Cuando apareció el libro Tala, de Thomas Bernhard, el compositor Gerhard Lampersberg se reconoció en uno de los personajes de la obra. La lectura lo incomodó tanto que desató con éxito una querella legal y en agosto de 1984 el libro fue confiscado por la policía. El suceso dio lugar a que Bernhard comentara que, a fin de cuentas, cuando se hallan mezcladas la ficción y los hechos biográficos lo que prevalece es la verdad literaria. ¿Qué significa esta verdad literaria? No tengo la menor idea aunque sospecho que la verdad en la literatura es ficticia (sospechosa) y debido a ello es que las novelas se parecen tanto a la vida. Quiero decir que la realidad —incluida la “realidad” teórica de la ciencia física— es tan borrosa y ambigua que cuando más seguros nos sentimos de haberla comprendido muda de rostro o se torna en algo distinto. “¿Quieres una garantía? Cómprate un tostador”, decía Clint Eastwood. La cuestión es que alguien se vio reflejado en una novela a tal extremo que acudió a la policía para que la retiraran de circulación. Y la policía cumplió con su deber al obedecer una orden judicial que daba la razón al ofendido. Me asombra cómo una persona puede reconocerse en el personaje de una obra literaria cuando antes tendría que dar constancia definitiva de su propio yo. ¿O es que alguien está seguro de ser quien es? Los palurdos, claro, mas por ahora los dejaremos dormir en paz.

El pasaje anterior me lleva a pensar que una novela —incluso si parece ensayo o los personajes expresan ideas— es un hecho del lenguaje que no es definitivo ni tendría que juzgarse de manera objetiva. La verdad en la novela es un cúmulo de mentiras esenciales que se imponen como realidad literaria —es decir, gravedad de significado— con la complicidad e incluso renuencia de quien lee la obra. A este punto del artículo ya más de uno habrá abandonado su lectura. ¿Para qué tanta retórica si cada quien lee e interpreta el libro como le viene en gana? La historia narrada te emociona o te seduce o te patea el trasero, pero si quieres aclararle a otros su mensaje, entonces más te vale que andes con cuidado. Y más cuando la biografía e historia parecen mezclarse con la ficción. En El telón (ensayo en siete partes), Milan Kundera escribió esto: “La novela se niega a aparecer como ilustración de un periodo histórico, como descripción de una sociedad o como defensa de una ideología, y se pone al servicio exclusivo de ‘lo que sólo la novela puede decir’”. ¿Y qué puede sólo ella decir? Kundera le deja esta respuesta a los lectores ya que la relatividad de las verdades en la ficción borra al autor o al escritor de la escena. Yo simpatizo con la propuesta de que sea el lector quien se quede con el bulto (la novela), y que el escritor salga huyendo por la puerta trasera. Sí, que así sea. Y si además este lector quiere explicar el ser, la función o la esencia del bulto pues que se las arregle de la forma en que más le acomode.

Como último párrafo de este breve mamotreto (cosa en apariencia imposible de lograr) me gustaría describir la diferencia que hace Richard Rorty —sí, uno de los filósofos que siempre cito— entre la epistemología y la hermenéutica. No hay de qué espantarse con estos términos puesto que al fin y al cabo también son literatura (la filosofía también es literatura, sólo que mal escrita). Para acentuar o marcar la diferencia entre ambas tendencias del conocimiento, Rorty escribe que el filósofo puede llevar a cabo dos papeles: 1) el de intermediario socrático que trata de conciliar entre distintos puntos de vista para que cada juicio abandone su postura hermética y aferrada y se logre hacer conversación en vez de enfrentamiento brutal; 2) o el de supervisor cultural que da por sentado que lo sabe todo y a manera de un rey filósofo conduce a las ovejas hacia la verdad que es una y definitiva: una verdad que las ovejas descarriadas ignoraban o no conocían del todo. El primer papel es propio de la hermenéutica y el segundo de la epistemología. Conversación versus pontificación. ¿Qué tiene que ver todo esto con la novela? Nada. La novela es un golpe de fe. Pero si alguien quiere explicar a los otros una obra de ficción podría —por afán de cortesía— reparar en estas cuestiones que en mucho conciernen a la crítica literaria.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

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