A Yose

 

En todo caso, bastaron unos cuantos minutos para descubrirme pensando que la vida no era esto de estar triste o estar contento, o estar así nomás, tendido sobre una cama que uno encuentra vacía al volver del cementerio; para decirme que no empiezan los actos con el primer acto del llanto, y que no pueden terminar con las últimas flores de la muerte.

Fue cosa, pues, de quedarme tumbado, casi sin ideas, en la cama donde hacía una noche acababa de morir mi abuelo. Y el olor encerrado en su armario —el olor de las cremas, las lociones, las baratijas, los libros, los papeles, todo junto—, pareció sugerir que el abuelo estaba allí, tendido junto a mí, como cuando yo despertaba a medianoche y absurdamente asustado le movía un brazo para ver si estaba vivo, y no en la fosa del panteón donde al fin lo abandonamos. Pero los olores son sólo una apariencia de las cosas. Y yo pensé en esto, y miré las estrellas, y me fui despeñando hacia un letargo salvador, profundo, inevitable: galerías oscuras del sueño, breves zonas de luz con rostros y cuerpos y escenas recortadas. Y al dar el último paso, un segundo antes de perderme, volví, después de muchos años, a pensar en María.

María llevaba cuarenta años muerta cuando apareció en mi vida. La encontré entre las páginas de un libro que mi abuelo conservaba en los entrepaños del pasillo. Era un libro viejo y descosido que mantenía intacto, sin embargo, el dorado de los lomos: La dama de Monsoreau. Adentro, en la primera página, con letra de giros y moños, podía leerse el nombre de la propietaria, María, y el año en que fue dedicado, 1931. Más allá, entre hojas quebradizas como hostias, había un retrato, la única imagen que quedaba en el mundo de la mujer que había sido María.

Para tratarse de una memoria única, el retrato dejaba mucho que desear. El fuego —la oficina del abuelo ardió por accidente en 1936— había devorado la mayor parte de los rasgos. Sólo quedaban intactos los ojos, fulgurantes a pesar del deterioro, y la claridad de una apacible sonrisa.

Aquel descubrimiento había significado el encuentro con la imagen real de María. Porque antes de encontrar el retrato yo poseía varias falsas memorias: de los largos relatos de mi abuelo había extraído, inventado, a una María distinta, acaso más cinematográfica. La verdadera no era tan bella como la otra, pero esto apenas me importó. Nada parecía alterar las posibilidades de su leyenda.

No recuerdo cuándo hice aquel hallazgo. Tendría unos diez años de edad. Lo importante es que en ese tiempo el abuelo ya había descargado en mí las imágenes de toda su vida, y en ellas siempre acababa irrumpiendo María.

¿Por qué me escogió para hablar de eso? Nunca se lo pregunté, aunque hoy creo haber intuido las razones. Sé que mi primer recuerdo del mundo está relacionado con él. Yo lloraba en una cuna cuando me tomó en sus brazos, y entonces le sonreí. Nadie me cree capaz de tener un recuerdo tan lejano. Pero sé también que la última vez que lo vi con vida él tenía la boca seca por efecto del oxígeno y las sondas: le di a beber un poco de jugo de manzana y entonces, inalcanzable desde su lecho, me miró en silencio durante un segundo, y después sonrió. Sonrió como yo, en aquella cuna, debí haber sonreído.

En el centro de ese círculo apareció María.

Año tras año el abuelo se esfumaba durante varios días. Una tarde cualquiera sacaba una maleta, la llenaba de libros, brandy y un poco de ropa, y salía de la casa sin decir palabra. No volvíamos a verlo hasta la semana siguiente. Mi abuela escandalizaba, lloraba, se ponía enferma, y las tías hacían largas llamadas telefónicas, se quedaban horas y horas esperando en la puerta, o miraban desde las ventanas con el rostro pálido y los labios fruncidos.

Yo solamente me ponía triste. Sin mi abuelo todo desaparecía: los paseos por el centro, las funciones de cine, las canciones antiguas en el tocadiscos, los cuentos de miedo a mitad de la noche, y el beisbol, en el campo, todos los domingos. Su fuga me encadenaba a la casa de mi madre (mi padre se había ido hacía tiempo), un lugar donde jamás hubo libros, ni espantos, ni recuerdos, ni siquiera conversaciones.

Y aquello, como una enfermedad crónica, se repetía año tras año. Pero el abuelo regresaba siempre una semana después, y mi abuela sanaba, las tías recuperaban el color, y yo iba a visitarlo todas las tardes, y pasaba con él los fines de semana; y entonces, el cine, los libros, la ciudad… y María.

—Es triste andar solo. Esta vez vas a irte conmigo de viaje —me dijo el verano siguiente.

Días más tarde, un tren nos mecía en la oscuridad. Viajamos toda la noche sin bajar las cortinas del gabinete, escuchando los sonidos misteriosos del vagón y mirando el parpadeo de las luces en las ciudades lejanas. Me dejé llevar: el abuelo habló de su infancia en Santa María la Ribera, de una ciudad remota en la que el cine era mudo y los automóviles escasos. Qué extraño sentir que el abuelo también había sido niño. Y qué irrecuperable sonaba esa juventud decorada por el fracaso de la rebelión delahuertista, marcada por la muerte de sus amigos en los cerros de Tepeaca, herida por la metralla de Almazán; triste, nostálgica, quebrada antes de tiempo.

Apenas bajamos del tren, por la mañana, descubrí que mi abuelo era bien conocido en la localidad. Hubo apretones de mano con el taquillero de la estación, con el encargado del hotel, y con la mesera de la fonda donde desayunamos leche y panecillos. Tampoco esta vez hice preguntas. Acepté con naturalidad pasar la mañana en la banca de un parque (yo, leyendo historietas; él, con la mirada perdida en el cielo), y la tarde en la butaca de un cine. Dormí a pierna suelta en aquella habitación de camas dobles y no comencé a hacer preguntas sino hasta la mañana siguiente, cuando la rutina amenazaba con repetirse. Esta vez, sin embargo, no pasamos mucho tiempo bajo la mañana azul del parque: el abuelo se puso en pie, y me llevó de la mano hacia las afueras del pueblo, entre casas antiguas y altas. Me llevó de la mano hasta el panteón.

—¿A quién venimos a ver? —pregunté.

Pero él no contestó. Avanzarnos por una avenida de tejos hacia un barrio de ángeles descabezados, criptas derruidas y cruces rotas, donde se espesaban el olor callado de la tierra y el aroma tibio de las flores. Hallamos al fin una lápida antigua. La inscripción era simple, y al mismo tiempo extraña:

 

María. 1932. Rogad por ella.

 

Miré la tumba oscuramente asustado. Desde hacía cuarenta años, mi abuelo estaba visitando a una muerta.

No comprendí de qué manera profunda todo esto iba echando raíces en mi imaginación. Pasaron meses, tal vez años: una noche abrí los ojos y el abuelo no estaba a mi lado. Vi la puerta de la habitación abierta, encendida la luz del pasillo.

—¿Abuelo? —pregunté—. ¿Abuelo…?

Nadie respondió. Entonces salí al corredor silencioso. En la casa, todos dormían. Caminé sobre las baldosas frías y me detuve ante una puerta inesperadamente abierta a mitad del muro, una puerta que no había visto, que no debía estar ahí. Sin saber que estaba atravesando un sueño asomé la cabeza: toscos escalones de piedra descendían hacia una habitación subterránea.

—¿Abuelo? —volví a preguntar. Y sólo llegó el silencio.

Entonces bajé muy despacio. En el centro de aquel recinto mi abuelo acariciaba la mano de un esqueleto vestido de novia que yacía sobre una plancha de piedra.

Desperté con el corazón enloquecido. Pero el abuelo estaba a mi lado: la puerta no existía. Por lo demás, todo siguió siendo igual. Vinieron las tardes, y los fines de semana. Cada noche que pasaba con él, la abuela entendía nuestra intimidad y dormía en otro cuarto, y el abuelo comenzaba a hablar y yo lo escuchaba hasta quedarme dormido. Siempre la otra ciudad, siempre las caras de los hombres muertos. Y en medio de todo, cobijado por el cielo de antes, siempre el mismo nombre. Siempre María.

Después encontré las cartas. Estaban escritas por mi abuelo, pero nunca llegaron a su destino. En cada sobre había un sello: “Destinatario desconocido”. Me encerré en el baño para leerlas. En principio, me aburrí: contenían simples frases de amor. Y es que el del abuelo y María fue un amor como cualquiera. Salvo al final: a medida que pasaban los días, las cartas de él se iban descomponiendo; las palabras se endurecían, se ablandaban para suplicar, se serenaban para resignarse. Mi abuelo escribía, escribía, pero ella no contestaba jamás. Entonces tomó por primera vez aquel tren, miró por primera vez aquel paisaje nocturno, y se hospedó en ese hotel donde al paso del tiempo tan bien iban a conocerlo. Al día siguiente caminó por las calles y supo por qué María había dejado de contestarle.

Siempre son dos los que mueren.

Ahora, el oleaje de la muerte había revuelto tantas cosas que fue como si de golpe hubiéramos regresado a los días de mi infancia. La abuela escandalizaba, lloraba, se ponía enferma, y las tías hacían largas llamadas telefónicas, se quedaban horas y horas con el rostro pálido y los labios fruncidos.

Yo simplemente estaba triste. Me quedé en la casa unos días con pretexto de acompañar a mi abuela. Mi manera de estar con ella es ir reconociendo mis antiguos lugares, revolviendo los armarios, merodeando los libros, explorando rincones que hacía años no frecuentaba.

Y todo me fue llevando de regreso a María. La Dama de Monsoreau, con su letra de giros y moños, el retrato semiconsumido por el fuego, las cartas gradualmente desesperadas del abuelo.

Así llegó esta tarde en la que abrí la vieja maleta y la llené con libros, brandy y un poco de ropa. Esta tarde en la que crucé la puerta sin decir palabra y me dirigí a la estación para esperar la salida de ese tren en el que, sin saber por qué, abandoné, como un barco de papel, el equipaje.

Esta noche en la que despierto de pronto, y el abuelo no está a mi lado, y veo encendida la luz del pasillo; esta hora en la que todos duermen mientras yo me pongo de pie, y camino hasta encontrarme con él, con el abuelo que dice “Ven, ven”, llamándome hacia esa puerta, tras de la cual me esperan las manos sin piel de María.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de El derrumbe de los ídolos y El secreto de la Noche Triste, entre otros libros.

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Incluido en: Héctor de Mauleón, La perfecta espiral, Cal y arena, México, D.F., 1999.

 

7 comentarios en “El cielo de antes

  1. Conmovedora narracion, por momentos he podido recordar pasajes de mi infancia.
    Gracias

  2. Después de leerlo, me ilusiona pensar que entre los vivos y los muertos sólo una delgada línea nos separa y esa puede ser el sueño. Un exquisito cuento, como muchos otros que le he leído. Siga su talento produciendo. Con admiración. Elisa.

  3. Narración que me ha emocionado haciendome recordar mi niñez y sentir mi presente como abuelo. La muerte logra, finalmente, que el hombre alcance una dimensió especial ante quien lo amo. Mi admiración Hector Mauleón. Gracias.

  4. Es fabuloso leer lo que narras, lo que cuentas cuando haces visitas en tu programa, este cuento tiene una conmovedora emoción que te adentra en la vida misma del personaje, siempre me hqa encantado lo que haces, y te lo diré siempre que haya oportunidad, como lo hago en twitter,tu labor es admirable, eres un hombre inteligente, educado , elocuente, que jamás pensaría que alguien pudiera aburrirse a tu lado. Un gran abrazo y felicidades siempre!