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Fue en 1992 cuando David Fincher (Estados Unidos, 1962) inició su carrera en el cine con Alien3. Esta primera incursión fue desafortunada. Sin embargo, con el paso de los años, el realizador desarrollaría un estilo característico, injustamente esnobeado en algunos círculos por estar al servicio de “cintas comerciales”.

Conocido por su cuidado obsesivo por el detalle es famoso por realizar 100 o más tomas para algunas escenas Fincher es un gran constructor de atmósferas. Tonalidades obscuras, elegante manejo de la cámara y música desconcertante son algunos de los recursos de los que el realizador se sirve para sus puestas en escena.

Si bien dispares en calidad, las cintas que componen la filmografía de Fincher coinciden en su extraordinaria ejecución. Entre ellas, pueden encontrarse sólidos thrillers (Se7en, The Game), una original aunque no extraordinaria aproximación a Fitzgerald (The Curious Case of Benjamin Button), y un par de obras mayores: la sobria y extraordinaria Zodiac y la vertiginosa The Social Network.

Es posible encontrar, también, algunas excelentes adaptaciones de material de dudosa calidad: Fight Club, basada en la novela de Chuck Palahniuk, y The Girl with the Dragon Tattoo, primera entrega de la trilogía de Stieg Larsson. En esta línea de elevar contenido que en manos de otro director daría resultados mediocres, es en la que Fincher entrega su décima película: Gone Girl, adaptación del bestseller homónimo de Gillian Flynn.

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En la mañana de su quinto aniversario de matrimonio, Nick Dunne encuentra su casa vandalizada y descubre que su esposa ha desaparecido. Comienza la búsqueda. Participan los medios, la comunidad del pequeño poblado de North Carthage, Missouri. Todos los indicios de la investigación apuntan a que el propio Nick es el responsable de la desaparición de su cónyuge. Al mismo tiempo, presenciamos los años previos a la desaparición, aquellos en los que la relación de los ahora esposos comienza, florece, decae. ¿O acaso estos hechos corresponden sólo una versión de lo ocurrido?

Es mediante esta concatenación de eventos que Fincher relata la historia de la desaparición de Amy Dunn que al mismo tiempo son varias historias. En el transcurso, de la misma manera en la que algunos personajes demuestran no ser lo que parecen, la cinta de Fincher, con sus precisos giros de tuerca, utiliza la tensión del thriller para criticar, elocuentemente, la influencia de los medios de comunicación en la discusión pública y ofrece una ácida desacralización de los sweethearts hollywoodenses. En manos de cualquier otro director, Gone Girl habría sido un thriller más; en manos de Fincher es, además de una efectiva película de suspenso, una inteligente comedia negra.

Heinrich Böll, por ejemplo, retrató en El honor perdido de Katharina Blum la nociva influencia que los medios pueden tener al devenir en jueces públicos. En el caso de la brillante novela de Böll, los culpables de la desgracia de la protagonista son los tabloides que, sin prueba alguna, acusan a una ingenua joven de proteger a un criminal. En la película de Fincher, los conductores de noticieros estadunidenses tan proclives a la estupidez son los encargados de convertir al protagonista en villano. La justicia, nos deja ver Fincher, cae en segundo plano frente al poder de la opinión pública. Los veredictos se deciden en horario primetime; la presunción de inocencia depende de los ratings.

Las actuaciones de Ben Affleck y Rosamund Pike en el papel del matrimonio son extraordinarias. Affleck mismo es una astuta broma: suerte de héroe poco heroico. Su frustración es convincente, sin embargo, hay algo que impide tomarlo demasiado en serio. Es un hombre común enfrentado a situaciones que lo rebasan y que pese a sus esfuerzos nunca logra estar en control de la situación. La verdadera revelación es Pike —hasta ahora conocida por un papel secundario como chica Bond— quien puede pasar de la autocontención absoluta a más pura catarsis. Sin duda, una de las mejores actuaciones del año.

Gone Girl también representa la tercera colaboración entre David Fincher y los músicos Trent Reznor y Atticus Ross, integrante y productor de la banda de rock industrial Nine Inch Nails,  respectivamente, quienes compusieron las bandas sonoras de The Social Network por la que ganaron un Oscar y The Girl with the Dragon Tattoo. La música de Reznor y Ross puede ya considerarse un elemento clave en la elaborada frialdad de las atmósferas fincheanas. Gone Girl es el mejor resultado de la mancuerna artística hasta ahora. Lejos del frenético ritmo en la que enmarcan la historia de Facebook o el maremágnum de piezas con las que musicalizaron la adaptación de Larsson, la banda sonora de Gone Girl es un delicado balance de sintetizadores con acentos de piano o tuba que contribuyen a que la tensión del espectador sea constante.

¿Es ésta la mejor película de Fincher? No, pero se acerca. Si Zodiac es lo más cerca que Fincher ha estado de alcanzar la perfección y The Social Network su retrato del espíritu del tiempo, Gone Girl es la película más divertida de un director que ha construído su carrera sobre la premisa de  que “la gente es pervertida”. Bajo las gélidas atmósferas de Fincher había un agudo satirista esperando su oportunidad para entrar en escena. No podría haber irrumpido con otra película que no fuera Gone Girl.

 

Juan Pablo García Moreno.

 

2 comentarios en “Perversa diversión. Gone Girl, de David Fincher

  1. ¿Material de dudosa calidad? Chuck Palahniuk integró teoría política y sociológica desde una perspectiva anarquista con un estilo minimalista. Fight Club es una novela de ideas y acción.