Es posible que los pensadores que más han aportado al movimiento general de las ideas hayan sido unos locos o, al menos, personas contradictorias y extravagantes en más de un aspecto. Con el designio “loco” me refiero a quienes se alejan del concepto rígido o burgués de la “normalidad” o del “buen” comportamiento; quiero decir: lejos de la cordura. Uno de estos “locos” fue Juan Jacobo Rousseau, que hizo justo de su pasión por la libertad humana un enredo moral del que políticamente aún no podemos salir. ¿Es posible considerar una entidad sin fisuras a un pensador cuya complejidad e imaginación lo empuja a lanzar sus ideas o afirmaciones en varias direcciones? A tal pregunta me lleva la lectura de varios belicosos y eruditos ensayos que Isaiah Berlin le dedica a la figura de Rousseau. Las acusaciones que el primero lanza en contra del polémico ginebrino son fundamentadas, mas no por ello dejan de ser también demasiado humanas y algo delirantes. De hecho, Berlin culminó una célebre conferencia sobre la libertad y el romanticismo con estas palabras: “Rousseau fue uno de los más siniestros y formidables enemigos de la libertad en toda la historia del pensamiento moderno”. Tal anatema no tendría gran importancia, de no ser porque la preocupación más importante del hombre nacido en Ginebra fue precisamente la libertad individual de los seres humanos.

A continuación transcribo algunas de las opiniones que Isaiah Berlin ha expresado generosamente acerca de su odiado filósofo: “Es el más grande militante plebeyo de la historia”. “Rousseau dice una cosa y transmite otra”. “Demagogo en letra de molde”. “Ignorante que militó”. Berlin acusa a Juan Jacobo de sufrir un grave complejo de inferioridad, de ser burdo y de odiar toda clase de sofisticación intelectual, de ser “provinciano” y despreciar las artes y las letras, de poseer concepciones vulgares y sentimentalistas acerca de los pobres y del hombre bueno. Lo llamó “santo patrono de los antiintelectuales”. Y por si no bastara este cúmulo de denuedos Berlin añadió que tiranos como Hitler y Mussolini habían sido legítimos herederos de Rousseau (esto último es un exceso pues también Maquiavelo, Helvetius o Hegel podrían contarse como antecedentes filosóficos de estos dictadores). Berlin tildó a Rousseau de bohemio aventurero, malhumorado, misántropo y amante de la soledad.

Ahora bien, ¿cuál fue la causa de la fama e influencia de ese hombre que no inventó nada nuevo, pero lo incendió todo? Cito una respuesta de Berlin: “Sin duda buena parte de su influencia depende del llamado a las emociones y del hecho de que su estilo fuera nervioso, sentimental, magnético y estuviera cargado, en ocasiones, de una intensidad violenta”. Y refiriéndose a Las confesiones, la bella y más íntima obra de Rousseau, Berlin afirma que ésta posee un estilo hipnótico que impide al lector separar los ojos de sus páginas. Un estilo hipnótico, no profundidad de especulación o pensamiento. Y a Berlin no le tiembla la mano para afirmar que todos los “revolucionarios de cabellos largos”, los contraculturales, los artistas de vanguardia revoltosos, los antiintelectuales, los románticos vehementes, los enemigos de lo elegante y de la sofisticación racional, los detractores de los “ricos”, etcétera… son todos ellos descendientes de ese “golfillo de genio” que terminó enfrentado a muerte con sus antiguos cómplices y amigos, entre los que se contaban Voltaire y Denis Diderot.

Es evidente la pasión que Rousseau despierta en Berlin; pese a acusarlo de estimular el fascismo y de ser el origen de tantos males perpetrados en nombre de la libertad. Le reprocha su pasión romántica, su aversión al utilitarismo, su falta de respeto a la ley entendida como una convención y acuerdo entre hombres diferentes. Sin embargo, la mayor preocupación de Rousseau puede expresarse con una pregunta: ¿Cómo es posible relacionar la libertad intrínseca del hombre con la voluntad general? ¿Dónde se encuentran los límites de la libertad comunitaria? Por su parte, Isaiah Berlin comienza su libro Las ideas políticas de la era romántica planteando la siguiente pregunta: “¿Por qué debería un hombre obedecer a otro hombre o a un conjunto de hombres?”. Las respuestas que Rousseau ha dado a todas estas preguntas son del dominio público y han marcado el ánimo intelectual de muchos políticos y pensadores. Sin sus ideas y libros la política sería hoy otra cosa. Y no obstante la importancia del ginebrino y las opiniones de Berlin, me atrevo a concluir que un hombre no es capaz de hacer un verdadero daño sin la complicidad de sus contemporáneos, de sus “seguidores”, o de la manipulación o interpretación que se haga de sus ideas. Sin todo ello, la mayoría o una buena parte de los filósofos que nos han conmovido intelectualmente sólo serían “locos” habitando una casa solitaria e inofensiva.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

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5 comentarios en “Berlin contra Rousseau

  1. ¿Por que debo seguir a berlin o a roesseuau o a kant o a hegel o a fehuerbach o a algún pensador? ¿Que acaso no puedo pensar yo? Conocer no esta mal; no se viven tiempos de rosseau y a veces la gente que pretende interpretar la filosofía pierde la escénica de lo que la filosofía significa si se tratara de otra cosa se llamaría diferente. No busco un rumbo y por eso nadie puede decirme a donde ir, salu2 :)

  2. En todas las políticas del mundo y en todos los tiempos, la palabra libertad a sido cuestionada. Ni aún viviendo en las montañas el hombre es libre. Siempre lo perseguiran sus propios atavismos y las leyes.

  3. La libertad en el hombre es limitada pues él mismo es un ser con límites pero dentro de sus posibilidades hay un rincón maravilloso donde la libertad es completa: la mente.