La vida de Federico Campbell Quiroz (1 de julio de 1941-15 de febrero de 2014) se apagó hace unos días. Federico deja una valiosa obra literaria, por provenir de los márgenes territoriales y políticos, y periodística, por su compromiso con la objetividad.

Nacido en Tijuana, su infancia se repartió entre ésta, Navojoa y Huatabampo, como lo recoge en el relato “El sol de la infancia”, publicado en la Revista de la Universidad de México hacia 1977. Estudió la prepa en Hermosillo en 1957-1958, se trasladó a la ciudad de México en 1960 para estudiar en la Universidad Nacional Autónoma de México, en 1962 se fue de mochilazo a Europa donde pasó un año y en 1967 ganó una beca para un curso de periodismo en Minnesota, Estados Unidos.

Entre 1973 y 1977 fue director de la revista Mundo Médico, donde aglutinó a estudiantes de la generación 1973-1978 de la Facultad de Medicina de la UNAM, como Julio Frenk y Daniel López Acuña, dándole una orientación crítica a su contenido e ilustraciones, y fue el alma de la editorial La Máquina de Escribir, desde que la fundó en 1977 hasta que la pasó generosamente a una nueva generación de autores, como Juan Villoro y Carlos Chimal, donde éstos habían publicado algunos de sus primeros textos, en un formato de bolsillo sobrio: letras color sepia sobre un fondo color amarillo tenue.
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Campbell tradujo textos de autores de culto como Harold Pinter, David Mamet y Leonardo Sciascia. Federico se identificó con la obra y la vida de este último hasta ser su difusor más importante en México. Campbell lo entrevistó en 1985 en Racalmuto, Sicilia, y tuvo la suerte de viajar a Siracusa con él y su mujer.

La obra de Sciascia condensa varios de los hilos conductores de la obra de Campbell: la observación y la invención desde los márgenes, los linderos entre la legalidad y la ilegalidad, los vasos comunicantes entre la alta y la baja política, entre política y delito, entre crimen y poder, la lucha por el poder en la política y en la sociedad, el contubernio en la vida cotidiana, el contorno de las máscaras y el rostro. Federico encontraba paralelos entre Sicilia y México por ser el Estado dócil instrumento de las elites. Lo fronterizo está presente en las obras de ambos: la ambigüedad, la confusión, el doble sentido, la tergiversación intencionada de lo real, la creación de atmósferas equívocas y la fusión de estilos.

La recuperación del padre a través de su invención es otro de los ejes de la obra de Campbell explícito en La clave morse, un guiño al fantasma de su padre, Federico Campbell Mayén, un telegrafista nacido en Magdalena, Sonora, quien murió un 13 de febrero de 1963. Con su foto, vestido como cowboy en una cantina de Tijuana hacia 1933, cierra el libro Post scriptum triste. El tema se torna ubicuo en la obra de Campbell, que lo imbrica con el del poder. La construcción de la propia identidad es otra vertiente que atraviesa su obra y la familiaridad con el psicoanálisis la impregna, sobre todo alrededor de la agonía frente a la página en blanco, las lagunas y la ausencia de creatividad, del tiempo que transcurre difiriendo su obra, aplazándola.

También la frontera norte de México, el noroeste —Transpeninsular es un botón de muestra—, y en especial Tijuana, constituyen otro hilo conductor de su obra. Como todos sabemos Federico era cosmopolita y provinciano. Por el ir y venir de su infancia, Federico se consideraba navojoense: “Siempre que puedo y me encuentro en la región por motivos de trabajo, me abandono sin pensarlo mucho al deseo de pasar por lo menos una noche en Navojoa. Me gusta volver sobre sus calles, entrar en el mercado y reconocer los olores del cuero y del café recién molido. Una sensación de pertenencia me viene de mis pasos. Me sé más completo aquí que en ninguna otra parte del mundo” (De cuerpo entero, UNAM, México, 1990).

La muerte de Federico Campbell me causa pesar, me duele. Por la pérdida que significa para mí, por inesperada y prematura. Todavía tenía mucho que publicar y conversar. Me hubiera gustado continuar platicando con él sobre la actualidad. Cuando colaboré con Federico Campbell en Mundo Médico, éste me descubrió un universo de autores, de directores de cine, de lecturas, ninguna tan impactante como Apuntes sobre Shakespeare de Jan Kott. En La invención del poder y en otros textos de Federico noto su influencia. Ahí está Campbell-Kott, de grandes escatologías y de gran realismo, verídico e inverosímil, dramático y socarrón, en momentos con la voz de Casandra y en otros con la sabiduría de Próspero en La Tempestad.

En aquellos años, un diciembre que me dirigía a pasar vacaciones a Sonora, Federico me dijo: “¿Me puedes hacer un favor? Pasa a saludar a mi abuelo Emiliano Quiroz, cuando andes por Navojoa”. Ante mi afirmativa, me dio los datos para localizarlo. Así, me percaté que Federico era idéntico a su abuelo, su fisonomía era muy parecida. El viejo era amable y resultó un buen conversador. El apellido Quiroz se ramificó en el valle del Mayo, entre Álamos y Huatabampo. Don Emiliano era originario de Las Chinacas, un pequeño pueblo en la ladera oeste de la Sierra Madre, junto a la línea entre Sonora y Chihuahua, donde el camino de terracería que va de Álamos a Chínipas, municipio al que pertenece, roza el caserío. Gracias a la ternura de Carmen Gaitán, con quien se casó en 1986, las resacas depresivas de Federico se atenuaron hasta parecer burbujas de jabón en un baño de tina. Nunca lo vi tan contento como en los últimos años, viviendo de lleno el presente, disfrutando sus logros.

Ignacio Almada Bay
Historiador. Es profesor-investigador de El Colegio de Sonora. Ha publicado (en coautoría con Alejandro Luna de Sonora) Siglos XIX-XXI. Historia de las instituciones jurídicas.