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Estamos obligados a descifrar lo que la historia ha hecho de nosotros, fue una de las admoniciones que dejó Alfred Kazin en su estudio sobre la experiencia literaria en Estados Unidos, Una procesión.1 En apariencia tal vez no exista introspección más ardua, cuando se trata de ensayarla sobre la propia piel, aunque tal vez nada luzca más asequible, también en apariencia, cuando el ejercicio se ensaya en otros, sobre el rastro documental de sus vidas en el tiempo. Dónde quedó, cabe preguntar, el escepticismo que caracterizó a buena parte de la expresión literaria en Occidente al cabo de la Primera Guerra Mundial, de cara a los testimonios sobre la Unión Soviética fechados en los novecientos veinte y novecientos treinta. Tal es la primera pregunta que concitan las crónicas de Bertram D. Wolfe (1896-1977), Edmund Wilson (1895-1972) y José Revueltas (1914-1976) sobre su primera visita a la Rusia de los soviets. Y a no ser que se lea a profundidad este material se corre el riesgo de no pasar de la primera pregunta; o peor aún, de que la primera se convierta en la única pregunta.

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Bertram D. Wolfe prefirió olvidar las páginas que escribió sobre la Unión Soviética durante los dos meses y medio que vivió ahí, entre los primeros días del mes de junio y la mitad del de agosto de 1924, escudado tras un pasaporte apócrifo cuya expedición ordenó el propio secretario de Relaciones Exteriores del gobierno mexicano, Genaro Estrada. Nunca se molestó en formar un libro con ellas, pues cuando lo pudo hacer, gracias al prestigio del que más adelante se hizo como biógrafo e historiador, no creyó que dichas páginas gozaran del respaldo ni de la investigación ni de la profundidad de otros escritos suyos. Wolfe tenía 28 años de edad y cerca de dos años de ganarse la vida como maestro de inglés —junto con su mujer, Ella— en la secundaria pública Miguel Lerdo de Tejada, ubicada en el corazón de la ciudad de México, cuando el Partido Comunista lo nombró delegado al quinto congreso de la Comintern, a celebrarse en Moscú entre los meses de junio y julio. Al instante Wolfe discurrió inventarse una nueva identidad, en esencia para proteger su ciudadanía estadunidense, y así fue que durante un tiempo deambuló oficialmente bajo el nombre de Luis Vargas y Braun, gracias a la ayuda de las relaciones del pintor Diego Rivera y al acta de nacimiento que le prestó su amigo el estudioso Luis Vargas Rea, haciéndose pasar por el hijo natural de un padre mexicano y una madre alemana. Una vez resuelta su identidad apócrifa, Wolfe se presentó en la oficina de Benigno Valenzuela, director del diario El Demócrata, y le propuso enviarle sistemáticamente desde Rusia una serie de artículos, origen del manuscrito Rusia en el verano de 1924. Valenzuela se entusiasmó con el proyecto, lo acreditó como fotógrafo y reportero de su empresa y prometió pagarle 12 pesos por artículo —poco más de los 10 pesos que ganaba por cada dos horas de clase, pues de la Secretaría de Educación Pública recibía 300 pesos al mes. 27 en total, estos artículos se publicaron entre el 28 de septiembre de 1924 y el 9 de febrero de 1925, traducidos del inglés para El Demócrata por Guillermo Durante de Cabarga, lo que sugiere que Wolfe no envió una sola página desde Rusia y que la mayor parte de la escritura la realizó al regresar a la ciudad México.2

10 años después de la visita de Wolfe, Edmund Wilson solicitó una beca a la fundación que lleva el nombre de John Simon Guggenheim con el fin de visitar y viajar en Rusia —estaba convencido de que el manuscrito de To the Finland Station. An Essay on the Writing and Acting of History mucho ganaría de tal experiencia. Wilson se enteró del fallo positivo del jurado en la primavera de 1935 y tan pronto organizó el inicio de este viaje para finales del mes de mayo empezó a tener problemas para conseguir una visa. “El régimen de Stalin”, escribe Leon Edel, “no tenía ninguna prisa de ser observado por una persona de independencia política, y por un estadunidense que publicaba tanto”.3 Bien fresco estaba el juicio contra del prestigiado físico Leonid Ramzin y otros destacados científicos, a los que en los últimos días de 1930 y en los primeros de 1931 se les acusó de sabotear el desarrollo industrial de la Unión Soviética, una de las llamadas purgas, en realidad, la cual precedió la gran purga que Stalin echó a andar tras el asesinato de Sergei Kirov en el mes de diciembre de 1934. A fin de cuentas, Wilson sí logró obtener su visa, como lo que era para las autoridades soviéticas: un turista —no un historiador, como él se presentaba entonces—, y zarpó en el mes de junio de 1935 a bordo del transatlántico HMS Berengaria. De los cinco meses de este viaje quedaron tres registros diferentes. El primero, en orden de elaboración, las páginas del diario personal de Wilson. Después las cinco crónicas que Wilson entregó a la revista The New Republic, mismas que se publicaron entre el 25 de marzo y el 29 de abril de 1936.4 Y por último las páginas del libro Travels in Two Democracies, el cual apareció en el mismo año de 1936. Entre estos tres registros los vínculos más claros ligan los apuntes del diario con las viñetas del libro, mientras que las crónicas a primera vista quedan como obra del engrudo y la tijera toda vez que Wilson las formó a partir del material de “U. S. S. R. May-October 1935”, la segunda parte de Travels in Two Democracies.5 No hay una línea en estas crónicas que haya quedado fuera del libro citado, y sin embargo se leen con absoluta independencia e interés debido a la preeminencia de un escenario: Moscú, y de una figura: Stalin. Se entiende que hasta hoy no llegaran a integrarse a algún título, mas no que cayeran en el olvido.

José Revueltas estuvo en Moscú en el verano de 1935, por las mismas fechas que Wilson, de julio a noviembre para mayor exactitud. Al parecer se olvidó por completo de las páginas que escribió sobre esta visita, o bien ni se molestó en integrarlas a alguno de sus libros —si es que alguna vez llegó a tener el tiempo y el ánimo para imaginar un volumen con sus numerosas crónicas— tan sólo de pensar en la dificultad de consultar la publicación en la que aparecieron originalmente. Revueltas tenía 21 años de edad, poco más de cinco años de militar en las filas del Partido Comunista y como un año y medio de experiencia carcelaria en muy diversas prisiones, cuando el Partido Comunista lo nombró delegado al sexto congreso mundial de la Internacional Juvenil Comunista, y al séptimo congreso de la Comintern. No obstante que las convicciones libertarias nunca fueron un obstáculo para las inclinaciones artísticas de Silvestre y Fermín, quien murió cuando su hermano estaba en la Unión Soviética, José no había manifestado hasta ese momento su interés en la escritura ni mucho menos en la narrativa. Se dirá que poco antes de emprender el viaje dio a la imprenta el folleto Joven trabajador: ¡acá está el camino! y que en marzo de 1936 publicó una crónica sobre la reunión de la Internacional Juvenil Comunista en El Activista. Boletín de la Organización de la Federación Juvenil Comunista, pero lo cierto es que a él se le conocía únicamente por su activismo político. Revueltas empezó a mostrar públicamente sus intereses literarios en el año de 1938, cuando en el mes de enero publicó su primer cuento, “Foreign Club”, en un diario de la ciudad de México, El Nacional, y después, cuando entregó al Diario del Sureste las cinco crónicas en las que resolvió su visita a la Unión Soviética, escritas con toda probabilidad en la temporada que vivió en Mérida, Yucatán, comisionado por la Secretaría de Educación Pública así como por el Consejo Ejecutivo Nacional de las Juventudes Socialistas y por el Comité Central del Partido Comunista. Estas crónicas se publicaron entre el 23 de junio y el 29 de julio de 1938 —el mismo año en que Revueltas concluyó el manuscrito de una novela que desapareció en circunstancias harto misteriosas, “El quebranto”— y casi 50 años después se incluyeron, incompletas en realidad, en el vigésimo quinto tomo de sus Obras completas.6

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“Una de las cosas que más me interesaba estudiar, cuando fui a Rusia”, escribió Bertram D. Wolfe en los primeros párrafos de Rusia en el verano de 1924, “era la Nueva Política Económica, y su producto, el  Nepman, o sea, el hombre de la nueva burguesía que resulta de la nueva política”.7

En el desastroso escenario de la posguerra en muchas de las principales ciudades europeas, registrado por observadores tan agudos como el escritor alemán Joseph Roth, se entiende bien que Wolfe se interesara en la sola posibilidad de una alternativa a la crisis económica. Más adelante, en los novecientos sesenta, una vez que fue noticia que la atmósfera de la Nueva Política Económica movió a Mijail Bulgákov a escribir su brutal noveleta, Corazón de perro, Wolfe se olvidó de su interés por la economía al redactar para su autobiografía el capítulo sobre esta primera visita a la Unión Soviética, “A Few Months in the Holy Land”, en el que en cambio reconstruyó minuciosamente su viaje por el valle del río Volga (“el corazón de las Rusias”), sus días en la ciudad de Pedro el Grande, y el tiempo que vivió hospedado en el Hotel Lux en Moscú.8 Pero ni por asomó apareció en esa memoria “la ciudad fantástica de las mil quinientas cúpulas de iglesia, chapeadas de oro y brillando en el sol de verano como mil quinientos soles terrestres,” que vio por primera vez en 1924, “la santísima ciudad del legendario Kremlin y de los antiguos zares de la Rusia autocrática, la roja ciudad de la Internacional Comunista y la Internacional Sindical Roja, centro del comunismo ruso y del movimiento revolucionario mundial”.9

La actividad económica rusa se lleva buena parte del manuscrito de Rusia en el verano de 1924, como lo anuncian los títulos de las crónicas/capítulos: “La Nep y los sueños burgueses”, “Las aventuras de los cazadores de concesiones”, “La guerra contra la nueva burguesía”, “Un Nepman visto de cerca”, “La campaña para las cooperativas”, “Lenin y las cooperativas”, “Las cooperativas marchan hacia el comunismo”, “Los sueldos en la Rusia soviética”, “El problema de los sin trabajo”, “La política agraria bolchevique”, “La nacionalización de la tierra”, “El problema agrario después de la revolución”, “La electrificación de Rusia”, “Mi visita a una estación eléctrica campestre”. Las características del propio tema obligaron a Wolfe en buena medida a concentrarse en lo que encontró en los boletines e informes de carácter oficial, antes que en su experiencia directa, de ahí que más adelante desconfiara de la calidad de estas páginas. Aquí mismo ensayó visiones comparativistas entre la Rusia de 1920 y la de 1924 —lo que llevó a Wolfe a escribir algo sobre la revolución y la contrarrevolución, sobre el llamado “comunismo militar” y sus defectos, así como sobre el nacimiento del ejército ruso y el Ejército Rojo en la guerra civil; y también intentó comparar las deferentes experiencias de Rusia y México, en “El ‘bolchevismo’ de México y la Nep Rusa” y “Agrarismo ruso y agrarismo mexicano”. Asimismo tocó el tema de Lenin, como todos los de su generación, al visitar su tumba en el Kremlin. En la crónica titulada “Lenin y las cien naciones” Wolfe dio rienda suelta al asombro que recorre las páginas de Rusia en el verano de 1924: el tamaño físico de la Unión Soviética. A la inimaginable dimensión de este territorio, registrada en numerosos escritos del siglo XIX,10 se sumó la novedad histórica de este espacio político. Wolfe ubicó el centro y el corazón del poder de esta empresa en la economía, y se esmeró por lograr una buena descripción de su maquinaria.

Edmund Wilson, por su parte, dio con muy buenos títulos para las crónicas que integró y publicó en The New Republic toda vez que delimitan nítidamente su contenido general: “Primeros días en Moscú”, “Las letras en la Unión Soviética”, “Stalin como icono”, “Idilios rusos” y “Paradojas rusas”. Pero los títulos apenas son un elemento de unidad mínima entre las viñetas e incidencias que alberga cada entrega.

En ellas Wilson trató de registrar lo más. La lentitud del ritmo de la vida en Moscú, por ejemplo, más su novísimo metro, una exhibición aeronáutica, el tema de la policía secreta, el deseo de los rusos por viajar a Estados Unidos, la ausencia de mascotas y olores en Moscú, más la singularidad de su Parque de Cultura y Descanso, dan cuerpo a la primera crónica. La literatura domina a la segunda crónica y en ella Wilson se extiende sobre la admiración de las letras de Estados Unidos entre los literatos soviéticos, la consagración del John Dos Passos de Manhattan Transfer, el gran peso de la cultura impresa y la consagración del escritor en la sociedad socialista, la nueva política oficial formulada por Radek y Bujarin en el Congreso de Escritores Soviéticos de agosto de 1934 (en cuanto a que la literatura está obligada a presentar la vida de manera más cabal y que se necesita que los escritores soviéticos dominen más plenamente la técnica), la exhumación y revaloración de los autores rusos de otros siglos y la traducción al ruso de los clásicos occidentales, los encuentros de Wilson con el crítico e historiador D. S. Mirsky. La tercera crónica está dedicada al icono Stalin y da inicio en la estampa de un desfile deportivo —presidido por Stalin, desde luego— para saltar enseguida a la explicación histórica de la figura Stalin y al cuestionamiento a su omnipresencia y poderío. La cuarta crónica da inicio en una visita al monasterio Troitsk-Sergievsk, la cual le permite a Wilson plantear que si bien los rusos han roto con el pasado la verdad es que no alcanzan a arañar el futuro; un día libre para nadar es pretexto para bordar sobre los sexos y su desnudez, aunque también sobre el recelo hacia los extranjeros y el inclín nacionalista local; la cuarta crónica consigna también la atmósfera de miedo y sospecha tras el asesinato de Kirov, la biografía de Boris Souvarine sobre Stalin y el terror en la Unión Soviética, así como sobre el sabotaje y la incompetencia. La quinta y última crónica que publicó The New Republic se refiere al nuevo teatro soviético, al terror entre los estratos superiores de la sociedad de que todo lo que se ha hecho “pueda perder su significado y su valor, y que regrese de nuevo a la ruina”, a una fiesta en el Club de Periodistas a la División Proletaria del Ejército Rojo, al hallazgo de una “jerarquía basada en diversos grados de habilidad y en diferentes departamentos de servicio”, al ejemplo excepcional de Lenin, al heroísmo latente debajo de las contradicciones vitales en la sociedad soviética —“a quien sea que uno vea”, escribe Wilson, “a donde quiera que se mire, uno siente la terrible seriedad de lo que se realiza en Rusia y el terrible costo que demanda”.11

Wolfe se encontró con una Unión Soviética, Wilson con otra muy distinta, y en lo que uno buscaba la explicación a su entereza, el otro llegó a sentirse ahí, a pesar de todas las carencias sociales, “en la cima moral del mundo en donde la luz en realidad nunca se apaga”. Sin embargo, la experiencia de Wolfe y la de Wilson se reúnen en el siguiente punto: ante la realidad de un mundo moderno por lo menos demencial, insensato y desenfrenado, ambos asumen ante la Unión Soviética un punto de vista tan cosmopolita, refinado e idealista como el de Alexis de Tocqueville frente a Estados Unidos. A la sombra de La democracia en América Wilson escribió a mediados de los novecientos treinta:

Los rusos, antes de la Revolución, habían tenido un gobierno paternalista durante siglos; no tenían instituciones democráticas; las dumas eran las marionetas del zar. Recuérdese que antes de la Revolución el 80 por ciento de los rusos eran analfabetos. Recuérdese que entre estas masas que marchan en un desfile de Fisicultura hay hombres que han cambiado sus nombres de Sivinujin y Sobakin a Novy y Partisanov con el fin de destruir el recuerdo de la época en la que sus bisabuelos y sus abuelos eran intercambiados por cerdos y perros, y para establecer la mera dignidad humana que les trajo la Revolución. La dictadura de tal proletariado resulta inevitablemente en un estado de cosas en la que los proletarios, a pesar de ser la clase favorecida, están bajo la dirección de un grupo gobernante. Los proletarios y los campesinos rusos se están educando a ellos mismos con avidez, y hoy, se dice, casi han revertido las viejas cifras de analfabetismo. Y toman con mayor seriedad sus nuevas obligaciones como ciudadanos. ¿Cómo se puede esperar que la gente que acaba de aprender a leer critique a la prensa? ¿Y cómo se puede esperar que desarrollen instituciones políticas que a los pueblos de Occidente les han costado siglos? Mientras tanto, con todo el empeño que ponen en el progreso, existe siempre la tendencia a recaer en su relación anterior con el Padrecito. Incluso si el viejo bolchevique Stalin no hubiera querido ser un Stalin deificado, el pueblo lo habría tratado de inventar.12

José Revueltas se tomó buenos tres años para escribir sobre su estancia en la Unión Soviética, a diferencia de Wolfe y Wilson. Y cuando así lo hizo fue en medio de un temporal retiro.

Moscú, a los ojos de Wilson, es moderna y vigorosa. Ante los de Revueltas, inesperada, inédita. Y añade:

Acaso algunas alusiones al pasado en una ciudad que es el porvenir mismo; por ejemplo, estas cúpulas bizantinas, indiscutiblemente feas, como esas cebollas solteronas y ventrudas en los mercados. O las casas de madera. De una madera sin la menor alegría a pesar de los colores. Porque hay color, en efecto: amarillos agónicos, rosas expirantes, azules indeterminados, muy próximos al llanto. Viendo estas casas se piensa en Karamazov padre, en el Knut, en la bota, en la pesada y enorme Rusia de Nicolás el hemofílico y en la emperatriz supersticiosa.13

En el río de gente que recorre sus calles, Revueltas consigna encuentros personales, inmediatos, con jóvenes estudiantes, miembros del Komsomol, que participaron en la construcción del metro de Moscú. En el Comisariado de las Nacionalidades discute con los discípulos del filólogo Nicolai Marr, y en la Plaza Roja visita como todos la tumba de Lenin. “Esta es la idea hecha vida”, escribe sobre la Unión Soviética,14 asiste al VII Congreso de la Comintern, en compañía de los dirigentes Hernán Laborde y Miguel Ángel Velasco, y ahí alcanza a distinguir la tambaleante figura de Henri Barbusse. Desde Moscú sigue el recorrido del piloto Sigismund Levanevsky, el llamado Lindbergh ruso, visita la antigua propiedad de Kuzminki (“Aquello parece una dulce, melancólica prosa de Turgueniev”, escribe, “cuando habla de esos amores que la tarde llenan de perfume”) y en el lago, las amigas de Revueltas se desnudan, sin cuidarse de él, “descubriendo sus cuerpos helénicos, de cazadoras”. Wolfe y Wilson produjeron largos párrafos a partir de su pudor y sobre la naturalidad de la desnudez entre los rusos; Revueltas, en cambio, sólo apuntó: “Yo, con mi cuerpo de fauno desmedrado, me desposeo de todos los prejuicios, de toda nuestra pobre educación y, desnudo también, me arrojo al agua fría”.15

La experiencia de la masa llega a Revueltas al acudir al “esbelto stadium moscovita”, el Dínamo, en donde ve el encuentro entre los equipos de Praga y Moscú. En el Parque de Cultura y Descanso le enseña a una joven a deletrear la palabra amor. A la manera de Wilson, Revueltas apunta que es factible que en la Unión Soviética existan “muchas cosas que no entendamos”, pero hay que atribuirlas, apunta, “a diferencias de educación, sensibilidad y psicología —de ese pueblo que realiza una transformación tan colosal—, en relación con nosotros, pueblos totalmente diversos”.16 Visita Bolshevo, un experimento de rehabilitación que se empleó con fines propagandísticos para contrarrestar las críticas al crecimiento acelerado de los campos de trabajo. “Acostumbrado como estoy a sufrir encarcelamientos en mi país por cuestiones políticas”, escribe Revueltas, “tengo gran interés humano por conocer las cárceles de aquí. En efecto, me parece que el mejor termómetro para conocer el desarrollo de no importa cuál país es conocer el sistema penitenciario con que cuenta. ¡Y se dicen tantas cosas de la URSS! ¡El trabajo forzado, los golpes, las torturas, la GPU!”. De aquí surgió la excursión al Bolshevo, “lugar cercano a Moscú, donde se encuentra un sitio de relegación”.17

Revueltas recupera su soledad minutos antes de abandonar el hotel que lo hospedó e iniciar el regreso a casa, punteado por breves estancias en otros países —Alemania, Francia. Es una mañana gris y sombría. Luego escribe:

Me he levantado demasiado temprano y pienso más en el puerto de Veracruz que en la naturaleza especialmente dramática que tienen hoy las cosas. ¡Partir! ¡Volver! Me late dentro del pecho una curiosa ansiedad que me lleva de golpe hasta el maravilloso altiplano de México: hacia sus calles, su aire, sus montañas. Sobreexcitado por esta ansiedad no tengo más pensamientos que para México, ni más miradas para el reloj, las manecillas parecen haberse detenido, sí, detenido en Moscú. Esta hora, este minuto, son de Moscú. Precisamente este minuto, hoy. Hoy: no existe nada más sustantivo, más singular, más lleno de personalidad que hoy. Es este día. Y más que este día, estos minutos, estos instantes. No se trata de lo que será mañana. Se trata de lo que será dentro de muy poco tiempo —sólo una parte de la hora, que tiene sesenta pobres minutos— en que ya estaré lejos de Moscú”.18

 

Bertram D. Wolfe regresó a la Unión Soviética en 1928, de nuevo como delegado al sexto congreso de la Comintern, y otra vez en 1929, en compañía de Ella, su esposa, residió allá seis meses. Edmund Wilson, al parecer, ya no regresó a la Unión Soviética, pero en cambio publicó numerosas páginas sobre escritores rusos y soviéticos, entre ellas el inolvidable obituario de quien fuera su hallazgo moscovita en 1935, D. S. Mirsky.19 José Revueltas volvió a la Unión Soviética 22 años después, en 1957, y poco después, al regresar a la ciudad de México, empezó a trabajar en el manuscrito de Los errores, la novela en la que consignó la vida y tiempos de Evelio Vadillo, el único mexicano que fue víctima del Directorio Central de Campos (Glavnoe Upravlenie Lagerei), mejor conocido por su acrónimo: Gulag.20

 

Antonio Saborit
Historiador, traductor, ensayista. Su más reciente libro es Diario de las cigarras.


1 Alfred Kazin, Una procesión. Cien años de literatura norteamericana, traducción de Juan José Utrilla, Fondo de Cultura Económica, Sección de Obras de Lengua y Estudios Literarios, México, 1987, p. 52.

2 Bertram D. Wolfe, A Life in Two Centuries.
An Autobiography
, introducción de Leonard Shapiro, Stein and Day, Nueva York, 1981, pp. 305-314.

3 Edmund Wilson, The Thirties. From Notebooks and Diaries of the Period, edición e introducción de Leon Edel, Farrar, Straus & Giraux, Nueva York, 1980. Lo relativo a To the Finland Station y el estipendio de la Fundación Guggenheim, pp. 519 y 520; la cita de Edel en la p.521.

4 Las crónicas aparecieron en el siguiente orden en The New Republic: “First Days in Moscow”, 25 de marzo de 1936, “Letters in the Soviet Union”, 1 de abril de 1936, “Satlin as Ikon”, 15 de abril de 1936, “Russian Idyls”, 29 de abril de 1936 y “Russian Paradoxes”, 13 de mayo de 1936.

5 Edmund Wilson, Travels in Two Democracies, Harcourt, Brace and Company, Nueva York, 1936, pp. 147-322.

6 José Revueltas, Las evocaciones requeridas (memorias, diarios, correspondencia). Obras completas, 25, prólogo de José Emilio Pacheco, recopilación y notas de Andrea Revueltas y Philippe Cheron, Ediciones Era, México, 1987, pp. 97-107.

7 Bertram D. Wolfe, “Rusia no es como la pintan”, capítulo I de Rusia en el verano de 1924.

8 Bertram D. Wolfe, A Life in Two Centuries, pp. 315-337.

9 Bertram D. Wolfe, “Rusia no es como la pintan”, op. cit.

10 Muy influyente, en particular, fue cuando escribió George Kennan (1845-1924) sobre el sistema penitenciario en Rusia, publicado primero en las páginas de The Century Magazine, y más adelante en Siberia and the Exile System (1891). No menos popular fue su libro Tent Life in Siberia (1910).

11 Edmund Wilson, “Russian Paradoxes”, The New Republic, 13 de mayo de 1936.

12 Edmund Wilson, “Stalin as Icon, The New Republic, 15 de abril de 1936.

13 José Revueltas, “Nuevos corazones”, Diario del Sureste, Mérida, 23 de junio de 1938.

14 José Revueltas, “Corazones del mundo”, Diario del Sureste, Mérida, 3 de julio de 1938.

15 Ídem.

16 Ídem.

17 Ídem.

18 José Revueltas, “Descenso sobre el mundo”, Diario del Sureste, Mérida, 29 de julio de 1938.

19 Edmund Wilson, “Comrade Prince: A Memoir
of D. S. Mirsky”, Encounter, V, número 1, julio de 1955. Este escrito se recogió en From the Uncollected Edmund Wilson, selección e introducción de Janet Groth y David Castronovo, Imprenta de la Universidad de Ohio, Atenas, 1995, pp. 256-279.

20 José Revueltas, Los errores, 1964.