Bajo el título Mitos del siglo XXI: charlatanes, gurús y pseudociencia (Editorial Lectorum y Editorial Otras Inquisiciones), Luis Javier Plata Rosas se encarga de echar por tierra nueve planteamientos carentes de rigor científico que son moneda corriente en estos tiempos. Seleccionamos un capítulo de este libro, como invitación a su lectura.


La dieta macrobiótica

“Imagina una dieta que es realmente todo un estilo de vida, que armoniza tu cuerpo y tu mente, que es respetuosa con la naturaleza y que pone a todo tu organismo en equilibrio”. Estas palabras no provienen de un gurú de la Nueva Era, sino de revistas femeninas tan populares como Marie Claire, lo cual no debe extrañarnos si consideramos que la dieta macrobiótica es una de las preferidas por las celebrities,1 como las famosas Madonna, Nicole Kidman y Gwyneth Paltrow. “Una de las [dietas] más saludables del mundo”, la cual fue la causa más probable de que, luego de once años de seguir un estilo de vida macrobiótico, Paltrow fuera diagnosticada con principios de osteopenia —condición caracterizada por una densidad mineral ósea menor que la normal, que puede llevar a la osteoporosis— y con niveles muy bajos de vitamina D.

Más allá de lo anecdótico, lo macrobiótico se ha hecho de un lugar indiscutible en este libro porque, como bien dicen los proponentes de esta filosofía, no se trata de una dieta sino de un conjunto de creencias muy ad hoc con el estilo Nueva Era y, como en los capítulos restantes, sus creadores, defensores y adeptos no han resistido la tentación de darle una base “científica” a varias de sus afirmaciones. Pero no nos adelantemos y, siguiendo el consejo macrobiótico, para digerir bien este tema comencemos por masticar su historia.

A finales del siglo XIX, Sagen Ishizuka —médico del ejército japonés— desarrolló una teoría de la fisiología humana en la que la salud de una persona dependía de conservar el equilibrio entre el sodio y el potasio a través de una dieta adecuada. Pionero en la investigación del valor nutricional de algas, cereales y leguminosas, Ishizuka consideró que los cereales integrales en grano eran los componentes más importantes de una dieta con estos fines, y en la clínica que estableció en Tokio una de las comidas más recetadas era la sopa miso —hecha con soya, cereales y sal de mar—, por lo que se ganó el sobrenombre de “Dr. Sopa Miso”. Ishizuka publicó los resultados de sus investigaciones en dos libros: Teoría química de la longevidad y el más modestamente titulado Dieta para la salud. Hasta aquí no hay nada místico en este guiso, y ningún médico negaría la importancia de un régimen balanceado en nuestra salud y de mantener niveles adecuados de estos y otros minerales en el cuerpo.

[…] Recibí un mensaje urgente de que en verdad debería aprender a cocinar a la manera macrobiótica, y que debería dejar de comer sándwiches de queso en el trabajo. Marido y mujer deben comer lo mismo. ¿No saben que el objetivo del matrimonio es que marido y mujer logren el mismo nivel de acidez en la sangre al comer la misma comida y así se vuelvan inmunes a las enfermedades?
Roel van Duijn, activista político

La paja pseudocientífica del trigo la añadiría años después Yukikazu Sakurazawa, quien afirmó haberse curado de una tuberculosis pulmonar terminal gracias a las enseñanzas de dos de los discípulos de Ishizuka. Por razones desconocidas —por lo menos para mí—, durante su estancia en Europa Sakurazawa escribió bajo diferentes pseudónimos, como Musagendo, Nyoiti y Yukikazu, hasta que finalmente se decidió por el menos oriental patronímico de Georges Ohsawa, con el que escribió numerosos artículos sobre los principios dados por Ishizuka. Con los años, se dedicaría también a la enseñanza de la filosofía oriental del yin y el yang en los Estados Unidos y el resto del mundo occidental.

En 1959, Ohsawa llevaría a la fama el término macrobiótico al usarlo en su libro El zen macrobiótico; tomó esta palabra de una obra del médico alemán Christophe Wilhelm Friedrich Hufeland: Macrobiótica. El arte de prolongar la vida humana, en la que se usaba para referirse a la relación entre salud, comida y una esotérica “energía vital” —muy socorrida entre los neoerianos—. Y así llegamos al momento que todo lector paladea con fruición, si bien en este caso la etimología no es ningún dechado de originalidad: macrobiótica viene del griego macro, que significa ‘grande’, y de bios, que quiere decir ‘vida’, con lo que obtenemos un vocablo que, dicen Oshawa y los macrobióticos, significa “visión grande de la vida” y que es mucho más complejo, profundo y místico que el vulgar concepto original que —según ellos— trataría no de los microbios, sino de una visión reducida de la vida en la que cabrían disciplinas de tan corta mira dentro de la medicina como la nutrición. No, queridos lectores, la macrobiótica aspira a muchísimo más que a ser simplemente una guía nutricional de origen oriental; como veremos a continuación, es el Tao de la comida aplicado en sentido estricto, y no sólo figurativo, a lo que comemos y a los efectos que los alimentos tienen sobre nosotros.

Ha llegado el momento de ser parte de un buffet de filosofía oriental y pseudociencia y, como aperitivo y aprovechando la brevedad que distingue al zen, enlistemos los cuatro puntos taoístas en que Oshawa basa sus lecciones macrobióticas: 1) todo cambia; 2) todo está compuesto por yin y yang, que son fuerzas o energías; 3) yin cambia en yang y yang cambia en yin, y, 4) el universo y todos los fenómenos cambian en forma espiral. Estos cuatro puntos no son ni intentan ser resultados de mediciones o experimentos y nada pseudocientífico hay en ellos, pero no nos desesperemos, porque aquí viene la muy particular interpretación que Oshawa hizo de ellos en la salud y nutrición humanas.

Oshawa aseguraba que su “nueva” macrobiótica era el resultado de la aplicación biológica y fisiológica de la medicina y la filosofía orientales, distanciándola así de la obsoleta, mística, supersticiosa y “vieja” macrobiótica —con miles de años de antigüedad y sintetizada por Hipócrates: “sea el alimento tu medicina y la medicina tu alimento”.

Veamos cuánto se distancia Oshawa de la superstición y el misticismo en su Guía práctica de la medicina macrobiótica del lejano Oriente. En su obra nos dice, por ejemplo, que el cabello es yin, igual que las frutas, los azúcares, los líquidos y comidas ricas en potasio y fósforo, cuya ingesta excesiva es causa de calvicie —porque, ya lo sabemos, yin repele yin. Ahí mismo, Oshawa promete que si una madre come dieta macrobiótica durante el embarazo, las proporciones faciales de su hijo serán estéticamente perfectas. La fisionomía es tema importante para el autor, pues si un hombre tiene una nariz geométricamente recta —nariz yin—, es probable que se trate de un homosexual; si una mujer posee una nariz aguileña, por supuesto que es estéril. ¿Pero qué importa que alguien sea homosexual? De acuerdo con la medicina macrobiótica, esta condición es una enfermedad muy seria. Pero nadie debe preocuparse, pues toda enfermedad es curable si se alcanza el equilibrio entre yin y yang: diez días de dieta macrobiótica son, por lo general, todo lo que se requiere para que el cuerpo purifique su sangre y “enfermedades” como éstas desaparezcan.

Aunque la dieta macrobiótica, nos dice Oshawa, puede curar la diabetes en cuestión de días, si el padecimiento tiene muchos años ya o el cocinero encargado de la dieta es poco hábil, la cura puede llevar dos o tres meses —tampoco hace milagros—. Como el azúcar es yin, el diabético debe equilibrar la elevada concentración de ella comiendo alimentos yang como calabaza, zanahoria y arroz. Enfermedades cardiacas son síntomas de exceso de consumo de yin. Si el paciente se cura del corazón macrobióticamente y no lo sabe, es arrogante, egoísta o ingrato, pronto estará enfermo de nuevo. En conclusión —de nuevo, en palabras de Oshawa— si no consigue curarse a pesar de haberse sometido a una dieta macrobiótica, está claro que se debe a la arrogancia.

Desde el punto de vista macrobiótico de este autor, la proporción de potasio y sodio en el cuerpo humano es de 5 a 1 o de 7 a 1,2 que es, según su Guía práctica, más o menos la misma que en leguminosas y cereales, y mucho más alta en vegetales. Por tanto, si uno ingiere estos minerales durante mucho tiempo sin cocinarlos adecuadamente, terminará con condiciones yin extremas, traducidas en “enfermedades” como la introversión, la alienación, la melancolía y la soledad —o reumatismo, artritis, tuberculosis, cáncer, retraso mental, esquizofrenia y polio.

Todo aquel que quisiera llevar el estilo de vida macrobiótico de Oshawa debía cuidarse de consumir sólo comida natural, no tomar ninguna medicina, no someterse a ningún tipo de cirugía —pues la dieta era suficiente para que el cuerpo restableciera el equilibrio yin-yang—, permanecer activo y con un buen apetito sexual, lo que significaba “compartir el éxtasis cada noche hasta los 60 años de edad” —recordemos que, aunque hubiera existido el Viagra, habría sido anatema para los macrobióticos; tampoco olvidemos que los homosexuales estaban proscritos de esta filosofía.

 Rhonda (Rachel Griffiths): ¿Cáncer? ¡Oh, Dios! ¡Voy a quedarme calva y a tener que comer comida macrobiótica!
Muriel’s WeddingLa boda de Muriel— (1994). Dir. Pj Hogan, con Sophie Lee y Toni Collette.

El taoísmo no fue lo único que influyó, por desgracia para sus seguidores, en las creencias macrobióticas de Oshawa: fue él uno de los más acérrimos promotores de la excéntrica idea de Horace Fletcher, quien a principios del siglo XX era apodado “El gran masticador”, porque decía que la comida tenía que masticarse hasta licuarse antes de ser ingerida. Para Fletcher unas 700 masticaciones eran suficientes, pero para estar seguro Oshawa sugería mínimo 200 —¿dónde está el supuesto equilibrio taoísta en esta percepción de “si masticar bien es bueno, masticar mucho más es mejor”?—, ya que “el estómago no tiene dientes”. No, pero sí enzimas digestivas. Ni Fletcher ni Oshawa se basaron en ningún estudio para validar sus afirmaciones —ni siquiera la que se refiere al número de masticaciones necesarias para cambiar la comida a una pasta y de ahí a un líquido, lo cual es imposible si de fibra hablamos—3 pero ahora sabremos una o dos cosas más sobre este tema:

1.  el número de masticaciones necesarias para preparar la comida para ser tragada varía de una persona a otra y no está relacionada con qué tan bien mastica una persona —lo que en jerga médica se conoce como “rendimiento masticatorio”—; en español llano, quien mejor mastica no necesariamente es quien más mastica pero, eso sí:

2.  las personas que mejor mastican tragan en promedio partículas de menor tamaño que quienes no mastican tan bien;

3.  la capacidad de tragar el alimento depende del tamaño de las partículas de comida y del umbral de trago de cada persona, así como del grado de lubricación del bolo alimenticio.

4.  el número de masticaciones necesarias para triturar la comida y formar un bolo alimenticio de tamaño adecuado es muy variable y depende del tipo de alimento; la comida seca y dura requiere mayor número de masticaciones que alimentos blandos y húmedos;

5.  en el caso de un puñado de cacahuates —un volumen aproximado de 9 cm3—, por ejemplo, el número de masticaciones necesarias en un grupo de 87 sujetos con dentadura completa fue de entre 17 y 110;

6.  sin caer en excesos macrobióticos, masticar bien cada bocado podría ayudarnos a comer menos y bajar de peso. Un estudio mostró que voluntarios que masticaron unas 40 veces su comida ingirieron 12% menos comida que los que sólo emplearon 15 masticaciones antes de tragar su alimento;

7.  masticar reduce los niveles de grelina, hormona responsable de estimular el hambre;

8.  pero masticar 100 o más veces cada bocado, como sugieren los macrobióticos, puede ocasionar que los primeros bocados de una comida lleguen al intestino delgado antes de que termine la comida, con lo que al estómago le queda espacio para ser llenado por más comida, convirtiendo una cena en un festín interminable.4

Oshawa propuso diez dietas que, como en los videojuegos, iban aumentando el nivel de dificultad a la vez que se incrementaba el equilibrio entre yin y yang, hasta llegar al nirvana de los macrobióticos, en el que se consumen única y exclusivamente cereales.

… la vida procede del movimiento infinito, sin principio, sin fin, que produjo el mundo fenomenal, vibracional, una parte del cual es este Universo. A partir de este mundo vibracional en movimiento, las partículas preatómicas son formadas en espirales, mediante reunión espirálica crean el mundo de los elementos, que es llamado “Naturaleza”. La naturaleza planetaria crea con diversos movimientos espirálicos, y sobre todo con energía ascendente, todo el mundo botánico, el cual continúa creando, principalmente con el uso de la fuerza celestial condensada, la vida animal y, posteriormente, a los seres humanos en este planeta.
Michio Kushi

Los defensores de las dietas macrobióticas pueden argüir, con completa razón, que algo ha cambiado desde los tiempos de Oshawa. La estafeta macrobiótica fue tomada por Michio Kushi, fundador del Instituto Kushi en la ciudad de Boston en 1978. Por una nada módica suma, esta empresa proporciona asesoría a todo aquejado de cáncer y otras enfermedades por medio de la dieta macrobiótica óptima. El instituto ya no se atreve a afirmar abiertamente que ésta pueda curar el cáncer —como sí lo hizo Oshawa alguna vez al asegurar que “nada es más simple de curar”— o alguna otra enfermedad crónica o terminal, pero Kushi sí llegó a hacer declaraciones similares sobre el sida en su libro Sida, macrobiótica e inmunidad natural en el que escribía estar convencido de que la causa de esta enfermedad era el exceso de drogas, azúcares y grasas.

En la página del Instituto Kushi aún se afirma que una dieta macrobiótica puede prevenir o prolongar significativamente la vida de los enfermos terminales y, además, se incluyen decenas de testimonios de macrobióticos que, gracias a Kushi, se recuperaron a pesar de haber sido etiquetados como “incurables” por los médicos; el desfile incluye a pacientes de lupus, cáncer de vesícula, en el cerebro, el riñón y el estómago, diverticulitis5 —así se llama y no tiene nada de divertido—, depresión, artritis, obesidad, vértigo, depresión, diabetes tipo I y II, y un largo etcétera.

Nadie niega que una dieta adecuada puede ayudar a disminuir el riesgo de padecer ciertas enfermedades, pero lo que estos pacientes cuentan es que una dieta macrobiótica consiguió que, “milagrosamente”, se recuperaran de estas enfermedades. La Sociedad Americana del Cáncer señala que no existe ningún estudio clínico en la literatura médica que demuestre que las dietas macrobióticas puedan prevenir o curar este padecimiento.

Pseudociencia aparte, ¿qué daño puede hacer que uno se vuelva macrobiótico y alimente a sus hijos con estas ideas? Seguramente Paltrow, como otras supervanidosas estrellas de Hollywood, llevó lo macrobiótico al extremo; pero si nos quedamos con una dieta macrobiótica “estándar”, compuesta en un 50%-60% de cereales y leguminosas, 25%-30% de vegetales, 5%-10% de sopas y 5%-10% de algas, haciendo de lado al yin y al yang y a las masticaciones infinitas, ¿no es ésta, en verdad, una dieta bastante nutritiva? ¿No es mucho mejor que comer tacos, tortas y tamales? Respondiendo a la primera pregunta y evitando deliberadamente la segunda, los estudios muestran que las dietas macrobióticas ocasionan deficien­cia de proteínas, vitamina B12 y calcio, en el caso de los adultos. En los más pequeños, el problema es peor pues la deficiencia de estos nutrientes aumenta el riesgo de padecimientos como el raquitismo.

Es imposible evitar la tentación de terminar este capítulo mencionando que Michio Kushi fue diagnosticado de cáncer colorrectal y, en 2004 y a pesar de que la filosofía macrobiótica lo prohíbe,6 a Kushi se le extirpó un tumor que obstruía casi 100% de su colon. Según Kushi, “quedaba claro que la cirugía era la solución inmediata más rápida y efectiva”.

Los macrobióticos han intentado explicar las causas de la enfermedad de su gurú; algunas posibilidades, nos dicen, son: 1) el conflicto interno creó la enfermedad, consumió, por placer, comidas “prohibidas”; 2) estar rodeado de gente enferma y pensar continuamente en enfermedades atrajo a él energía densa y pesada; 3) cansancio, su cuerpo se enfermó para que pudiera ser egoísta, descansar y tener tiempo para reflexionar. Phiya Kushi, hijo de Michio, resuelve el misterio macrobiótico más grande de la historia al revelarnos que su padre no había estado comiendo macrobióticamente debido a su apretada agenda de trabajo. Aceptemos su explicación, pero añadamos que Aveline Kushi, esposa de Michio y también promotora de lo macrobiótico, murió de cáncer cervical en 1995, a los 78 años de edad; cuando supo que tenía cáncer se sometió a una común radioterapia. Lily, hija de Michio y Aveline, también murió de cáncer cervical en 1995, a los 41 años de edad, pero ya sabemos que para los macrobióticos ninguna enfermedad se debe a la herencia, sino al desbalance entre yin y yang. 

El ajo es fuerte. Lo hace enojar a uno. El ajo causa peleas.
Aveline Kushi, esposa de Michio Kushi

El responsable de llevar lo macrobiótico a los neoerianos del siglo XXI es el ya mencionado Phiya Kushi. Si había alguna esperanza de separar filosofía, misticismo y ciencia, podemos darla por perdida luego de leer la mezcla que ha cocinado Phiya para sus adeptos:

Al aplicar la dialéctica [filosofía] y la geometría fractal espiral [matemática] a la evolución de la vida [biología], los macrobióticos llegaron a una aproximación centrada en la comida en la que la dieta más lógica y sostenible para la humanidad es una basada en granos enteros. Usando el modelo espirálico [filosofía], la evolución no es un asunto de selección del más apto [evolución por selección natural]. En lugar de ello, es un proceso transformativo y contrac­tivo donde la comida y comer es el mecanismo conductor que ocasiona que las cosas evolucionen.

Conclusión: hemos evolucionado por selección gastronómica.

¿Qué tiene que decir la ciencia ante este macrobatidillo? El propio Phiya se encargó de darle al César lo que es del César. “¿Hay evidencia científica de que llevar una dieta vegetariana centrada en granos enteros es benéfica? ¡Absolutamente!”. Pero hay que tener cuidado con la deficiencia de calcio y vitamina D; los macrobióticos podrían tomar vitaminas para evitarla… si no las tuvieran vedadas. “¿Hay evidencia científica de que lo macrobiótico funciona? No, y nunca la habrá porque la cuestión es irrelevante”. Esto es verdad, siempre y cuando Phiya deje de buscar explicaciones pseudocientíficas para su filosofía. Y de usar evidencias anecdóticas detrás de las dietas curalotodo del Instituto Kushi.

 

Luis Javier Plata Rosas


1 Disculpe el algarabiadicto lector, amante del buen uso del idioma español, este anglicismo más propio de Guadalupe Loaeza que de un libro de divulgación. Entre científicos también existe uno que otro anglicismo favorito en la plática cotidiana, y no es raro escuchar cosas como: “¿cuántos papers —artículos científicos— publicaste este año?”.

2 La proporción real de potasio y sodio en el cuerpo humano es de 1.6 a 1 y, si hablamos de su presencia en la sangre, va desde 25 a 1 hasta 38 a 1, pero ninguna de las afirmaciones de Oshawa provienen en verdad de su práctica médica ni de pruebas de laboratorio.

3 Lo que no fue obstáculo para Fletcher y sus seguidores, quienes simplemente dejaron de consumir fibra.

4 Lo cual puede ser extremadamente irritante para los comensales que no comparten la filosofía macrobiótica. Soy testigo del caso de un colega macrobiótico que, durante un crucero oceanográfico en el que era necesario hacer rondas de cuatro horas de trabajo y de cuatro de descanso, tardaba un tiempo interminable en masticar sus alimentos mientras que el resto de los compañeros del turno hacíamos las mediciones oceanográficas; no sé los otros, pero yo jamás volví a salir de crucero con él.

5 Pequeñas bolsas del revestimiento interno de los intestinos que se inflaman y se infectan.

6 El propio Kushi había advertido a sus seguidores que “para conquistar el cáncer es de fundamental importancia no perturbar este mecanismo natural”, el balance yin-yang alcanzado con la dieta y la vida macrobiótica, “removiendo o destruyendo el tumor”. Moraleja: no hay que ser más papistas que el Papa.


Mitos del siglo XXI: charlatanes, gurús y pseudociencia se presentará en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería el sábado 1 de marzo a las 20:00 horas.