano Huerta…”.

La sociedad es emblemática, simbólica, por ello ponemos, quitamos, y hasta tiramos estatuas. El mensaje que envió la Corte al poner en un pedestal a un político como Rabasa no abona a la democracia.

Cómo y cuándo no lo sé, pero esta historia en la que mi maderismo me ha metido continuará…

 

Alberto Saíd. Doctor en derecho. Profesor universitario. Ha publicado, entre otros libros, Los alegatos, La auditoría legal, y Teoría general del proceso.

 


1 En la Revista Mexicana del Derecho Público, Vol. 1, número 4, abril-junio, 1947, p. 384.

2 Maldonado, Calixto, Asesinatos de Madero y Pino Suárez, México, 1922, p.p. 44-45.

3 Tomada de Gaceta de los Tribunales para la República Mexicana. Dirigida por el Lic. Luis Méndez,   Tomo 3, Isidoro Devaux, México, 1862.

4 Glass, Elliot, México en las obras de Emilio Rabasa, México, Diana, 1975, p. 50.

5 Fernández Delgado, Miguel Ángel. Emilio Rabasa Teórico de la Evolución Constitucional, México, Suprema Corte de Justicia de la Nación, 2007, p. 94.

6 Taracena, Alfonso, La Verdadera Revolución Mexicana, México, Jus, 1965, p. 286.

7 En: Romero Vargas Yturbide, Ignacio, La Cámara de Senadores de la República Mexicana, 1967, p. 218.

8 Ver: Romero Vargas, op. cit.; De cómo vino Huerta y cómo se fue, México, Librería General, 1914, passim, y la obra ya citada de Alfonso Taracena.

9 Romero Vargas Yturbide, op.cit.; p. 218.

10 Op. cit.; p. 219.

11 Historia Gráfica de la Revolución Mexicana, op.cit.; p. 567.

12 La influencia del constitucionalismo anglosajón en el pensamiento de Emilio Rabasa, ELD-IIJ, 2009, p. 73.

13 Match de dictadores, Wilson con Huerta. Carranza contra Wilson, México, Márquez Editor, Méjico, D.F., 1942, p. 45.

14 Antología de Emilio Rabasa, México, Oasis, 1969, t.II, p.p. 47-48.

15 Memorias de García Naranjo. Mis andanzas con el General Huerta, Monterrey, Talleres de “El Porvenir”, t.VII, s/f, p. 139.

16 Serra Rojas, Andrés, op.cit., p. 418