(Publicado en El Popular, 17 de agosto de 1939, pp. 3 y 5).

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José Clemente Orozco reunido en los muros del Palacio de Gobierno, en la Universidad Socialista y en el Hospicio de Guadalajara, lo que seguramente es el documento más vivo sobre su extraordinaria personalidad que, semejante a su propia pintura, está hecha a grandes y vigorosos golpes de cólera y desesperanza. Parece que ciertas guías de turistas se han encargado de explicar, con todos los detalles técnicos, la obra de Clemente Orozco en Guadalajara. Sin embargo esto no es culpa del pintor con toda seguridad. No puede existir guía capaz de conducirnos en medio de todas esas expresiones humanas, de todas esas negaciones y afirmaciones que tiene Clemente Orozco en su pintura. Ha de ser él mismo quien a gritos, quien con sus ademanes de ciego heroico, nos explique, nos resuelva el problema. Y él sólo puede hacerlo a través de su pintura —sin más recursos, sin más elementos extraños—, con los colores y las voces angustiadas de los hombres que están ahí, clamando desde las paredes.

Conocemos las agudas, aniquiladoras sátiras de José Clemente Orozco en los muros de la Preparatoria en contra de la burguesía y sus dogmas. Este llegar al monstruo —físico o moral o político— que apunta Clemente en la Preparatoria es desarrollado con singular vigor, con sobrecogedora fiebre en Guadalajara. Pero no se trata ya del simple monstruo o de lo simplemente monstruoso que todos conocemos como tal. En Guadalajara el pintor lo ha llevado hasta un nuevo sentido, lo ha sublimado, lo ha aproximado para llegar a los propios músculos, a los vientres y a toda esa anatomía común, triste, que existe en el más obscuro fondo de todos los hombres.

Difícilmente se encontrará, entre todos los pintores de todas las épocas, alguien que haya sabido mostrar con tanta violencia, con tanta voluntad destructora la imposibilidad de la vida. Nadie encontrará en los “temas” de Clemente un rayo de luz o un soplo de esperma; como a todo gran artista a Clemente Orozco no le preocupa la “moral”, la moral. Sus mismos colores acusan un nihilismo rabioso, lleno de titánicos estremecimientos: grises, profundos, a los que, como los ángeles malos, se les ha negado la entrada al Paraíso; rojos, llenos de furia, que sólo pueden encontrarse en el infierno; blancos que son como los huesos mismos de las gentes, brotando al rostro, superpuestos, recordando la miserable condición mortal del hombre. Sin embargo esta negación de la vida tiene un hondo sentido, un sentido que va más allá de la moral en uso y que acaba por enfrentar al hombre en sus propias afirmaciones por el mismo camino que ha llevado al pueblo a inventar ese proverbio de “los extremos se tocan”. Los extremos se tocan en José Clemente Orozco y por los recursos de la muerte desea encontrar los recursos de la vida, y los encuentra, acaso, en el dolor profundo de las más pobres gentes.

Aquella figura de Hidalgo y ese muro donde está pintada sobrecogen el espíritu, lo hacen enmudecer, empequeñecer hasta las lágrimas las figurillas de los dirigentes burócratas que trepan por las escaleras del Palacio de Gobierno. Y es porque ese Hidalgo resulta insospechado, completamente nuevo, no ha sido estudiado aún en las cartillas donde llevaron Historia los empleados —de todos los órdenes espirituales— que viven perseguidos por el fantasma de los “ceses”. Porque la pintura de Clemente es enemiga de todas las burocracias y todas las cosas pequeñas; crece como la obra gigante y quizá por esto, por ser la obra de un gigante comete injusticias, castiga sin razón, como si se tratara de un gigante ciego.

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Ese terrible negador que es Clemente Orozco tapa todas las salidas, cierra todas las hendiduras, arranca todos los ojos. Sus masas levantando los puños no encuentran redención en ningún sitio; están clavadas mirando al cielo y ni ahí siquiera encuentran un descanso para sus gestos, para sus vientres colgantes y para sus muecas sin remedio. Ocurre pensar ¿qué inaudita concepción del mundo y de la vida se encuentran tras la pintura de Clemente Orozco?

Clemente Orozco es un pintor de la Revolución Mexicana, o en otras palabras, es un pintor crecido por el proceso de la Revolución Mexicana. Nuestra Revolución ha tenido la virtud de crear ciertos estados espirituales —particularmente entre los artistas y sobre todo en los que ya la han abandonado— muy parecidos al escepticismo, al abandono y a la ironía “mexicanos”. La Revolución —no toda pureza, tomada en casos aislados— se presta para elaborar esas teorías perezosas de la amargura. Un ejemplo de esta concepción la tenemos en el fresco del Palacio de Gobierno en Guadalajara, en donde José Clemente Orozco mezcla, con una confusión sin medida, los símbolos más opuestos y las más crudas y desconsideradas imprecaciones.

No creemos que esto constituya una norma en José Clemente. Están para demostrarlo todas sus demás obras. Está el Hospicio de Guadalajara, donde Clemente ha realizado una verdadera sinfonía, un arte de estructuras ejemplares y de concepciones humanas llenas de profundidad y anhelo. Está la Universidad Socialista, está la Preparatoria de México.

José Clemente —México debe de estar orgulloso— es un ejemplo para la pintura universal contemporánea. Aun dejando de considerar las razones de su pintura esto es, ante todo, una expresión de vigor y la riqueza de nuestro pueblo. Ahí está, en los frescos de José Clemente, quiéranlo o no, nuestros enemigos, el pueblo vivo, la custodia del pueblo levantada por mil manos, por mil corazones sobrecogidos por el espanto de una redención que vendrá por todos los rumbos de la alegría y el dolor imperecedores.

 

José Revueltas
Escritor y guionista. Entre sus obras: Los muros de agua, Los errores y El apando.

 

Un comentario en “III. Negaciones y afirmaciones en Clemente Orozco

  1. Excelente narración y óptica pictórica de nuestro maestro en sus obras maestra. Viva por siempre José Clemente Orozco.