En diciembre de 1945, Vicente Lombardo Toledano pronunció en el Monumento a la Revolución un discurso en apoyo a la candidatura de Miguel Alemán a la presidencia de la República, en el que llamó “Narciso negro” a Ezequiel Padilla, que era su más cercano competidor. Según la reseña del periódico El Popular, el líder cetemista había ofrecido a los asistentes “el análisis riguroso, apoyado en las más sólidas aportaciones de la ciencia, de la intrincada personalidad” de Padilla, a quien exhibió “como un lunático desorbitado”, como un “extraviado”, que pretendía llegar a la presidencia mediante “la traición, el disimulo, el chantaje y la alevosía”.1 Más allá de este diagnóstico más bien dudoso, el mito griego de Narciso, el adolescente enamorado de sí mismo, cegado por su propia belleza, quedaba como un guante al moreno ex canciller guerrerense, tan pagado de sí mismo.
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Según Salvador Novo, Padilla tenía un “aire jactancioso, como imperial y operático”, que lo hacía distante y antipático. Sin ser bien parecido, andaba siempre muy prendido; le gustaban los buenos trajes, las camisas y corbatas de seda, cambiar con frecuencia sombreros  y abrigos, vestir como un dandy. También presumía su capacidad oratoria, su manejo del inglés y del francés, y sus contactos en Washington. Sin embargo, su ego nublaba su capacidad de juicio, y lo llevó a cometer varios errores en su carrera hacia la presidencia de la República. El más costoso de ellos fue subestimar el sentimiento nacionalista mexicano y creer que le bastaba el voto del presidente de Estados Unidos para ganarle al candidato del partido en el gobierno.

Al frente de la Secretaría de Relaciones Exteriores en el gabinete de Manuel Ávila Camacho, Ezequiel Padilla fue el arquitecto de la relación de estrecha cooperación con Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Introdujo así una discontinuidad de largo plazo en la política exterior mexicana que medio siglo después reanimó el TLC. Su segundo gran error fue hacer de un proyecto personal, política de gobierno. Sin embargo, su huella quedó impresa en el perfil que adquirió la relación entre México y Estados Unidos después de 1946. Si no hubiera pasado a la oposición al PRI, es muy probable que hoy, en la que fue su secretaría, hubiera un auditorio Ezequiel Padilla, y el nombre de la beca Fullbright-García Robles sería Fullbright-Padilla.

El canciller iba por la vida protegido por una coraza de certezas, que lo resguardaban de las críticas de los demás; pero también lo dejaban en total indefensión frente al elogio y la alabanza. Esta debilidad fue astutamente explotada por los medios conservadores en Estados Unidos, y por funcionarios del Departamento de Estado que vieron en Padilla el mexicano que les hacía falta: ambicioso y crédulo. Ambos rasgos de carácter lo impulsaron en Washington, pero en México frenaron su carrera política y, en última instancia, lo condenaron al olvido. Si acaso, Ezequiel Padilla es recordado únicamente como el opositor de Miguel Alemán en la elección de 1946; pero pocos saben que, exiliado por el carrancismo, asistió a cursos en la Sorbona y en la Universidad de Columbia, hizo mucho dinero en Cuba en negocios de bienes raíces, fue diputado dos veces durante el obregonismo, procurador general de la República, fiscal en el juicio contra José de León Toral, secretario de Educación Pública, senador, secretario de Relaciones Exteriores y, por último, después de una larga ausencia de la vida pública, de nuevo senador durante el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz.

Entre 1964 y 1965, a los 76 años, dio una larga entrevista a James y Edna Wilkie en la que hizo relación de su vida. En ella aparece el Padilla narcisista, creador de la imagen sobredimensionada de sí mismo. Una y otra vez se presenta como el centro de los acontecimientos históricos que narra; califica sus discursos de “decisivos”, sus debates son “celebrados”; sus conclusiones en el juicio contra León Toral, “magnífica[s]”, tanto que el condenado a muerte declaró —según Padilla— “lo que más me ha impresionado fue el discurso del fiscal. Si yo lo hubiera oído antes, nunca hubiera cometido ese asesinato”.2

Sólo mostró inseguridad cuando habló de la ruptura entre el general Calles y el presidente Cárdenas en 1936. En ese episodio Padilla jugó un papel dudoso porque fue responsable de la publicación en la prensa de una conversación más o menos informal y privada entre un grupo de senadores y el Jefe Máximo, que a este último le costó seis años de exilio porque atacó “verdaderamente y sin ningún disfraz”3 al cardenismo. Según Padilla, él se limitó a cumplir la voluntad de Calles de publicar esas “declaraciones”. El general Cárdenas, tan parco él en sus Apuntes, se refiere al ex canciller en estos términos: “Me visitó hoy [8 de septiembre de 1945] el señor licenciado Ezequiel Padilla [que prepara su campaña presidencial]. No tengo mayor amistad con [él] y considero que igualmente él no me distingue con su afecto personal, ni tengo simpatías por él como político por dos hechos: por su participación maquiavélica en el rompimiento con el general Calles y por la ninguna importancia que le da a la penetración del capital extranjero…” que no renuncia a la protección de su gobierno.4
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Vicente Lombardo Toledano hizo de la actitud obsequiosa del canciller Padilla frente a los intereses extranjeros, el blanco de su ofensiva retórica durante la campaña electoral de 1946. En esos meses Lombardo no sólo construyó un discurso partidista que conservó el PRI hasta los años ochenta del siglo XX, sino que dio forma al debate político en los términos simplificados y simplificadores de las dicotomías: reacción/revolución, imperialismo/antiimperialismo, propios de la Guerra Fría.

Padilla era un candidato ideal para la visión esquematizada del mundo de Lombardo Toledano, quien, al igual que buena parte de la opinión pública, consideraba que el secretario había hecho de la cercanía con Washington, servilismo. La acusación no era injusta y tampoco infundada. Una abundante correspondencia originada en la embajada de Estados Unidos en México entre 1942 y 1947 da prueba de la identificación de Padilla con los intereses estadunidenses; y de la relación casi cómplice que desarrolló con el entonces embajador de ese país en México, George S. Messersmith. El objetivo del canciller era asegurarse el apoyo de la Casa Blanca para llegar a la presidencia. Habría que decir en su descargo que su admiración por Estados Unidos era sincera, al igual que su creencia de que las superpotencias eran las únicas responsables del mantenimiento de la paz, y que los demás países debían someterse a sus decisiones.

La relación privilegiada de Padilla con el Departamento de Estado se inició en 1942, en la Conferencia Interamericana de Río de Janeiro, que fue —según él mismo— el momento culminante de su carrera. En ella los países latinoamericanos —a excepción de Argentina— se sumaron a los aliados en la guerra contra el Eje. “Mi participación en aquella Asamblea de cancilleres produjo un impacto decisivo e inolvidable. Todavía ahora (1965) recuerdan mis intervenciones en esa Asamblea cuando se pasa por Río de Janeiro o por algunos países de América del Sur”. Y más adelante añade como en un ensueño: “En todas partes encontré la aprobación, el aplauso, la admiración de las multitudes”.5

Sin embargo, el mayor halago provino del subsecretario de Estado, Sumner Wells, quien le dijo que era la primera vez en su vida que escuchaba un discurso que modificaba la opinión de una asamblea. El tercer error de Padilla fue confundir su relación personal con los funcionarios del Departamento de Estado con identidad de intereses de los gobiernos que representaban. Por ejemplo, en relación a los objetivos de la conferencia de Río, Padilla decía, hablando de sí mismo y de Wells: “Lo que más me preocupa es ¿cuál va a ser nuestra actitud? Nosotros somos los que debemos impresionar y convencer, y persuadir a toda América Latina de que tenemos una bandera a la cual no podemos traicionar. No es la bandera de Estados Unidos, es la bandera de la Libertad Humana…”.6

La conferencia fue ocasión para que el retrato de Padilla ilustrara la portada del influyente semanario Time. Según la revista, el canciller mexicano podía ser confundido “con un ciudadano de Estados Unidos excepcionalmente guapo y bien vestido”, “alto y fornido”, de “sangre puramente indígena”, y además era muy culto y elocuente.7 Gracias a él —continúa el reportaje— podía hablarse de cooperación hemisférica, porque entre Estados Unidos y América Latina había grandes diferencias económicas y militares, pero hombres como Padilla habían logrado establecer la igualdad en la mesa de negociaciones.8 En cambio, la revista mexicana Tiempo, comprometida con el candidato Alemán, describía a Padilla como un hombre que poseía una “lenta gracia felina en el andar”.9

La colaboración del canciller mexicano con la diplomacia estadunidense se profundizó a partir de agosto de 1944, cuando el subsecretario de Estado, Albert Armour, recurrió a él para que interviniera en la reincorporación de Argentina al sistema interamericano, pues hasta entonces este país no había declarado la guerra a los países del Eje. Semejante iniciativa podía ser violatoria de la tradicional defensa mexicana de la autodeterminación; en consecuencia, Padilla ideó la Conferencia de Chapultepec para introducir el pendiente argentino dentro de un programa más amplio, que lo disimulara entre muchos otros temas relativos a los problemas del hemisferio en la posguerra.

 La organización de la conferencia, que se celebró en febrero de 1945, quedó en manos de las delegaciones de Estados Unidos y de México, que prepararon conjuntamente los documentos, la agenda de la reunión, las resoluciones y uno de los documentos finales, la Declaración de México. A diferencia de los trabajos relativos a los asuntos económicos, donde las discrepancias entre mexicanos y estadunidenses fueron insuperables, su colaboración en los temas diplomáticos y políticos fue mucho más allá de lo que suponen los preparativos de una reunión de esta naturaleza. Así por ejemplo, a dos semanas de la inauguración, los funcionarios de la SRE sometieron a la consideración de sus contrapartes estadunidenses borradores y propuestas de resolución. Según el embajador Messersmith, los mexicanos querían “ajustar tanto como sea posible, su actitud a la nuestra en los principales temas que van a ser considerados”. El día anterior a la inauguración escribió al subsecretario Rockefeller: “Padilla […] siente que los mexicanos quieren mantener su pensamiento en la misma línea del nuestro, […], incluso ha sugerido que quieren que sea, en la medida de lo posible, una guía, pues saben que nuestra posición (internacional) es la de mayor responsabilidad y que sin nosotros no puede hacerse nada”.10 Insistía Messersmith en que el canciller mexicano pedía, al igual que el presidente de la República, orientación respecto a cuáles eran las posiciones de Washington, pues sólo entonces sabrían qué decir a los delegados de los demás países. “No quiero decir que Padilla y el gobierno mexicano van a seguir servilmente nuestras líneas de acción”,11 pero, como eran “realistas” y pragmáticos, sabían que el éxito de la conferencia dependía de Estados Unidos.

El canciller, ensoberbecido por el éxito aparente de la conferencia, y mareado por el oropel de la diplomacia, la prensa internacional, los banquetes y las candilejas, cometió otro grave error: presentó una propuesta de resolución, denominada “intervención colectiva”, que condicionaba el reconocimiento de todo nuevo gobierno en el hemisferio a la evaluación de su calidad democrática, por parte de los demás.

El proyecto no podía ser más ajeno a la tradición diplomática mexicana; además, contrariaba nuestra historia. Según Daniel Cosío Villegas: “imaginar que un procedimiento así, que elimina toda posibilidad de que los grupos revolucionarios de un país pretendan constituir un gobierno, se podría aplicar mañana en México y por iniciativa de mexicanos, debió sacudir en sus tumbas a Madero, a Carranza, a Obregón”.12 La propuesta fue tan ofensiva para Ramón Beteta, subsecretario de Hacienda, que presentó al presidente Ávila Camacho su renuncia a la delegación. Beteta se quedó, porque el proyecto fue retirado, pero Padilla no pudo sacudirse el desprestigio que le causó en el contexto del naciente nacionalismo revolucionario.

La Conferencia de Chapultepec coincidió con los primeros escarceos de la campaña presidencial, y en esta atmósfera en apariencia propicia, Padilla decidió competir por la presidencia de la República. En todo caso, su personalidad, y su presencia continua en la prensa, nacional y extranjera, echaron a andar la máquina de los rumores y en la imaginación pública se fue construyendo su candidatura. También le ayudó Lombardo, quien armó una imagen exagerada del canciller, casi un hombre de paja, al que denunciaba como instrumento de Washington, y de la quinta columna que —decía— integraban el clero, el sinarquismo y el PAN. La hostilidad de Lombardo hacia Padilla nacía de visiones antagónicas de Estados Unidos, pero también los separaba la política hacia Argentina: mientras Padilla estaba dispuesto a negociar con los jefes de la dictadura militar, Lombardo repudiaba al gobierno Farrell-Perón, al que tachaba de fascista, y se dio a la tarea de bloquear su ingreso a Naciones Unidas, en tanto no se llevaran a cabo elecciones democráticas.

El canciller Padilla renunció a la SRE el 9 de julio de 1945, tres días después de que sostuvo una entrevista con el presidente Truman, cuyo contenido no se hizo público. Para su satisfacción en los corrillos políticos y en la prensa circularon diversas hipótesis, pero se dio por hecho que en la visita a la Casa Blanca se había asegurado el apoyo a sus aspiraciones presidenciales. No hay ninguna certeza de que así haya sido.

La renuncia del canciller fue una catástrofe para Messersmith, quien a propósito escribió al secretario de Estado, Cordell Hull: “Todo es una gran tragedia. [Con Padilla] hemos perdido al más determinado adalid de nuestros principios y de todo aquello que defendemos no sólo en las Américas, sino en el mundo”.13 Sin embargo, en agosto recuperó el entusiasmo, cuando Padilla anunció oficialmente su decisión de competir por la presidencia. En esa empresa tuvo el decidido apoyo de Messersmith. Lo único que frenaba al embajador era la política del Departamento de Estado de no intervención en los asuntos internos de los países latinoamericanos que había adoptado, que sus superiores le recordaban cuando pedía, cada vez con mayor apremio y casi angustia, una señal, un gesto que detuviera la carrera de Miguel Alemán. En realidad le parecía suficiente que el gobierno de Washington advirtiera que esperaba que las elecciones fueran justas y limpias.

 El subsecretario para América Latina, Spruille Braden, y el subsecretario Dean Acheson alertaban a Messersmith contra los riesgos de una acción que podía ser interpretada como intervencionista. Le recordaban que, mientras se respetaran las formas democráticas, y mientras la elección no fuera una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos, como lo era el peronismo en Argentina, la posición oficial de su gobierno era de no intervención en el proceso electoral. Sin embargo, el embajador insistía implícitamente en que la situación mexicana era similar a la argentina, porque Alemán era, según él, un peligroso izquierdista que de llegar al poder sería un peón de Moscú.

A Padilla no le preocupaba que se le identificara como el candidato de la Casa Blanca, más aún sus mensajes evocaban cada vez con mayor claridad el conflicto soviético/americano, y en esta representación él era el abanderado de la democracia, y su referente negativo era un Lombardo asociado con Moscú y con los comunistas.
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Paradójicamente, mientras los funcionarios en Washington le recordaban a su embajador que no debía involucrarse en la elección, sus protagonistas lo presionaban para que lo hiciera. Incluso las diatribas de Lombardo contra la supuesta intervención de Estados Unidos, tenían la intención implícita de provocar una reacción de la embajada o del gobierno de ese país, que sería la prueba de su injerencia en los asuntos internos de México.

Miguel Alemán buscó entrevistarse con Messersmith en septiembre de 1945, pero tuvo que conformarse con el primer secretario de la embajada, Guy Ray, porque el embajador se negó a recibirlo. El objetivo de Alemán era modesto: comprometerse con la embajada a, de ser elegido, mantener la relación de cooperación con Estados Unidos; el objetivo era neutralizar su hostilidad.14 El diplomático se limitó a tomar nota, y dejó al candidato del PRI intranquilo, tanto que consideró necesaria una segunda entrevista con Ray, que tuvo lugar en abril de 1946. En ella le preguntó directamente si, en caso de que ganara la elección, Washington reconocería a su gobierno. La respuesta de Ray fue que si la elección era limpia, no había razón para que se le negara el reconocimiento. Alemán respiró confiado en que el proceso electoral respondería a las expectativas de Washington.

Ante la pasividad del Departamento de Estado, Padilla decidió forzarle la mano. El 1 de junio otorgó una entrevista al corresponsal del New York Times, en la que propuso una modalidad del fallido proyecto de Chapultepec: que el gobierno americano mandara observadores que calificaran la elección para determinar si los resultados electorales representaban la voluntad popular. Sólo entonces se le otorgaría el reconocimiento. Publicada en la prensa mexicana su propuesta causó amplio repudio; y la administración Truman se limitó a responder que era respetuosa de la soberanía mexicana.

 En mayo de 1946 llegó a México un nuevo embajador de la Casa Blanca, Thurston Walters. Padilla y Alemán, ambos, cada uno por su lado, solicitaron una cita. Para entonces se había disipado en parte la incertidumbre de la elección, y el candidato del PRI estaba más seguro de su victoria, así que ante la renuencia del embajador no mostró ninguna prisa para que el encuentro se realizara; en cambio Padilla insistió. Su reunión con Walters tuvo lugar el 18 de junio en la residencia, porque al diplomático le parecía una indiscreción que el principal candidato de oposición fuera visto en sus oficinas a unas cuantas semanas de la elección. Un detalle en el que no había reparado el mexicano.

En el encuentro Padilla habló largamente de su vida, de su conversión a los valores de la democracia, y de la influencia de Cordell Hull en su pensamiento. También expuso su temor de que la maquinaria partidista de Alemán le arrancara el triunfo que estaba seguro de obtener. Si eso ocurría —advirtió— podría estallar una guerra civil, y si además Washington reconocía al gobierno impuesto, el sentimiento pro americano que había costado tanto trabajo fomentar en la población, volaría en mil pedazos. Padilla urgía a Walters a que hablara con el presidente Ávila Camacho y le dijera que su estatura como estadista crecería a ojos del gobierno y del pueblo de Estados Unidos, si se comprometía con que la elección sería limpia y justa. El embajador respondió que no podía hacer nada al respecto.

El 7 de julio de 1946 tuvieron lugar los comicios más ordenados y limpios de la historia del México posrevolucionario, aunque no necesariamente los más equitativos. Fue una jornada con escasos reportes de violencia. Miguel Alemán logró movilizar un amplio apoyo gracias a la gran cantidad de recursos públicos y privados que tuvo a su disposición. Fue declarado ganador con un millón 786 mil 901 votos. Al segundo lugar, Ezequiel Padilla, se le reconocieron 443 mil 357 sufragios. Desde el punto de vista de la relación con Estados Unidos, la elección fue un éxito: el presidente Truman felicitó al vencedor, lo invitó a Washington y expresó su deseo de visitar México.

Padilla y sus seguidores no aceptaron la derrota mansamente. El ex canciller se trasladó a Estados Unidos; cuyo gobierno reportaba regularmente sus movimientos al vecino y al cuartel general del presidente electo, Alemán. Por ejemplo, el 21 de noviembre de 1946 el embajador en Washington, Antonio Espinosa de los Monteros, informó al secretario de Relaciones Exteriores, Francisco Castillo Nájera, que el subsecretario Braden se había comprometido a informarlo de los actos de sabotaje que los padillistas planeaban ejecutar en territorio mexicano, y sobre los aviones y el equipo militar que aparentemente habían adquirido.

Desde que tomó la decisión de participar en la contienda electoral, Padilla se preparó para resistir la imposición que preveía. Según informó al embajador Messersmith, el agregado civil, Robert W. Wall, Jr., el 30 de octubre de 1945, el ex canciller se reunió en su casa de Cuernavaca con un grupo de generales y les preguntó si estaban dispuestos a tolerar la imposición que se fraguaba. No sabemos si los buscó de nuevo después de la elección, pero en agosto de 1946 fueron apresados padillistas que se habían levantado en armas en el estado de Guerrero bajo las órdenes de Encarnación Cuevas.

En la entrevista con los Wilkie, Padilla habló poco de su experiencia como candidato de oposición, pero se admiraba de lo que había logrado el PRI, que había hecho de México un país muy distinto a la mayoría de los latinoamericanos que vivían en la inestabilidad política. Esa hazaña le sorprendía sobre todo porque habiendo conocido a sus fundadores “no vi en ellos la grandeza mental para crear lo que ha sido el partido de la Revolución”.15 Tampoco vio el uso que podían hacer del nacionalismo; pero, quizá no habría escuchado ese reproche, porque Narciso nunca se reconoce en los errores.

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es: La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.


1 El Popular, 17 de diciembre de 1945.

2 James y Edna Wilkie, Frente a la Revolución mexicana, 17 protagonistas de la etapa constructiva, Universidad Autónoma Metropolitana, México, 2002, 4 vols., vol. 2, p. 362.

3 Ibíd., p. 370.

4 Lázaro Cárdenas, Obras. I-Apuntes, 1941/1956, Dirección General de Publicaciones, UNAM, México, 1973, vol. 2, p. 188.

5 Wilkie, op. cit., pp. 389-390.

6 Ibíd., p. 389.

7 Time, The weekly magazine, 6 de abril de 1942.

8 “The Americas. Great day”, Time. The weekly magazine, vol. XXXIX, abril 6, 1942, pp. 29-31.

9 “Campaña presidencial”, Tiempo, 18 de mayo de 1945.

10 El embajador (Messersmith) al subsecretario de Estado (Rockefeller), México, D.F., 7 de febrero de 1945, Foreign Relations of the US, Washington, D.C., Government Printing Office, 1945, volumen IX, p. 89.

11 Ibíd., p. 90.

12 Daniel Cosío Villegas, “La Conferencia de Chapultepec”, Ensayos y notas, Editorial Hermes, México, 1966, 2 vols., vol. 1, p. 111.

13 Citado en Jesse Stiller, George S. Messersmith, Diplomat of Democracy, Chapel Hill y Londres, The University of North Carolina Press, 1987, p. 222.

14 Alemán y Padilla no fueron los únicos que discutieron la elección con la embajada; Francisco Castillo Nájera también buscó su apoyo, si no para la presidencia, para permanecer al frente de la diplomacia mexicana. Luis Cabrera, a quien Acción Nacional había propuesto la candidatura, envió a un representante para tantear la posición de la embajada. Vicente Lombardo Toledano expresó su deseo de entrevistarse con Braden.

15 Wilkie, op. cit., p.380.

 

2 comentarios en “El candidato gringo. Semblanza de Ezequiel Padilla

  1. Aunque tenía plenas coincidencias programáticas con Ezequiel Padilla, la ultraderecha lo aborrecía por razones muy diferentes. En torno al asesinato de Álvaro Obregón, Padilla –siendo procurador general de la República– dirigió el procesamiento de José de León Toral y Concepción Acevedo de la Llata (Madre Conchita), acusados y condenados al final por ese asesinato. Los dirigentes del PAN a menudo expresaban su aversión a renunciar a los beneficios y logros de la cultura española en favor de las ventajas económicas que podrían desprenderse de la cooperación con los Estados Unidos. Así, Ezequiel Padilla era todo menos el favorito de la derecha radical.

  2. Me cai de madre que ese wey hubiera robado menos que El Primer Universitario de México…. y espero que lombardo se esté rostizando en el infierno.