Diario de Cartagena I

Los fantasmas de Giovanna

La actriz Giovanna Mezzogiorno es la belleza mediterránea que encarna a Fermina Daza en la película de El amor en los tiempos del cólera. Durante la filmación en Cartagena, le fue ofrecida una casa remodelada del centro histórico de la ciudad, con su encanto intacto de muebles viejos, muros encalados y balcones de madera.

Al placer diurno de hospedarse en un recinto con sabor a historia recobrada, siguió un desaguisado nocturno de casa vieja llena de fantasmas. No sabemos si Giovanna durmió tarde, sola, sobria o alborozada esa primera noche de su estancia en Cartagena.

Sabemos que a medio dormir la despertaron unos ruidos de alas pendencieras, y luego unos gorgoreos de reunión secreta. Más tarde unos chillidos turbadores. Aguzó el oído entonces, y los oyó: rumiaban en la sombra cosas guturales e ininteligibles.

No es difícil imaginar la mirada azul de Giovanna Mezzogiorno, hipnótica y radiante, hay que decirlo, como el mar al mediodía, fija de horror en la noche de los ruidos cartageneros.

A la mañana siguiente agradeció la hospitalidad recibida y se mudó a un hotel, diciendo que en la casa había ruidos y algo más. La casa, conocida y habitada de sus dueños por largas temporadas, no había dado nunca que decir respecto del silencio apacible de sus muros.

Y aunque era verdad que llevaba unos meses deshabitada, para entregarla a Giovanna había sido sometida a una minuciosa reparación de muescas, barnices y descoloramientos. Rechinaba de nueva en su soberbia vejez.

A los anfitriones les entró el gusano y fueron a rebuscar. Nada raro encontraron en una primera búsqueda, ni en una segunda, y se disponían a pasar la noche ahí para que nada faltara en sus investigaciones, cuando al abrir un armario sin uso en el altillo decorativo, oyeron un ruido, y luego otro y un gorgorito.

Voltearon el armario para descubrir que cubría un ventanillo roto, olvidado de años, y que tenía también rota la espalda a la altura de una cajonera. Al acercarse a mirar por el hoyo les salió a mirar un búho desmañanado, con todas las trazas de mal humor que pueden caber en el cabecear y el aletear de un búho.

Pudieron mirar suficiente para saber que el búho cuidaba a su búha en la cajonera donde la búha criaba a dos buhítos. Y eran este búho responsable que salía por la noche a traer comida, y esta búha con sus crías que la comían en alegre cónclave, los que habían espantado la noche de la mágica Giovanna, en la medianoche mágica de Cartagena.

Héctor Aguilar Camín

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Publicado en: Sólo en línea