El amor en los tiempos del sida
Hay una bella casa en Cartagena que mira al mar abierto por sobre la muralla que cierra el centro histórico de la ciudad. El salitre y la intemperie han devorado los vanos de sus puertas y los marcos de sus ventanas, pero no ha sido posible reponerlos porque el carpintero se ha esfumado y nadie sabe dónde encontrarlo.
Lo busca mucha gente, en realidad, desde su pleito a muerte con su hija por causa de los celos y del sida. Sucede que la hija tenía un novio a quien el padre miraba mal por el sólo hecho de mirarlo del brazo de su hija. La animadversión por el yerno se volvió odio cuando el carpintero supo que el yerno vivía con otro. Es decir, que no sólo tenía tratos conyugales con su hija sino que vivía en federación conyugal con un reconocido amante de su propio sexo.
El odio del carpintero se tornó furia homicida al propagarse por el vecindario la noticia de que el amasio de su yerno binario había contraído un sida como un barco, y por tanto el yerno estaba en riesgo de tenerlo también, y por tanto quizá lo tuviera también la hija venerada por el carpintero con pasión que iba más allá de la paternidad.
Para salir de dudas, la hija, de sólo dieciocho años pero de condición serena y decidida ante la adversidad, acudió a la clínica a practicarse un examen de sida. Salió de la clínica absuelta del mal, pues no lo había contraído. Corrió a decirlo al padre, para absolverlo de su furia, y al novio, para llevarlo a la clínica a que se practicara el mismo examen, pues había la posibilidad de que tampoco hubiera sido contagiado, como sucede a veces entre amantes con sida.
Pero los dados se habían jugado ya. El carpintero agraviado, loco de celos y ahogado por la deshonra, había cortado y muerto a su yerno ambidiestro con un cuchillo de partir cebollas. Lo había muerto en secreto, sin testigos ni descuidos, y así lo había confiado a la hija en busca de su amorosa complicidad. Pero la hija había mirado de frente a su corazón, había decidido que su amor por el novio ambidiestro era mayor que su infidencia de género y que el amor de su padre, y había procedido de acuerdo con su temple radical.
Es decir, había denunciado al padre, que se había dado a la fuga, probablemente hacia las islas despobladas de donde era originario, y por eso era imposible encontrarlo ahora, para que arreglara los vanos y los marcos que él mismo había puesto, con mano recta y firme sin igual, en la bella casa frente al mar acerado de Cartagena, donde lo echaban tanto de menos.
Héctor Aguilar Camín