Una luz de celular que se movía a ritmo de una estridente música era lo único que se distinguía dentro de una pequeña bodega en la que esperaba escondido Juan Manuel, un delgado joven de 18 años que una semana antes había desertado del cártel de Los Caballeros Templarios para unirse a la autodefensa de Aguililla.
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Con la cabeza inclinada y desviando la mirada El M-3, como le apodaron Los Templarios, salió con sigilo de su guarida. Llevaba un rifle AK-47 en un brazo pegado al cuerpo, el arma le tapaba parte de la cara e iba protegido con un chaleco antibalas, dos bandoleras llenas de municiones le cruzaban el pecho; cargaba también a la vista dos radios, una pistola 9mm y un cuchillo.

Esa noche Juan Manuel estaba drogado y contó que empezó a andar con Los Templarios cuando era sólo “un huache” de 13 años. Lo primero que le encargaron fue vigilar a militares, haciendo el trabajo de puntero, después ascendió a pistolero por tres mil pesos mensuales. Dice que “ellos mataban a sus enemigos siempre amarrados”.

“Mis tíos me decían, ‘salte de ahí’. Yo andaba trabajando para allá donde La Tuta, para allá abajo, me iba para Arteaga y luego a Tumbiscatío”, pero “me les pelé, allá dejé mis cosas; yo ya sabía de este pedo de los comunitarios”, narró esa madrugada en una casa de seguridad que había sido abandonada por integrantes del cártel, quienes en su huida dejaron armas, automóviles, ropa, enseres domésticos y muchas botellas de alcohol vacías tiradas por la vivienda.

Salieron de ahí el 26 de junio de 2013 cuando un grupo de 60 hombres de Aguililla, donde habitan nueve mil personas, se rebeló contra Los Templarios y decidió arrebatarles el control del pueblo. Estos milicianos, que contaron desde el principio con el apoyo de la Policía Federal, dudaban del respaldo de la población.

En este lugar muchos conocen bien a los líderes de Los Caballeros Templarios, convivieron durante años con ellos. Las “familias están entrelazadas”, reconoció Jorge Vázquez, uno de los fundadores de esta autodefensa que dice ser pariente de Los Valencia, la primera organización criminal de la región.

En esos días Jorge y sus hombres levantaron una barricada en la cima de un monte despoblado para vigilar la localidad rodeada de montañas, que vivía en un ambiente de tensión. Un grupo de policías federales había sido emboscado con saldo de varios uniformados muertos en El Aguaje, un tramo de la carretera que viene de Apatzingán, por el que nadie circulaba y era vigilado sólo por helicópteros oficiales.

Los Caballeros Templarios también utilizaron la protesta social como una de sus armas. Mandaron a sus huestes a hacer una manifestación contra la presencia de la Policía Federal en este pueblo.

Estas manifestaciones sociales resultaban poco creíbles en localidades como Aguililla, en las que no hay una sola sala de cine y las expresiones culturales y sociales son casi nulas.

El día de la marcha templaria unas 600 personas del pueblo se armaron de valor y se fueron a la carretera para unirse a la autodefensa. Con piedras y palos los repelieron. “En ese momento supimos que el pueblo estaba con nosotros”, cuenta Jorge, un hombre blanco de ojos claros, que maneja un nítido discurso y que es capaz de ofrecer entrevistas a los medios extranjeros en inglés y francés, gracias a los años que vivió de migrante en Estados Unidos y en Europa.

La gente del pueblo, que empezó a hacerse de armas, recibió la recomendación de que en caso de un ataque templario dispararan desde techos y ventanas, nunca salir a espacio franco.

La autodefensa de Aguililla no está liderada por ricos rancheros, limoneros o dueños de huertas de aguacate, como en otros pueblos, pero tiene una generosa fuente de financiamiento.

La empresa minera que opera los yacimientos de metal de la localidad les dona dos dólares por cada tonelada que saca de la zona hacia el puerto de Lázaro Cárdenas. Un centenar de góndolas con unas 50 toneladas de metal transitan diariamente por la angosta carretera que va de Aguililla a Apatzingán. Estos dos dólares por tonelada son un poco menos de lo que esta empresa pagaba por derecho de piso a Los Caballeros Templarios.

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Cuando uno logra llegar a Aguililla se entiende porque es considerada el corazón del narcotráfico en Michoacán. Ahí empieza y termina todo en Tierra Caliente.

El halo de montañas que rodea a Aguililla lo convierte en uno de los pueblos más pintorescos de la región y precede a una cadena de montañas que se extienden hasta la costa.

Ahí el Cártel de Los Valencia empezó a sembrar sus cultivos de marihuana y amapola; ahí están muchos de los laboratorios clandestinos que han convertido a Michoacán en la capital mundial de la producción de drogas sintéticas y también en estos áridos cerros, que forman parte de la Sierra Madre del Sur, se ocultan ahora los líderes templarios.

Este pueblo ubicado a unos 900 metros sobre el nivel del mar y rodeado de vegetación, corona el último cerro hasta donde llega la carretera pavimentada; después todo son brechas y caminos de difícil acceso.

En las mesas de las casas todos hablan con familiaridad del Cártel de Los Valencia, la primera organización narcotraficante de Michoacán, cuya familia se mudó a Uruapan, pero que en realidad es de un rancho de la zona. “Todos estaban contentos, había progreso y dinero en abundancia” cuando esta organización sembraba marihuana en las montañas.

En la década de 1980, cuando la demanda de marihuana y cocaína crecía en Estados Unidos, los primos Armando Valencia Cornelio (1959) y Luis Valencia Valencia (1955) emigraron a San José, California. Después de juntar dinero volvieron para comprar tierras y sembrar la droga, cuenta Guillermo Valdés, ex director del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN), en La historia del narcotráfico en México.

Durante su estancia en ese país aprovecharon para hacer los contactos que les permitieran colocar la droga en el mercado estadunidense. Así, los primos Valencia se acercaron a Amado Carrillo El Señor de los Cielos, entonces líder del Cártel de Juárez, para venderle la hierba y lograron que éste les presentara a Alejandro Bernal Madrigal alias Juvenal, un contacto colombiano con el que se iniciarían en el tráfico de la cocaína.

Según cuenta Valdés, Juvenal, quien se había quedado a cargo del Cártel de Medellín tras la muerte de Pablo Escobar, entrenó a los Valencia, les enseñó a mantener un perfil bajo, diferenciándose del ostentoso estilo de vida que acostumbraban llevar los narcotraficantes. Se compraron barcos atuneros de sofisticada tecnología que impedía que fueran rastreados por las autoridades.

En alta mar recogían los cargamentos de coca que enviaban los colombianos, la llevaban al puerto de Lázaro Cárdenas y luego a ranchos donde almacenaban la droga, que después enviaban a Estados Unidos vía Ciudad Juárez. Los Valencia se hicieron de decenas de propiedades en la región e involucraron a un ejército de familiares y amigos para poder lavar dinero depositando pequeñas cantidades en sucursales bancarias por todo Michoacán.

Su estilo austero les permitió operar mucho tiempo sin ser identificados por el gobierno mexicano, hasta que en 1999, alertada por la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA), la Procuraduría General de la República empezó a buscarlos. Armando Valencia fue detenido en 2003 en Guadalajara.

La posición estratégica de Michoacán, con el puerto de Lázaro Cárdenas como gran receptor de precursores químicos y como un importante productor de cannabis y amapola, se convirtió entre 2001 y 2002 en un apetitoso pastel para Osiel Cárdenas, el entonces poderoso líder del Cártel del Golfo, que operaba en el noreste del país desde donde decidió mandar a un grupo de Los Zetas a conquistar la entidad. Esa organización llegó a Michoacán de la mano de Carlos Rosales Mendoza alias El Tísico, compadre de Osiel Cárdenas, ahora encarcelado en Estados Unidos.

Los ánimos expansionistas de Los Zetas terminaron con la voluntad que habían tenido Los Valencia de llevar la fiesta en paz y empezaron a defenderse. Hubo una época en la que Aguililla estuvo sitiada por Los Zetas, la gente del pueblo no podía salir. También en esos años, en una sola calle de Huetamo, una ciudad cercana a los límites de Michoacán con Guerrero, decenas de moños negros fueron colgados en las fachadas de las casas, a causa de tantos asesinatos.

Pero un asunto de amor y traición precipitó las cosas. Inés Hernández Oceguera, quien había sido la mujer de Rosales Mendoza y tenía un hijo con él, se unió a Armando Valencia procreando otro hijo.

Iracundo, El Tísico, también michoacano, se propuso eliminar a Los Valencia, en una confrontación en la que Nazario Moreno alias El Chayo, quien a la postre se convertiría en el gran capo de la región, se alineó con el compadre de Osiel Cárdenas.

Los Zetas expulsaron a Los Valencia y actuaron a sus anchas. El cobro de piso se convirtió en cosa de todos los días, no sólo en el valle de Apatzingán, sino también en la costa y en la región que colinda con Guerrero y el Estado de México. Sin más, expropiaban ranchos y expulsaban a familias enteras de sus propiedades.

La paciencia de los michoacanos duró poco. En octubre de 2004 El Tísico fue detenido en Morelia, entonces El Chayo aprovechó el momento para erigirse como líder de una nueva organización a la que bautizó como La Familia Michoacana.

Moreno, quien también fue por varios años un migrante en Estados Unidos, heredó la extrema religiosidad de El Tísico y envolvió la guerra en un discurso religioso que lo convirtió en el único capo del narcotráfico “al que la autoridad ha observado una faceta de líder religioso”, según la ficha criminal que el gobierno federal difundió en diciembre de 2010, cuando anunció que había sido abatido tras una cruenta batalla de más de 24 horas en la periferia de Apatzingán y cuyo cuerpo nunca fue localizado.

Tres meses antes, la entonces secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton, habló de la violencia que afectaba a México como consecuencia de una “narcoinsurgencia”, en momentos en que se registraban los más altos índices de homicidios relacionados con el crimen organizado en el país. El término sacó ámpulas en el gobierno y en parte de la sociedad mexicana.

Ya a cargo del cártel de La Familia, Nazario Moreno se dedicó a cooptar funcionarios, al trasiego de droga, a la extorsión y a la fabricación de drogas sintéticas. Creó el evangelio de La Familia Michoacana y estableció como regla que los reclutas fueran instruidos en la palabra de Dios con la Biblia, mandando a imprimir miles de estos textos, molesto porque según él éstas no se imprimían en México. Creó centros de rehabilitación e impidió que la droga se vendiera en la región.

En uno de esos eventos masivos en los que él actuaba como líder espiritual, que se celebró el 8 de diciembre en la comunidad rural de Holanda, fue detectado por la Policía Federal, desatándose una feroz persecución que incluyó, según la versión de Los Templarios, a más de 300 policías y unos 30 helicópteros artillados.

Los combates se prolongaron hasta el día siguiente, cuando unas 35 camionetas, incluida la de El Chayo, que traían consigo un fusil Galil de fabricación israelita, fueron interceptadas por 12 helicópteros federales que dispararon contra ellos en la carretera entre Holanda y Apatzingán.

La versión oficial fue que la refriega dejó un saldo de 11 muertos, pero según algunos testimonios de Los Templarios ahí quedaron 32 de sus compañeros fallecidos. El gobierno anunció con bombo y platillos que El Chayo había muerto, pero tiempo después reapareció en el ámbito local y el pasado 9 de marzo, el gobierno federal confirmó que Nazario Moreno murió en un enfrentamiento con elementos de la Marina. Este personaje, que conocía desde la infancia esa sierra como la palma de su mano, había permanecido desde entonces como una leyenda viviente en las montañas.

A los tres meses de su anunciada muerte, los líderes de La Familia se reagruparon y transformaron la organización en una nueva que se dio a conocer con el Código de los Caballeros Templarios de Michoacán, un decálogo de 53 mandamientos en los que se prohíbe el uso de la droga y los secuestros “por dinero”.

También se imprimió y circuló de manera clandestina el libro Palabra de Caballero. Los Caballeros Templarios un movimiento insurgente, escrito por el periodista local Edgardo Morales Shertier, y una autobiografía de Moreno titulada Me dicen: “El Más Loco”.

Los aspirantes a entrar en esta organización se inician en un ritual especial en el que firman con su propia sangre un voto de silencio y un juramento que los obliga por el resto de su vida a respetar el código, de lo contrario dan su consentimiento para que “si falto a mi palabra de honor, ser ejecutado por las armas de los buenos compañeros o ser devorado por las bestias salvajes del bosque”.
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En 2011 se levantaron monumentos en las entradas de los pueblos con un nicho en el que colocaron la estatua de El Chayo, ataviado con capa dorada, faldón, casco y espada medievales, a la que llamaron “San Nazario”.

“Oh señor todo poderoso, líbrame de todo pecado, dame protección bendita a través de San Nazario”, reza la oración que aparece en la parte posterior de una estampa de esta suerte de santo, que aún se pueden comprar por unos pesos en algunas tiendas de la región.

El pensamiento religioso que Moreno dio a la organización se mezcló con la óptica política de izquierda revolucionaria de La Tuta, un maestro que se formó en la normal rural de Arteaga, su pueblo natal, también enclavado en la sierra, donde él ha sido dueño y señor de la zona.

Esta combinación permitió al principio que muchos michoacanos encontraran un sentido para pertenecer a esta organización, que en realidad ha enmascarado sus fines criminales con discursos de liberación de la opresión social y política y que le ganaron una base social, explica el ex director del CISEN.

Indignados por el famoso Michoacanazo del presidente Felipe Calderón contra varios alcaldes de la región, Los Templarios acusaron al entonces gobernador Leonel Godoy de mostrar debilidad ante la federación y en las elecciones de 2012 decidieron quitarle el apoyo al Partido de la Revolución Democrática, que gobernó Michoacán desde el 2000, y apoyaron al candidato del PRI, según los testimonios de muchos integrantes de las autodefensas en el estado.

“Originalmente Los Caballeros hicieron un barrido, acabaron con los secuestros y los ladrones”, pero todo eso se fue degenerando, primero empezaron a cobrar por todo y después empezaron a actuar como un gobierno alterno, dice Jorge Vázquez, autodefensa de Aguililla.

“Los templarios administraban la justicia, si había alguna controversia, algún problema de deuda entre individuos, ya no se iba al ministerio público, se iba con el jefe de plaza para que arreglara la situación”, recuerda Vázquez.

En Aguililla, Los Caballeros Templarios hacían pagar con creces a los que violaban el juramento. Ese fue el caso de Elías Valencia, cuya familia se quedó sin varones a finales de 2012. En la puerta de su casa, que luce completamente baleada, aún cuelga un moño negro.

Elías, pariente de los fundadores del Cártel de Los Valencia, se había unido a Los Templarios, pero a últimas fechas empezó a hacer sus negocios y a irse por la libre. Lo mataron a él y a su padre, a sus tres hermanos, a un sobrino y a un cuñado.

Las familias más adineradas de Tierra Caliente tenían que pagar cada vez más por la cuota que les exigía la organización. Una familia de Tepalcatepec, que se dedicaba a la fabricación de queso, se hartó y decidió no pagar más. Primero fueron por el padre y lo mataron, después por la madre y luego por los hijos. A todos los asesinaron, narró en una ocasión José Manuel Mireles, líder de la autodefensa de ese pueblo, a 64 kilómetros de Apatzingán.

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El aislamiento ha sido la marca histórica de esta región del país que se encuentra sumergida en una depresión geográfica a 500 metros promedio sobre el nivel del mar. Esta olla rodeada de montañas guarda una tierra seca que se mantiene a temperaturas de hasta 50 grados centígrados en la primavera.

El historiador Luis González y González describió a Tierra Caliente como “un estuche de horrores” gracias a la nula transformación de la región durante siglos. En el siglo XIX unos cinco grandes hacendados ejercieron el dominio creando ejércitos particulares contra las rebeliones, los asaltos y contra el gobierno central. El sur de Michoacán fue considerado una zona periférica indomable, en cuyas zonas de difícil acceso en vez de construirse carreteras se hicieron pistas aéreas, que después fueron utilizadas por los narcos.

Salvador Maldonado Aranda, académico de El Colegio de Michoacán, dice que a partir de 1947 el gobierno buscó integrar la región a la economía nacional con la repartición de tierras a los campesinos, se abrieron carreteras y brechas. Se impulsaron programas agropecuarios y se desarrollaron proyectos hidráulicos, hidroeléctricos y metalúrgicos.

Estos proyectos trajeron también un auge para los narcotraficantes que desde esa época eran aventureros que usaban la ruta del Pacífico y los caminos de terracería que sólo ellos conocían para comercializar la droga.

Los calentanos han construido una cultura en la que predominan el individualismo frente al Estado y la familia contra la sociedad, sustentada en un catolicismo exacerbado; en la que el ranchero, que es visto socialmente por encima del indio y el ejidatario, se ubica al margen de la ley, resultado del poco apoyo que ha recibido del Estado, dice el experto.

“Los códigos rancheros han tejido una red de silencio y solidaridad entre quienes cultivan y trafican drogas” y una vez que el narcotráfico se convirtió en parte de la economía y la cultura regionales, la población lo adoptó como un estilo de vida y de movilidad social, concluye el académico.

Los obstáculos y muros que Estados Unidos empezó a poner desde finales de la década de 1980 para la entrada de los migrantes repercutió fuertemente en Michoacán, uno de los estados del país que más remesas recibe, y propició que muchos de los migrantes que iban y venían cada año se quedaran en su tierra y se dedicaran a cultivar la droga.

Altos funcionarios del gobierno han reconocido que Los Caballeros Templarios también explotaban las minas de manera ilegal y exportaban el metal hacia China a través del puerto de Lázaro Cárdenas. Los chinos a su vez les pagaban con los precursores químicos para la fabricación de drogas sintéticas.

El 4 de noviembre de 2013 la Marina Armada de México tomó el control del puerto de Lázaro Cárdenas, la terminal portuaria que más carga mueve en el país.

El discurso del gobierno federal osciló entre declaraciones de que los integrantes de las autodefensas estaban siendo armados por el Cártel Jalisco Nueva Generación y señalamientos del secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, quien aseguró tener la certeza de que los grupos con los que las autoridades tenían comunicación no estaban relacionados con el narcotráfico.

La Tuta ha acusado en diversas entrevistas a las autodefensas de estar financiadas por el Cártel Jalisco Nueva Generación. Los líderes comunitarios aseguran que el presupuesto para comprar armas y mantener al movimiento ha salido de los bolsillos de los dueños de las huertas y de los empresarios que pagaban mucho más al cártel.

El primer año los comunitarios avanzaron lentamente, pero “sin dejar hueco”, animando a cada pueblo a que formaran su propia autodefensa, pero en algún momento el movimiento se desbocó. A finales de 2013 se vino la toma de Tancítaro, Churumuco y Huacana, donde Mireles sufrió el 4 de enero un accidente aéreo que casi lo mata y lo dejó cerca de dos meses fuera del movimiento.

El avance de las autodenfensas empezó a tomar la lógica expansionista de los cárteles del narcotráfico, invadiendo localidades en medio de cruentas balaceras. El 12 de enero la población de Nueva Italia, una comunidad ubicada a media hora de Apatzingán, se encerró a piedra y lodo. Todas las puertas y ventanas estaban selladas, un solo comercio no estaba abierto, ni una gasolinería; los médicos y enfermeras del único hospital del pueblo evacuaron a los enfermos y dejaron solo el nosocomio.

Decenas de camionetas rotuladas y cargadas de hombres armados y en camiseta blanca entraron al pueblo de 32 mil habitantes; al llegar a la plaza fueron recibidos a balazos por los hombres de El Tucán, el jefe de plaza que en medio de la refriega logró huir.

El tiroteo duró más de dos horas, pero el temor de la población se extendió más tiempo, pues las camionetas de los comunitarios, quienes nerviosos fumaban sendos churros de marihuana, recorrían las calles buscando a sus enemigos. En el hombro llevaban unos listones amarillos con vivos verdes, que servían para ser identificados por los militares en caso de toparse con la tropa, que también andaba en el pueblo.

Al caer la noche lentamente los pobladores fueron saliendo de sus casas. Unos 500 llegaron a la plaza y escucharon a Estanislao Beltrán explicar la causa del movimiento. Rápido se convencieron y obligaron al alcalde a ponerse una de las cientos de camisetas blancas que traían los comunitarios conquistadores para repartir en el pueblo.

Cargados de costales de tierra, camiones de redilas recorrieron esa tarde a toda velocidad la carretera que va de Nueva Italia a Cuatro Caminos para colocar barricadas en este punto estratégico que comunica con la costa, con Morelia y con Apatzingán. Esa glorieta que durante varios meses había estado ocupada por retenes militares y de la Policía Federal, era sólo vigilada por las autodefensas.

Esa noche los militares llegaron para desarmar a los comunitarios que estaban en las barricadas, la voz se corrió como pólvora en las poblaciones de Antúnez y Nueva Italia y la gente corrió a la carretera a defender a los hombres armados. En medio de jaloneos se armó un zafarrancho que terminó con la muerte de dos vecinos y un autodefensa.

Al ver caer a los muertos, los soldados regresaron las cerca de 30 armas decomisadas a los autodefensas y se retiraron. Mientras eso sucedía, José Manuel Mireles ofrecía desde la capital a todo el país un confuso mensaje grabado a través del noticiario de Joaquín López Dóriga, en el que aceptaba el plan de gobierno para desarmar a las autodefensas.

Esa madrugada tanto Hipólito Mora como Estanislao Beltrán me dijeron al teléfono que desconocían las declaraciones de Mireles y me aseguraron que no entregarían las armas hasta ver tras las rejas a los siete principales líderes. Unos días después el gobierno anunció la captura en Morelia de Dionisio Loya Plancarte, uno de los dirigentes de Los Templarios y luego un acuerdo para legalizar las autodefensas y para que estas milicias registraran sus armas y se unieran temporalmente al cuerpo de defensa rural, bajo la supervisión del Ejército nacional.

Sin embargo, de los 20 mil milicianos que integran el movimiento sólo cinco mil serían parte de esta policía rural, según Estanislao Beltrán.

El gobierno mexicano aprendió de otras experiencias internacionales como la colombiana y decidió desarmarlos a tiempo, me dijo en esos días Gerardo Rodríguez, consultor en temas de seguridad nacional, ante las versiones de que había una “colombianización” en Michoacán. En esos días el general colombiano Óscar Naranjo anunció el regreso a Colombia, tras haber asesorado al presidente Enrique Peña Nieto en materia de seguridad.

El presidente puso al frente del rescate del estado a Alfredo Castillo, uno de sus más cercanos colaboradores y le canalizó para este año 45 mil 500 millones de pesos en programas de desarrollo para la región.

Apatzingán, el centro neurálgico de esa parte de Tierra Caliente, estaba prácticamente sitiado, mientras que Los Templarios quemaban varias tiendas de las cadenas Oxxo y Coppel por negarse a cerrar sus negocios. El palacio municipal también fue incendiado a plena luz del día y ante los ojos de cientos de personas que lo grababan con su celular.

Esta emblemática ciudad fue recuperada con la entrada simbólica de las autodefensas, pero bajo la total vigilancia de cientos de elementos del Ejército y de la Policía Federal que llegaron a la ciudad el 14 de enero, en el marco de imponente despliegue militar en toda la región, que se sumó al enviado en mayo de 2013.

Los líderes del movimiento dijeron primero que no pararían hasta tomar los 113 municipios del estado, pero el 28 de febrero alcanzaron un acuerdo con el gobierno para no entrar a ninguna zona urbana ni cabecera municipal. El nuevo acuerdo incluye cerrar la llave de la información y reducir la comunicación con Hipólito, Estanislao y Mireles a conferencias conjuntas con el gobierno un día a la semana.

Esto significa “que va a parar el avance un poquito y cuando se haga será en coordinación con el gobierno federal”, me dijo ese día Hipólito Mora. “Queremos que se vea Michoacán como un pueblo más tranquilo”.

Pero la tropa no piensa igual. Al menos en Aguililla, de unos 400 comunitarios, sólo 100 registraron sus armas. La dirigencia de esa autodefensa se dividió y al frente quedó Fructuoso Comparán Rodríguez.

Jorge Vázquez lo acusa de haber sido jefe de plaza en Aguililla. Este autodefensa se ha quedado en la clandestinidad porque dice que quiere sacarle más provecho al levantamiento y que no quede sólo en lo que dice; fue un plan preconcebido del gobierno con José Farias El Abuelo y con su hermano Uriel, ex alcalde de Tepalcatepec.

En Aguililla hemos creado un Consejo Ciudadano, con base en la ley orgánica municipal, “queremos que sea este consejo el que rija a la autodefensa” y que los comunitarios respondan al pueblo, no a los líderes, dice desde un lugar de la montaña, donde ahora se esconde.

Leticia Pineda
Periodista. Corresponsal en México de AFP.

 

4 comentarios en “La autodefensa de Aguililla

  1. Cuento de nunca acabar……..al rato resultará que el ejército………cambie de hábito????……..pobre México……..que ya de lindo…….queda muy poco……..a no ser……que……..nada¡!!!

  2. pues es lo mismo que iso porfidio dias cuando la revolucion en 1910 negar que algo pasaba en el pais

  3. Excelente resumen de medio siglo de esa violencia e indiferencia ancestral. Siempre olvidada, en esa Tierra caliente indomable de Michoacán.

  4. excelente artículo, información de primera, precisa y expuesta en forma elocuente