I. Nuevos corazones

Las novelas y la fotografía. Esas novelas lacerantes, terribles. Esas fotografías difusas y misteriosas. Pero no. Este junio de los poetas, de los jóvenes no pueden permitirlo. Se cargó de todas sus armas: las mejores nubes, esas blancas y redondas que parecen pastorelas; los azules más tranquilos e iluminados; las más delicadas y aromáticas transparencias.

Y ahí tenemos que Moscú nos resulta inesperado; realmente inédito. Acaso algunas alusiones al pasado en una ciudad que es el porvenir mismo; por ejemplo, estas cúpulas bizantinas, indiscutiblemente feas, como esas cebollas solteronas y ventrudas en los mercados. O las casas de madera. De una madera sin la menor alegría a pesar de los colores. Porque hay color, en efecto: amarillos agónicos, rosas expirantes, azules indeterminados, muy próximos al llanto. Viendo estas casas se piensa en Karamazov padre, en el Knut,1 en la bota, en la pesada y enorme Rusia de Nicolás el hemofílico y en la emperatriz supersticiosa.2

Por las calles, ríos de gente. Una gente que transcurre sin cesar, activa o pesadamente nutrida y llena de blancura. Pañuelos rojos y azules en las cabezas de las muchachas; brazos requemados por el sol; ligerísimos vestidos de verano, en exceso ligeros para nuestro proverbial temperamento latino. Un maravilloso descuido en el vestir (a esto no sé cómo le llamó Gide, deshaciéndose en lamentaciones convencionales).3 Encantadora arbitrariedad que todo lo permite sin el menor asombro: desde un sombrero a lo d’Artagnan hasta un inefable y graciosísimo gorro de Ucrania. La moda, ese intolerable y tiranizador cretinismo de nuestro mundo occidental, no puede existir en un país libre. Ése no es índice de miseria, como pretende Gide, simplemente es un síntoma de libertad, de superioridad de espíritu.
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Extraños y sorprendentes “policías” (se trata de milicianos uniformados) que dirigen el tránsito con no menos extraños movimientos. El río de gente se detiene; el río de gente camina; el río de gente discute.

Ciertamente hay algo que habla mejor que las cifras. Las cifras son, en fin de cuentas, entidades muertas; atroces y aburridos símbolos. Lo que habla un lenguaje mejor que ellas es la condición humana. El hombre. Pero no toda condición humana. Una condición humana en particular: la de los jóvenes. El propio Gide lo reconoce. Sus momentos de convivialidad con la juventud soviética son narrados por él inmejorablemente. Sí. Se trata de lo crucial. Lo perdurable. Y en la URSS la juventud es un signo inequívoco.

He aquí unas conversaciones y escenas soviéticas. Las transcribo sin agregarles nada, tal cual hoy, a mucha distancia y mucho amor, me vienen a la mente.

Esta es Alia, acaso muy severa para ser tan joven. Ojos nórdicos, claros, de un azul transparente; pecas a ambos lados de su afilada y frágil nariz. Conversa pensando quizás en sí misma, reflexionando en sus propios pensamientos. No espera respuesta del interlocutor; el problema se lo plantea para resolverlo sola. He aquí que tiende sus brazos enérgicos, auténticos brazos polémicos, de estudiante soviética.

—Piensa bien esto —dice—, se duerme mucho. Ocho horas por día cuando menos. Suma todas tus noches: la mitad de la vida duerme uno. —Ahora ella suspira—. ¡Si se inventara alguna composición química para hacer innecesario el sueño! Se ganaría bastante. Estudiaríamos más, investigaríamos…

Ella estudia ahora la filosofía de Mach,4 prepara una tesis, quiere hablar italiano. Cuando el Komsomol5 dio la consigna de aprender alemán, ella fue la primera en su radio que casi lo dominó por completo. Hoy sabe francés, alemán, ucraniano, español. No sabe inglés y lo lamenta profundamente.

No discutimos las ideas que tiene Alia sobre el dormir. El impulso y la vehemencia que denota en su actitud, son los que nos interesan. Esa sed viva de trabajar, de educarse, de abarcar todo el inmenso conocimiento humano.

Y Alia no es más que una joven soviética. Una joven conocida al azar, en alguna reunión, en algún baile.

Encuentro a Zina, la maravillosa muchacha, alegre como castañuelas, estupenda bailadora, junto con Alina, Nina y Shura. Permanecen en su cuarto, sentadas al borde de las camas unas, y las otras en sendos taburetes. Shura tiene rostro de culpable; enrojece y recobra su color indistintamente. Su redonda cara campesina se confunde y avergüenza. Cuando entro al cuarto, Nina me indica con un delicioso gesto que guarde silencio. Se trata, pienso, de alguna reunión.

Cuando aquello termina Nina me explica:

—Tenemos que ayudar a Shura. No estudia; no hace nada. No le preocupa conocer nada. ¿A dónde va a parar nuestro país soviético si hay gentes como Shura que no quieren estudiar, trabajar por la verdad?

Todo esto lo dice dulce, como es ella, con pequeños gestos de contrariedad bondadosa y femenina.

Paseo con Tamara por los jardines exteriores del Kremlin. Nos desviamos un tanto hacia la calle Frunze y luego hacia la Biblioteca Lenin y la estación del metro que tiene el mismo nombre.6 Aquí se detiene Tamara y me hace un gesto prosopopéyico, señalando la estación. Yo sé que este gesto perfectamente intencionado es nada más para ocultar su orgullo. Exclama radiante:

—Aquí hemos trabajado nosotras, yo, con mis manos. Vine un día y dije: ¿pues qué yo no soy Komsomol? Yo también quiero que Moscú tenga el mejor metro de la tierra.

Me mira a los ojos. Después inquiere con vivísima curiosidad:

–¿Cómo está el metro de tu país? ¿No tiene metro? Este es el mejor del mundo; construido por el Komsomol. Merecimos la felicitación de Kaganovich.7

Entonces recuerdo la información leída en el Journal de Moscou. La Juventud Comunista Leninista organizó el trabajo espontáneo de los jóvenes soviéticos que quisieran construir el metro. Fueron miles de muchachos y muchachas. Entre estas últimas, Tamara, mi amiga. Esta Tamara de vivos ojillos y ademanes juveniles.

El Comisariado de las Nacionalidades a cargo de Stalin organizó este instituto, cuyo nombre ahora no recuerdo, que se ocupa de investigar todos los problemas relacionados con la cuestión nacional. Aquí se elaboran los alfabetos, gramáticas, etcétera, de cada una de las múltiples nacionalidades que forman la gran Unión Soviética. Dirigen esas labores los discípulos de Nicolai Marr, célebre filólogo.8

En fervorosa plática, a través del impecable traductor, nos expone las teorías de Marr. La igualdad de las lenguas; que no hay lenguas superiores y otras inferiores; y mentira de una lengua madre; al trabajo como fuente del idioma, etcétera.

El director —casi un anciano, pero lleno de vigor y entusiasmo— nos suplica que difundamos esos principios: que en nuestro país debemos conocer las teorías de Nicolai Marr y busquemos informaciones para el instituto.

Sergio A. Vivó toma notas febrilmente. Es de todos nosotros quien aprovechará mejor las enseñanzas de esa visita inolvidable. El instituto da la impresión de auténtico apostolado. Y sus directores son gente con verdadera dedicación, fervientes; parecen iluminados.

No me cansaré de contar esto toda la vida, como es la impresión más enaltecedora que guardo de la existencia.

El mármol brilla como si fuera de cristal. Es un mármol severo, majestuoso, negro. Refleja nuestras figuras asombradas que descienden silenciosamente por los peldaños.

Ahí dentro, un soldado rojo como tallado en piedra permanece inmóvil, haciendo esta guardia permanente, la más honrosa de la tierra. No parpadea. Junto al soldado rojo está Vladimir Ílich, en su urna de cristal.9

Parece como si fuera a respirar, con su labio superior un tanto levantado, con su gran frente, enorme; con su bigote y su barba rojos. Sólo las manos dan la idea de muerte. Son manos transparentes, ligeramente contraídas sobre la bandera.

Nosotros sabemos que no ha muerto, y de puntillas, conteniendo la respiración, caminando lo más lento que nos es posible, miramos a nuestro maestro, a nuestro guía, al que “vive más que todos los vivientes que andan por el mundo”, como dijera Mayakovski.10

Y somos todo el mundo, toda la inmensa tierra, todo el inmenso dolor y la esperanza: escandinavos, franceses, mexicanos, españoles, chinos, negros conmovidos; de aquí y de allá, ante el camarada, ante nuestro hermano, ante Lenin.

Publicado el 23 de junio de 1938, Diario del Sureste, Mérida, Yucatán.


II. Corazones del mundo

Hay que hablar de la impresión subjetiva. No sé lo que puedan sentir otras personas. Pero uno piensa siempre en su lejano país: el mío cubierto de indígenas dolorosos, de ignorancia, de miseria humana. ¡Mi querido país! Luego se piensa en los principios. Esto es la idea hecha vida. ¡Hay que darse cuenta de la emoción profunda y enaltecedora que tal cosa significa! ¡La idea! ¡Lo que sólo era un libro, discursos, manifiestos, cárceles, hoy vida, jóvenes, un país!

Por eso observamos todo, todo lo vemos trascendental, aludiendo a la transformación definitiva. Quizá nos equivoquemos en algunas cosas, pero en todas partes hay errores. Pero no es una equivocación substancial: esta equivocación no afecta la inmensa luz que sale del corazón soviético, de cualquier corazón soviético joven que se tome.

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En este congreso11 donde nos reunimos gente de todos los países, de pronto aparece una figura nobilísima y tremenda. Ya está muy viejo, muy terrible, permítaseme decir: grandes mechones grises de cabello caen en su frente, parece un cuerpo sólo alimentado por quién sabe qué extraña, sobrehumana llama vital. Sus movimientos indican un gran esfuerzo y una gran vida, porque este hombre ya está sobreviviéndose a sí mismo, ya es un árbol sacudido por las grandes tempestades, que sigue señalando al cielo, nervudo, anguloso, prometéico. Levanta el puño, con el saludo del Frente Popular. Entonces esta gran Babel que somos todos nosotros, que no podríamos entendernos nunca sino a condición de aprender quién sabe cuántas lenguas, se estremece con un nombre que se pronuncia igual en todos los idiomas, que nos hermana indisolublemente, que nos hace darnos las manos por encima de todas las fronteras:

—¡Barbusse! Este es un nombre. Un mundo.12

En las calles han colocado grandes mapas, frente a los cuales se agrupan la gente haciendo ademanes extraños e incomprensibles. Se trata de la ruta del Polo Norte que Levanevsky13 recorrerá por primera vez hoy.

Se discute, se habla mucho, se recogen en los periódicos con verdadero interés.

Viven después las horas de angustia. Cuando menos —si el mundo no quiere ocuparse del viaje de Levanevsky— hay 170 millones de seres humanos que lo acompañan. Por encima de los hielos van con él, lo alientan, están en todas las esquinas frente a los mapas, en todos los radios, en todos los magnavoces, en Kamchatka y en Odesa, en Stalingrado y en Moscú. ¡Aquí! ¡Sí parecen verdaderos mítines!

Hay un momento de suspensión. Levanevsky empieza a informar de fallas en el motor. Los rostros de la gente se vuelven duros, de piedra.

Otro mensaje de “nuestro héroe” como le llaman los jóvenes soviéticos a Levanevsky: ¿debe regresar o seguir su ruta? Si el gobierno soviético lo ordena, él sabrá seguir a pesar de las fallas del motor.

En las esquinas se aplaude, se arrojan las gorras al aire. Un viejo obrero se da un puñetazo en la cabeza:

—¡Diablo! Esto es verdadera disciplina —y agrega un honorable término ruso: maladietz, que quiere decir muchas cosas: bueno, joven, amable, excelente.14

Vamos a Kuzminki,15 que es una antigua propiedad de grandes señores en las proximidades de Moscú. Es toda una mansión con un bosque encantador, donde hay cerezas, unos pinos que cantan, un lago quieto, tranquilo, transparente. Aquello parece una dulce, melancólica prosa de Turgueniev, cuando habla de esos amores que la tarde llenan de perfume. De Kuzminki no puedo hablar en otra forma. Se trata de esa naturaleza delicada, desconocida por nosotros, gente del trópico. Es una naturaleza llena de matices suaves, de finuras musicales. Se imagina uno siempre aquellos cuadros novocentistas de Diana Cazadora, o de la joven —toda gasas, toda aire— que recoge en su cesta las cerezas.

Los viejos señores rusos, amantes de la monumentalidad, ponían estos tremendos, colosales y horribles pegasos. Lo único que los embellece es el ser tan viejos. Pasa igual con las columnas. Esos trozos de columnas caídos en el bosque no pueden ser más bellos. Se incorporan de pronto al paisaje, con sus mármoles, y súbitamente ya son una frase de Paul Valéry.

Hoy, primavera y sol, el bosque está luminoso. El lago es un lago de oro, un lago donde seguramente estas tres amigas mías mojaron sus cabellos. En ellas también hay cielo y agua; y son un juego equilibrado de azules y dorados, de ágiles cuerpos deportivos y rostros finos, que se dibujan en el bosque.

Aquello es tan penetrante, atraviesa tanto la luz nuestra carne que ellas gritan:

—Al baño, al baño…

Se desnudan rápidamente, sin cuidarse de mí, descubriendo sus cuerpos helénicos, de cazadoras.

Yo, con mi cuerpo de fauno desmedrado, me desposeo de todos los prejuicios, de toda nuestra pobre educación y, desnudo también, me arrojo al agua fría.

Todavía salen del baño y platican desde la orilla conmigo. Aquello parece el principio del mundo.

Viajo en el ómnibus que está pletórico, cargado espantosamente de pasajeros. El cobrador está en el extremo, sin moverse. Entonces veo algo muy interesante. Una persona, junto a mí, saca un billete de cinco rublos y me lo tiende. Quedo sorprendido a más no poder.

¿Qué es esto?

Me arrebatan los cinco rublos por mi izquierda. Es el pasajero que tengo al otro lado. Luego van pasando de mano a mano. Consternado dirijo mis miradas al dueño, quien imperturbable lee su periódico. Los cinco rublos han llegado ya hasta el cobrador, quien regresa el cambio por el mismo conducto, de mano en mano, acompañado de un boleto. Pasa por mí nuevamente todo aquello y entonces comprendo. Reintegro a su dueño las monedas y el boleto. Él me da las gracias y sigue leyendo su periódico.

Es también en el ómnibus. Casi todo mundo lee el periódico. Inclinándome un poco logro ver lo que este joven lee con tanto interés en primera plana. Ahí un gran retrato de Pavlov16 y, a continuación, en letra menuda, seguramente las crónicas del Congreso de Fisiología que en esos días se celebra. Decido hacer un pequeño experimento: camino a lo largo del ómnibus, como si buscara mejor acomodo, mirando de reojo los periódicos y los lectores. Son diez, en esta fila. De los diez, ocho están leyendo la crónica del Congreso de Fisiología.

Pero he llegado a Triunfálnaya Ploshad,17 el lugar donde debo ir. Desciendo del ómnibus pensando en Pavlov, la fisiología y el gran pueblo ruso.

Publicado el 3 de julio de 1938, Diario del Sureste, Mérida, Yucatán.


III. Unión general de corazones

Parece como si en Moscú se trasladara en masa. Me vienen a la mente, aunque la ocasión es distinta, aquellos versos de Mayakovski: “Y parece como si Rusia se hubiera vuelto nómada”, o algo por el estilo.18 ¡Qué gran masa hay en este país extraordinario! Todo es masa, cantidad de gente. En las calles, en el trabajo, en las fiestas. Aquí es donde realmente se da uno cuenta de lo que significa para un país el tener 170 millones de habitantes. Hoy los autobuses están a reventar; por las calles que van al Dínamo transcurre un río de gente que da la impresión de una gran e interminable manifestación: lo hacen con lentitud y paciencia, sin la menor prisa, algo al parecer, cuando menos en la calle, muy ruso. Se explica uno: hoy tendrá lugar un encuentro formidable entre un equipo extranjero de futbol y un equipo ruso: Praga y Moscú. Se trata de dirimir las fuerzas del país soviético, y, otra cosa más importante aún: de ver las condiciones en que se encuentra otro país que no es socialista, pero que es el país más deportivo de toda la tierra: Checoslovaquia.19

A nosotros, los delegados internacionales, se nos han dado billetes para ir al encuentro. Animadamente tomamos el taxi, y enmedio de agudos toques de bocina, ruidos, gritos y multitud, llegamos hasta el esbelto stadium moscovita, Dínamo.

A pesar de la enorme multitud se nota orden. Abunda el público juvenil. Muchachas con gorras españolas: deliciosamente alegres, sonrientes, redondas y rojas como manzanas. Jóvenes de rubashka20 bordada, fornidos. Pioneros con sus pañoletas en el cuello.

Cuando aparecen los equipos se escucha respectivamente la Internacional y el himno checoslovaco. En ambos casos el público permanece respetuosamente parado.

El juego es limpio, matemático. Los rusos lo hacen calculadamente, combinando con maestría. Los checos con tenacidad, con atención y mucho ojo. De pronto ya tenemos un gol del Praga. El público aplaude estrepitosamente. Sigue después ese silencio sostenido por la atención y el anhelo, común a todos los juegos donde intervienen multitudes como espectadoras. Ahora es Moscú. Ya los checos tienen en su score el gol que su portero no tuvo la capacidad de impedir. El público aplaude muy tibia y cortésmente, lo cual me extraña tratándose de una victoria del equipo soviético. Observo, entonces, los rostros de la gente. Miran el juego como si estuvieran ante un libro o escuchando alguna clase: con conocimiento, tratando de ver los defectos, las fallas, criticando a los suyos con más severidad aún que a los extranjeros.

Por fin el juego se decide por un empate. El público aplaude. Todavía renueva sus aplausos para el equipo checo. Los dos capitanes se abrazan a medio campo.

Me quedo meditando. Pienso que es natural, en el tratado que existe entre Checoslovaquia y la Unión Soviética. ¿No será esta cortesía del público que ocurre al futbol una afirmación hacia el pueblo checo? Más aún, ¿no indicará esto la gran comprensión existente entre el pueblo soviético de sus deberes internacionales y la identificación plena que existe entre él y sus gobernantes, sobre los problemas de la política? Me gustaría dilucidarlo.

En este Parque Cultura21 que es un paraíso le enseño a pronunciar en castellano la palabra amor. Pero antes hablemos un poco sobre el Parque Cultura. Es un inmenso jardín a orillas del río Moscú. Dentro se tiene cinematógrafo, circo y mil diversiones más. Es un parque para la imaginación. Aquí puede uno hacer realidad los cuentos de Andersen, de Selma Lagerloff y de Grimm. Parque para jóvenes y poetas. Puede uno volar, volverse caballero de la Edad Media, cantar a grito abierto y hacer ronda con las jóvenes en danzas maravillosamente puras y espontáneas. Por unos cuantos kopeks se permite subir a un dirigible que, amarrado de un alto mástil del cual penden unos cables, vuela por todo el parque y sobre el río; luego tenemos unos caballos mecánicos, en los cuales debe subirse con una lanza, para luchar, en singular pelea, con otro caballero que se encuentra en las mismas condiciones: don Quijote se hubiera vuelto loco con estos molinos de viento hechos realidad; más tarde es la torre de paracaídas, desde la cual se arroja uno envuelto en las gasas de colores; y el bosque, después, cubierto de pinos, de rumores, de música; enmedio, el Teatro Verde o Teatro de Verdura, como es la traducción literal, donde se canta y baila al aire libre, como en la antigua Grecia. Mil cosas más. Un sueño. Parque de poetas, de niños, de jóvenes, de imaginación.

Pero hablábamos de cómo enseño a pronunciar en castellano la palabra amor.

De alguna manera tenemos que comunicarnos, a pesar de que no sé ruso, a pesar de que no sabe español. La tomo por la cintura y entramos en el bosque. Este bosque, como todos los bosques del mundo, es un bosque asimismo para el amor. Sabemos ambos una frase en francés. Qu’est-ce que c’est?, la cual, a falta de otra, repetimos en todas circunstancias. Oye cómo en mi exótica lengua, un tanto abismado y suspirando, digo: “Amor”. Me mira con sus ojos francos y abiertos, levemente sonriendo:

Qu’est-ce que c’est amor?

Sonrío, impotente para contestar, oprimiéndole suavemente el talle juvenil. Ella frunce el ceño y repite, peligrosamente ignorante, como preocupada: “amor, amor”. Creo que sí lo sabe. Lo ha de haber oído en alguna de las óperas italianas que tanto se cantan en la Unión Soviética, pero como todas las mujeres, inclusive las indescriptibles mujeres soviéticas, les gusta un poco la coquetería.

Vuelvo el rostro y veo una pareja, sumida en las noches sin límites de un beso.

Voilá. Qu’est-ce que c’est amor? Tac (así o esto) —le digo señalando hacia la pareja.

Se escabulle entonces, como una colegiala.

Después, ya sólo repetirá, cada vez que encontramos una pareja, con un gesto encantador: “Qu’est-ce que c’est amor”. Sólo que en sentido afirmativo.

Al decir amor se ríe por el descubrimiento. Es una risa de intensa alegría un tanto pícara y un tanto asustada.

Publicado el 15 de julio de 1938,  Diario del Sureste, Mérida, Yucatán.


IV. Corazones de la GPU

En la URSS es el único lugar del mundo donde tengo fe absoluta en las noticias, afirmaciones y actitudes oficiales. Pero esto, naturalmente, sólo es una convicción personal que, ¡oh libertad de pensamiento!, no pretendo se comparta conmigo. Desde el bueno de Santo Tomás ya no es posible otra cosa que la duda y concedo alegremente que este derecho se ejerza sin taxativas. De aquí que en estas breves notas yo diga lo que allá se dice y nos dicen —cosas en las cuales, por otra parte, confiadamente creo— sino lo que yo mismo vi, observé y experimenté junto al pueblo ruso. Pueden haber en la URSS muchas cosas que no entendamos. Pero hay que atribuirlas, mejor que a signos fatales y sombríos como lo hace Gide, a diferencias de educación, sensibilidad y psicología —de ese pueblo que realiza una transformación tan colosal—, en relación con nosotros, pueblos totalmente diversos.

           
Acostumbrado como estoy a sufrir encarcelamientos en mi país por cuestiones políticas, tengo gran interés humano por conocer las cárceles de aquí. En efecto, me parece que el mejor termómetro para conocer el desarrollo de no importa cuál país es conocer el sistema penitenciario con que cuenta. ¡Y se dicen tantas cosas de la URSS! ¡El trabajo forzado, los golpes, las torturas, la GPU!22 Así lo manifiesto y se organiza ex profeso una excursión al Bolshevo, lugar cercano a Moscú, donde se encuentra un sitio de relegación.23

En esta mañana que retumba el sol —¡yo que quería conocer la nieve!— partimos muy temprano de Moscú. Muy poco tiempo viajando en el cómodo ferrocarril eléctrico y ya estamos: Bolshevo, una “prisión modelo” de la GPU. Entramos —¿entramos?—, no se trata realmente de entrar. Esta prisión es un pueblo, un conjunto de alegres casitas en las cuales juguetean niños, estudian jóvenes y hacen sus quehaceres las mujeres. “¿Y dónde queda la prisión?”, se nos ocurre preguntar. El traductor-guía hace un gesto con la mano. “Todo esto”, señala y se pone a reír estruendosamente.
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Aquello nos resulta demasiado insólito. “¿Cómo es posible?”. Se nos explica con mucha atención: este es una especie de centro experimental, a donde se envían reclusos de toda la Unión Soviética —determinados reclusos cuyo comportamiento ha sido conveniente— para que acaben de cumplir su condena. Aquí trabajan, estudian, ganan salario, tienen derecho para ir a Moscú de vez en cuando hasta que obtienen su libertad. No hay la menor coacción. Dentro del pueblo se es absolutamente libre; no hay vigilancia; no hay carceleros, sólo el estricto personal administrativo; el preso lo está sólo bajo su palabra de honor.

Aquello es extraordinario para nosotros. Yo todavía no salgo de mi sorpresa. Mientras nuestro grupo acosa a preguntas al guía, rodeándolo y quizás importunándolo, yo prefiero irme a caminar por ahí. Veo un estupendo campo de futbol, un teatro, una cancha de tenis, y en ellos grupos de robustos muchachos rubios, jugando. Me aproximo a una casa en cuya puerta una mujer parece cocer algo.

—¿Se puede? —pregunto.

La mujer sonríe. Parecen ofrecer la menor resistencia a que se observe el interior de su casa (séame perdonada esta falta de cortesía en atención a mi curiosidad y asombro). Es una casita modesta, alegre, como pueden tenerla los pequeño burgueses —burgueses de nuestra patria—. Me atrevo a preguntarle, haciendo señas, usando las pocas palabras que he logrado aprender en ruso:

—¿Usted está aquí…? —y para completar la frase coloco los dedos imitando [una] reja con lo cual quiero decir: “¿presa?”

Ella estalla en una elocuente carcajada. Quiere decir que sí y quiere decir que no. Al fin, para indicarme todo lo que siente, echa mano de la única palabra que podré entender en estas circunstancias:

Eto joroshó (esto está muy bien)24—y señaló todas las casas, todo el pueblo, con sus manos rojizas, pecosas, trabajadoras.

           
Esto fue en 1935. Sin embargo, hará muy poco tiempo se pudo leer una noticia en los periódicos, noticia que a los que conocimos Bolshevo no pudo menos que indignarnos.

En relación con el proceso de Bujarin, Tomski —que con Rikov y el primero formaban el triunviro derechista— fue detenido en Bolshevo. Algunos días después de detenido se suicidó.25 La prensa internacional lo atribuyó inmediatamente a las torturas de la sombría, tenebrosa prisión de Bolshevo, fabricando inmediatamente una serie de reportajes escandalosos sobre las condiciones de la “cárcel” en cuestión. Para todos los que estuvimos en Bolshevo, el suicidio de Tomski no pudo haber sido ocasionado por otra cosa que por razones subjetivas, entre las cuales deberá haberse contado, sin duda alguna, la de su propia culpa ante el país soviético.

Dejamos Bolshevo. Todavía traigo en mi mente la impresión imborrable. Por contraste no dejo de pensar al mismo tiempo en las prisiones del callismo en mi país. Sombras, miseria, aplastamiento humano.26 ¿No se podría ser más humano, un poco más humano con todos los presos del mundo? ¿Solamente el castigo, la venganza siempre, sin pretender nunca salvar al hombre?

Recuerdo la nobilísima figura de Dzerzhinskii, primer jefe de la Cheka,27 que se convirtió más tarde en GPU y hoy en Comisariado del Interior.28 Al respecto una anécdota —me parece que de Máximo Gorkii— que lo pinta de cuerpo entero; sufriendo, casi sollozando de tener que ejecutar, durante la Revolución —que forzosamente tiene que ser despiadada— a una partida de contrarrevolucionarios. Este era un hombre. Él fue quien puso y logró fundar, todavía en las épocas de mayor miseria en la urss, esta ciudad de Bolshevo, donde una serie de abnegados combatientes lucha por reconstruir a los hombres. Se puede leer esto en Dzerzhinskii, en Máximo Gorkii o en John Reed, aquel intrépido periodista norteamericano de la Revolución; en estos momentos no recuerdo exactamente…

A propósito encuentro en mi escritorio un artículo traducido del Pravda29 sobre “Un hombre de la GPU” muerto recientemente. Ahí sabe uno cómo luchaba este hombre de la GPU. No lo imaginen ustedes con un cuchillo entre los dientes, como los pinta la prensa “seria”. Es un simple hombre. Simple hombre quiere decir mucho: porque nuestros carceleros y los carceleros del mundo capitalista nunca han sido simples hombres, sino simples bestias. Y este es un hombre humano. He aquí que realiza un experimento que le hace sufrir más angustias y dolores que a otras personas problemas de menor importancia. Jefe de una prisión, bajo su responsabilidad logra sacar un criminal de los que nuestra docta ciencia capitalista calificaría de natos. Lo lleva a su casa. Ahí le ofrece de comer, de vestir y le dice:

—Podrás ver a tu madre, yo te espero aquí…

Se fija una hora para el regreso. El hombre de la GPU se espera con el corazón angustiado, contando los minutos como un condenado a muerte. Esta espera es terrible, llena de dolor y sobresalto. No se trata simplemente de que el hombre no vuelva. Sino de lo que esto significa. Acaso será preciso modificar concepciones sobre la corrección de delincuentes, o acaso la burguesía tenga en el fondo razón en sus aplastantes sistemas penitenciarios. Parece como si a las manecillas del reloj se le hubiese dado orden de caminar más aprisa, y furiosamente se estuvieran comiendo los minutos, ávidas de que llegara el fin. Aquello poco a poco se va haciendo insoportable. Ya que está cumpliendo el plazo. Ya suena la hora y el hombre no viene; de aquel turbio criminal sin conciencia no se sabe nada y es posible que en estos momentos ya esté muy lejos, imposible de hacer localizar nuevamente…

El hombre de la GPU, a pesar de que se intranquiliza, no quiere demostrarlo. Espera aún mucho tiempo, y después, lentamente, con una heroica calma, se dirige a casa de la madre del criminal. En la casa no encuentra nada. La anciana madre no puede darle noticias:

—¿Con que mi Lev me visitaría? Él es hombre bueno, se llegará por su casa, no lo dude…

El hombre de la GPU está destrozado. Vuelve a su casa y se sume en la desesperación. Ya está a punto de telefonear a la oficina de la GPU cuando alguien llama a la puerta. ¿Será posible? El hombre de la GPU compone su rostro, afecta calma. Al abrir la puerta distingue solamente el casco blanco de un miliciano. ¿Qué habrá pasado? ¡Y trae consigo a Lev, al muy pillo! El miliciano y Lev explican: Lev, separado de la ciudad por tantos años, había olvidado las calles, hoy transformadas. Se perdió en el laberinto de la ciudad, y cansado de no encontrar la casa de su madre, suplicó a un miliciano lo llevara con el hombre de la GPU.

—¡Hombre! Tendré que llevarte yo mismo con tu madre…

Y así lo hacen, en efecto. El hombre de la GPU deja a Lev en casa de su madre y regresa. Espera… Hoy con más confianza. Ya cerca del anochecer, aparece Lev sudoroso, jadeante, que viene corriendo por temor a retrasarse.

Esto no es una novela. Es algo que sucedió al hombre de la GPU; uno de tantos que está luchando en este frente de combate, por igual heroico, por igual noble, por igual grande en la lucha por un nuevo mundo.

Publicado el 20 de julio de 1938, Diario del Sureste, Mérida, Yucatán.


V. Descenso sobre el mundo

La mañana es hoy gris, sombría. Todavía no me he dado cuenta de ello. Quiero decir, ya percibía desde la ventana del Internatzionálnaya Gostínitza (Hotel Internacional)30 que el color del cielo es plomizo, lleno de nubes bajas y tristes, y que hay una especie de niebla que todo lo envuelve, pero todavía no logro concebir lo que esto significa para mí hoy, día de partida. Me he levantado demasiado temprano y pienso más en el puerto de Veracruz que en la naturaleza especialmente dramática que tienen hoy las cosas. ¡Partir! ¡Volver! Me late dentro del pecho una curiosa ansiedad que me lleva de golpe hasta el maravilloso altiplano de México: hacia sus calles, su aire, sus montañas. Sobreexcitado por esta ansiedad no tengo más pensamientos que para México, ni más miradas para el reloj, las manecillas parecen haberse detenido, sí, detenido en Moscú. Esta hora, este minuto, son de Moscú. Precisamente este minuto, hoy. Hoy: no existe nada más sustantivo, más singular, más lleno de personalidad que hoy. Es este día. Y más que este día, estos minutos, estos instantes. No se trata de lo que será mañana. Se trata de lo que será dentro de muy poco tiempo —sólo una parte de la hora, que tiene sesenta pobres minutos— en que ya estaré lejos de Moscú. Sólo hasta que este pensamiento atraviese mi mente, al tender la vista por la ventana, hacia la calle, me doy cuenta que las nubes, el cielo, la luz, la niebla, me parecen horrorosamente tristes, tristes y amados como todo lo que se abandona. Sucede a continuación algo enormemente cinematográfico como un sueño: en el marco de la ventana, como si se tratara de una pantalla, aparece allá abajo el automóvil; enfrena —no se oye ningún ruido a través de los cristales del Internatzionálnaya— y un hombre, el compañero que viene por mí, desciende. Todo se ve irreal, lejano. No ha hecho ruido, como si el suelo fuera de goma. Además la mañana está gris. Y éste es Moscú, y los últimos minutos de Moscú.

Olvido México por estos instantes. Siento, ya en el automóvil, al ver partir las calles a mis lados, que algo mío se queda.

Antes de las últimas calles, antes de las últimas casas, tenemos de frente a nosotros el aeropuerto Kósarev y una estatua de Lenin cuya silueta se destaca en la niebla, en lo gris, en lo triste de nuestros corazones.

–Irá contigo un compañero alemán comunista. Será conveniente que no hablen entre sí, sería peligroso para él que gentes extrañas se den cuenta de que es comunista…

Despegamos. Pronto el aeropuerto de Kósarev se empequeñece. Luego ya no es más que un juguete.

Transponemos la niebla, las nubes. Hay una encantadora sensación de cielos dobles: un cielo bajo, en las nubes, y otro arriba, en las otras nubes (¿sí será cierto lo del séptimo cielo?). De pronto todo se ha esclarecido y salimos ya de la niebla hacia regiones transparentes y soleadas. Campiñas sembradas, riachuelos, cabañas. Campesinos que agitan los brazos.

Estos siete pasajeros cobramos súbitamente una intensa sensación de unidad. Somos, pese a todo, una existencia separada, una existencia de siete hombres, perfectamente delimitada en relación con el resto del mundo. Como si se tratara de un país. Somos siete y vamos aquí, unidos en el espacio. Tenemos nuestras fronteras; y estas fronteras están constituidas por el avión mismo, por su cubierta de aluminio, lámina, madera, manta.

El alemán —que ya me dirigió la mirada escudriñadora— es un muchacho rubio, sonriente, de ojos azules, plenos de vivacidad. Ahora mira, como todos nosotros, por su ventanilla: bosques, breñas, inmensidad.

Tengo un pensamiento que es ya, como la tierra misma, carrera de nostalgia al vuelo raudo del avión: “Esto todavía es la URSS; todavía. Dentro de poco habré dejado la URSS”.

Sucede. He aquí el último Soldado Rojo que veremos. Parece un viejo amigo nuestro. Entiende, seguramente entiende, cuando descendemos que somos luchadores, miembros de un mismo partido internacional, porque de pronto, sin que podamos explicarnos, ya estamos dándonos un abrazo fuerte, que es todo un abrazo.

Frontera con Lituania. Subir nuevamente.

Violentamente, como una visión, vemos algo que nos estremece, desde la altura: una inmensa estrella roja, hecha con piedras, en el suelo, signo último que veremos de tierra soviética.

El alemán no se contiene; vuelve el rostro hacia mí. Los ojos se le quiebran y, silenciosamente, para él y para mí solamente, levanta la mano a la altura de su hombro y empuñándola exclama:

Rothe Front.

Repito:

—Frente Rojo.

Es nuestro lenguaje internacional. El que no podrán abolir todos los Hitler de la tierra.

París. Un café danzante de Montparnasse, visitado por los rusos exiliados, al cual nos lleva un amigo nuestro de la embajada mexicana.
Viejas damas. En extremo viejas. Se pintan horrorosamente. Distingo claramente palabras en ruso, y veo ademanes lánguidos, estudiados, pobres.

Una cantante, con la clásica rubashka, entona una canción, una antigua canción rusa, hoy olvidada por la juventud. Es un lamento triste, donde se agradece al corazón todas las lágrimas que ha vertido.

Las viejas damas sollozan, repiten los gestos artificiales, las miradas acariciantes y corrompidas. Esto es el pasado.
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Pienso en las muchachas alegres, de grandes pañoletas en la cabeza. En las jóvenes ingenieros, en las médicos, en las estudiantes de biología, que están allá, en la URSS.

Aquí la voz de la cantante se arrastra en notas de nostalgia acabada y negativa:

—¡Gracias corazón, cómo estoy enamorado…!

Publicado el 29 de julio de 1938, Diario del Sureste, Mérida, Yucatán.


VI. Gente, hasta los veinte

En el corazón de la URSS, en el corazón del mundo, en Moscú, se ha reunido el VI Congreso Mundial de la Internacional Juvenil Comunista. Allí la juventud del mundo se ha podido estrechar la mano en la Sala de las Columnas de la Casa de los Sindicatos. Sí, en esa Casa Histórica, que admira uno con la respiración en suspenso pensando en todas las grandes cosas que han pasado en ella: Comunista y de los Soviets, hasta la dolorosa tragedia que estremecía el corazón de todos  los oprimidos y explotados de la tierra en 1924, la muerte de Lenin, cuyo cadáver fue velado ahí.

¡Lenin vive! Mirando la exposición gráfica que se estableció en los corredores de la Dom Soyus (Casa de los Sindicatos) sobre el movimiento juvenil del mundo todo: las fotografías de los heroicos jóvenes comunistas chinos asesinados: las gráficas sobre el avance del Ejército Rojo Chino, sobre el trabajo y la venta del órgano de la Juventud Comunista Argentina, los dibujos sobre el trabajo ilegal en la Alemania fachista, se daba uno cuenta de que el espíritu de Lenin vive y vibra en la juventud, que el maestro guía nuestros pasos, que la juventud ha recogido con calor y ternura sus enseñanzas, y en Indochina o América, en Japón o Alemania, sobre las cárceles y las horcas, lucha con todo su nervio y su sangre por el Internacionalismo proletario, contra el mundo viejo, por una vida mejor.

Camaradas. Estamos llenos de impaciencia esperando el toque del timbre para acomodarnos en las butacas de la Sala de las Columnas. Los pasillos estaban atestados de gente que hablaba diferentes idiomas. Alemanes, árabes, suecos, americanos, españoles, búlgaros, rusos, todos enormemente alegres y optimistas. El idioma no era una barrera. Nos mirábamos llenos de una gran comprensión y cariño. Sí, verdad que unos hablábamos español, otros francés, alemán o chino. Pero nos unía el hecho de que todos luchábamos: que en nuestros respectivos países queremos que lleguen  a reinar las mismas ideas. Sin hablarnos, entendíamos mejor que si poseyéramos la misma lengua, nos abrazábamos y nos poníamos a bailar. No se qué bailábamos, eran alegres brincos que en aquel momento habíamos inventado, plenos de un gran alegre espíritu de fraternalización con nuestros hermanos extranjeros. Cierto, nos unía un canto que todos sabíamos: La Internacional. Y cantamos, cantamos eso y nuestras respectivas canciones nacionales. “La Cucaracha” revolucionaria de la División del Norte también se asomó a la Sala de las Columnas.

El Congreso. Por fin el timbre del Congreso, intermitente, nervioso. Nos apresuramos a entrar en la sala. Sobre los pupitres, cuadernos y lápices para las notas de los delegados. Todo Latinoamérica y España juntos, en un mismo sitio. En todos los idiomas carteles en letras blancas sobre fondo rojo. Al frente la gran figura de Stalin; junto a él, el timonel de la Internacional Comunista que dijera Manuilski, Dimitroff, al centro un busto de Lenin. Las tres figuras de cuyas enseñanzas deberíamos impregnar todo nuestro trabajo revolucionario, de lucha por la unidad de las fuerzas de la juventud.

Enmedio de la mesa destinada al Presidente, vacía aún, el camarada Raymond Gayot, secretario general de la Juventud Comunista Francesa, y ahora secretario general de la Internacional Juvenil Comunista. Habla emocionado. Su figura fina, reposada, pero llena de fuego, se destaca sobre el fondo rojo. ¡Se declara abierto el Congreso de la Internacional Juvenil Comunista! Hay una gran solemnidad conmovedora en todo aquello. La orquesta hace temblar la sala con la música de la Internacional, que todos nosotros, los puños en alto, coreamos con todas nuestras fuerzas.

Allí en el Congreso están los líderes de la Internacional Comunista. Ellos entienden la importancia del papel de la juventud.  Por eso van al Congreso y nos miran a todos con miradas de gran cariño. Thorez, del Comité Central del Partido Francés y del Ejecutivo de la Internacional Comunista, con su cabeza rapada y su continente de atleta, grita con toda su alma “hurra” por la juventud. Van Min, diminuto, pequeñito, tan inteligente. Kusinen, nervioso, con su movimiento de hombros tan característico. Ercoli, delgado, con su portafolio bajo el brazo.

Una tempestad de aplausos, una verdadera tormenta de entusiasmo saluda la radiante figura de Dimitroff cuando aparece en el Congreso. Su cabellera descuidada y revuelta, sus ojos penetrantes e inquisitivos, son el centro de atención de todo el Congreso. Allí tenemos al jefe de la Internacional Comunista. Allí está el luchador antifachista. El hombre que en Leipzig se enfrentó a la sangrienta dictadura hitleriana.

“Somos la generación de la victoria”. En medio de los “hurras”, los “triquitritri”, los “bansai”, se da lectura a un saludo del Congreso para la memoria de Stalin:

…en nosotros se encuentra el valor y el heroísmo que surgen sin cesar, de nuevo, en nuestras filas cuando vemos cómo los bárbaros de los tiempo presentes destruyen las organizaciones obreras, condenadas al pueblo al hambre y a la miseria, estrangulan la ciencia y la cultura, y tratan de hacer girar hacia atrás la rueda de la historia…

Y más adelante:

…somos tu generación, la generación de Lenin y Stalin, la generación de la victoria…

“El internacionalismo, idea fundamental de nuestro trabajo”. Después sube a la tribuna Dimitroff. A nombre del Estado mayor de la Revolución mundial, a nombre de la Internacional Comunista saluda el Congreso de los jóvenes:

Las interesantes palabras del gran jefe y maestro de la clase obrera y de los pueblos oprimidos del mundo entero, de Stalin, diciendo que el internacionalismo es la idea fundamental del trabajo de la juventud comunista, está encarnada en vosotros. Los cordones policíacos y fachistas; los peligros os acechan sobre el largo y penoso camino, no han impedido que os reunáis aquí para discutir, en una comunidad internacional, sobre el reagrupamiento de la fuerzas de la joven generación…

Todos estamos impresionados. Oprimidos los audífonos sobre los oídos para no perder palabra. Y aún hoy sobre nuestras cabezas jóvenes sigue vibrando, histórica, la voz del camarada Dimitroff.

Publicado en El Activista. Boletín de la Organización de la Federación Juvenil Comunista, número 6, 1 de marzo de 1936, México D. F., pp. 10-12, ubicado en el Fondo 533, serie 10, expediente 2094 del Archivo Estatal Ruso de Historia Sociopolítica, en Moscú.


José Revueltas
Escritor y guionista. Entre sus obras: Los muros de agua, Los errores y El apando.
Recopilación de las notas: Iván Franco Vallado y Rina Ortiz Peralta.


1 Knut: látigo. Tal era el nombre que recibía una forma de castigo por delitos graves, por extensión del instrumento utilizado para aplicarlo: un látigo pesado de correas trenzadas al que se ataba un ancho cinturón con el extremo curvado y duro. Si el castigo tenía el respaldo de una sentencia judicial, el reo lo recibía atado a un un potro de madera con el torso desnudo. Pocos sobrevivían y el castigo fue sustituido (ca. 1845) por azotes con un látigo terminado en dos o tres cabos. En el siglo XiX se hablaba de una política de “knut y prianiki” (unos panes elaborados con miel, cubiertos con azúcar escarchada, de forma cuadrada o rectangular, a los que se les estampaban diversas figuras o personajes) para referirse a aquella basada en la alternancia de castigos y estímulos. (Palabras y significados semiolvidados. Diccionario de la cultura rusa de los siglos XVIII y XIX, San Petersburgo, Moscú, 2004.)

2 Nicolás II (1868-1917). Hijo mayor de Alejandro III y de María Fiodorovna, y último zar de Rusia. En 1894 casó con una princesa alemana, nieta de la reina Victoria de Inglaterra, Alejandra (1872-1918), y sucedió a su padre en el poder. Nicolás y Alejandra tuvieron cinco hijos: Olga, Tatiana, María, Anastasia y Alexei. Este último, y no su padre, era el hemofílico; y de hecho, Alejandra fue la transmisora de la hemofilia. Alexei nació en el clímax de la guerra ruso-japonesa (1904-1905), a cuyo desenlace estallaron numerosas revueltas internas (la más grave de las cuales fue la llamada Revolución de 1905), que si bien cesaron temporalmente tras el inicio de la Gran Guerra, a la postre precipitaron el fin de los Romanov. José Revueltas llama “emperatriz supersticiosa” a Alejandra pues en busca de alivio para el mal de Alexei se rodeó de diversos santones, el más famoso de los cuales fue Grigori Rasputin.

3 José Revueltas menciona en estas notas varias veces a André Gide (1869-1951), quien luego de manifestar en 1932 su interés y simpatía por el comunismo y por Stalin, e incluso luego de organizar el Primer Congreso en Defensa de la Cultura (1935) y ser invitado por el gobierno soviético a la URSS —en cuya estancia tomó la palabra en los funerales de Gorki—, escribió y dio a la imprenta los
dos libros que dan cuenta de su desencanto: Retour de l’U.R.S.S. (1936) y Retouches à mon Retour de l’U.R.S.S. (1937). Sin duda, Revueltas alude a estas páginas de Gide.

3 Ernst Mach (1838-1916). Nació en la República Checa pero se formó en la Universidad de Viena, en donde realizó estudios de física, matemáticas y filosofía. Su filosofía de la ciencia influyó en algunos marxistas y Lenin discutió a los seguidores de Mach en el libro Materialismo y empirocriticismo.

5 Organización política de las juventudes comunistas, cuyos antecedentes se remontan a octubre de 1918. VLKSM (Velikii Leninskii Soyuz Molodiozhi: Gran Unión Leninista de la Juventud) o Komsomol (Kommunisticheskii Soyuz Molodiozhi: Unión Comunista de la Juventud) a partir de 1926. Organización independiente, considerada la reserva del Partido Comunista de la Unión Soviética, entre sus tareas estaban difundir las ideas comunistas e involucrar a los jóvenes obreros y campesinos en la construcción de la UrSS. Además, era tarea del Komsomol la formación teórica y práctica de sus miembros. Era una organización mucho más popular que el propio partido, aunque se esperaba de sus integrantes una mínima preparación política.

6 El nombre completo de la citada Biblioteca Lenin era el de Biblioteca Estatal de la UrSS V. I. Lenin. Su nombre original fue Biblioteca del Museo Público de Moscú y fue fundada en 1862. El nombre de Lenin lo llevó de 1925 a 1991. En la actualidad es la Biblioteca Estatal de Rusia.

7 Lazar Kaganovich (1893-1991). Nació en las inmediaciones de Kiev en el seno de una familia judía. De oficio zapatero, se unió al Partido Comunista en 1911 y en 1924 llegó a ser parte de su Comité Central. En el decenio de 1930, ya como parte del Politburó, se encargó de la construcción del metro moscovita (cuya primera línea empezó a funcionar el 15 de abril de 1935 y llevó su nombre hasta 1955) y de la supervisión de los feroces planes de colectivización del campo y de la acelerada industrialización de la URSS, por lo que se le conoce también como uno de los verdugos de Stalin. Fue mentor y protector de Nikita Jruschov, a quien intentó derrocar en 1957, por lo que se le forzó a retirarse del Presidium y del Comité Central. En 1964 fue expulsado del PC.

8 Nicolai Yakovlevich Marr (1864-1934). Arqueólogo y lingüista, gran autoridad en las lenguas del Cáucaso, hijo de un octogenario jardinero escocés y de una georgiana. Su vida profesional, a diferencia de la de muchos otros académicos, floreció bajo el régimen soviético. Marr formuló la naturaleza de clase del lenguaje en 1892 y más adelante planetó una génesis del lenguaje en paralelo con las etapas del desarrollo de la productividad humana, vinculando al lenguaje con la evolución social. Esta fue la doctrina lingüística aprobada por el régimen soviético hasta 1950, el año en que Stalin la canceló en un escrito titulado El marxismo y los problemas de la lingüística general. El instituto cuyo nombre olvidó José Revueltas es el Instituto Jafético, dirigido por Marr desde 1921 hasta su muerte. Marr también fue director de la Biblioteca Nacional Rusa, sita en Leningrado, de 1926 a 1930.

9 Lenin murió a la edad de 53 años, en enero
de 1924. En su funeral, sus restos mortales fueron envueltos en una bandera roja de la Comuna de París. Su cuerpo fue embalsamado y depositado en su mausoleo en la Plaza Roja una semana después de su muerte.

10 Vladímir Mayakovski (1893-1930). Suscribió en diciembre de 1912 el “Bofetón al gusto público”, junto con David Burliuk, Velemir Jlebnikov y Alexei Kruchenyj, que señala la aparición del futurismo en Rusia. Celebró la revolución rusa en su poesía y puso su talento al servicio de la propaganda. Visitó México a mediados del decenio de 1920. Stalin vio en él al poeta más grande de su época y a su muerte el Estado soviético se encargó de fomentar su culto. La cita proviene de su largo poema épico histórico Vladimir Ilich Lenin (1924).

11 Se refiere al VII Congreso de la Internacional Comunista, realizado en agosto de 1935. La delegación mexicana arribó a Moscú el 16 de julio de 1935 y la integraban Hernán Laborde, Miguel Ángel Velasco y el propio José Revueltas. Revueltas regresó de Moscú en el mes de noviembre. En esta misma estancia, Revueltas asimismo asistió al VI Congreso de la Internacional de las Juventudes Comunistas. En Moscú se incorporaró a esta delegación Ambrosio González, quien se encontraban allá —junto con Evelio Vadillo— como alumnos de la escuela leninista.

12 Henri Barbusse (1873-1935). Junto con André Gide, Romain Rolland, Langevin y Jourdain, ocupó la presidencia de honor del Congreso Mundial de la Juventud contra la Guerra y el Fascismo, celebrado en París del 22 al 24 de septiembre de 1933. Dirigió el semanario Monde. De hecho, murió en Moscú en el mes de agosto.

13 Sigismund Levanevsky (1902-1937). Piloto aviador. Recibió la estrella de Héroe de la Unión Soviética tras participar en abril de 1934 en el rescate de las víctimas del naufragio del acorazado Cheliuskin en el Ártico. Se le conoció como el “Lindbergh ruso”. En su último viaje trató de volar de Moscú a Nueva York, pasando por el Polo Norte, y haciendo sólo dos escalas: una en Fairbanks, Alaska, y la siguiente en Chicago. Él y los otros tripulantes murieron al desplomarse su nave en la bahía de Camden, Anchorage, el 13 de agosto de 1937.

14 Maladietz: José Revueltas escribió esta palabra como le sonó. Se escribe molodiets.

15 José Revueltas escribió “Kusminsk”, pero
su descripción remite sin duda Kuzminki. Pedro el Grande obsequió Kuzminki a su favorito Grigory Stroganov (1770-1857). El siguiente propietario de esta finca, ubicada al suroeste de Moscú, fue el duque y mariscal de campo Mijail Golitsin, quien invitó a los arquitectos Mijail Kazakov y Domenico Gilardi para que levantaran un gran palacio y un amplio parque con estanques en estilos ingleses y franceses. Es una de las pocas propiedades construidas por la aristocracia rusa después de las guerras napoleónicas. Los escultores Peter Klodt e Iván Vitali fueron contratados para decorar su parque. La casa principal ardió en 1915 y los demás edificios fueron destruidos en la época soviética o simplemente se arruinaron.

16 Iván Pavlov (1849-1936). Su tesis doctoral
fue sobre los nervios centrífugos del corazón (1883) y en adelante destacó como fisiólogo, realizando una larga y brillante carrera en esta área en el Instituto de Medicina Experimental. El campo de estudio en el que realizó sus mayores aportaciones fue en la fisiología de la digestión, reunidas en el libro Lektsii o rabote glavnyj pishchevaritelnyj zhelez (Lecturas sobre las principales glándulas digestivas, 1897). De aquí pasó al estudio de lo que llamó los reflejos condicionados. Gracias a la obra de Pavlov, la URSS se convirtió en un centro importante para el estudio de la fisiología, de ahí que en la primera quincena de agosto de 1935 Moscú y Leningrado fueran la sedes del XV Congreso Internacional de Fisiología.

17 Plaza del Triunfo: su nombre se debe a los arcos, construidos en el siglo XViii, por los que los zares entraban a la ciudad. En la Rusia soviética cambió de nombre por Plaza Mayakovski, y en la actualidad lleva su nombre anterior: Triunfálnaya Ploshad.

18 La idea contenida en el verso que José Revueltas cita de memoria, mas no el verso, está en el extenso y famoso poema de Mayakovski 150,000,000 (1919-1920).

19 El estadio Dínamo, construido a finales del decenio de 1920 en el Parque Petrovsky y con capacidad de 36 mil espectadores, es la casa del Dínamo de Moscú (al que se refiere aquí José Revueltas) y tal vez el atractivo de este encuentro radicó en que el equipo saltó a la cancha con estrellas como Aleksey Lapshin, Sergey Ilyn, Vasily Pavlov, Vasily Smirnov, Alksandr Remin, Mijail Yakushin, Víktor Teterin y Leo Korchebokov, miembros de la selección de la UrSS. Por lo demás, como el Dínamo de Moscú surgió en 1923 como un club asociado al Ministerio de Asuntos Interiores (MVD) y a su titular en ese momento, Félix Dzerzhinsky, el apodo del equipo es Musora, voz que en los bajos fondos se usa para referirse a los “policías” pero cuyo significado es “basura”.

20 Rubashka: camisa.

21 José Revueltas tradujo Park Kultury por “Parque Cultura”. Su nombre original era Parque de Cultura y Descanso. Se inauguró el 12 de agosto de 1928 y recibió el nombre de Gorki cuatro años después. Sus terrenos, a un lado del río Moscú, comprendían los jardines del Hospital Golitsin y del Palacio Nezkuchny. El parque fue proyectado por el famoso arquitecto constructivista Konstantin Melnikov. En el territorio de este parque se organizó el primer carnaval, el primer teatro al aire libre, una gigantesca sala de cine y el primer trampolín para salto de esquí. La estación de metro conserva el nombre de Park Kultury.

22 La GPU (Gosudarstevennoye Politicheskoye Upravlenie, es decir: Dirección Política del Estado) era uno de los órganos de seguridad del Estado soviético, y sucedió a la Comisión Extraordinaria (conocida por sus iniciales en ruso Ch-K) creada por Lenin a finales de 1917 para combatir a la contrarrevolución y al sabotaje. En 1922 fue suprimida y surgió en su lugar la GPU como órgano del NKVD (Narodnii Komisariat Vnutrenij Del: Comisariado del Pueblo para Asuntos Interiores), sus funciones eran la lucha contra el espionaje, la contrarrevolución y la delincuencia. Una vez creada la URSS, con el propósito de unificar las acciones en el ámbito de la seguridad de todas sus repúblicas, el 2 de noviembre de 1923 se creó la OGPU (Dirección Política Unificada del Estado), dependiente del Soviet de Comisarios del Pueblo de la URSS. Más tarde, en 1934 cuando se consideró que la lucha central era contra los enemigos externos, y básicamente en contra del espionaje extranjero, la OGPU cambió su nombre por GUGB (Glavnoye Upravlenie Gosudarstvennoi Besopasnosti: Dirección General de Seguridad Nacional), que es, efectivamente, el antecedente de la KGB. Era dependiente del NKVD, que en ese año se convirtió en NKVD de la URSS. En 1941 el NKVD de la URSS se dividió en NKVD y NKGB, este último encargado de los asuntos de seguridad política.

23 Bolshevo no era propiamente un campo de trabajo, sino un experimento de rehabilitación que se usó con fines propagandísticos en aras de contrarrestar las críticas al crecimiento acelerado de los campos de trabajo en la Unión Soviética. Tiene más que ver con las ideas de Makarenko que con los campos que administraba el Directorio Central de Campos (Glavnoe Upravlenie Lagerei, mejor conocido por su acrónimo: Gulag). Por inciativa de Félix Dzerzhinskii, se fundó en 1925 la comuna de trabajo de Bolshevo OGPU1 en el poblado de Kostina, sito en las inmediaciones de Moscú, con el fin de reeducar a delincuentes a quienes se conmutaba la cárcel por el trabajo en la comuna. Estos “comuneros” construyeron en el pueblo una fábrica de calzado y artículos deportivos, además de un un estadio. Un gran número de visitantes extranjeros fueron sometidos a la misma experiencia de José Revueltas, entre ellos Maxim Gorkii, Natalia Krupskaya, Alexei Tolstoi, Bernard Shaw, Henri Barbusse y el socialista polaco Jerzy Gliksman. Gorkii regaló a la comuna una biblioteca con tres mil ejemplares. Por recomendación de Gorkii, el joven pianista A. G. Dveyrin se fue a vivir allí e impulsó la actividad artística. En unos años esa parte del pueblo adquirió la fisonomía de barriada obrera, con edificaciones de ladrillo, la fábrica con su cocina comunitaria, hospital, escuela. Mientras que la otra parte de Kostina conservó las características de una población rural. A finales de 1938, el patriarca de la industria aérea soviética, Andrei Tupolev, y sus diseñadores fueron encerrados en Bolshevo con la tarea de crear los aviones bombarderos que requería Stalin.

24 José Revueltas escribió originalmente a Eto jarashó, casi como le sonó pues se pronuncia “eta jarashó”.

25 M. Tomski se suicidó el 23 de agosto de 1936. Unas semanas después, el 10 de septiembre, se cerró oficialmente la investigación en contra de Bujarin y Rikov por falta de “bases legales” para arraigarlos; sin embargo, en marzo de 1938 ellos dos fueron juzgados y ejecutados junto con otros 19 presos, acusados no sólo de sabotaje y traición, sino hasta de haber complotado en contra de Lenin y Stalin, por un lado, y, por otro, de haber asesinado a Kirov, Kuybishev y Gorkii.

26 Para 1935 José Revueltas ya tenía una seria historia carcelaria. Seis meses en una correccional en 1929, acusado de rebelión, sedición y motín; cinco meses en las Islas Marías en 1932, en compañía de varios comunistas; y, por último, otros 10 meses en las Islas Marías entre mayo de 1934 y febrero de 1935.

27 Félix Edmundóvich Dzerzhinskii (1877-1926) pasó la mayor parte de su juventud en la cárcel debido a sus actividades revolucionarias: en 1897 y 1900 fue enviado a Siberia, de donde escapó las dos veces; su participación en el fracasado levantamiento de 1905 lo tuvo encerrado hasta 1917. Una vez libre su sumó a los bolcheviques y Lenin le encomendó la organización de la Comisión extraordinaria para el combate de la contrarrevolución y el sabotaje (Ch-K). En 1922, al fin de la guerra civil, la Vechecka se transformó en GPU. Entre 1921 y 1924, Dzerzhinskii fue ministro de Asuntos Interiores, jefe de los órganos de seguridad del Estado soviético, ministro de Comunicaciones y titular del Veshenka (Supremo Consejo de Economía Nacional). Murió de un infarto. Ya en bronce ocupó el centro de la Plaza Lubianka, muy cerca de las oficinas de la KGB.

28 José Revueltas se refiere al Comisariado del Pueblo para Asuntos Interiores, mejor conocido como NKVD.

29 Pravda (“verdad”, en ruso) fue el órgano del Comité Central del Partido Comunista entre 1918 y 1991, así como el periódico más importante de toda la URSS. El Pravda original, de tendencia socialdemócrata y dirigido a los obreros rusos, empezó a circular en Viena en octubre de 1908 y su fundador fue Trotsky.

30 Es posible que se trate de la residencia de la Internacional, situada en la calle Vozdvizhenka. José Revueltas, con el seudónimo de Rodríguez, se alojó en la habitación 56 de ese hotel —junto con Hernán Laborde, alias Serrano, y Miguel Ángel Velasco, alias Marenco.

 

Un comentario en “Viaje a la URSS

  1. Increíbles recuerdos me llegaron de súbito, al ir leyendo esas descripciones de sitios y personas, fue un viaje realizado en 1991 a Moscú y algunas ciudades de Ucrania. Aun se sentía un poco de ese ambiente, aunque se vivía en ese momento un extraño cambio en ese país. Saludos.