A través de una nutrida selección personal, Javier Tello reúne los besos estelares producidos en Hollywood. Los primeros besos en el cine, los que han establecido un récord, los que tienen una coreografía impecable o que anuncian el inicio de un esperado romance. Besos dados por los labios de Marlene Dietrich, Gary Cooper, Greta Garbo, John Gilbert, Grace Kelly, Ingrid Bergman, Cary Grant…

Dulce Helena, hazme inmortal con un beso.
—Christopher Marlowe

Es difícil pensar en una película de Hollywood sin besos. En las historias menos esperadas, en momentos poco propicios, algún personaje se las arregla para darle un beso a otro. La acción se interrumpe, el tiempo se detiene, la música cambia, la iluminación se suaviza y la cámara se cierra para que el espectador presencie este gesto entre dos actores. Incluso hay películas cuyo único propósito parecería ser el que los personajes principales se besuqueen y su historia avance de beso en beso.

Los significados de este simple gesto pueden ser muchos, pero en Hollywood predomina el beso que expresa amor sensual, intimidad física y deseo carnal. Si bien encontramos besos de otros tipos, como el famoso “beso de la muerte” que le da Michael Corleone a su hermano Fredo en El Padrino II, lo que más vemos en las películas emanadas de este condado de Los Ángeles son los sensuales, los carnales.

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El poder del beso

La importancia que tiene este ritual en el cine de Hollywood no nos debe sorprender dado que este tipo de beso es único al ser humano. Su cualidad “humanizante” la podemos ver claramente reflejada en dos películas. La primera es Blade Runner de 1982, cinta que precisamente trata de establecer lo que hace humano al ser humano, analizando lo que lo distingue de los llamados “replicantes”, androides fabricados a través de la ingeniería genética. El beso en cuestión es el que se dan el policía o “blade runner” Deckard (Harrison Ford) y la replicante Rachael (Sean Young). Ella se aparece en el departamento de él mientras duerme y lo despierta al empezar a tocar el piano. Rachael se acaba de enterar que es una replicante y, al verlo despertar, trata de huir, confundida por lo que siente por él y por saber que en el fondo sus sentimientos no le pertenecen, ya que son el resultado de las memorias de alguien más que le fueron implantadas por algún científico en una fábrica. Pero Deckard la corretea, arrincona y tranquiliza con un primer beso. “Ahora bésame tú”, le dice el policía a Rachael, mirándola fijamente. Ella protesta, no porque no quiera besarlo, sino por la inseguridad que siente respecto a su capacidad romántica como androide. Sin embargo, el policía insiste y con firmeza y ansia le ordena: “Di ‘bésame’”. Ella lo obedece, le dice “bésame” y se dan un beso pasional que no deja duda alguna: Rachael es tan humana como Deckard.

La segunda película que muestra la singularidad humana del beso que expresa amor sensual es Greystoke: la leyenda de Tarzán (Greystoke: The Legend of Tarzan, Lord of the Apes, 1984). Recién desempacado de la selva e instalado en la gran casa de sus ancestros en la campiña inglesa, Tarzán (Christopher Lambert) conoce a Jane (Andie MacDowell) en una cena que el abuelo del hombre mono, Lord Greystoke, organiza en su honor. Ambos han tenido vidas totalmente distintas. Jane la vida de una joven mujer rica y aristocrática, llena de lujo, confort y sofisticación. Tarzán una vida aislada, criado por changos en la selva, sin contacto alguno con otro ser humano. Al mismo tiempo, ambos son profundamente inocentes. Ella, por ser una mujer rica en épocas victorianas, ha vivido en una burbuja. Él, por haber crecido en la selva más profunda, es el prototipo del noble salvaje. Pero una diferencia clave es que ella sabe de la existencia del beso, mientras que él, por haberse criado entre animales, no tiene ni idea de lo que le espera. Su primer beso en sí mismo es tímido, pero la reacción de Tarzán es eufórica; la que tendría cualquiera de nosotros al descubrir el beso si no supiéramos de su existencia. De plano se pone a dar de maromas y vueltas alrededor de Jane haciendo todo tipo de ruidos que, uno supone, son los que hace un chango cuando está muy, pero muy contento. Jane lo ve feliz y nosotros la vemos a ella feliz, sin duda pensando que en Tarzán encontró a un hombre lleno de pasión animal, pero a diferencia de cualquier otro animal, capaz de besar.

Además de ser único al ser humano, la importancia del beso en las películas de Hollywood también tiene que ver con lo poderoso que es este ritual en sí, no sólo dentro de la gran pantalla, sino también fuera de ella, en la vida real. Una película que explica con toda claridad lo que está detrás de este poderío es Beso francés (French Kiss, 1995). Al inicio de la cinta, Kate (Meg Ryan) y Luc (Kevin Kline), dos perfectos desconocidos que vuelan de Nueva York a París, platican de cómo perdieron su virginidad y lo hacen con la soltura que lo harían dos personas que jamás piensan volverse a ver. En el caso de Luc, un típico francés, fue con una prostituta que no lo dejó besarla. Los besos, le explica Luc a Kate, cuestan extra y no tuvo dinero suficiente para gozar de este acto. Ella dice entender perfectamente dicha norma ya que “un beso es algo muy íntimo. Uno probablemente se podría abstraer o desconectar de todo lo demás, pero no de un beso… Los labios de dos personas, su aliento, un pedazo de su alma. Lo que quiero decir”, nos explica Kate, “es que en el beso se concentra todo el romance…”. Y sí.

La evolución del beso

El beso en las películas de Hollywood ha ido evolucionando, rompiendo récords y explorando las múltiples facetas de este ritual. El primero que vemos en la gran pantalla es el de un corto que data de 1896 conocido como El beso o El beso May Irwin. En esta cinta de aproximadamente 47 segundos, los actores May Irwin y John Rice reprodujeron para las cámaras de Thomas Edison el besuqueo que se daban en su exitosa obra de Broadway La viuda Jones.
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El honor de uno de los primeros, si no es que el primer beso abiertamente lujurioso y sensual lo tienen Greta Garbo y John Gilbert en la película El demonio y la carne (Flesh and the Devil) de 1926. Los protagonistas se encuentran en un jardín, sentados en una pequeña banca en plena noche, iluminados por la luz de un solo cerillo que ella sopla y apaga antes de que él pueda prender el cigarro que estaban a punto de compartir. Él entiende esta señal como una invitación a besarla y se dan uno de los primeros besos pasionales en la historia de Hollywood. El primer beso en posición horizontal también es entre Garbo y Gilbert en esta misma película, pero lo hacen sobre un chaise-longue, ya que dárselo en una cama hubiera sido un exceso. Cabe señalar que los dos encuentros en esta cinta son adúlteros, lo que sin duda añadió a la emoción que sintió el público al ver a estos glamorosos personajes que, además, en la vida real tuvieron un tórrido romance mientras filmaban la película.

La primera cinta en ganar el Oscar de Mejor Película, Alas (Wings) de 1927, es también la primera en mostrar un beso entre dos hombres. El beso se lo da un joven piloto en la Primera Guerra Mundial, Jack (Charles Rogers), a su amigo de infancia y compañero de vuelo, David (Richard Arlen), quien yace moribundo después de haber sido derribado su avión. Si bien no se trata de un beso explícitamente sexual, la forma en que el uno acaricia al otro, deslizan sus dedos por su cabellera y se ven a los ojos, hace al espectador dudar si estos dos jóvenes no son algo más que buenos amigos y camaradas en armas.

El primer beso entre dos mujeres involucra a Marlene Dietrich, vestida de esmoquin y con sombrero de copa, en la película Marruecos (Morocco) de 1930. Dietrich, quien interpreta a una cantante de cabaret, está en pleno acto cuando ve entre el público a una joven y bella mujer con una flor en el pelo. Después de pedirle permiso, toma la flor, la huele y le planta un besote de agradecimiento en la boca, para después aventársela a un joven y apuesto soldado de la Legión Extranjera, interpretado por Gary Cooper, que le aplaude con gran entusiasmo.

El primer beso interracial entre un hombre blanco y una mujer negra lo vemos en Una isla al sol (Island Under the Sun) de 1957, mientras que el primer beso entre un hombre negro y una mujer blanca se da una década después en la película Adivina quién viene a cenar (Guess Who’s Comming to Dinner) de 1967. Si bien el romance interracial es el tema central de la película, sólo hay un beso y lo vemos muy brevemente por el retrovisor de un taxi en el que viaja la joven pareja. Es interesante que Hollywood retrató besos entre hombres y entre mujeres muy temprano en su historia, pero no fue sino hasta la segunda mitad del siglo XX que vemos el primer beso interracial, si bien hoy son cada vez más comunes.

El récord del beso más largo siempre lo tuvo la película You’re in the Army Now de 1941, en la que Regis Toomey le da un beso a Jane Wyman que dura poco más de tres minutos. Sin embargo, en la cinta Revuelo en las aulas (Kids in America) de 2005, ya en los créditos finales, de manera planeada por el director para precisamente romper el récord de la película anterior, Gregory Smith besa a Stephanie Sherrin por poco más de seis minutos.

En cuanto al mayor número de besos en una sola película, todo parece indicar que el récord lo tiene Don Juan de 1926. La historia narra la vida de Don Juan de Marana, interpretado por el gran John Barrymore, quien le da 127 besos a las dos actrices principales, Estelle Taylor y Mary Astor, y 64 besos adicionales a distintas actrices secundarias para un gran total de 191, si bien es poco probable que en todos y cada uno de ellos se concentre, como diría Meg Ryan, “todo el romance”.

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El beso como instrumento narrativo

Pero más allá de besos específicos que rompieron récords, los grandes directores de Hollywood, conscientes del poder que tiene este gesto, lo han aprovechado como instrumento narrativo. Quien probablemente mejor explota este ritual en sus películas es el inglés Alfred Hitchcock: lo utiliza para crear una atmósfera, generar tensión y desarrollar su trama, deleitando siempre a los espectadores con sus besos maravillosamente coreografiados. Todas sus películas están plagadas de grandes besos; los vemos en Tuyo es mi corazón (Notorious), La ventana indiscreta (Rear Window), Vértigo (Vertigo) e Intriga internacional (North by North West). Pero la cinta que probablemente sobresale en este sentido es Para atrapar al ladrón (To Catch a Thief, 1955).

Son tres los besos que destacan en esta película. El primero ocurre al inicio de la historia. Grace Kelly y Cary Grant se acaban de conocer en Mónaco. Ella viaja por Europa con su madre, una estadunidense archimillonaria. Él es un famoso ladrón de diamantes ya retirado. Los tres cenan juntos y toda la noche él platica con la madre, sin hacerle el menor caso a la hija, quien no parece estar ni interesada en su atención, ni preocupada por su falta de interés. Al terminar de cenar, Cary Grant acompaña a cada una de las damas a su cuarto de hotel, primero a la madre y después a la hija. Al llegar a su habitación, Grace Kelly, antes de entrar al cuarto, sin haber intercambiado una sola palabra con Cary Grant toda la noche, se da la media vuelta, camina hacia él, coloca uno de sus largos brazos alrededor de su cuello y le planta un beso bien dado. Al terminar, lo ve fijamente a los ojos unos segundos y, sin decir nada, entra a su cuarto y cierra la puerta, dejándolo afuera. Grant voltea a la cámara y sonríe. Es la sonrisa de alguien a quien le pasan este tipo de cosas todo el tiempo, pero no por ello lo deja de apreciar y es blazé al respecto. Al contrario, ni lo presume ni lo vuelve arrogante; simple  y sencillamente lo divierte y despierta  su curiosidad.

El segundo beso clave en Para atrapar al ladrón ocurre al día siguiente de su primer encuentro en la cena. Grace Kelly invita a Cary Grant a un picnic y se lo lleva a las afueras de Mónaco en un pequeño coche deportivo que ella conduce a toda velocidad. En el camino le dice: “He estado esperando todo el día que menciones el beso que te di ayer en la noche”. Él le contesta: “No sólo lo disfruté, sino que quedé maravillado por tu eficacia y eficiencia al dármelo”. Ella replica: “Bueno, soy una persona que no le gusta andarse con rodeos”. Llegan al lugar del picnic, Kelly saca la canasta con la comida, ve fijamente a Grant y le pregunta si prefiere muslo o pechuga (“Would you like a leg or a breast?”). Él la ve de arriba abajo tratando de decidir y le contesta: “Tu escoge”. Cuando ella mete la mano a la canasta, Grant la toma del brazo, la jala hacia él, se besan y empieza el “picnic”.

El tercer gran beso de Para atrapar al ladrón tiene lugar la misma noche del picnic en la suite en la que se está quedando el personaje de Grace Kelly. Con el pretexto de ver los juegos artificiales sobre la bahía de Mónaco planeados para esa noche, ella lo invita a su cuarto con la intención de hacerle confesar que él es el famoso ladrón de joyas. Para tentarlo, se pone un precioso vestido strapless blanco y un espectacular collar de diamantes. Sentada en un sofá en la penumbra, su cara invisible en la oscuridad pero su decolletage iluminado por la luz de la luna, Kelly le dice a Grant: “Aun en esta luz sé qué es lo que tus ojos no pueden dejar de ver”. Y sin duda Grant tiene la mirada fija en lo que, con precisión y buen gusto, ilumina la luna. Grant se sienta en el sofá y Grace Kelly le dice: “Míralos… Tócalos… Diamantes… Lo único en el mundo que no puedes resistir”. Toma la mano de quien ella supone es el famoso ladrón de diamantes, besa cada uno de sus dedos y pone el collar en la palma de sus manos. “¿Alguna vez te han hecho una mejor oferta?”, le pregunta. “Nunca me han hecho una oferta más loca”, le contesta. “Sólo busco satisfacerte”, ella responde. “Pero tú sabes tan bien como yo que este collar es falso”, él le revira. “Pero yo no”, le dice ella de inmediato, se besan, hay un corte y vemos por la ventana unos fuegos artificiales espectaculares sobre la bahía que se quedan cortos frente a los que sin verlos sabemos explotan dentro de la habitación.

La importancia del beso en Hollywood llega a un nivel tal que en algunas películas este ritual es, en cierto sentido, el motor de la historia. Una película que claramente muestra esta dinámica es Lo que el viento se llevó (Gone With the Wind, 1939). La historia avanza de beso en beso y el romance entre el terrible capitán Rhett Butler (Clark Gable) y la tremenda debutante Scarlett O’Hara (Vivien Leigh), se puede contar a través de sus muchos y diferentes besos. Todo empieza cuando se ven por primera vez en Tara, la plantación de la familia de Scarlett. No se conocen, pero Rhett se queda viendo a Scarlett mientras sube las escaleras con una amiga. Ella le pregunta a su compañera, supuestamente escandalizada pero en realidad halagada, intrigada y emocionada: “¿Quién es ese tipo?… Me ve como si supiera cómo me veo desnuda”. Después de esta observación, que ocurre en los primeros minutos de la película, el espectador sabe que tarde o temprano estos dos se darán un buen beso. Y así sucede y la locación de este primer encuentro es perfecta. Están en la cima de una colina, con la puesta del sol a sus espaldas. Rhett, a punto de irse a pelear a la guerra, se echa un discurso más cursi que un pastel de boda: “Tienes frente a ti”, le dice, “a un soldado sureño que te ama, que quiere sentir tus brazos alrededor de él, que quiere enfrentar al enemigo armado con la memoria de tus besos. No importa que no estés enamorada de mí Scarlett. Eres una mujer parada frente a un soldado que parte rumbo a su muerte; ármalo con la bella memoria de uno de tus besos. Bésame Scarlett, bésame una sola vez”. Rhett la besa y Scarlett lo cachetea.

Este primer beso arranca una larga historia de todo tipo de besos (y cachetadas) entre estos dos personajes, ya que a lo largo de la película nuestra heroína insiste en casarse sin estar enamorada y en estar enamorada de la persona equivocada. Uno de estos besos ocurre tras la muerte y velorio del segundo esposo de Scarlett. Rhett la agarra y le dice: “Te casaste primero con un niño y luego con un viejo. ¿Por qué no lo intentas ahora con alguien de tu edad que sabe complacer a las mujeres?”. Scarlett, si bien le brillan los ojitos, le dice que está loco y que además sabe que ella siempre estará enamorada de alguien más. Pero Rhett la toma en sus brazos y le da un beso pasional. Ella protesta y dice que se desmayará, pero él contesta: “Eso es lo que quiero. Quiero que te desmayes. Estás hecha para ser besada y ninguno de los tantos tontos que has conocido te han besado de esta forma, ¿no es así?”. Y Scarlett, una vez más, lo cachetea, pero queda claro que habrá más intentos de seducción a lo largo de la película.

Diálogos sobre besos

En las películas de Hollywood encontramos no sólo todo tipo de besos que le dan un cierto ritmo a las cintas de este barrio de la ciudad de Los Ángeles, sino también grandes diálogos al respecto entre personajes que se besan, están pensando en besarse o se acaban de besar. Está, por ejemplo, la maravillosa escena en Lo que el viento se llevó en la que Scarlett O’Hara ya por fin decide darle un beso voluntariamente al capitán Butler y, conforme a protocolo, cierra los ojos, se para de puntitas, se pone flojita y pone los labios de piquito. Pero Rhett, justo antes de besarla, se detiene y le dice: “Abre los ojos y mírame. No, creo que no te daré un beso, aunque desesperadamente necesitas que te bese. Ése es tu problema. Eres una mujer que necesita ser besada y mucho, y por un hombre que sabe cómo”. La suelta, toma su sombrero y se va, dejando a Scarlett frustrada y resentida por haberse perdido lo que hubiera sido, no obstante sus dos matrimonios, su primer beso de verdad.
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Otro gran diálogo ocurre en La emperatriz escarlata (The Scarlet Empress, 1934), película en la que Marlene Dietrich interpreta a Catalina la Grande de Rusia. La joven emperatriz se encuentra en un granero junto con el conde Alexei que se convertirá en uno de sus amantes. Con un bonche de paja que sostiene frente a sus labios como protección, Catalina lo medio amenaza y medio incita diciendo: “Si te acercas, gritaré”. El joven conde le va quitando cada una de las pajas de entre sus labios, una por una, con enorme delicadeza, como si fueran palillos chinos y, al final, antes de besarla, le dice: “Te será más fácil gritar sin paja entre tus labios”.

Finalmente, uno de los más famosos diálogos sobre besos es el de la comedia romántica La bella y el campeón (Bull Durham, 1988). El diálogo es entre Kevin Costner, un veterano cátcher del equipo de beisbol de los Toros de Durham, y Susan Sarandon, una groupie que se autoimpone como misión seducir a cada joven estrella que llega al equipo. Estos dos personajes debaten acaloradamente sobre sus distintas y contrastantes filosofías de vida. Costner, después de enlistar todas las cosas en las que cree en un largo y mojigato sermón, remata con la famosa frase: “Y creo también en besos largos, lentos, profundos, suaves y mojados que duran tres días”. Y con esa frase se despide educadamente de mano de Sarandon, dejándola más que curiosa sobre estos besos en los que tanto cree Costner.

Variables que explican un gran beso

Si bien no hay duda de la importancia que tiene el beso en Hollywood y no hay película que salga de ahí que no los presuma, hay de besos a besos y no todos los que vemos son buenos o igual de bien logrados. Por ello, vale la pena preguntar, ¿qué es lo que hace de un beso en la pantalla grande un gran beso? Hay varios elementos que son importantes y que se pueden clasificar bajo dos rubros. Primero, variables directamente relacionadas con el beso en sí, lo que se podría denominar su infraestructura. Estén en la película que estén, los vea quien los vea, estos besos funcionan. Segundo, variables que tienen que ver con la película en general que crean un contexto que afecta y potencia los besos que vemos y los transforma en algo mucho más poderoso de lo que uno esperaría sin tan sólo se fijara en el acto en sí. Se trata de lo que rodea este ritual y que se podría designar como la superestructura del beso.

Infraestructura del beso. Por lo que toca a la infraestructura, hay tres elementos que son clave. El primero está relacionado con la mecánica del beso, es decir, con cómo se llega al encuentro y cómo se ejecuta este acto. Se trata, en pocas palabras, de lo que se podría llamar la coreografía del beso. Si bien no hay una fórmula preestablecida que siempre funciona, y tanto besos tímidos y torpes, como agresivos y diestros pueden ser igual de exitosos, como espectadores nos fijamos y reaccionamos ante varios aspectos de la maniobra como la expresión de los actores antes, durante y después del beso; dónde colocan las manos; el tono de su voz si es que hay diálogo; la postura de los personajes involucrados, si están parados, sentados, contra la pared, o acostados; su respiración y pulso; y sobre todo su mirada y labios. También importa quién le da el beso a quién, él a ella, ella a él, o el uno al otro. Son precisamente estos distintos aspectos de la mecánica de un beso que nos permiten calificarlo como espontáneo, pasional, sensual, profundo, arrebatado, tímido, entusiasta, exploratorio, largo, lento, suave, mojado, etcétera.

Un ejemplo de un beso con una coreografía impecable es el que ocurre entre Ingrid Bergman y Cary Grant en Notorious, película de 1946 dirigida por Alfred Hitchcock. El beso en cuestión es una maravillosa secuencia de aproximadamente tres minutos en la que Bergman y Grant se dan por lo menos 14 besitos. La escena inicia cuando ambos entran al cuarto de hotel de él a media tarde y Bergman no puede dejar de tocarlo, abrazarlo y olerlo. Después de un primer beso en el balcón, Grant hace una llamada telefónica, pero aunque se encuentra colgado del teléfono y se mueve por toda la habitación mientras habla, ella no se le despega y sus rostros siempre están a milímetros el uno del otro. La cámara, y por tanto el espectador, también está a milímetros de sus caras, participando en este lento baile, besando primero a uno y luego al otro y finalmente a los dos. Es un verdadero ménage à trois que le dio al público, dijo alguna vez Hitchcock, el enorme privilegio de besar a Ingrid Bergman y a Cary Grant.
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Un segundo elemento de gran importancia relacionado con la infraestructura del beso tiene que ver con la química entre los personajes o actores que se besan. Hay parejas que sacan tantas chispas en la pantalla que es necesario verlos con máscara de soldador. La mayoría de las veces es el resultado de una buena actuación, pero en ocasiones se da una verdadera química en la vida real entre los actores que el director reconoce y aprovecha. Está el caso, por ejemplo, de Humphrey Bogart y Lauren Bacall y, más recientemente, el de Angelina Jolie y Brad Pitt. Pero el más famoso ejemplo de este tipo de química en la vida real que se ve reflejado en la pantalla es el de Greta Garbo y John Gilbert en la película El demonio y la carne. Al final de una escena particularmente pasional entre los dos actores, el director Clarence Brown, impresionado por la intensidad de lo que vio, no gritó “corte”, sino que discretamente le hizo señales a su equipo para que dejaran de filmar, se retiraran del estudio y le dieran algo de privacidad a los actores. Después de un buen rato, Brown le mandó a la joven pareja algo de beber y comer, ya que llevaban encerrados dentro del set más de dos horas.

Al mismo tiempo, una gran actuación nos puede engañar por completo en este sentido y producir lo que parece ser química cuando en realidad no hubo ni la más mínima atracción. Un buen ejemplo de ello son todos los besos que se dan Vivien Leigh y Clark Gable en Lo que el viento se llevó. Estos dos actores se caían muy mal, Leigh se quejaba del mal aliento de su coestrella y Gable habló siempre pestes tanto de su colega como de lo que consideraba una vulgar e inconsecuente chick-flick. Sin embargo, su actuación es tan buena que uno incluso llega a pensar que seguro estos dos tuvieron un apasionado romance durante la filmación de la película.

Un tercer elemento relacionado con la infraestructura del beso es el contexto inmediato en el que se da esta maniobra. La narrativa del beso, lo que ocurre antes y después, así como el momento en la historia en que se realiza el acto, son clave para imprimirles significado y por ello el cine es un medio ideal para explorar este gesto. Aquí, por ejemplo, encontramos el típico “primer beso” entre una pareja y el igual de típico “último beso”. Otro momento narrativo clásico para un gran beso es el “reencuentro” y un buen ejemplo es el que se dan Humphrey Bogart e Ingrid Bergman ya en la ciudad de Casablanca después de que Ilsa había dejado a Rick, un año antes, plantado en la estación de tren de París sin explicación alguna. Se trata de un beso profundamente melodramático en el que el contexto es fundamental. Al llegar a Casablanca y reencontrarse con Rick, Ilse se debate entre su amor por él y la lealtad y cariño que siente por su esposo, Víctor Lazlo y la noble causa que éste defiende. Ilse está dispuesta a hacer lo que tenga que hacer para conseguir los documentos que su esposo necesita para escapar de Casablanca rumbo a Lisboa y de ahí a Estados Unidos, donde podrá seguir, ya en libertad, su lucha contra los nazis. Una noche, mientras Lazlo se reúne en secreto con miembros de la resistencia, ella va en busca de Rick con el propósito de obtener, a como dé lugar, los valiosos documentos. Primero apela a su amistad y patriotismo, luego le ruega que por favor le entregue las visas que necesitan para poder salir de la ciudad. Pero al fracasar esta estrategia, pistola en mano y con una lágrima solitaria que resbala por su mejilla izquierda,  lo amenaza de muerte a menos de  que le entregue los documentos,  papel o plomo. Segundos después, la vemos exhausta, en brazos de Rick,  besándolo apasionadamente y jurándole amor eterno.

Cabe señalar que el contexto incluye no sólo el momento en la historia en el que se da el beso, sino también el diálogo alrededor de este gesto, como por ejemplo los maravillosos soliloquios de Rhett Butler antes de cada uno de sus besos en Lo que el viento se llevó. Asimismo, la fotografía es de gran relevancia para generar un ambiente propicio para este ritual. Un buen ejemplo es el beso en silueta que se dan Annette Bening y Warren Beatty en Bugsy de 1991. Son los años 1940, la época dorada de Hollywood, y Bugsy Siegel (Warren Beatty), un joven y guapo gángster, llega a la ciudad de Los Ángeles donde conoce a Virginia Hill (Annette Bening), una actriz de medio pelo que, sin embargo, es mortalmente sexy. Se encuentran en un set totalmente vacío y los vemos sólo en silueta. Sus sombras se van acercando poco a poco y él, algo nervioso, no deja de hablar. “¿Sueles hablar tanto antes de hacerlo?”, le pregunta ella. “Sólo hablo tanto antes de matar a alguien”, le contesta y se dan un beso que sella el destino de ambos.

Besos bajo la lluvia. Un contexto que Hollywood utiliza con frecuencia para este ritual y que merece un trato aparte es el beso bajo la lluvia. Hay varias razones que explican por qué los directores y guionistas recurren una y otra vez a la lluvia para enmarcar este acto. En primer lugar, el agua en sí es algo sensual y el ver correr agua por la cara y cuerpo de alguien lo es más. Además, la ropa mojada pegada al cuerpo, y más a los cuerpos a los que nos tiene acostumbrado Hollywood, es algo erótico. Y claro, hay que quitarse la ropa mojada para no resfriarse. Y esperar desnudo hasta que se seque. Y hacer algo para calentarse mientras la ropa se seca.

Sin embargo, la principal razón de por qué el beso bajo la lluvia se ha convertido en un clásico tiene que ver con otra cosa que se vuelve evidente si nos preguntamos: ¿qué hace la gente cuando empieza a llover? La respuesta es obvia, sale corriendo en busca de un techito para refugiarse mientras la lluvia pasa. Uno debe tener una excelente razón para quedarse parado en pleno aguacero, sin moverse, empapándose. Y qué mejor razón que un beso. La idea básica que transmite el beso bajo la lluvia es que la pareja está tan enamorada o apasionada, disfrutando tanto lo que está haciendo, que ni se da cuenta o no le importa que esté lloviendo. Y por ello Hollywood utiliza una y otra vez la lluvia como contexto para este acto en sus películas.

Un buen ejemplo es el beso entre Charlie (Hugh Grant) y Carrie (Andie MacDowell) en Cuatro bodas y un funeral (Four Weddings and a Funeral, 1994). Al final de la película, después de las cuatro bodas y el funeral, Charlie sigue soltero (y vivo). Tiene un encuentro más con quien claramente es el amor de su vida, Carrie, y esta vez no la deja escapar. Sale corriendo tras ella, la alcanza y los dos parados bajo la lluvia se besan mientras Grant le declara su amor eterno. “Crees que una vez que pasemos algo de tiempo juntos, ¿aceptarías no casarte conmigo? ¿Y crees que no estar casada conmigo podría ser algo que considerarías hacer el resto de tu vida?”, le pregunta Charlie a Carrie. La respuesta de ella es inmediata: “Sí”, se vuelven a besar y vemos relámpagos y escuchamos truenos. Después del beso Charlie observa que está lloviendo y ella contesta “¿Está lloviendo? No me había fijado…”.

Otro maravilloso ejemplo es el beso de “reencuentro” que se dan el joven Salvatore y la bella Elena en un cine al aire libre en Cinema Paradiso de 1998. Mientras los habitantes del pequeño pueblo ven la película en una plaza junto a la bahía, Salvatore recostado con los ojos cerrados, harto ya del verano, el calor y su soledad, se pregunta: “¿Cuándo terminará? En una película ya hubiera terminado. Habría un fade-out y un corte a una tormenta. Sería maravilloso”. Y en ese momento se escuchan truenos, el cielo se nubla, caen unas gotas, se aparece mágicamente Elena quien le devuelve la vida y la esperanza con un beso, empieza una tormenta y la gente corre mientras ellos permanecen recostados a la orilla del mar besándose bajo la lluvia.

Dentro de la categoría de besos bajo la lluvia encontramos un subgrupo que vale la pena distinguir: el beso en plena tormenta. Comparte muchos de los elementos del beso bajo la lluvia, pero añade un elemento adicional: el beso como una fuerza de la naturaleza, algo incontrolable que asombra y también asusta. Aquí la idea es la de una pasión imposible de contener, una fuerza primordial que arrastra a la pareja, ante la cual no pueden más que rendirse. Un beso lleno de peligro ya que sin duda puede ser algo destructivo, pero es algo inevitable. Un buen ejemplo es el que se dan John Wayne y Maureen O’Hara en El hombre quieto (The Quiet Man, 1952). Este beso tiene lugar en un antiguo cementerio en el remoto pueblito irlandés de Innisfree. La pareja se encuentra bajo un árbol y el cielo amenaza con una tremenda tormenta. Ella le explica a él que falta mucho para que se puedan dar un beso, primero él tendrá que cortejarla, después ya podrán andar en público pero con chaperón y manteniendo cierta distancia, luego vendrán reuniones y fiestas a las que podrán acudir juntos y así un largo etcétera. Pero él dice que no puede esperar y ella sin el menor titubeo concuerda. Se abrazan y se besan y simultáneamente estalla una tormenta con truenos y relámpagos. En pleno cementerio se dan un beso lleno de vida, empapados e indefensos ante la furia de su pasión que, como la tormenta, los rodea y atrapa.

Superestructura del beso. Además de los elementos relacionados a la infraestructura del beso, están los vinculados a su superestructura, es decir, elementos relacionados con la película en su totalidad que influyen en cómo apreciamos los besos específicos que vemos a lo largo de la cinta y que también ayudan a explicar su calidad.

Un primer factor tiene que ver con la estructura de la película. Hay historias que están diseñadas para culminar con un beso, lo que en automático lo convierte en un gran beso. Se trata de una fórmula clásica en Hollywood: los protagonistas se conocen, se enamoran, se pelean como resultado de un malentendido, se reencuentran y sellan su amor eterno con este ritual al final de la película.

Una cinta que sigue esta fórmula al pie de la letra es la comedia romántica Jamás besada (Never Been Kissed, 1999). Josie (Drew Barrymore) es una periodista encubierta que, haciéndose pasar por una adolecente, se inscribe en una prepa para hacer un reportaje sobre la vida de los estudiantes. Ya en la escuela, se enamora de Sam (Michael Vartan), su profesor de inglés, quien también se enamora de ella. Pero al tratarse de una alumna y menor de edad, Sam se controla y no hace nada. Al final de la película sale publicado el artículo en el que Josie, apenada por la forma en que engañó a su profesor y torturada por lo que siente por Sam, termina su relato con una promesa: antes de iniciar el partido por el campeonato estatal de beisbol, se parará en el montículo del pítcher, esperando que se aparezca su “maestro” de inglés para pedirle perdón y si la perdona le dará un beso, su “primer beso de verdad”. Sam, por supuesto, se aparece en el estadio al último minuto, camina rumbo al montículo donde está Josie y se dan un beso que detona una epidemia de besos por  todo el estadio, mientras escuchamos “Don’t Worry Baby” de los Beach Boys por el altavoz.

Un segundo factor que influye en cómo reaccionamos a los besos que vemos en una película tiene que ver con su género. Hay historias tan románticas que transforman cualquier beso en un gran beso. Son besos que deseamos y esperamos ansiosamente como espectadores. Un ejemplo es el primer beso que se dan Jerry (Tom Cruise) y Dorothy (Renée Zellweger) en Jerry Maguire de 1996. La primera vez que salen a cenar juntos en un date, Jerry pasa por Dorothy y ella se aparece en un vestidito negro que le queda espectacular. Al verla Jerry, totalmente cautivado por su belleza y elegancia, le dice: “Ese no es un vestido… ¡Es una película de Audrey Hepburn enterita!”. Después de esa maravillosa frase y un gran primer date, el beso que se dan en la puerta de la casa de Dorothy al regresar de su velada se transforma en un gran beso, en parte porque lo vemos ya con Audrey Hepburn y Gregory Peck revoloteando en nuestra cabeza.

Finalmente, un tercer factor relacionado con la película en su totalidad que ayuda a elevar la calidad de cualquier beso tiene que ver con el carisma y encanto de los actores. El que ellos y los personajes que interpretan nos caigan bien, hacen de cualquier beso un mejor beso. Un buen ejemplo son los que se dan Anna Scott (Julia Roberts) y William Thacker (Hugh Grant) en Un lugar llamado Notting Hill (Notting Hill, 1999). Se trata de una historia de cenicienta inversa. Ella es una gran estrella de cine, guapa, rica y famosa, que lo único que quiere es una vida normal. Él es dueño de una pequeña librería en Londres y lo único que le puede ofrecer es, precisamente, una vida normal. En la película hay dos buenos besos. El primero es repentino e inesperado. William se tropieza en la calle con la famosa actriz y como resultado del choque le tira encima un jugo de naranja completito. Apenado, le ofrece cambiarse en su casa que está en la zona. Ella acepta, entra, se cambia (había ido de compras y tenía una bolsa con ropa nueva) y antes de partir, mientras se despiden en la puerta, ella le planta un beso rápido, espontáneo, repentino e impulsivo, que lo deja maravillado y ella se ve también sorprendida por su audacia y contenta con el resultado. El segundo beso se lo dan ya en su primer date, en un pequeño jardín al que logran entrar después de treparse con gran dificultad por una reja. Una vez adentro William dice: “¿Qué diablos hay en este jardín que hace que valga la pena el haber trepado esta barda?”. Anna se le acerca y le da un beso y William de inmediato dice: “Qué bonito jardín…”. Estos besos en sí no son ninguna maravilla, pero el gran carisma de estos dos actores los convierte en grandes besos.

Clasificación

Todas estas variables, tanto las que tienen que ver con el beso en sí como las relacionadas con la película en general, las ha aprovechado y combinado Hollywood a lo largo de los años para crear un sinnúmero de grandes besos. Como resultado, Hollywood nos ofrece el mejor catálogo de besos en el mundo. Los tiene todos y tiene tantos que es necesario clasificarlos, ya que si algo queda claro después de ver Casablanca (1942) es que un beso no es sólo un beso. Hay por lo menos cuatro categorías básicas: el pedagógico, el romántico, el cachondo y el pasional. Además, existen subgrupos dentro de estas categorías que vale la pena destacar.

Beso pedagógico. Si bien el beso que expresa amor sensual y deseo carnal es único al ser humano, todos tenemos que aprender esta maniobra y Hollywood, junto con su catálogo de besos, incluye un manual de usuario para iniciar a cualquiera en este rito. Al igual que muchos aprendieron a fumar observando con detenimiento a Humphrey Bogart o Bette Davis, también muchos descubrieron cómo besar viendo a Clark Gable o Rita Hayworth. Por ello, no sorprende que una categoría común de besos en las películas de Hollywood es la del “beso pedagógico”, donde él le enseña a ella o ella a él y, más recientemente, él a él o ella a ella.

El más famoso ejemplo dentro de esta categoría es el beso entre los personajes centrales en Por quién doblan las campanas (For Whom The Bell Tolls, 1943). Robert (Gary Cooper) es un joven idealista que pelea de lado de los republicanos contra las fuerzas de Franco durante la guerra civil en España. María (Ingrid Bergman) es una inocente campesina a quien rescata el personaje de Cooper. Ella, agradecida, con ojos llenos de admiración y deseo, le dice: “No sé besar o te besaría. ¿Dónde van las narices? Siempre me he preguntado dónde van las narices”. Él le da un beso demostrativo, algo apresurado, para que registre la posición de aquel órgano. Ella, satisfecha, responde: “Veo que no estorban en lo absoluto. Siempre pensé que estorbarían”. Y para verificarlo, ahora ella le da un beso a él y orgullosa de haber adquirido esta nueva habilidad, le dice: “Mira, ya aprendí”. Pero al percatarse que Gary Cooper parece estar algo desconcertado, la joven e inexperta María duda de qué tan bien aprendió la lección y le pregunta: “¿Lo hice mal?”. Para demostrarle lo bien que lo hizo Robert la toma en sus brazos y le da un besototote. Más que disgustado, Robert estaba perturbado por la belleza e inocencia de María y preocupado por las implicaciones de iniciar un romance en plena guerra civil.

Otro ejemplo de “beso pedagógico” es el que ocurre entre Sarah Michelle Gellar y Selma Blair en Juegos sexuales (Cruel Intentions, 1999), una adaptación de la novela Les Liaisons Dangereuses de Laclos ubicada en épocas modernas en la ciudad de Nueva York. Katharyn Merteuil (Sarah Michelle Gellar) es una manipuladora y amoral niña rica de la vida mundana neoyorkina, que decide arruinar la reputación de la inocente Cecille (Selma Blair) enseñándole cómo besar, si bien no queda nada claro por qué esto destruirá la reputación de alguien. Se dan dos besos, recostadas en el pasto en el Central Park de Nueva York en los que Gellar le explica y muestra a Blair, paso a paso y con lujo de detalle, qué hacer y cómo hacerlo, y ambas quedan, junto con todos los espectadores, encantados con la clase.

Beso romántico. Este es un beso con narrativa, cuenta una historia y forma parte de un cuento. Por lo general, marca el principio o fin de algo y suele ser el primer beso de muchos más o el último que se podrá dar una pareja. Se trata muy seguido del típico “beso de cenicienta” que lo transforma todo, que da vida a una nueva vida. Si bien el beso en sí y el contexto inmediato importan, es sobre todo la historia que rodea el encuentro que hace de este gesto uno romántico.

Un ejemplo es el que se dan Richard Gere y Debra Winger al final de Reto al destino (An Officer and a Gentleman, 1982). Los personajes interpretados por estos dos actores se convierten en amantes desde el inicio de la cinta y a lo largo de la película no hacen más que besarse, pero son todos besos pasionales y cachondos, ninguno de ellos es romántico. Sin embargo, después de que truenan como pareja, vestido en su elegante uniforme blanco de oficial de la Marina, Richard Gere va a la fábrica en donde ella trabaja, la sorprende, abraza y carga, todo el tiempo dándole besos y más besos —los primeros románticos que se dan— y se la lleva en brazos mientras todas las trabajadores de la fábrica aplauden y en el fondo escuchamos la canción “Up Where You Belong” de Joe Cocker. Y nos queda claro que vivieron felices el resto de sus días, sin duda gracias a que no dejaron de darse besos (cachondos, pasionales y románticos).

Otro gran beso romántico es el que le da Grace Kelly a James Stewart en La ventana indiscreta (Rear Window, 1954). Con la pierna rota, el personaje de Stewart se encuentra dormido en su silla de ruedas frente a la ventana en su pequeño departamento de Nueva York. Vemos la sombra de una persona que se acerca poco a poco y, al ser una película de Hitchcock, nos asustamos un poco, para descubrir segundos después de que se trata de Grace Kelly, quien se agacha y lo despierta con un beso. La cámara enfoca ambas caras y centra el beso que, si bien es breve, es profundo y sensual. Él despierta y ve a la mujer más bella del mundo —que además es su novia— agachada sobre él, viéndolo con unos ojos llenos de amor y deseo. Ella, con una sonrisa algo traviesa, le hace una serie de preguntas que él contesta: “¿Cómo está tu pierna?”. “Me duele un poco”. “¿Tu estómago?”. “Vacío como una pelota de futbol”. “¿Y tu vida amorosa…?”.
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Un tercer beso romántico maravilloso es el que se dan Harrison Ford y Melanie Griffith en Secretaria ejecutiva (Working Girl) de 1988. Tess McGill (Melanie Griffith) es una secretaria en un banco de inversión que estudia finanzas por las noches, ya que aspira a convertirse algún día en una exitosa financiera. Durante un viaje de esquí, su jefa se rompe la pierna y queda varada en cama por varias semanas lejos de Nueva York. Tess aprovecha su ausencia para hacerse pasar por una ejecutiva del banco e inicia el proceso de fusión de dos grandes empresas de medios con la ayuda de Jack Trainer (Harrison Ford), otro banquero de inversión. Para Jack, inicialmente se trata de un negocio más y ve a Tess como colega, si bien reconoce que tiene, como ella misma lo define, “una buena cabeza para los negocios y un cuerpo hecho para el pecado”. El beso en cuestión ocurre al salir de una exitosísima reunión con su cliente en la que cierran, para efectos prácticos, la fusión. Tess y Jack van bajando unas elegantes escaleras de mármol ya de salida, cargando sus portafolios, todo tipo de documentos y sus gabardinas. Ambos están felices por los resultados obtenidos en la junta. Ella camina unos dos pasos delante de él, pero de repente se da cuenta que ha dejado de bajar las escaleras. Tess voltea para ver por qué se ha detenido y ve a Jack que la ve a ella. Es una mirada de gran intensidad. Jack claramente está experimentando una epifanía: frente a él tiene no sólo a una gran cabeza para los negocios, como claramente lo demostró Tess en la junta de la que acaban de salir, ni un mero cuerpo diseñado para el pecado, como lo revela el ajustado trajecito sastre que trae puesto, sino sobre todo, a unos cuantos escalones de distancia, está parada la mujer más maravillosa del planeta, la mujer de su vida. Jack suelta portafolio, papeles y gabardina, desciende medio mareado pero maravillado los tres escalones que lo separan de Tess, la toma en sus brazos y le da un beso que dura toda su vida.

Cabe mencionar un subgrupo, si no es que perversión, del beso romántico que se le da a Hollywood con gran facilidad, el beso cursi. Un claro ejemplo es el que se dan Kate Winslet y Leonardo Di Caprio en la proa del Titanic en la película del mismo nombre de 1997. Este beso lo tiene todo. La puesta del sol es de película; los protagonistas son unos jóvenes tan guapos que bien podrían ser estrellas de cine; hay gran química entre ellos; es un amor prohibido no sólo porque ella está comprometida, sino también por pertenecer a diferentes clases sociales; viajan en el Titanic, por lo que su amor tiene las horas contadas; y se encuentran en la proa del barco más grande del mundo que avanza con autoridad y arrogancia en dirección del Nuevo Mundo en donde todo es posible, incluso el amor entre personas de distintas clases sociales. Sin duda se trata del beso más cursi en la historia de Hollywood.

Beso cachondo. Este es juguetón, travieso, impulsivo y sensual. Se trata de un beso espontáneo, de coyuntura, sin un largo preámbulo, ni narrativa que lo explique o lo justifique, y del que nadie espera nada; es puro antojo. Un beso que puede o no resultar en una gran pasión o romance, pero que por lo pronto es algo sabroso y, en ese sentido, irresistible. Se trata de una especie de beso chatarra, delicioso pero no nutritivo.

En la película El amor llamó dos veces (The More the Merrier, 1943) hay un buen ejemplo de este tipo de beso entre Jean Arthur y Joel McCrea. Ambos viven en el mismo edificio y, supuestamente, son amigos y sólo amigos, ya que ella está comprometida. Un día, mientras caminan rumbo a casa, ella no deja de platicar de su prometido, mientras él le ajusta su chal, la toma del brazo y pone su mano sobre su hombro descubierto. Sin hacerle caso, pero sin detenerlo, ella sigue hable y hable de su futuro esposo, cada vez más nerviosa. Él no deja de tocarla y  de darle pequeñas caricias. Ella le enseña su anillo de compromiso y él acaricia su cuello. Ella habla de la madurez y sensatez de su prometido y él responde con un beso ya sentados en los escalones a la entrada de su edificio. Ella se queda inicialmente paralizada,  pero segundos después voltea y lo agarra de la cabeza para darle un beso aún más feroz y hambriento. Al dejar de besarlo, un poco asustada, se para y le dice muy formalmente: “Buenas noches, Sr. Carter”, y él responde: “Buenas noches, Srta. Milligan”.
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Un segundo buen ejemplo de un beso cachondo es el que se dan Karen Allen y Harrison Ford en Los cazadores del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981). Él está todo golpeado en el camarote en un barco después de uno de sus muchos encuentros con algún maloso y ella lo está tratando de curar. El problema es que lo toque donde lo toque, él dice que le duele. Desesperada ella le dice: “Por Dios, Indy. ¿En dónde no te duele?”. Medio enojado, él señala la única parte de su cuerpo que no le duele, su codo izquierdo. Ella besa su codo izquierdo. Indy se da cuenta de que este procedimiento puede funcionar a su favor si avanza con precaución y, señalando su frente, le dice que tampoco le duele. Ella le quita cuidadosamente el sobrero y le da un beso en la frente. Entonces él señala su párpado derecho y dice que tampoco le duele. Ella lo besa. Luego, algo titubeante, le dice que tampoco le duelen sus labios y ella, una vez más, lo besa en el lugar señalado. Los demás besos ya no los presenciamos; hay un corte y vemos el barco alejarse por alta mar en lo que será una larga y curativa travesía para Indiana Jones.

Otro gran beso cachondo, éste entre dos mujeres, es el que se dan Laura Elena Harring y Naomi Watts en la película Mulholland Drive de 1991. Rita (Laura Elena Harring) es un voluptuosa y sensual femme fatale que sufre de amnesia. Betty (Naomi Watts) es una güerita más inocente que el helado de vainilla, recién llegada a Hollywood. Las dos comparten una cama y Rita, al acostarse, inocentemente le da un beso a Betty en la frente y le dice “Buenas noches dulce Betty”. Betty le contesta “Buenas noches” y le da un beso, pero en la boca y empieza una sesión de besos exploratorios. Rita de repente se detiene y le pregunta a Betty si ha besado a una mujer antes. Algo apenada, pero ávida de continuar con el experimento, le contesta que no y a su vez le pregunta si ella lo ha hecho antes. Rita, quien tiene amnesia, lo piensa y con una sonrisa traviesa le dice: “No sé…”.

Un último ejemplo de un beso cachondo es el que se dan Kirsten Dunst y Tobey Maguire en El hombre araña de 2002. Después de rescatar heroicamente a Mary Jane Watson (Kirsten Dunst) de las garras de su enemigo, el Hombre Araña (Tobey Maguire) la deposita en un lugar seguro. Ella, emocionada tanto por el peligro que vivió como por el rescate audaz, respira con rapidez. El Hombre Araña cuelga bocabajo, suspendido por su telaraña, con la cara a centímetros de la de ella. Al tratarse de un superhéroe enmascarado, ella no tiene ni la más mínima idea de quién está tras el disfraz, por lo que el beso será con un perfecto desconocido. Él está cubierto de un material tan pegado al cuerpo que bien podría estar desnudo. Ella, empapada por la lluvia, tiene la ropa pegada al cuerpo y luce espectacular. Él, al estar suspendido de su telaraña que agarra con ambas manos, se encuentra indefenso e inmóvil, atado. Ella aprovecha esta situación para deslizar levemente su máscara hasta descubrir sus labios, lo cual, al tratarse de un superhéroe enmascarado, equivale ni más ni menos, que a desvestirlo. Ya “desvestido”, ella lo besa con abandono y alegría, convirtiendo a este superhéroe en un simple mortal.

Beso de femme fatale. Un tipo de beso cachondo que vale la pena destacar por separado es el de la femme fatale, una de las grandes invenciones de Hollywood. Se trata del beso de una mujer, ya sea mala o caída en desgracia, con la que no puede ni debe haber futuro. Son mujeres misteriosas, seductoras, sin escrúpulos, manipuladoras y vampiresas que van tras la sangre de su víctima, armadas con grandes e irresistibles encantos físicos. Desde Theda Bara en A Fool There Was de 1915 hasta Sharon Stone en Bajos instintos de 1992, pasando por Mary Astor en El halcón maltes de 1941, Lana Turner en El cartero siempre llama dos veces de 1946 y Rita Hayworth en Gilda también de 1946, las femme fatales nos han dado algunos de los mejores y más divertidos besos en la historia del cine. Por lo general son besos que ellas les dan a ellos. Son besos egoístas, peligrosos e incluso en ocasiones destructivos; desesperados o tramposos, cuya química es corrosiva.

Uno de los primeros y más famosos de este tipo de besos en la historia de Hollywood es el que le da la vedette Lulu, interpretada por la inolvidable Louise Brooks, a su benefactor en la película La caja de Pandora (Pandora’s Box) de 1929. La insaciable, caprichosa y libertina Lulu está en su camerino con el Dr. Schon (Fritz Kortner), un rico empresario, ya mayor y algo panzón, que está obsesionado con la joven actriz. Ella hace un tremendo berrinche, se pelean, Lulu lo golpea y muerde, pero pasan del pleito al beso, justo cuando se abre la puerta y entra la prometida del Dr. Schon, una jovencita inocente de buena familia, quien los ve desconsolada. Lulu la voltea a ver con una sonrisa cruel que muestra su intención de bajarle el novio, y no por estar enamorada sino por aburrimiento, porque es lo que una hace si una es una femme fatale.

Otro gran beso de femme fatale es el que le da Lauren Bacall a Humphrey Bogart en Tener y no tener (To Have and Have Not, 1944). Marie es una joven y bella cabaretera sin rumbo y sin preocupación alguna en la vida. Steve es un viejo y cínico capitán de barco que bebe de más. Marie se asoma al cuarto de Steve y le pregunta si tiene un cerillo, pero se lo dice de tal forma y con una mirada que queda claro que quiere mucho más que un simple fósforo. Poco después se aparece con una botella, entra al cuarto de Steve y le dice: “Sabes, no eres tan difícil de leer. Sólo a veces me confundes, pero la mayor parte del tiempo sé exactamente lo que vas a decir”. Se sienta en sus piernas y le da un beso. Bogart, sin alterarse, le pregunta: “¿Por qué hiciste eso?”. Ella le contesta: “Curiosidad, ganas de ver si me gustaba”. “¿Cuál es el veredicto?”, pregunta Steve. “No sé”, le contesta Marie, le da otro beso y al terminar le dice: “Es aún mejor cuando ayudas”. Satisfecha su curiosidad, Marie se levanta y deja el cuarto del capitán, pero antes de salir se voltea y desde la puerta le dice: “Conmigo no tienes que actuar o pretender Steve. No tienes que decir nada y no tienes que hacer nada. Absolutamente nada. Bueno, tal vez chiflar. Sí sabes chiflar, ¿verdad, Steve? Tan sólo juntas tus labios… y soplas”.

Un ejemplo más de un beso de femme fatale es el que ocurre entre William Hurt y Kathleen Turner en Fuego en el cuerpo (Body Heat, 1981). Ella es una mujer casada y él un joven abogado soltero. Claramente hay una atracción y después de un encuentro supuestamente accidental en un restaurante, con las peores intenciones él le ofrece un aventón a ella. Al llegar, parados frente a la puerta de entrada, ella le pide que por favor se vaya ya que su marido no está y dice sentirse débil, incapaz de resistir sus avances. Hurt parece hacerle caso, pero después de dar unos cuantos pasos da media vuelta y regresa para toparse con la puerta ya cerrada y ella parada tras una enorme ventana de vidrio como en escaparate. Ella se rehúsa a abrir, pero se queda parada a plena vista, humeante. Él empieza a caminar de arriba a abajo frente a la ventana y de repente agarra una silla de jardín, la avienta contra la enorme ventana que se rompe en mil pedazos, entra y la devora a besos con el pleno consentimiento y la ayuda de Kathleen Turner. El pobre de William Hurt piensa que él es el depredador, que él es el que la besa, pero se trata de un beso provocado y orquestado por Kathleen Turner y totalmente bajo el control de esta tremenda femme fatale. Y así le va a Hurt en el resto de la película.

Beso pasional. Este es un beso desesperado, sediento, resultado de una total y absoluta pérdida de control, en el que pasado y futuro dejan de importar. Se trata del beso como una fuerza de la naturaleza que, con el poderío de un huracán, arrasa con todo.

Un claro ejemplo es el que se dan Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en el restaurante La Belle Aurore el día en que entran los alemanes a París en la película Casablanca. Hay un primer beso justo cuando se escuchan a distancia los cañones alemanes. Ilsa se sorprende y dice: “¿Fueron cañones o es mi corazón que late?”. Está totalmente abrumada por la situación, ya que para entonces sabe que su esposo, Víctor Lazlo, está vivo por lo que tendrá que dejar a Rick, el gran amor de su vida. Desesperada le dice: “Te quiero tanto. Y odio este mundo tanto. Es un mundo loco. Cualquier cosa puede pasar. Si por alguna razón no pudieras escapar, si algo nos mantuviera separados, en donde quiera que estés y donde me encuentre yo, quiero que sepas….”. Y lo empieza a besar totalmente intoxicada por sus propios sentimientos que ya no puede controlar, al mismo tiempo que le dice, le ruega: “Bésame, bésame como si fuera la última vez”.

Un gran beso pasional es el que se dan Keira Knightley y James McAvoy en Expiación, deseo y pecado (Atonement). Ella es una niña bien, lo suficientemente echada a perder. Él es un niño inteligente, obediente y bien portado, hijo del jardinero que, gracias a los padres de ella, recibió la mejor educación posible. Los dos han crecido juntos y queda claro que estamos a punto de presenciar la explosión y consumación de un deseo que lleva años alimentándose y creciendo. La casa está llena de invitados debido a una elegante cena, pero la pareja se encuentra sola en la biblioteca. Ella viste un espectacular vestido verde con la espalda totalmente descubierta, que da la sensación de que si uno le soplara se desintegraría como un diente de león. En la penumbra, rodeados de libros cerrados, sin palabras de por medio, pero con miradas que lo dicen todo, él la prensa contra un librero con una brusquedad que muestra su incapacidad de controlar la pasión que siente por ella y la besa. Parte de lo que hace este encuentro un gran beso es el hecho de que ocurra en una biblioteca, un espacio donde supuestamente reina la mente y el cuerpo se olvida, y donde el silencio debe ser total; un contexto ideal para un beso pasional, secreto, reprimido, muy inglés.

Un beso pasional entre dos hombres es el de Heath Ledger y Jake Gyllenhaal en Secreto en la montaña (Brokeback Mountain, 2005). Dos jóvenes vaqueros, Jack y Ennis, se enamoran y tienen una apasionada relación mientras cuidan el ganado en un lugar remoto en las montañas de Wyoming. Cuatro años después de ese primer encuentro, ambos vaqueros están ya casados, pero Jack, al no poder olvidar aquel romance en las montañas, va en busca de su viejo compañero. Llega a su casa, lo recibe Ennis en la puerta y Jack lo agarra, se lo lleva a un rincón apartado, lo empuja contra la pared y, pensando que están fuera de vista, se besan apasionadamente, dando vuelo a sentimientos y deseos embotellados durante años. La esposa de Ennis sin querer los ve y, sorprendida por un nivel de pasión que desconoce en su esposo y apenada por la intensidad del beso, se da la media vuelta y desaparece dentro de la casa.

Otro gran beso pasional es el que se dan Rachel McAdams y Ryan Gosling en Diario de una pasión (The Notebook, 2004). Se trata del típico amor imposible que siempre es un buen punto de partida para un beso pasional. Allie (Rachel McAdams) es una chica de sociedad de 17 años que pasa el verano en la casa de campo de la familia. Noah (Ryan Gosling) es un joven de 19 años que trabaja en el aserradero del pueblo donde ella veranea. Inician un romance, pero la familia de ella, preocupada por la intensidad de su relación y la juventud de la pareja, pero sobre todo por la pobreza de Noah, los separa. Varios años después, justo antes de la boda de Allie con un joven y apuesto muchacho, hijo de una rica y distinguida familia sureña, los viejos amantes se reencuentran. Ella se entera que Noah compró una casona abandonada que a ella siempre le gustó y que la remodeló exactamente como ella le había dicho aquel lejano verano que le gustaría que quedara. Allie lo visita en esta casa donde Noah vive solo. Él la invita a remar en una lanchita por el lago que está frente a la casa y la lleva a un rincón que en esa época está lleno de patos, todos blancos. Su conversación hasta ese momento ha sido civilizada e inconsecuente, y si bien ha sido cariñosa, ninguno ha tocado el tema que a ambos los consume: ¿qué diablos pasó con su gran amor? Remando de regreso, se desata una tremenda tormenta. Al llegar al pequeño muelle frente a la casa, ella se baja y empieza a caminar rumbo a la casa en busca de refugio, pero se detiene, da la media vuelta y furiosa le pregunta a gritos por qué no la buscó, por qué no le escribió, por qué no insistió. Él le contesta que sí le escribió, que le escribió 365 cartas, una diaria durante todo un año (nos enteramos después que las cartas fueron interceptadas por la madre de Allie). Noah, a su vez, le dice que su historia nunca terminó y que aún no ha terminado. Ambos empapados, corren el uno hacia el otro y se besan apasionadamente sobre el muelle y bajo la tormenta.

Un subgrupo de beso pasional que merece un trato aparte es el brusco o maltratado. Un gran ejemplo es el primer beso que se dan Maureen O’Hara y John Wayne en El hombre quieto. En un pequeño pueblo en Irlanda, Sean Thorton, un boxeador ya retirado, llega a su casa y se topa con la joven y guapa campesina, Mary Kate, quien de metiche husmeaba en su cabaña. Ella sale corriendo, pero antes de lograr escapar, él la toma del brazo, la jala, le da una vuelta de bailarina, le tuerce el brazo tras su espalda, la dobla y le da un besote, mientras el viento sopla alborotando la maravillosa melena pelirroja de Maureen O’Hara. Al terminar de besarla, ella trata de darle una cachetada, pero él esquiva el golpe. Ella sale furiosa, pero antes de irse se voltea, lo agarra con ambas manos por la cabeza y ahora sí no falla y le planta un besote que noquea al gran boxeador. Se trata de un beso profundamente físico y dramático, mitad ballet mitad lucha libre. Se trata de una fórmula particularmente eficaz de organizar la mecánica del beso por una sencilla razón: muchas mujeres quieren ser sorprendidas y sometidas por una pasión incontrolable, una pasión que se desborda, le gana a los buenos modales y protocolos, lo inunda todo.

Traslapes. Cabe señalar que, obviamente, puede haber un cierto traslape entre tipos de besos. Un beso puede ser simultáneamente pedagógico, romántico, pasional y cachondo, como lo es el primer beso que se dan Faith (Marisa Tomei) y Peter (Robert Downey Jr.) en Sólo tú (Only You). Al mismo tiempo, sí es posible que una pareja se dé un beso pasional sin que éste sea romántico ni cachondo, como por ejemplo el beso que le da Mike (James Stewart) a Tracy Lord (Katharine Hepburn) en Historias de Filadelfia (The Philadelphia Story, 1940). Todos sabemos que Tracy, en el fondo, está enamorada de su ex esposo C.K. Dexter Haven (Cary Grant), si bien cree que está enamorada de George Kittredge (John Howard). Mike, por su lado, está enamorado de su colega Miss Imbrie (Ruth Hussey) por más que sienta una enorme atracción por la socialité Tracy Lord. Sin embargo, con la guardia baja como resultado de tomarse unas copas, Tracy y Mike aprovechan el momento y se dan un beso sin duda con pasión, pero no es ni romántico —ambos están enamorados de alguien más— ni cachondo —los dos están demasiado borrachos.

Asimismo, puede haber besos románticos que no son ni cachondos ni pasionales, como el beso que se dan Meg Ryan y Tom Hanks al final de la película Tienes un e-mail (You’ve got mail, 1998). Se trata de un beso entre dos grandes amigos que descubren, poco a poco, que están enamorados. Después de una larga y tortuosa historia, más que pasión hay un gran alivio al descubrir que este sentimiento es recíproco. El beso que por fin se dan es torpe y algo tímido, pero son precisamente estas características, dada la historia, lo que lo hace aún más romántico.

El beso tiene una larga historia en la gran pantalla a nivel mundial, pero son las películas de Hollywood las que mejor exploran y aprovechan este ritual. Se suele decir que este condado de la ciudad de Los Ángeles es una “fábrica de sueños” y su principal materia prima son los besos. Hollywood y el beso van de la mano, hasta en Rocky hay besos. El beso es Hollywood.

Precisamente, por su enorme importancia en la historia del cine, el beso ha sido festejado de manera explícita por distintos directores. Probablemente, el homenaje más famoso es el de Cinema Paradiso en la escena en la que Salvatore, ya grande y convertido en un famoso director, ve el rollo de película que le dejó al morir su viejo amigo y mentor, Alfredo. Se trata de un collage de todos los besos que fueron censurados por el cura de su pueblo natal a lo largo de los años y cuidadosamente guardados, pegados y editados por Alfredo. Es un maravilloso montaje de beso tras beso, que ilustra la importancia de este ritual para el cine y en la vida real. El beso, según Guy de Maupassant, “es inmortal. Va de boca en boca, de siglo en siglo, de edad en edad”. Es justamente esta inmortalidad y su viaje a través del tiempo que captura esta famosa escena de Cinema Paradiso. Y tiene el impacto que tiene sobre el espectador porque todos atesoramos nuestro propio collage de besos de la gran pantalla, además de que el lenguaje del beso es uno que todos hablamos con fluidez, en parte gracias a las clases que hemos recibido en el cine.

Alguna vez dijo Marilyn Monroe que “en Hollywood te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma”. Se trata, probablemente, de algo injusto, pero por los besos que uno puede ver en la gran pantalla no sólo ha sido dinero bien gastado, sino que además le han salido baratos sus besos a Hollywood.

Javier Tello
Analista político.

 

15 comentarios en “Besos. En la radiante oscuridad del cine

  1. Beso al escritor. Admiradora poco juiciosa que saludo conmucho entusiasmo en Plaza Altavisa

  2. Pero faltó el mas mexicano de todos los besos, el “beso del diablo” que dan todos los políticos y uno más el beso de judas que dan los “malosos” en todas partes. Por lo demás es un artículo pedagógico respecto a los besos de pelicula, la clasificación de los besos es ecertada. Saludos.

    • Buen artículo. Lástima que no considera para nada la historia del cine mexicano. Solo existe el cine de Hollywood ?

  3. Muy buen articulo Sr. Tello, me gustaría me confirmara si se puede, si cierto es que Germán Valdez “Tin Tan”, el mítico comediante, tiene el record en México, de ser el actor que mas mujeres ha besado en la pantalla. Saludos

  4. Faltó uno de los besos más históricos en pantalla, el primer beso interracial en Star Trek

  5. Un gran texto, ojalá haya parte 2, pero que también aborde el cine más allá de Hollywood. Y por cierto, hay un error, Cinema Paradiso es de 1988, no de 1998 como menciona el autor.

  6. Recuerdo haber visto a Javier Tello hablar sobre esto mismo en un programa con Julio Patán, en Final de Partida. ¡Qué bueno que lo profundizó con este ensayo!

  7. Excelente trabajo. Honestamente lo admiro porque es con personas como usted con quienes es un placer conversar.

  8. Me encanto su artículo, no creí que existieran tantos tipos de besos y lo importantes que son para el cine. Admiro la manera que tiene para expresar cada uno de ellos.

  9. Me gustó mucho el artículo. Gracias. Me llamó mucho la atención que abordara este tema cuando lo vi en el programa Final de Partida y luego cuando mencionaron que había publicado un artículo en esta revista. No imaginé que el analista político también analizara “la política de los besos”. Bueno, es natural al humano. Gracias, nuevamente.