A Carlos Pellicer López

En los extremos de América nacieron Carlos Pellicer y Pablo Neruda. Norte y sur. México y Chile. Dos polos tan lejanos como opuestos y al mismo tiempo unidos por la misma tierra y por el mismo cielo americano. Pellicer vio las primeras luces al caer el siglo XIX; Neruda, en la alborada del siglo XX. Los dos escribieron en verso y en prosa sobre su tierra. El mexicano rememoraba: Trópico, para que me diste/ las manos llenas de color./ Todo lo que yo toco/ se llenará de sol./ En las tardes sutiles de otras tierras/ pasaré con mis ruidos de vidrio tornasol./ Déjame un solo instante/ dejar de ser grito y color.1 Mientras que el chileno decía que “sobre los días y años” de su infancia el “único personaje inolvidable fue la lluvia. La gran lluvia austral que cae como una catarata del Polo, desde los cielos del Cabo de Hornos hasta la frontera. En esta frontera, o Far West” de su patria, nació “a la vida, a la tierra, a la poesía y a la lluvia”.2

Pellicer desde muy joven conoció la geografía de México y también la de América. Entre 1918 y 1920 estuvo en Colombia y Venezuela. Y en 1919, a propósito del primer centenario del triunfo de Boyacá, 7 de agosto de ese año, hizo el poema, “A Bolívar”, que inicia con esta plegaria: SEÑOR: he aquí a tu pueblo; bendícelo y perdónalo./ Por ti todos los bosques son bosques de laurel./ Quien destronó a la Gloria para suplirla, puede/ juntar todos los siglos para exprimir el Bien. Catorce días más tarde, en Bogotá, puso punto final a sus “Cuatro estrofas”. La primera, sobre México, nuestro México: Mi Patria da al Pacífico y al Atlántico tierras./ Tuvo un Emperador/ que tornó en flechas plumas de su penacho en guerras/ y en suplicio de llamas vio en el fuego la flor. Y la última, su advertencia y su gran valentía al señalar: Al Norte aúllan lúgubres codicias./ Pero tenemos las primicias/ del ruiseñor y del león.3

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En 1922 volvió a otras tierras americanas gracias a la invitación que le hizo el fundador y primer secretario de Educación Pública, José Vasconcelos, para que en unión de otros intelectuales mexicanos visitaran oficialmente algunos países sudamericanos. En esos meses conoció más de una docena de ciudades de Argentina, Brasil, Chile y Uruguay. Y fue en Santiago de Chile donde conoció a Pablo Neruda.

Neruda tenía 18 años. Era un joven delgado. Casi intratable. Con el “pelo hasta las orejas”. Tan silencioso. Más de una hora Pellicer charló con Pablo y en esa hora que estuvo con él, “en una esquina de Santiago, casi no habló”. Carlos le platicó de México y “de lo que conocía de la literatura chilena”. Neruda sólo contestaba con monosílabos. Así ocurrió este primer encuentro con este joven que al correr el tiempo se convirtió en un gran conversador.4

Casi un año después de la visita de Pellicer a Santiago, el primer libro de Neruda circulaba, Crepusculario. Y al año siguiente, Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Entre sus versos están aquellos que nos dicen que Los pájaros nocturnos picotean las primeras/ estrellas/ que centellean como mi alma cuando te amo.5 En cuanto al oriundo de la capital de Tabasco, contaba con Colores en el mar y otros poemas (1922), y en 1924 se conoció su gran poema iberoamericano: Piedra de sacrificio. En donde reitera que Los hombres del Norte piratean a su antojo/ al Continente y las Islas y se agregan pedazos de cielo. Así como 6,7 poemas, sus nuevos cantos: Oh amor, retorna y arde mis ojos en tus labios./ Arma tus arcos de oro, tu dulce dardo espero./ Siembra mi soledad de luceros y cánticos/ y hazme oír en la sombra la palabra que quiero.6

En la segunda mitad de los años veinte, en diferentes momentos y situaciones, los dos poetas se trasladaron a otros continentes y conocieron culturas milenarias, sitios sagrados, vanguardias europeas y no dejaron de escribir su poesía. En 1931, apareció 5 poemas, de Pellicer; y más adelante, Esquemas para una oda tropical. En 1933 Neruda conoció en Buenos Aires a Federico García Lorca y en este mismo año la editorial Nascimento hizo una edición de lujo, de 100 ejemplares, de Residencia en la tierra. Un año después llegó a España como diplomático, se reencontró con García Lorca y fundó la revista Caballo verde para la Poesía, teniendo como maestros impresores a Concha Méndez y a Manuel Altolaguirre. En 1936 estalló la guerra civil española y en 1937 el mundo conoció España en el corazón. Fue precisamente en este año cuando se dio el segundo encuentro entre Neruda y Pellicer.

El encuentro se dio en el marco del Segundo Congreso Internacional por la Defensa de la Cultura, que se celebró en Madrid, Barcelona, Valencia y terminó en París. Los intelectuales de todo el mundo democrático, liberal y socialista se dieron cita en la España republicana para demostrar su solidaridad con el pueblo español. Pellicer formó parte de la delegación de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) que asistió a ese encuentro. Pero fue en París, sobre todo, en donde los dos poetas convivieron.

Pellicer recordaba que por esos días estaba muy deprimido. No era para menos. En España recorrió las zonas devastadas por la guerra y se hizo de una buena cantidad de testimonios gráficos y fotográficos de lo que era esta cruel batalla contra los republicanos españoles. Recogió la folletería de los poetas que estaban a favor de la República. Y quiso saber y asimismo documentarse copiosamente sobre el papel que estaba jugando la iglesia católica española en esta mal llamada guerra civil.

Neruda, pues, lo visitó y lo vio tan mal que se “puso a hacer figuras chinescas frente a la lámpara, con las manos”, para divertirlo. Nunca se imaginó un hombre con esa ternura. El poeta chileno fue el hombre más tierno que jamás haya conocido. Tan diferente de aquel joven que conoció en 1922. Y con respecto a la actitud que Neruda tuvo con la España republicana, Pellicer se le quedó para siempre “el recuerdo humano más intenso” a favor de los republicanos.7

En París, Neruda y Pellicer pronunciaron respectivamente sus discursos a favor de la causa republicana y no dejaron de mantener esa solidaridad con el pueblo español. Neruda se quedó en Francia y Pellicer volvió nuevamente a México. Aquí lo esperaba Luis Cardoza y Aragón que quería escuchar de viva voz sobre la situación española.

En la célebre conversación que Cardoza tuvo con Octavio Paz, Fernando Gamboa y Pellicer sobre el congreso en Valencia, el autor de Hora de junio definió ese congreso “por su fervor por la democracia”; además, dijo, que Miguel Hernández era de los “nuevos nombres” de la poesía que nacieron en esta guerra; que existía “un gran acercamiento entre los verdaderos cristianos y los partidos de izquierda” y que Neruda era “el más grande joven poeta de América”.8

No pasó mucho tiempo cuando Pellicer se volvió a encontrar con Neruda. El autor de Confieso que he vivido llegaba a nuestro país como cónsul general de Chile en agosto de 1940. Entre los recuerdos que Pellicer guardó de esta estancia del poeta chileno se encuentra un poema, mecanografiado, dos páginas, pero de la que sólo se conserva la página dos, y de esta página, estos versos: Tu hermano y tus amigos me han pedido/ que repita tu nombre en el aire de América,/ que lo conozca el toro de la Pampa y la nieve,/ que lo arrebate el mar, que lo discuta el viento.// Así, con las estrellas de América tu patria,/ y desde hoy tu casa sin puertas es la tierra. Esta paginita lleva estos datos en letra manuscrita: Pablo Neruda./ MÉXICO. D.F./ 1940.

También conservó una tarjetita postal que Pablo y Delia del Carril, su esposa de entonces, le enviaron desde alguna playa de México. El poeta le dijo a su Querido Carlos: Nota ese número 8 apasionado entre la roca y el mar. Te lo dedico, es un islote terrible, y cuando descanse al fin de explorar tu país cactáceo, escribiré para ti una monografía de ese ocho./ Te abrazamos ocho veces…”.9

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Neruda salió de México dejando infinidad de amigos mexicanos, y Pellicer nunca lo olvidó. Muchos años después, justamente a la mitad del siglo XX, México dio al mundo una nueva joya bibliográfica. Se trató de la edición de Canto general, de Neruda, que se podía obtener por suscripción, con un precio de 100 pesos, y con ilustraciones de Diego Rivera y Siqueiros. El original de lujo estuvo bajo la dirección de Miguel Prieto e impreso en los Talleres Gráficos de la Nación. Los primeros 200 ejemplares fueron firmados por el autor, por los ilustradores y lleva el nombre del suscriptor. Pellicer no adquirió esta edición. De este libro, el poema que más le gustaba era a las “Alturas de Machu Picchu”. Y con esa voz fuerte, portentosa, lo declamaba: Del aire al aire, como una red vacía,/ iba yo entre las calles y la atmósfera, llegando y/ despidiendo,/ en el advenimiento del otoño la moneda extendida/ de las hojas, y entre la primavera y las espigas,/ lo que el más grande amor, como dentro de un guante/ que cae, nos entrega como una larga luna.10

De vez en cuando se escribían los dos poetas. Casi siempre sobre asuntos de solidaridad con los pueblos que buscaban su libertad para vivir en democracia y en muchos casos en el socialismo. Precisamente, con motivo de una de estas reuniones, Pellicer invitó a Neruda a venir una vez más a México. Neruda le explicó a su querido y grande hermano Carlos por qué no podía estar en estas tierras y valoró enormemente la iniciativa: “El idioma es la sangre del alma y es trabajo nuestro que circule en la creación y en el crecimiento de nuestros pueblos. Cuanto se refiere a la libertad y a la unidad de nuestros destinos, a la independencia de estas naciones, a su autodeterminación, es causa común de los escritores de América. Y como presumo que ese congreso es parte del movimiento sagrado que preserva y reúne nuestra cultura, permíteme, querido hermano en el tiempo y en la poesía, saludar desde Chile tu noble vida y altísima obra, relacionadas hoy con esta nueva tentativa de la inteligencia”.11

Todavía se volvieron a ver en algún momento en México, pero fueron instantes fugaces. Sin embargo, los tiempos habían cambiado en América, y en especial para Chile. Por fin se lograba tener un gobierno de Unidad Popular, encabezado por Salvador Allende. Neruda estaba feliz. Su pueblo dio una vez más muestra de su vocación democrática y del rumbo que escogió libremente.

El acontecimiento fue recibido dichosamente por casi todo el mundo. Neruda mismo describió estos momentos como de “ardiente simpatía” para su patria y “se multiplicó con motivo de los conflictos derivados de la nacionalización” del cobre. “Se comprendió en todas partes que éste era un paso gigantesco en la ruta de la nueva independencia de Chile. Sin subterfugios de ninguna especie, el gobierno popular hacía definitiva nuestra soberanía al reconquistar el cobre para nuestra patria”.12 Y, sin embargo, los adversarios del gobierno de Allende no descansaban y a veces poco ayudaban sus propios correligionarios, haciendo de la situación, a pocos años de gobierno, delicada.

El lunes 10 de septiembre de 1973 Carlos Pellicer salió de México rumbo a Chile, con escala en Bogotá. Aquí durmió. Salía del hotel rumbo al aeropuerto cuando el cónsul mexicano le dio la noticia del golpe militar. Regresó a México. Se puso al tanto de las noticias. De no haber ocurrido ese golpe hubiera llegado a Santiago el 11, por la tarde, y de ahí saldría para Valparaíso, donde estaba Neruda, enfermo. Por eso quería ir a Chile, para ver a su amigo. Pero no se pudo. Le escribió una carta que nunca le envió y cuando supo del golpe pensó en Pablo “lleno de ira y de impotencia física”.

Pellicer no se podía imaginar los últimos días de Neruda. Postrado y sin moverse de la cama por el cáncer que lo mataba. Por la imaginación de “tan excepcional” poeta “debieron pasar las imágenes más crueles: el final heroico de Allende, la represión contra el pueblo y los partidarios del gran patriota, la destrucción de un gobierno limpiamente elegido, en fin, tantas y tantas cosas que estaban en el corazón de Neruda”.

Por la prensa mexicana el poeta mexicano conoció un poema que Pablo escribió y que se publicó cuatro días después del golpe. Excélsior lo reprodujo de El Nacional, venezolano. Se llama “Las satrapías”: Nixon, Frei y Pinochet/ hasta hoy, hasta este amargo/ mes de septiembre/ del año de 1973/ con Bordaberry, Garrastezú y Banzer/ hienas voraces/ de nuestra historia, roedores/ de las banderas conquistadas/ con tanta sangre y tanto fuego,/ encharcados en sus haciendas,/ depredadores infernales,/ sátrapas mil veces vendidos/ y vendedores, azuzados/ por los lobos de Nueva York./ Máquinas Hambrientas de dólares,/ manchadas en el sacrificio/ de sus pueblos martirizados,/ prostituidos mercaderes/ del pan y el aire americanos,/ cenegales verdugos, piara/ de prostibularios caciques,/ sin otra ley que la tortura/ y el hambre azotada del pueblo.13

El martirio de Neruda en estos días trágicos seguramente fue “el más tremendo que haya sufrido hombre superior alguno”, escribió Pellicer, el día de san Francisco, del año de 1973. Y agregó: “Neruda es un poeta a escala universal por su frondosidad y su torrente. Es el mayor cielo poético de nuestros días en el mundo entero. Con idioma propio ya desde sus primeros libros, descubre nuevas tierras y da a la palabra distinta temperatura. Fue complicado y sencillo; pero tanto en una orilla como en la otra, el faro de su mirada poética iluminó con la misma fuerza”. Y aún dijo categóricamente el poeta mexicano: “Queda vacante el sitio que él ocupó como poeta sin par en nuestro tiempo”.14

Ajusco-Coyoacán, en el 83 aniversario de la proclamación de la República española.

 

Alberto Enríquez Perea
Investigador. Editó el volumen de Los Imprescindibles dedicado a Carlos Pellicer.


1 Carlos Pellicer, selección y prólogo de Alberto Enríquez Perea, Ediciones Cal y Arena (col. Los Imprescindibles), México, 2009, p. 697.

2 Pablo Neruda, Confieso que he vivido. Memorias, Seix Barral, México, 1974, p. 15.

3 Carlos Pellicer, Poesía completa, volumen I, edición de Luis Mario Schneider y Carlos Pellicer López, UNAM/Conaculta/Ediciones del Equilibrista, México, 1996, pp. 59 y 60.

4 Encuesta de Sara Moiron a Carlos Pellicer, en Diorama de Excélsior, 30 de septiembre de 1973, p. 3.

5 Pablo Neruda, Veinte poemas de amor y una
canción desesperada. Cien sonetos de amor
, Altaya (col. Biblioteca de Premios Nobel), Barcelona, 1995, p. 40.

6 Carlos Pellicer, Poesía completa, op. cit., pp. 112 y 135.

7 Encuesta de Sara Moiron a Carlos Pellicer, op. cit.

8 Luis Cardoza y Aragón, Tierra de belleza convulsiva, compilación de Alberto Enríquez Perea, El Nacional, México, 1991, pp. 703 y ss.

9 Archivo de Carlos Pellicer. Biblioteca Nacional de México. Sección: Correspondencia general.

10 Pablo Neruda, Canto general, Editorial Lozada, Buenos Aires, 1968, p. 33.

11 Carta de Pablo Neruda a Carlos Pellicer. Isla Negra, Chile, 9 de marzo de 1967, en Archivo de Carlos Pellicer. Biblioteca Nacional de México. Sección: Correspondencia general.

12 Pablo Neruda, Confieso que he vivido. Memorias, op. cit., p. 468.

13 Excélsior, 21 de septiembre de 1973.

14 Carlos Pellicer, Poesía completa, op. cit., p. 620.

 

3 comentarios en “Pellicer y Neruda: Sus encuentros y su poesía

  1. he quedado estupefacto, contrariado, al recordar hechos situaciones que solo obedecen a la ganancia por la ganancia misma, pero desde el fondo mismo de la inteligencia, surge la voz del poeta, del poeta que sensible siempre, nos ayuda a abrir los sentidos

  2. Muchas gracias, profesor Alberto Enríquez por la recreación de estos momentos de relación, pública e íntima a la vez, que llenan la historia de significantes para interpretar también el presente.