En toda mi vida no he practicado ningún acto de violencia ni física ni moral. No porque esté fanáticamente en contra de la no-violencia. Que si es una forma de autoconstrucción ideológica, también es una violencia. Nunca he cometido en toda mi vida ninguna violencia física ni moral sencillamente porque he seguido mi propia naturaleza, o sea mi cultura.

Hay una sola excepción. Y la quiero recordar. Se trata de unos diez años atrás (1964). Había sido invitado a un debate en la Casa del Estudiante de Roma. Por la calle —era el anochecer— un grupo de fascistas me agredió. (Entonces no era un fenómeno cotidiano y tampoco frecuente.) Me tiraron encima un frasco de cerusita y empezaron a levantar las manos y a amenazarme. Conmigo había unos compañeros jóvenes y fue sobre todo la violencia empleada contra ellos lo que me exasperó. Respondimos con la misma violencia y los atacantes se desbandaron. Yo me puse a perseguir al más turbulento. Nuestra carrera duró más de un kilómetro a través del barrrio de San Lorenzo. Cuando estaba a punto de atraparlo, se subió a un tranvía al que yo también conseguí subir a pesar de las patadas que me propinaba desde el estribo. Entonces se volvió a escapar saltando del tranvía por la salida delantera. Lo que yo también hice. Volvimos a reanudar nuestra loca carrera a través de San Lorenzo hasta que desapareció dentro de un garaje donde ya no lo volví a encontrar porque se escapó, al parecer, por una puerta trasera. Pero en aquel momento creo que, si lo hubiera pescado, ya no le habría hecho nada. La rabia ciega ya se me había pasado. Y ha sido la primera y la única vez en mi vida que me he dejado llevar por la rabia.

Fuente: Pier Paolo Pasolini, Escritos corsarios (traducción de Mina Pedrós), Editorial Planeta, Barcelona, 1983.

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