El mundo intelectual del medioevo frecuentemente nos evoca imágenes grises de monjes inclinados sobre sus escritorios dispuestos a copiar y glosar voluminosos manuscritos de los grandes autores latinos del pasado, inmersos en la atmósfera fría y densa del scriptorium monástico, iluminada y calentada por la frágil luz de una vela. En efecto, no es raro encontrarse en los manuscritos medievales con notas marginales donde el escriba expresaba su frustración y molestia: “Tengo mucho frío”, “Gracias a Dios dentro de poco se hará de noche”, “¡Ay mi mano!”, “¡Por fin he completado todo, por el amor del cielo, denme un trago!”.

Verba scripta, o las palabras escritas, ocupan sin duda un lugar predominante en el panorama cultural e intelectual del mundo latino medieval. Orden, disciplina y ética del sacrificio personal en nombre del conocimiento son las consignas que forjaron la rigurosa dimensión cultural del mundo latino en ese periodo. Los escritos valiosos de autores griegos y latinos del mundo clásico se heredaron a la posteridad gracias al asiduo trabajo de escribas y copistas medievales.

Pero esta parte de la historia intelectual del medioevo, desde luego, es ya bien conocida y está bien narrada, tanto en el mundo académico como en otras obras de divulgación histórica. Por eso, este artículo no trata de esa historia que ya conocemos bien, sino de aquello que hasta ahora ha quedado en la oscuridad, en lo desconocido, o lo escasamente estudiado. Aquí me gustaría guiar al lector fuera de las celdas densas y frías de los monasterios medievales para introducirlo en un mundo exótico, impregnado de perfumes fragantes y colores vivaces;  el mundo variopinto de la España árabe de la corte del Emirato, primero, y el del Califato de Córdoba poco después: un mundo que llegó a representar la verdadera raíz de una nueva mentalidad científica en Europa.

Como bien se sabe, el mundo árabe entra en la península ibérica a partir del año 711. La riqueza, diversidad y originalidad de la ciencia cultivada por los árabes en al-Ándalus (es decir, la parte de la península ibérica que se mantuvo bajo el control árabe) atraen desde muy pronto la curiosidad de los estudiosos latinos. De hecho, es a partir de la primera mitad del siglo X que se empiezan a filtrar importantes innovaciones matemáticas y astronómicas desde al-Ándalus hacia el mundo latino. Entre estas innovaciones resulta particularmente importante el astrolabio —un instrumento astronómico de gran utilidad práctica para múltiples funciones, que van desde el nivel de cálculo y predicción de la posición de la luna, el sol, los planetas y las estrellas, hasta la medición de la altura y cálculo de horóscopos—, que se filtra al mundo latino desde la España árabe a partir del último cuarto del siglo X.

Este nuevo conocimiento, totalmente ajeno y desconocido en el mundo latino, se absorbe y explora en Europa gracias a un curioso proceso de asimilación y digestión. Podemos echar mano de una metáfora útil e imaginar a la Europa de este periodo como un gran organismo, donde España cumple la función de la boca mientras Francia la del estómago. Continuando con la metáfora, podríamos afirmar que una enorme cantidad de alimentos exóticos, “picantes” e indigeribles para la cultura latina medieval, entraron por al-Ándalus, es decir, por la boca de nuestro hipotético organismo, ya desde el siglo IX.
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La Europa latina absorbió al menos una parte de estos alimentos, pero solamente en virtud de un complejo proceso de “digestión” y “neutralización” de aquellos aspectos que habrían resultado indigestos, o incluso dañinos para la cultura latina de dicho periodo. Fueron los importantes centros monásticos franceses de Micy, Fleury y Chartres los que se encargaron del proceso de digestión y transformación del nuevo conocimiento. Este proceso consistió en intentar poner por escrito una práctica astronómica que originalmente no existía en forma codificada. Así, se eliminaba la novedad “indigesta” neutralizando el nuevo conocimiento astronómico de origen árabe según el estándar epistemológico de referencia en el mundo latino de la época: una avanzada práctica astronómica se transformó de esta manera en verba scripta.

Pero, ¿en qué consistía esta práctica astronómica “exótica” y cómo es que sin un complejo trabajo de “digestión” habría resultado nociva e indigerible para la cultura latina de este periodo? La España islámica a partir del siglo IX no sólo recibió una nueva forma de cultura y ciencia, sino también una nueva modalidad de aprendizaje y un nuevo uso de dicha cultura. En este mundo el conocimiento, lejos de invertirse en una profunda dimensión ética y religiosa, como en el caso de la cultura monástica latina, generalmente se percibía como un bien de lujo e incluso una fuente de recreación.

Las fuentes árabes nos hablan de una corte del califa de Córdoba cuya vida cultural era extremadamente enérgica y efervescente. De hecho, la corte califal de Córdoba está poblada de qiyan, es decir, muchachas esclavas cantantes que se adiestraban no sólo en la música y el canto, sino también en medicina, filosofía, astronomía, astrología y matemáticas —aquello que los árabes llamaban “la ciencia de los antiguos”. Dichas qiyan no servían exclusivamente de concubinas; sus funciones también incluían entretener con cantos, discursos eruditos, cálculos astronómicos y pronósticos astrológicos a los nobles y aristócratas que frecuentaban la corte califal de Córdoba.

La ciencia y el conocimiento se utilizaban entonces como bienes de lujo, entretenimiento y recreación, proporcionados por muchachas jóvenes y encantadoras principalmente para uso y consumo de la nobleza andaluza. Existen testimonios de la época que afirman cómo los eruditos y estudiosos que orbitaban alrededor de la corte de Córdoba incluso adiestraban a algunas de estas esclavas en medicina, astronomía, astrología y matemáticas para después ponerlas a la venta. Sabemos, por ejemplo, que Ibn al-Katt-an, el médico del califa al-Hakam II, acostumbraba adiestrar a sus jóvenes esclavas en astronomía, medicina, lógica y astrología para después venderlas en una suma en torno a los tres mil dinar. De hecho, la corte de Córdoba se poblaba de los más variados personajes, uno de los cuales fue el famoso erudito y polímata Abu l-Hasan ‘Ali IbnNafi’ (789-857), conocido con el apodo de Ziryab (pájaro negro), quien fue el primero en establecer una etiqueta de corte a Córdoba y en transformar a esta ciudad en la capital de la moda en Europa.

Este conocimiento de origen árabe no estaba codificado ni cristalizado en las páginas áridas de los manuscritos: estaba vivo, y se usaba, se saboreaba, se vendía y se apreciaba como un bien de lujo. Por ejemplo, la ciencia astronómica en al-Ándalus no estaba representada por la antigua astronomía clásica romana, muerta desde hacía siglos y momificada en las páginas de Boecio, Marciano Capella, Macrobio o Calcidio. Tampoco se cultivaba en la atmósfera mohosa del scriptorium medieval, sino que se practicaba al aire libre, bajo la luz de las estrellas, y a menudo con el apoyo de instrumentos astronómicos como el astrolabio, que muchas veces se utilizaba para hacer horóscopos y otras investigaciones astrológicas.

El mundo cultural de al-Ándalus a partir del siglo IX no se construyó con base en las páginas marchitas de los manuscritos medievales, en las cuales se intenta salvar el conocimiento ya difunto de los griegos y romanos; sino que es un mundo hecho de muchachas jóvenes que deleitan a su público con disquisiciones astronómicas, de ingenieros creativos que construyen máquinas admirables, de médicos y eruditos que llenan de vitalidad a su propio conocimiento y lo vuelven activamente funcional para la construcción del esplendor de la corte cordobesa.

Este elemento de conocimiento vivo, destinado a la recreación, donde la dimensión ética y moral de la cultura medieval latina está completamente ausente, era precisamente el elemento indigerible que sería neutralizado en la laboriosa tarea de transcripción y “neutralización” llevada a cabo por los monasterios franceses a partir de mediados del siglo X. El germen de esta nueva forma de cultura, sin embargo, se mantendrá de algún modo presente incluso en el producto transformado y “metabolizado” por los latinos a partir del siglo XI, y será la causa de un lento proceso de cambio cultural que culminará, muchos siglos más tarde, en aquello que comúnmente conocemos como la revolución científica europea.

Marco Zuccato
Profesor-investigador de la División de Historia del CIDE. Se especializa en la historia intelectual del mundo mediterráneo durante la Edad Media.

Traducción del italiano de Sara Hidalgo.

 

Un comentario en “El monje y la joven esclava cantante

  1. Me parece extraordinario el relato, porque si en aquella época era común la práctica del esquema dueño y esclavo, pero en este caso la esclava era culta y adiestrada, cambiaba completamente su cosmovisión, nunca he estado de acuerdo con la esclavitud, pero si a estas niñas las iban a vender y sabemos obviamente para que, con esta opción de adquirir conocimientos sólo o exclusivos a la clase alta y por género a los caballeros de la época, ellas estaban en mejor posición de ser valoradas como mujer, como erudita en varias materias y como musas de los sabios de la época.