Héctor Aguilar Camín sostiene que quien desee escribir la historia de su familia tiene que empezar por traicionarla: sacar a la luz los esqueletos ocultos en los rincones más profundos del armario y revelar sus secretos: no importa cuán bochornosos o descarnados sean. Hace diez años, Aguilar Camín tomó la decisión de indagar en la vida de sus padres, esos “grandes desconocidos”. Había sentido que la muerte de su madre estaba próxima; escribir sobre ella era una manera de acompañarla un tiempo más. Doña Emma murió en 2005. El padre del escritor se fue cinco años más tarde, después de atravesar un angustioso laberinto de olvidos y de sombras.

Este es el origen de Adiós a los padres, una novela sin ficción —y quizá por eso, la más íntima del caudaloso autor de Morir en el Golfo y La guerra de Galio—: una novela de la memoria, sobre cuyas aguas, a veces sucias, a veces límpidas, el autor ha desplegado todos sus poderes y todas sus argucias. Las páginas que ofrecemos a continuación son un adelanto de este libro que la editorial Penguin Random-House pondrá en circulación a partir de este mes.

 


Voy moviendo la cabeza contra moscas y mosquitos. Pero no hay moscas ni mosquitos. En el colegio acaban diciéndome el loco. Tengo fotos de aquel que fui. Hay algo a punto de explotar en la frente estrecha, en la mirada fija de un previsible delincuente juvenil: la mirada de los niños que han dejado de serlo. No reconozco esa mirada, me avergüenza la foto, y sin embargo es una de las más genuinas, quizá la más fiel, del campo de guerra que hay en mi cabeza. Ese campo de guerra ha saltado a mí desde la cabeza de mis padres, Héctor y Emma, y desde la de Luisa, mi tía. Me refiero a las pérdidas de aquellos años. Héctor, Emma y Luisa conocen las pérdidas de que hablo, yo no, pero las llevo en la bulla que llena mi cabeza. La causa de la bulla es incomprensible para mí pero no para ellos, que la padecen en ese tiempo con todos sus amargos detalles aunque sólo sabrán su tamaño verdadero cuando el tiempo acabe de pasar y diga toda la verdad.

Vuelvo a Héctor. Son los años de su caída. Y de la lucidez de su caída. Es un animal seriamente derrotado por primera vez que se revuelve contra su derrota. Le quedan grandes sueños, como al toro que ha pasado el tercio de varas y tiene menos fuerza en las piernas pero sigue embistiendo, soñando que hay una salida para él en esa plaza: encontrará la salida si concentra en el siguiente engaño la furia y la juventud que le quedan. Esta es la metafísica del toro del filósofo español George Santayana. Demasiada metáfora quizá para lo que pasa por Héctor, por su esposa Emma, por su cuñada Luisa. Y por la cabeza de sus hijos, que nos hemos mudado con ellos a la ciudad. Somos menos visibles y menos vulnerables a la derrota aquí que en el pueblo de donde venimos, nuestro pueblo, donde hemos perdido un reino a la vista de todos. Nadie echa de menos ese reino en la ciudad enorme a que nos hemos mudado, salvo las cabezas de Héctor, Emma y Luisa, conectadas a las nuestras por la certidumbre de lo que han perdido. Años después aprendo unos versos de Bertolt Brecht: “Vine a la ciudad en el vientre de mi madre”. Me los aplico con deleite de epopeya y reino perdido, aunque no soy yo quien viene de ese modo a la ciudad, sino en todo caso mi hermano Luis Miguel, quien por algo ha leído siempre mejor que yo los enigmas del vientre delgado, magnífico y melancólico de su madre.

 

Mi hermano Luis Miguel tampoco ha venido a la ciudad en el vientre de mi madre pero casi. Ha nacido en el mes de septiembre de 1956 en Chetumal, un año después del ciclón Janet que nos ha sacado a los otros hermanos del pueblo para instalarnos en la ciudad bajo el cuidado de mi tía Luisa. Recuerdo a Luisa en los días próximos al parto de Luis Miguel con una sombra en la frente. La recuerdo luego abriendo un telegrama y dando un salto de alegría porque todo ha salido bien. Sé que ha tenido presentimientos aciagos en torno al quinto parto de su hermana, y que su júbilo por el resultado es porque no lo espera. Lo siguiente que recuerdo a este propósito es el bebé arropado entrando en brazos de mi madre al departamento de la colonia Roma donde vivimos desde hace un año los hermanos transterrados de Chetumal, hasta ahora huérfanos de padre y madre, hijos de mi tía. Debe ser diciembre de 1956. Mi recuerdo de la escena es que hay en mi madre una redondez de parida y una luminosidad de persona que ha decidido hacer lo que debe. Está feliz de ver a sus hijos, de abrazar a su hermana, de estar en la ciudad. Una especie de nuevo inicio de los tiempos. Sabemos que no hay inicios de los tiempos, los tiempos son un continuo que la memoria marca para darse un orden y otorgar un sentido a lo que no tiene sentido. Eso dijo alguien del oficio de escribir la historia, y es verdad, pero hay esos momentos que marcan la memoria con la verdad inexpresable de estar dando en el clavo, subrayando lo verdadero. Los hechos son los hechos, pero las emociones tienen sus propios fueros de conocimiento, empiezan y terminan donde quieren, crean sentido, establecen momentos fundadores. Ahorro los ejemplos probatorios de este hecho. Digo sólo que luego de la llegada de mi hermano envuelto en trapos, y de nuestro reencuentro con aquella mujer perdida por un año, en aquellos años una eternidad, recuerdo a Luisa y a Emma hablando por la noche mientras nosotros dormimos o fingimos dormir. Mi hermano Luis Miguel es sólo un bulto perdido en la edad milenaria de su no edad. Duerme al lado de mi madre y de mi tía sin inmutarse, mientras ellas hablan sin parar, diciéndose las cosas que tienen que decirse sobre el parto reciente, sobre los hijos dormidos que las mantienen despiertas, sobre el pleito con su padre porque se han fugado a la ciudad de México, sobre el dinero que quedará de la aventura de la madera, sobre las escuelas a que van los hijos, sobre las muchachas impúdicas que viven abajo y que se la pasan hablando sin cesar, como ellas. Cuéntame lo que dijo papá cuando le dijiste que venías. Cuéntame el miedo que te da esta ciudad. Cuéntame del parto que tuviste. Qué estamos haciendo, hermana. Dónde estamos. Qué vamos a hacer.

Están sentadas hablando en el departamento donde vivimos, en las calles de Medellín de la colonia Roma, en la ciudad de México, con un bebé al lado y cuatro niños dormidos, que escuchan sin embargo, a través de los tiempos, su conversación de mujeres de todos los tiempos.

 

Son días difíciles para las hermanas, días felices también, porque están juntas y se han mudado por fin a la ciudad y tienen a sus hijos estudiando donde quieren. No sé si es en esos días o en unos posteriores, porque esos días en mi memoria son plomizos y fríos, y la escena que voy a referir sucede en el sol diáfano del altiplano, pero recuerdo como emblema de aquellos días la mañana del domingo en que las hermanas nos llevan a los hijos a ver la casa que van a comprar en la colonia Roma. La casa está en la calle de Champotón, si bien recuerdo, o de Tlacotalpan, casi esquina con Campeche, en la colonia inexplicablemente llamada Roma pues casi todas sus calles tienen nombre de ciudades y provincias mexicanas. Champotón es entonces un pueblo con un muelle de cuatro palos que sus lugareños llaman puerto. Tlacotalpan es una villa fluvial de dos andadores a la vera del río Papaloapan que lo inunda todo cada tantos años, como el Nilo, sin que los habitantes de Tlacotalpan dejen de cantar sones felices por su vida junto al río.

La casa que las hermanas van a ver ese domingo, caminando por las calles soleadas de la colonia Roma, está lejos de los riesgos aluviales de Tlacotalpan o palúdicos de Champotón, lejos también del pueblo llamado Chetumal que ha borrado la furia del ciclón Janet. La casa tiene dos pisos, un frontis art decó, tres recámaras, un comedor, una sala, una cochera, una cerca con puerta de hierro que puede saltarse pasando sobre ella una pierna y luego la otra. Atrás de la cerca y de la verja hay un pradillo y en la jardinera del pradillo dos rosales muertos. No han muerto, les falta riego, dice Emma, radiante y eufórica, negando como siempre los puntos oscuros que la vida le ofrece. Ha venido a ver esta casa de sus sueños en un estado de ánimo tan iluminado como la mañana, tan dispuesto como la mañana a que nada pueda nublarlo. Supongo que es por eso que aquella escena de mi madre y de mi tía sigue presente en mi memoria como la encarnación cabal, o el mandato definitorio, de la vida que debemos tener, la vida que quieren para nosotros y que esa mañana tienen la impresión de estar asegurando para ellas.

Todo eso sucede unos meses antes de la pérdida seria, ésa que de algún modo ya se ha consumado pero que no se manifiesta del todo sino después de ver esta casa, después de que nos hemos mudado del departamento mínimo de las calles de Medellín en la colonia Roma a las suntuosas calles de la colonia Polanco, cruzada de avenidas de dos carriles y camellones jardineados, cuyos nombres son Horacio, Homero, Cicerón, Mazarik y Molière. En la calle de Molière queda mi colegio, el Instituto Patria. En la de Schiller y Homero queda el de mis hermanas, el Colegio Francés Pasteur. Nos mudaremos a un edificio de ocho pisos en la misma calle de Molière, a media cuadra de mi colegio. El edificio tiene un elevador Schindler que huele a nuevo, siempre olerá a nuevo, en su absoluta novedad de plástico, acero y aluminio. El número de los pisos se prende en verde conforme el elevador los recorre. El edificio queda junto al cine Polanco, uno de los quince grandes cines de una ciudad que tiene entonces cinco millones de habitantes y es la cabeza acromegálica de un país aldeano de veinticinco. Hay más territorio que país, más tierra que campo arado, más pueblos que ciudades, más cemento y asfalto que ciudad. Hay algo loco y libre en esta ciudad enorme de la que nosotros somos nuevos, temerosos, improvisados pobladores. Venimos aquí como están viniendo doscientos mil habitantes cada año, trescientos mil el año siguiente, quinientos mil el año pico que la estadística registra en 1960. Algo se está moviendo a toda prisa. En sintonía con nuestra propia fuga hacia adelante, millones de expulsados de sus pueblos, como nosotros, buscan su acomodo en esta urbe diáfana y tranquila que empieza a dejar de serlo. Hay ese movimiento de pueblos y familias de las que somos un caso más, el único que nos concierne desde luego, pero en un mar de historias que nos repiten. Venimos todos expulsados, obligados, gemelos ignorantes de nuestro parecido, en una anábasis solipsista en donde sólo sabemos ver lo que nos pasa a nosotros aunque a todos nos pasa lo mismo.

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El departamento de Molière en Polanco es el lugar de mi mayor recuerdo de aquellos días. No es la escena soleada de las calles de Champotón, o Tlacotalpan, donde vamos a ver la casa en que habremos de vivir, sino la noche de las sacudidas de mi cama por el terremoto de la ciudad de México de 1957. No sé que es un terremoto. La palabra es mayor que los hechos que intenta describir. Me despierto tomado de los hombros por alguien que me agita con furia, en exigencia de una explicación o aplicación un reproche. Es como si atacaran el cuarto unos atlantes dispuestos a voltearlo boca arriba. Héctor padre llega a la cama y me abraza, nos estremecemos juntos en la oscuridad. Dice que nada pasa, que nada pasará. Pero algo está pasando pues los dos brincamos sobre la cama remecidos por los tirones. Héctor me mantiene abrazado, protegiéndome de su propio miedo, pero ya todo él es el símbolo de lo que no puede dar protección, un cuerpo tembloroso disminuido por el miedo. No sé cómo pero ya entonces sé que nada sólido puede venir de él, que algo se ha movido bajo sus plantas y no puede pararse sobre ellas de nuevo. No sé cómo lo sé, pero lo sé: es el saber de la pérdida.

 ¿En qué consiste la pérdida? ¿Cómo se manifiesta en nuestra vida? La pérdida consiste en el despertar del sueño de la madera que ya he referido. El sueño termina en que Héctor pierde su fortuna a manos de su propio padre. Don Lupe se ha hecho socio de la concesión maderera de Héctor, y en la hora precisa le ha negado el dinero prometido. La anécdota precisa refiere que en algún momento de su aventura Héctor debe pagar cuatro mil dólares, o seis mil quetzales, por derechos de tala en el municipio de Aguas Turbias, donde ha obtenido una suntuosa concesión para talar madera. Pide a su padre que pague los derechos, pero su padre no los paga, sino que deja que venza el plazo de la concesión y se presenta al vencimiento con una oferta de cuarenta mil dólares para que le den lo que, por su omisión, pierde su hijo. El padre se queda con la concesión.

 Esto es lo que he oído en mi casa toda la vida, de boca de Emma y Luisa, y es la verdad para mí. Medio siglo después obtengo la versión de Héctor sobre aquel momento. Según él, en efecto va a pedirle a su padre los seis mil quetzales (cuatro mil dólares) y su padre se los niega. No dice ni sugiere que su padre esté en falta por negarse. Se describe a sí mismo como la parte en falta, como el hijo imperfecto que es yendo a pedir de su padre lo que él no tiene ni puede alcanzar por sí mismo: los mitológicos seis mil quetzales. Su padre le dice entonces, con paternidad manifiesta:

—Todos ustedes son iguales. Cuando están ahogados me vienen a ver.

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En los días que escribo estas líneas leo el pasaje de las leyes de la historia romana de Gibbon. Leo que en el centro de sus magníficas igualaciones civilizatorias, la ley romana conserva al menos una inequidad cabal: la que pone sin límites en la mano del padre el destino del hijo. La majestad del padre romano, dice Gibbon, tiene poderes de vida y muerte. Ni la edad, ni el rango ni la posición pública ni los honores de la victoria pueden poner a los hijos, incluso a los más ilustres ciudadanos, a salvo de la esclavitud filial. En el foro, en el senado o en el campo de batalla, el hijo adulto de un ciudadano de Roma puede ser una persona; en su casa es nada más una cosa, asimilable a los muebles, el ganado y los esclavos. Lo que el hijo adquiere por su esfuerzo o su fortuna es o puede volverse, como el hijo mismo, propiedad del padre.

 Hay un eco de paternidad romana en la historia de mi padre con el suyo. Escucho esa verdad arcaica en el matiz de los reclamos que dividen la versión de los hechos contada por Emma y la que Héctor cuenta años después, cuando apenas puede ya contar. El dinero es el mismo, seis mil quetzales, pero donde Emma ve un despojo bíblico, al padre saqueando la vida de su hijo, Héctor ve una rutina: el padre regañándolo por su insuficiencia, común a los otros hijos, los inútiles hermanos. En la versión de Emma, Héctor ha traído a la Casa Aguilar lo que su padre necesita y su padre se ha quedado con lo que Héctor trae. En la versión de Héctor, él no ha traído nada a la Casa Aguilar, todo lo ha necesitado de ella. Pienso que las dos versiones son ciertas, adversariamente verdaderas. Se contradicen sólo en el pasado impenetrable y nebuloso de donde surgen, pero se funden y se completan en la simultaneidad del presente, donde puedo entender que todos tenían razón y que la verdad no existe sino en la suma de las razones adversarias, pues la verdad es siempre el resto opaco de las cosas, aquello que nos falta por conocer.

 

La pérdida de la familia se manifiesta en su interior de todas las maneras, salvo en escenas donde se discuta abiertamente. La pérdida no se discute, es. Se manifiesta en mí, como he dicho, bajo la forma de la maraña de mosquitos que hay en mi cabeza. Supongo que soy la transcripción del silencio ensordecedor que hay en mi casa por la pérdida. Los niños saben lo que hay que saber, y yo ya no soy un niño o no exactamente, pues tengo once años. Sé los secretos atronadores de mi casa no porque los haya oído tras la puerta sino porque son la nube invisible y ubicua en la que estoy metido, la nube que va y viene conmigo a todas partes y está por lo tanto en todas partes pero sobre todo en mi cabeza zumbadora, sitiada por la pérdida. Terribles días enigmáticos, abrumados por el mensaje que nadie sabe pronunciar y cuyas líneas elementales son estas: Eras todo en tu pueblo. No eres nada aquí. ¿Quién eres tú?

Eso pasa en las paredes de mi cabeza, acolchadas por el flujo resonante de todo eso que no puedo procesar. ¿Qué pasa en la cabeza de mi padre? No sé por dentro, por fuera ha adquirido un tic que consiste en estirar el cuello como si le apretara la camisa o le doliera la espalda. Al tiempo de ese tic, con el tic mismo, echa la mandíbula hacia un lado como si empezara un bostezo. Es un movimiento más rápido que un bostezo. No el tranquilo “caimán de un bostezo” de Lezama Lima, sino la dentellada de un mal pensamiento. ¿Cuáles malos pensamientos pasan por el cuello y la mandíbula de mi padre? No lo sé, pero producen en su rostro los gestos iniciales de un ahorcado en los momentos de su suspensión mortal, colgado de la soga.

Lo recuerdo llegando al departamento donde vivimos en Polanco tarde y apresurado. Hay algo misterioso en sus negocios. Se va temprano de la casa, a veces antes de que nosotros desayunemos para ir a la escuela. Vuelve tarde por la noche, lustroso del día, pidiendo de cenar, prometiendo algo para el día siguiente. Supongo que sigue pensando que algo grande vendrá del campamento maderero en Guatemala que se ha quedado su padre. Debe pensar que aquello ha sido un cambio de dueño en la concesión, no un despojo. Algo quedará de aquello para él en propiedades o dinero. Salvo que es él quien se ha quedado lleno de deudas y debe todo lo que su padre, como socio, no ha pagado, o se ha negado a pagar, entre otras las deudas con el antiguo socio, el tío Goyo Marrufo, a cuya sociedad Héctor se ha negado para echarse en brazos de su padre romano, hinchado de paternidad.

 

Poco después del terremoto, en el mismo año de 1957, Emma va a Chetumal a recoger lo que sobra. Mi padre quiere que arregle el traslado de tres camiones y un tractor a la ciudad de México. Emma quiere rentar la casa donde ya no ha de vivir y la esquina donde ya no ha de tener la tienda. La casa y la tienda están dadas en garantía de una deuda a don Goyo Marrufo, pero la deuda no ha vencido y los bienes están libres de embargos. Emma hace gestiones durante el día, ve gente, recibe amigos, aguanta la murmuración contra su marido. Se entera de que don Lupe y Ángel culpan de todo a Héctor, al que dieron millones, dicen, y los dilapidó. Algo parecido dice Manuel Camín sobre el yerno que ha defraudado sus expectativas. Absuelve con sus palabras a la Casa Aguilar, no pone la culpa del naufragio en don Lupe sino en la frivolidad de su yerno, lo cual indigna a Emma. Manuel Camín cree haber perdido algo más que un patrimonio en este trance. Ha perdido también a sus hijas porque éstas, luego del ciclón y en medio de la quiebra inminente, se marchan tras el hombre que las ha arruinado. Resiente esa decisión de sus hijas como una debilidad indigna. Y como una traición. Lo cierto es que ha contado de más con su yerno Héctor y con sus hijas Luisa y Emma. No quiere que se vayan, las quiere con él. Y ha sido con ellas todo lo duro que se puede ser. Sobre su decisión de irse a la ciudad les dice: “Ustedes son muy pequeñas para buscar un cementerio tan grande donde morirse”. Para él también es demasiada pérdida. Había empezado a hacer inversiones con su yerno, a construir la casa de Raúl. Había comprado una tostadora de café. También había entrevisto una bonanza, pero ahora sólo deudas, las hijas idas, volver a empezar. Y el escándalo, el descrédito de Héctor, que llega a los tribunales. Alguien lo acusa de falsificar documentos, hay una orden de aprehensión contra él. No puede regresar a Chetumal, no podrá en muchos años, lo persiguen el juez y los acreedores. Ha dejado de ser el sol de su pueblo y de su casa. Pero quiere recuperar los camiones de arrastre que han quedado aquí, y eso le pide a Emma.

Durante esos días en Chetumal, Emma duerme sola en la casa, por primera vez en la historia de esa casa. Está en medio de su reino en ruinas. El lugar de sus logros y sus esperanzas vueltas ahora incertidumbre y deudas. Duerme mal, tiene una pesadilla recurrente que es despertar. Recordará después aquel momento: “Yo amanecía y decía: tuve una pesadilla”. Pero la pesadilla era la realidad. Laureano Pérez, el padre de Rose Mary, el marido de Aurora, le da para que duerma una píldora desaparecida llamada Ecuanil. Es suficiente para sacar a Emma del mundo de su pesadilla y sumirla en el sueño. Pero sólo una hora, porque no duerme más. Las deudas flotando, sus hijos en México, su marido acusado, la suerte jugada y perdida. Cada una de esas cosas gira y cae con sobresalto en el silencio delgado de su sueño. Y nada qué hacer, salvo rentar las casas, sacar los camiones, terminar de huir.

 Los camiones que Emma debe sacar de Chetumal son los que ha usado Héctor para arrastrar madera. Los quiere en la capital para llevarlos a que rindan en los ingenios de un amigo. Cada camión tiene enganchado un disco que engancha a su vez la plataforma en que suben las trozas de madera. Emma va todos los días a la aduana para que autoricen la salida. Cuando su cuñado Ángel se entera de los trámites, le manda decir que puede llevarse los camiones pero no los platos de enganche. Se lo manda decir con el chofer de Héctor, Alfonso Encalada. Del siguiente modo: “Dile a Emma que más le vale dejar los platos y entregármelos, porque si no le voy a echar la justicia atrás, y a ella no le conviene verse ahora con la justicia”. No sé qué derechos tiene Ángel sobre los discos de enganche de los camiones de Héctor, pero efectivamente no es el mejor momento de Emma Camín para verse con la justicia. Desengancha los discos como una afrenta final. El día de su partida no hay en su torno sino pena y llanto. Lloran a escondidas la cocinera Ángela y su hija La Chata, Valentina Mena, nuestra eterna nana. Emma las oye moquear mientras trajinan, pero intentan limpiarse las mejillas y contenerse en su presencia. En cambio, el marido de La Chata, José Sosa, llora abiertamente con el brazo puesto sobre el curbato, repitiendo: “No es justo”.

 Cuando Emma le cuenta a Luisa la historia de los platos de enganche, Luisa decide que irá a Chetumal a matar a Ángel. Hace suyo ese designio y lo renueva cada día, durante meses, en su corazón. Hasta que el azar, para ella la Providencia, le envía la pérdida de mi hermano Juan. Una tarde cualquiera mi hermano Juan no regresa de la escuela. Debe volver a las cinco de la tarde y son las siete. Emma empieza a temer lo peor y comienza a llorar como si se desinflase. Con ella lloran sus hijos, nosotros, que sentimos cumplirse en Juan el horrendo augurio de los robachicos capitalinos. Emma llora como no ha llorado ni después del ciclón, como si fuera a licuarse llorando. Luisa piensa que su hermana perderá la razón, que la ha perdido. Va entonces hacia el Sagrado Corazón que cuelga en la pared del departamento, la misma efigie del Cristo guapo y barbado, que ha estado en mi casa antes, durante y después del ciclón, verdinado por la llama de una eterna veladora. Lo mira de soslayo y le dice:

—Está bien: tú ganas. Si aparece Juan, no mato a Ángel.

 A las siete y media de la noche, se aparece Juan. Viene caminando por la calle Molière, tan campante, cargando una mochila que llega al piso. Recuerdo que corro hacia él llorando y lo abrazo bajo la marquesina del cine Polanco. Desde entonces queda en mí la certidumbre de que mi hermano Juan es el preferido de mi madre. Quizás es sólo el que estuvo más cerca de haberse perdido.

 

Vuelvo a la cabeza de Héctor, cuyos temblores registro en la mía. Qué dudosa niebla, qué animal herido buscando una puerta. Tiene cuarenta y dos años y ha perdido dos fortunas. Está en un exilio que le impide ser quien es pero no pensar en quien ha sido, ni desear como un demente volver a ser. De la quiebra guatemalteca le quedan tres camiones. Mejor: tres cabinas de arrastre sin plataformas de enganche para la carga. Ha traído una de esas cabinas a la ciudad y ha perdido el resto, y se ha puesto a ofrecer sus servicios como transportista de mercancías de una ciudad a otra. Recuerdo la escena de una conversación suya con uno de sus choferes en la cocina del departamento de Polanco. Recuerdo luego su desesperación por la noticia de que uno de los camiones se ha volteado y aquel chofer anda prófugo. Recuerdo finalmente la escena en la que el chofer vuelve a acercarse a la casa pidiendo para su familia y para él, pues del accidente le ha quedado una cojera temporal en la pierna. Y recuerdo a mi padre dándole unos billetes de los pocos que tiene, en comprensión del daño y disculpa por la pérdida.

Ninguna otra cosa ha hecho Héctor, según mi Emma y Luisa, con los remanentes de la aventura de Aguas Turbias. Al final de la aventura, cuyos rendimientos se ha quedado don Lupe, perdida la concesión, embargada la madera, cercado por los acreedores, Héctor rescata un saldo de quince mil ochocientos dólares. Así lo telegrafía a Emma desde la ciudad capital de Guatemala en algún momento de principios del año de 1957, justo cuando Emma ha venido a la ciudad a visitar a sus hijos y a presentarles a su nuevo hermano, Luis Miguel. Colgada de la certeza de aquellos dólares es que nos presentamos una soleada mañana de la colonia Roma a ver la casa donde viviremos en la ciudad. La casa vale entonces ciento setenta y cinco mil pesos, poco menos que quince mil dólares.

Tengo la historia materna de cómo se esfumaron esos dólares antes de llegar a la mesa del notario para comprar la casa de Champotón, o Tlacotalpan. Héctor ha dispen-diado ese dinero con quien se le cruza por el camino. Le da cinco mil dólares a un licenciado Toledo que le ayuda durante el gobierno socialista de Arbenz en Guatemala. Le da otros cinco mil a un Tony Chacón, pariente del secretario de permisos forestales que le entrega las concesiones de Aguas Turbias durante el gobierno anticomunista de Castillo Armas. El resto se lo da Héctor al inquieto y decidido doctor Luis Sandoval que tiene un mal cardiaco y debe venir a la ciudad de México a tratarse con la eminencia médica de aquellos tiempos en estas tierras, Ignacio Chávez, fundador del Instituto Mexicano de Cardiología.

Luisa recuerda también el toque señorial y botarate de su cuñado Héctor con una escena de menos dólares pero de igual sentido. Son los días previos a su viaje a la ciudad de México y Emma va con Héctor a Belice porque quiere comprar frazadas para traernos a la helada capital. Héctor va a sacar al banco los trescientos dólares que se necesitan para comprar los cobertores. Emma lo espera en el coche. Al regresar del banco, Héctor se cruza en la calle sin banquetas de Belice con el jefe de la policía de la ciudad que quiere hablarle. El jefe de la policía habla y habla, Héctor asiente y asiente, hasta que echa mano de los billetes que trae en la bolsa y se los da al jefe de policía. Emma está viendo venir a Héctor del banco, lo está esperando en el coche y lo ve echar mano de la bolsa donde trae el dinero y dárselo completo al chief, sin regatear al menos la mitad. Cuando Héctor llega al coche y Emma le pide el dinero que han venido a sacar del banco para comprar los cobertores, Héctor le dice que no los tiene, que se los ha dado al chief pero que conseguirá más. Luisa no da tantos detalles como los que yo pongo cuando escribo, pero es esto lo que dice: Héctor es un tipo al que se le cruzan peticionarios con los que quiere quedar bien y a los que les entrega incluso aquello que apenas tiene para su familia.

Yo entiendo ese toque botarate de mi padre desde otro lado: está pagando servicios prestados, tratos de los que ha dependido su eficacia y hoy depende su honor. Y tiene ese mal del joven rico que no puede decir que no tiene, sino que tiene el pundonor de dar lo que no tiene. Debe conservar su imagen de joven rico y solvente, salvo que no es un joven rico solvente sino un joven rico en picada regalando lo que ya no tiene. Yo veo en todo esto el cumplimiento de compromisos pactados con facilitadores locales, amigos además, que Héctor no puede eludir porque no tiene esa vena corsaria cuya ausencia será la desgracia de su vida, sino esa vena de hijo favorecido que piensa que en el fondo de la bolsa siempre habrá más para hacerse querer, para que nadie lo odie por mezquino y canten a su paso las alabanzas de su generosidad en vez de los reproches de su codicia.

Todo lo contrario de don Lupe: Héctor quiere ser querido, incluso por aquellos cuyo cariño no representa ninguna ventaja para él. Es el magnánimo ciego, dispendiador de su fortuna, manirroto de su pérdida. Amo esta debilidad cardinal de mi padre, su tontería y su verticalidad. Pero la realidad la castiga al punto que la mayor parte de su vida, toda la que le queda por vivir después de aquellos momentos, es la consecuencia terrible de su grandeza manirrota.

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Bien, estamos en Polanco, vamos a las escuelas cercanas, mi padre busca hacerse transportista. Mi madre y mi tía ven una tarde que se renta un pequeño local comercial a la puerta del edificio donde vivimos. Discurren hacer lo que saben, abrir una tienda y ponerse a coser. Alquilan el local, compran a crédito unas máquinas de coser y abren una tienda que llaman Modelos Mamá y yo. Lleva en el nombre su propósito: vestidos para las madres, uniformes y ropas de comunión para las hijas. La tienda arranca floja pero toma vuelo y empieza a suplir las urgencias domésticas, la falta de ingresos del jefe de casa y las demandas crecientes de los niños que la habitan. Pero está dicho que esos tiempos son de pérdidas porque justo cuando parece despegar, una madrugada de diciembre del año de 58, la tienda es robada. Se llevan las máquinas de coser, que no han acabado de pagarse, y no queda de la mercancía en existencia ni un vestido terminado, ni un metro de tela, ni un maniquí, ni siquiera los palos y los vidrios del mostrador pues además de robar los ladrones vandalizan lo que no pueden llevarse, suman al despojo la vejación.

El efecto del robo sobre la casa es como el de un segundo ciclón, aunque el reparto de culpas es distinto. A nadie puede culparse del ciclón, pero hay un responsable de que el robo de la tienda termine en pérdida total. Cuando Emma y Luisa van a buscar los papeles del seguro que ampara su tienda descubren que el seguro no existe, que se han quedado sin máquinas, ni tienda, ni seguros. ¿Por qué no tienen seguros? Lo sé años después, cuando Luisa y Emma juzgan que no traicionan ni su lealtad ni nuestra inocencia refiriendo los hechos: Héctor ha recibido de ellas el dinero para comprar los seguros pero no los ha comprado. Ha gastado ese dinero en trámites y permisos para volverse transportista. Emma y Luisa han insistido durante todo estos meses en los que Héctor va y viene en busca de su nuevo reino, que olvide por un tiempo sus sueños de empresario y se resigne a la de burócrata, que consiga un empleo modesto pero seguro y tiren juntos de la carreta, él tras su escritorio en alguna oficina, ellas tras el mostrador de su tienda Mamá y yo. Pero Héctor no quiere empleos de escritorio, hay en su cabeza una flota de camiones que le permitirá pagar sus deudas y redimir la pérdida de la madera con un negocio de rentas adecuadas, las necesarias para mostrar a su padre y a sus hermanos que no sólo no lo han vencido sino que ha vuelto a triunfar. O algo así.

Entiendo, en el tiempo, que aquella omisión de los seguros de la tienda, aquella repetición obsesiva o patológica del dispendio, corta las amarras que quedan en la apuesta de sustento, solidaridad y progreso que es todo matrimonio. El dispendio final de Héctor adquiere, en la intimidad marital de Emma y en la solidaridad familiar de Luisa, las proporciones no de un defecto sino de una traición. Creo, ahora que lo escribo, que ése es el momento en que Emma y Luisa entienden que no pueden contar más con el hombre de la casa, que deben tomar su propio bote y llevar a Héctor a bordo o no, sabiendo en adelante que es un aliado flojo que terminará siendo un lastre.

 

Me recuerdo en esos días atado a la suerte de un peleador mexicano, Raúl Macías, apodado El Ratón, que va a disputar el título mundial de peso gallo con el francés Alphonse Halimi. No sé qué sustancia divina he puesto en aquel símbolo de la patria y la gloria, qué deseo religioso de compartir su destino, de ser él y medir la grandeza de mi vida y de mi país por el tamaño de su victoria. Luego de buscar infructuosamente la transmisión de la pelea en el radio toda la noche anterior, me recuerdo en el temprano y frío amanecer del día siguiente de la pelea, caminando por la calle de Molière rumbo a los puestos de periódicos para saber la noticia de la que pendía mi alma: quién había ganado. Era tan temprano que ni el puesto de periódicos de la esquina de Molière y Ejército Nacional estaba abierto y en cambio, en la mañana mortecina, apenas desenvuelta de la noche, como una colección de fantasmas que encarnaban los míos, húmedos de neblina y rocío, vi los altos eucaliptos de Ejército Nacional mirándome desde su serenidad afantasmada, verdes y rezumantes, con sus altos troncos de vetas blancas y su olímpica distancia de mi fiebre. Di vuelta por la colonia en busca de los otros puestos de periódicos, a sabiendas de que no existían, esperando topar con alguien que trajera un diario o que pudiera decirme dónde encontrar un diario. Luego de ir y venir y volver a la calle de Molière donde había empezado mi estéril travesía, encontré al panadero que abría la puerta metálica de la panadería para entrar, y él me dijo: “La pelea no fue ayer, m’hijo. Es hoy en la noche”.

Estaba perdido de verdad. No tanto, sin embargo, como al final de la narración de la pelea esa misma noche, por la radio zumbante donde pude oírla, cuando supe que Raúl Macías había sido atracado por los jueces del Olympic Auditorium de Los Ángeles y había perdido por decisión dividida una pelea que desde luego había ganado, según pudimos celebrar round tras round por la narración del cronista que sólo describía los golpes de Raúl, ahorrándose los de Halimi. No dormí esa noche, sino que lloré, como en la pérdida del más amado de los seres, como en la pérdida de mi propia identidad y de mi propio ser en las nieblas fantasmales de los eucaliptos de Ejército Nacional, como si me disolviera yo mismo en las brumas de aquella derrota que, además, no podía compartir con nadie, como no podía compartir tampoco, ni siquiera conmigo mismo, la derrota de mi familia.

 

He vuelto en estos días, después de muchos años, a ese tramo de la calle de Molière, el que está entre la avenida Homero y la avenida Ejército Nacional. Lo único que queda de la señorial y apacible calle de mi infancia son las palmeras del pequeño camellón que divide la calle. Entonces las palmeras eran esbeltas, jóvenes y verdes, hoy son gordas, viejas y cenicientas. La hilera de casas de amplios torreones y pulcros jardines de entonces ha sido convertida en una hilera de bares, restaurantes y expendios de pozole que compiten en mal gusto, y en colores y olores estridentes, pues mezclan el olor de sus ofertas culinarias con el aliento de las alcantarillas, ese tufo a caño de centro histórico, a historia podrida. De todas las tiendas y edificios de mi infancia, de la privada donde vivimos un tiempo antes de mudarnos al novísimo edificio frente al cine, no queda sino la panadería donde supe que la pelea de Raúl Macías no había sucedido. Lo demás no es sino una proliferación tóxica, opresiva, de tiendas, sucursales bancarias y consultorios de baja calidad, aglomerados en su mezcla imbatible de dinero y mal gusto, en una de las calles más concurridas de una de las zonas más caras y comerciales de la ciudad de México.

En la esquina de Homero y Molière donde recuerdo que había una enorme casa con frontón, hay hoy un estacionamiento y una escuadra de puestos ambulantes donde se despachan fritangas mexicanas y hot dogs. Nada como el olor de la fritanga mexicana, nada como su expendio sucio y humeante para gente que come de pie a media calle, chorreando salsas por los extremos de las quesadillas que devoran a mano. Los líquidos escurren sobre los papelitos color ladrillo que hacen las veces de servilletas, y sobre las aceras fracturadas, disparejas por la acumulación de remiendos a que las ha sometido el capricho urbano, el mal gusto urbano, el microscópico y universal atentado urbano que no ha dejado metro sano de lo que fue esta hermosa avenida residencial, en medio de cuyas mansiones y comercios discretos el único atentado contra la armonía de mi tiempo era, precisamente, el edificio de grandes ventanales y molduras de aluminio al que nos mudamos poco después de su estreno. El edificio está ahí todavía, sin el brillo de la novedad que lo excusaba, más viejo y anacrónico que nunca, como las modas pasadas de moda, intemporales muestras del mal gusto que es a veces el buen gusto de la época que acaba de pasar.

Sintiéndome navegar como una cáscara en un charco, he ido a ver la entrada precisa del edificio junto al cine Polanco y el local donde estuvo alguna vez la tienda Mamá y yo. La entrada está intacta y al fondo puede verse el mismo o muy parecido elevador de mi recuerdo, pero el cine ha sido convertido en un presuntuoso foro de galas y premiaciones. En el local donde estaba la tienda Mamá y yo hay ahora un expendio de hamburguesas con un rótulo amarillo, histérico y abombado, invadiendo la calle. El local es inesperadamente profundo para mí que lo recuerdo más corto. Hago entonces la cuenta: al fondo estaban las máquinas de coser, en la mitad del local el mostrador y al frente, en la entrada de la calle, la vidriera, con sus maniquíes de tres tamaños: el de niña, cubierto con un traje blanco de primera comunión, el de muchacha con un traje blanco acinturado, el de mujer con un vestido recto de dos hombreras estatuarias y un cruce generoso sobre el pecho: Modelos Mamá y yo.

 

El robo de la tienda precipita para la familia dos asedios por deudas: las que vienen de Chetumal por la quiebra de Héctor y las que empiezan a correr desde la tienda de Polanco por el cobro de las letras de las máquinas de coser. Las deudas confluyentes hacen surgir en la cabeza de Luisa y Emma una idea desesperada: rentar una casa como la que no han podido comprar en la colonia Roma y volverla casa de huéspedes. Mantendrán así a flote la mesnada familiar mientras recobran su clientela de Polanco y ponen a Héctor a trabajar. Pero Héctor no quiere trabajar. No sólo eso, sino que mira con desaprobación el proyecto de la casa de huéspedes pues es fama pública, en la ciudad de entonces, que las casas de huéspedes disfrazan casas de citas. La sola insinuación de que su proyecto de poner una casa de huéspedes puede adquirir en la cabeza de Héctor esa connotación abyecta, multiplica en las hermanas la sospecha de que Héctor ha perdido la razón.

Qué jóvenes son Emma y Luisa, con cinco niños encima, y qué fuego anima sus pechos rebosantes de amor y vergüenza por su elección de vivir en la ciudad. Me conmueve pensar ahora en sus retos enormes, en sus medios raquíticos, en el valor a toda prueba, ciego como un miura ciego, de mantenerse en la ciudad contra viento y marea, en ausencia inminente del hombre a cuyo abrigo se han puesto y cuyo fulgor se está llevando la adversidad.

El azar urbano viene en ayuda de las hermanas que encuentran una ganga en renta: la hermosa y diáfana casa de la avenida México 15, en el perímetro ovalado de uno de los pocos parques grandes de la ciudad, también llamado México, aunque oficialmente llamado San Martín, en el corazón de una de las más pulcras, bellas y verdes colonias de la ciudad, la colonia Condesa, antiguo recinto del hipódromo, ahora un óvalo arbolado que han bautizado como avenida Amsterdam. La avenida Amsterdam envuelve en su óvalo mayor el óvalo menor de la avenida México que a su vez envuelve el parque San Martín. Esa repetición de óvalos, unidos por calles de dos cuadras e interrumpidos por glorietas y jardineras, es uno de los más genuinos laberintos de la ciudad, en sí misma una colección de laberintos: barrios que la mancha urbana devora sin cambiar, que ceden sus espacios exteriores pero conservan su traza vieja en ovillos recelosos. Es el archipiélago de haciendas y pueblos envueltos y cruzados pero no vencidos por el avance de la mancha urbana, que en la ciudad de México llamamos colonias. Es posible recorrer la ciudad entera por sus grandes avenidas, por sus periféricos y ejes viales, sin asomarse a la intimidad de sus barrios, plegados como están sobre sí mismos en su resistencia al anonimato voraz de la urbe. El hecho es que, huyendo de los dobles acreedores de Chetumal, y de Polanco, Emma y Luisa dan con el translúcido refugio de la avenida México 15, donde han de vivir el resto de sus días y de donde mi padre escapará por su propio pie poco más tarde, abrumado por la niebla de sus sueños y la realidad de su bolsillo.

Mi padre y yo nos mudamos bajo protesta a la casa de avenida México. Él, porque en su cabeza casa de huéspedes suena a casa de citas, yo porque soy tributario de lo que pasa en su cabeza. No ha dicho frente a mí una palabra de su molestia. Su silencio es más elocuente: yo sé con él que nuestra fuga es un oprobio. Con esa humillación a cuestas vivo muchos de los mejores años de nuestra mudanza a la avenida México que acoge la epopeya mínima, terca, orgullosa y humilde a la vez, que Luisa y Emma han escogido: tener huéspedes, coser y trabajar, criar a los hijos. Escogen esa vida hablando sin parar, mi madre cantando cada vez que le pega el viento, mi tía dispuesta a coser con su hermana y a pontificar, a veces con el tono melancólico de quien sabe más de lo que puede admitir, normalmente con furia ibérica. Mi padre asume esa elección de vida como una afrenta, y yo me afrento en secreto, igual que él. Creo que todas las esquizofrenias de que he sido capaz en la vida vienen de aquella fisura, de aquella segunda expulsión del paraíso que es la mudanza de Polanco a la Condesa, porque de algún modo preciso somos unos prófugos cuyo paradero hay que ocultar, y porque algo vergonzoso hay efectivamente en la noción de casa de huéspedes cuando mi imaginación de prófugo la refleja, multiplicada, en el espejo del colegio de muchachos ricos al que voy, hijos de familias que nada tienen que ocultar salvo, quizá, en todo caso, el tamaño de sus fortunas. El hecho es que contagiado del mismo telepático modo de las prevenciones de mi padre, paso año y medio de mi vida ocultando a mis amigos del colegio la oprobiosa verdad de que mi casa es una casa de huéspedes.

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He narrado en el primer capítulo de este libro la escena que pone fin a la vida juntos de Emma y Héctor, en algún momento anterior a la Navidad del año de 1959. No es ese sin embargo el momento cabal de la ruptura de las hermanas con el hombre del que han esperado todo. El momento que sella en ellas la certidumbre de haberlo perdido es el de la reaparición inesperada de don Lupe en la ciudad. Ha venido a buscar a su hijo Héctor. La concesión de Aguas Turbias ha vencido hace dos años, en 1957. Don Lupe no ha podido renovarla. Le han dado permiso para que tale sólo en Petén-Flores, concesión muy menor. La Casa Aguilar trabaja ahora en Plancha Piedra y Fallabón, como antes Héctor. Para beneficiar la madera que siguen sacando de Guatemala después del ciclón y el despojo de Margarito, don Lupe y su hijo Ángel se han llevado el aserradero de Chetumal a Belice. No les va mal, pero don Lupe ha probado la calidad de la madera de Aguas Turbias, y la del Petén-Flores no le sabe. Decide buscar a su hijo Héctor en México para que vuelva con él a Guatemala y lo ayude a renovar en Aguas Turbias. Héctor ha mantenido el contacto con su hermano Omar y con Omar manda don Lupe a decirle que quiere verlo. Héctor accede. Don Lupe propone a Héctor que regrese con él a Guatemala. Quiere la madera de Aguas Turbias y curar el trato que ha dado a su hijo. Quiere también parchar su imagen que no ha quedado muy arriba ni entre quienes conocen lo sucedido en Guatemala ni entre los viajeros de Chetumal que pasan por mi casa y oyen la versión del despojo en voz de las Camín, con su temible don de lengua. La Tocaya, Emma Wadgymar, esposa del notario Federico Pérez Gómez, en cuya casa hemos vivido los primeros meses de nuestro trasplante a la ciudad, viene a visitar a las hermanas un día. Ha ido a Chetumal de visita, les dice, y ha visto a don Lupe que se conduele, dice, de la situación en que han quedado las Cubanas (Emma y Luisa) y sus nietos (nosotros). Luisa le dice a su amiga, o así lo recuerda treinta años después: “Mira Emma, vete a ver a ese hombre cuantas veces quieras y óyele sus cuentos, pero a mí no me los digas, porque como yo tengo que estar acá cosiendo para ganar el pan nuestro de cada día, no puedo ir allá para patearle la barriga y sacarle las tripas, que es lo que merece. Porque esto es así: él es un criminal y un sinvergüenza”. Al paso ácido de aquellos días, Luisa echa una maldición sobre Ángel y don Lupe: los enterrarán de caridad, sentencia, y ha de ver a don Lupe viejo y arruinado morir en una casa que no es suya. Los años cumplen estos agüeros con precisión desmedida.

 

El hecho es que don Lupe viene a la ciudad y habla con Héctor para pedirle que regrese con él a Guatemala. Quiere que Héctor active las relaciones dejadas ahí. Quiere usarlo de nuevo o quizá sólo cumplir la idea que ha tenido siempre de regresar a su hijo a la Casa Aguilar y reponerle algo de lo que le ha quitado. Héctor no reacciona como parte agraviada porque no está agraviado, acaso porque no se atreve a estarlo, porque la idea del agravio contra su padre, aun si éste lo ha despojado, suena profana en su corazón, esclavo de la sombra del padre. O acaso es sólo que está tan puesto contra la pared, tan sometido por el aguacero de su desconcierto ante la forma como le ha cambiado la vida, que no es capaz siquiera de indignarse y de tomar su sitio como hijo despojado pero soberano, separado al fin del hombre que lo ha traído al mundo y se lo ha quitado. Don Lupe le dice también que quiere ver a sus nietos y a su nuera, ir a su casa, reanudar el trato. Héctor viene a la casa y transmite a Luisa y Emma el propósito de su padre. La respuesta de las Camín es fulminante. La da Luisa: “Dile a tu papacito que no venga a esta casa porque va a salir marcado como deben andar los canallas por el mundo”.

 Emma y Luisa no ven en aquella consulta sino la demostración final de que Héctor se ha desmoronado. No hay que afinar mucho los lentes para ver hasta qué punto aquel alegre y confiado personaje de otras épocas, que pasa entre la gente haciéndola reír, se ha vuelto un bebedor absorbido y melancólico, un hombre tapiado y tímido, con un tic que le hace girar el cuello y elevar una mueca desde la boca hasta uno de los pómulos, normalmente el derecho. Me recuerdo observándolo un día, sentado en el comedor. Mira la mesa mientras espera que le sirvan el desayuno y hace esa mueca, como en una conversación afónica consigo mismo, la conversación que ahora quisiera poder transcribir pero que acaso no es ni siquiera de palabras sino sólo un rumor de moscas y mosquitos paralelos de los míos.

 

Quizá es en esos días, al hilo de aquellos síntomas y de aquella consulta sobre la petición de don Lupe, cuando empieza a nacer en Emma y en Luisa la idea de que a su varón perdido lo han embrujado y de que todas aquellas disminuciones y metamorfosis no pueden ser sino porque lo han intervenido con un bocado o algunas yerbas o algún encantamiento servido en los campamentos de madera de Guatemala, o en los pubs de mala muerte de Belice o en las veladas familiares de Chetumal: algo exterior ha caído sobre Héctor volviéndolo la sombra de lo que fue, convirtiendo su sonrisa en una mueca, su cabeza en un zumbido, su mirada en un miedo, su vida en una fuga. Es quizá en aquella constatación difusa y concernida de que Héctor ha sido tomado por un hechizo externo, donde nace la convicción pagana y crédula de las hermanas, correspondientemente supersticiosa, de que necesita un contraembrujo, una vacuna homeopática de magia contra magia, yerba contra yerba, bruja contra bruja. Desahogando esa hipótesis las hermanas buscan y encuentran la cura posible en la persona de una quiromántica llamada Nelly Mulley que se anuncia en una revista de chistes blancos llamada Ja-Ja y ofrece sus servicios en el periódico. Es una de las celebridades del invisible y activo mundo de las adivinaciones y las limpias, la cura espiritual, la devolución de la armonía y del equilibrio a las almas extenuadas por el mal fario, la adversidad, la insignificación de la vida y la disarmonía del universo. Su celebridad es tanta que una empresa contrata su nombre y estiliza su efigie para promover unos chicles de la suerte. En la envoltura está el dibujo que ilustra a la adivina Nelly Mulley. Tiene una pañoleta de gitana y mira una bola de cristal. La envoltura de papel del chicle tiene inscrita una leyenda con una frase anticipatoria sobre el futuro del mascador del chicle. La leyenda es invisible, para hacerla brotar a la superficie encerada del papel hay que pasarle por debajo la llama de un fósforo. El papel se quema entonces y la leyenda aparece en letra palmer: Alguien inesperado te hará feliz. No temas a tu suerte. Atrápala. Nosotros quemaremos cientos de aquellas envolturas y recibiremos cientos de anticipaciones de nuestro futuro sin saber hasta qué punto esa adivina y ese futuro anticipado han entrado en nuestra vida.

 

Las dos escenas terminales de la ruptura de Héctor con Emma, al menos las que yo puedo referir, tienen que ver, una, con la escasez monetaria; otra, con la negación amorosa. La escena de escasez monetaria es también de humillación del padre proveedor. Un día mi hermano Juan José que es un niño tenaz, pide por enésima vez dinero para unos zapatos. Nuestros zapatos suelen gastarse rápido. Revientan sus suelas y se apestan del uso con facilidad. Juan ha quemado los suyos y necesita unos nuevos. Emma no tiene para reponerlos y los niega. En una de aquellas negativas pasa la raya y le dice a su hijo Juan que pida los zapatos a su padre. Eso hace Juan, con exigencia de niño que Héctor resiente como una mala jugada de su mujer. También como una humillación que no puede reparar: no hay dinero en sus bolsillos para los zapatos que su hijo le pide mirándolo fijamente, como mira Juan, desde su gran cabeza cortada al rape. Nuestras cabezas son expertas en cortes al rape pues ahorran idas al peluquero. Nos pelan como sardos, nuestras orejas al aire, bien abiertas tras nuestras patillas y parietales al ras, son heraldos de nuestro ahorro. Héctor no puede darle a Juan el dinero que quiere y le dice que mañana. Mañana Juan vuelve a la carga y Héctor le dice que mañana. Mañana se vuelve todos los días hasta que Héctor empieza a temer la escena. Decide llegar a casa cuando todos se han dormido y salir cuando nadie ha despertado.

Una de esas noches, que no es contigua pero que enlazo aquí porque me parece que viene de la lógica interna de los hechos, Héctor llega buscando a su mujer. No sé cuánta intimidad amorosa han tenido Emma y Héctor desde su llegada a la ciudad, en el departamento de Polanco lleno de niños, en la casa de avenida México llena de huéspedes, y en presencia continua de Luisa, parte obligatoria del paisaje. Sé que mi madre dice alguna vez a su confidente Rose Mary en Chetumal que ha sido siempre feliz en brazos de su marido. Sé que me dice a mí, cuando mi primer matrimonio se desmorona, que antes de perderse mi padre ha sido siempre un señor, “en su casa y en su cama”. Ha dicho también a Rose Mary, muchos años después, que hasta el último momento, antes de separarse, Héctor la ha buscado como mujer. Eso es lo que hace Héctor la noche de la negativa amorosa que aquí recuerdo. La tomo de su propio recuerdo de viejo. Y es esto: que al llegar furtivamente a México 15, cuidándose de no prender la luz para no alborotar el sueño de la casa, va a la recámara donde duerme con Emma y se desliza a medio desvestir en busca del cuerpo de su mujer, pero descubre que quien duerme en la cama no es la mujer que espera y busca sino su hija Emma. La sustitución lo horroriza y lo infama, lo decide a pensar que su lugar aquí ha terminado, que todo ha terminado en realidad.

Al día siguiente o varios días después, en una secuencia cuya continuidad también es clara aunque la separen semanas, Héctor decide marcharse de la casa. Lo hace a media mañana, cuando la casa está vacía de sus hijos y de los huéspedes. Están sólo Emma y Luisa y Luis Miguel, su hijo menor, que entonces tiene tres años. Héctor hace su maleta en el cuarto de arriba donde ha dormido con Emma y ahora duerme también su hija Emma. Baja sin hacer ruido. Su cuñada Luisa está bañándose. Su esposa Emma canta en la cocina mientras guisa, pues canta a todas horas. Al pie de la escalera, su hijo Luis Miguel juega con un barco de madera que Héctor recuerda haberle regalado. Poniéndose el dedo índice en los labios, Héctor le pide a Luis Miguel que no haga ruido. Deja la maleta en el piso, da unos pasos hacia el pasillo que lleva a la cocina. Se asoma por el pasillo y ve a su mujer guisando de espaldas a él, frente a la estufa. Camina dos pasos hacia ella pero se detiene, vuelve por su maleta. Su hijo Luis Miguel ha suspendido sus juegos con el barco de madera y lo observa. Vuelve a pedirle que no hable poniéndose un dedo en los labios. Levanta la maleta, camina sin hacer ruido hacia la puerta, sale al parque.

Emma sabe desde hace días que su marido va a irse en cualquier momento. Escucha, mientras canta, el silencio que viene del pie de la escalera donde su hijo menor ha dejado de hacer ruido. Escucha quizá los pasos de su marido, yendo, viniendo, titubeando. Quiere y no quiere detenerlo. Deja de cantar pero no voltea, sigue guisando, esperando, hasta que oye el cierre de la puerta. La puerta cierra aparatosamente pues tiene una armazón de vidrio biselado, una herrería forjada y una madera gruesa que se hincha. Su peso la mantiene desnivelada. Para abrir hay que empujar y para cerrar hay que darle un tirón. Cuando Emma oye el tirón la invade un enorme alivio, como si hubieran sacado un elefante de la sala de su casa. La asalta luego una desolación cabal. Su matrimonio ha terminado de terminar.

01-hac-03

¿A dónde va Héctor cuando sale de su casa en la colonia Condesa ese mes de diciembre de 1959? Va a la casa de su terapeuta, la consultora espiritual y adivina Nelly Mulley, que vive en las calles de Bucareli, en el viejo centro de la ciudad de México. Nelly Mulley lo ha curado de su embrujo, o por lo menos de su matrimonio. En la ciudad de Nelly Mulley vivirá Héctor los siguientes cuarenta años de su vida, una ciudad fantasma que existirá sobre todo en mi cabeza.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor y periodista. Ha publicado, entre otros libros: Morir en el Golfo, La guerra de Galio, Las mujeres de Adriano y El error de la luna.

 

16 comentarios en “Ciudad de México, 1959

  1. Intuyo que su tesón como politólogo y escritor lo heredó de su madre, y que la generosidad -aunque un poco más responsable- de su padre. Vale la pena leer el libro.

  2. Una lectura que atrapa, en cuanto me sea posible continuaré con la lectura; felicidades a Héctor Aguilar Camín por su nuevo libro.

  3. Excelente prosa la de Héctor Aguilar Camín quien, desde “Con el filtro azul” (Premiá, 1979), mantiene una constante intensidad narrativa. Aquí supera, seguramente, sus propias expectativas, al entrar de lleno en el la novela testimonial, autobiográfica y autofictiva. Para Manuel Alberca, la autoficción es la “implicación, integración o superposición del discurso ficticio en el discurso autorreferencial o autobiográfico y viceversa”. Reflexionar sobre la propia experiencia de vida lírica -“mi vida como escritor y como lector”- implica un diálogo consigo mismo, un interiorizarse en la propia conciencia pero, también, un acto de alejamiento: mirarse a sí como “al otro”. Establecer una distancia consigo y observarse desde afuera. Menuda tarea la de mirarse uno en el espejo de sus propias palabras; para un escritor, para un narrador, este acto requiere de una honestidad suprema: la que implica el descubrirse a través de sus recuerdos escritos. Este acto de re-conocimiento es crudo y doloroso; pero es artístico. Escritores contemporáneos, como Humberto Guzmán y Jorge Bustamante, han llevado a cabo, recientemente, esta difícil labor. Guzmán, con “La congregación de los muertos o El enigma de Emereciano Guzmán” (UAQ, 2013), realiza un recorrido que lo lleva a rastrear el origen de su abuelo hasta la segunda mitad del siglo XIX, en Moroleón y Salvatierra, pero también el suyo propio, en la colonia Obrera del Distrito Federal. Para el lector de esta clase de obras la narración en primera persona, novelada, resulta también una interiorización hacia sus propias vidas; pues de manera paralela -en una segunda lectura sincronizada- el lector compara sus propios recuerdos íntimos con los del autor, y traduce sus particulares vivencias a un lenguaje universal, revelador e integrador, donde comparte sus sentimientos (consigo mismo) respecto a la vida, el amor y la muerte. Bienvenida esta literatura construida a través de marcas indelebles y dolorosas, de conciencias reprimidas que surgen a flor de piel: de letras, palabras, olvido y presencia.

  4. Llore, es el año en que yo naci, pero mi padre llego de Oaxaca a aumentar la población de esta ciudad. Entrañable.

  5. Admirable ejercicio memorialista, Héctor, te felicito de todo corazón, un corazón –como bien sabes– memorialista.

  6. Entrañable, valiente y solidaria tu autobiografía Héctor, la leeré completa. Felicidades.

  7. Interesante escribir sobre la familia, estoy tomando su ejemplo, Don Héctor Aguilar Camin, pues estoy escribiendo mi autobiografía(difícil escribir sobre uno, de las vivencias de caricaturista en México).
    Del 1960 hasta el 2014, muchos personajes de la farándula, la política y la cultura.
    Me congratulo en saber que su libro pronto lo leeré, Felicitaciones.

  8. He leído este asomrboso relato y he llorado desde lo más profundo de tdos mis años,tan hondo llegan los acontecimientos que dolorosos e incomprensibles siendo niños nos dejan un mental tatuaje y que de la infancia tranquila luminosa y protegida nos sorprende por el dolor de las pérdidas causadas por desastres naturales o de nuestra naturaleza con grandes espacios de fragilidad humana.
    Y si embargo esas mujeres jamás se aleján,nos aconsejan,consuelan,hacen reír, escuchan nuestras confidencias y atienden nuestras peticiones. En otra dimensión, pero están,hermanas de mi mafre, Doña Emma y Luisa están…

  9. En su relato encuentro a mi padre y a mi madre, también a mis abuelos. Gracias por ello. Qué fuerza en las mujeres de nuestras familias, qué debilidad del querer ser grandes siempre, contra todo, de nuestros padres. Claro que el padre Héctor no iba a conformarse con ser un burócrata, con dejar sus sueños, él nació rey y tendría que serlo siempre, por lo menos en su imaginario. Así fueron muchos de nuestros ancestros, los míos también. El oxígeno realista de la madre es lo que mantiene a flote el barco, pero siempre hemos de ir hacia lo que nuestros padres soñaron, porque (tal vez sin saberlo) también eran los sueños de nuestras madres. Nada más que ellas sí tenían que hacer la enorme olla de sopa y no se podían dedicar a cultivar el sueño familiar.
    Qué escena la de cuando el padre se va. El amor que se congela. La disolución.
    Y también nuestras crisis de pareja, de edad.
    “Tú ganas”, esa es la forma en que nuestras madres le hablaban a Dios, y en que negociaban con él, lo más por lo menos, el amor filial a cambio del odio filial. Sin lugar a duda, cuántas resonancias de nuestras casas en todo esto.
    Nuestros padres se perdieron por la violencia, la aprendida, la que venía de sus padres, la que ejercieron sus padres en contra de ellos. Eso es difícil de asumir.
    Me asombra la penetración que ha logrado en mi vida con su relato. Mi vida no es como la suya, pero se parece demasiado en los caracteres de quienes nos criaron.
    Le mando un saludo. Leeré su libro.

  10. GRACIAS!!! Extrañamente su historia tiene algunos “parecidos” con la mía, lo cual obviamente me ha sorprendido y emocionado de forma positiva. Soy una buena admiradora suya y lo felicito por los conceptos que le escucho a través del programa televisivo “Es la hora de opinar”. Por supuesto que ansío continuar con la lectura que por ahora ha quedado interrumpida de su nuevo libro. Saludos afectuosos.

  11. Me encantó esta narrativa ! Yo siempre estoy atenta a sus comentarios en “Es la hora de opinar” Gracias por ser escritor y además ser generoso escribiendo de su familia.

  12. Como siempre, Un Gran Maestro en el uso del lenguaje, admirable, sincero, sencillo, honesto hasta la pared de enfrente, los que vivimos esas fechas, tenemos recuerdos parecidos, perdidos en esa sociedad machista, donde siempre resultaron mejores nuestras madres. Con respeto lo leere siempre.

  13. Me quedaron muchas ganas de seguir leyendo, me conmovió gratamente, admire a las mujeres que sacaron la casta por sacar adelante a la familia y a Héctor hay que entenderlo en su contexto, finalmente nosotros, los hijos, somos en mucho producto de esas relaciones, ojalá y tenga oportunidad de continuar leyéndolo en este libro, me atrapo e invadió de muchas emociones, como escritor, lo logro!

  14. Maestro Aguilar. Es un deleite leerlo. Me asombra su memoria,Que suerte haber tenido en su vida a dos mujeres tan fuertes e invencibles frente al destino. Proveedoras, además de que cumplieron el rol de madres. Eso es fundamental….