Rafael Pérez Gay obtuvo el Premio Mazatlán de Literatura 2014 por el libro El cerebro de mi hermano (Seix Barral, 2013).
Acaban de avisarle que ha obtenido el Premio Mazatlán de Literatura y nos metemos a un bar, el de costumbre, para cumplir con el ritual de entrechocar las copas.
–Llevo una vida diciendo que los premios no existen –murmura Rafael.
–¿Ya ve? Dios lo castigó.
Sirven el primer trago y chocamos fuerte los vasos. Él dice más o menos esto:
–Siempre he creído que existen dos tipos de escritores, Onetti y Vargas Llosa, el escritor multipremiado y el escritor al que nadie voltea a ver. Y ahora no hago sino recordar la entrevista que le hicieron a Onetti cuando ya estaba viejo: no tenía dientes, fumaba cigarrillo tras cigarrillo, se metía una botella de whisky todos los días. El reportero que lo entrevistaba dijo: “¡Está a punto de caerse!”. Y Onetti se dio cuenta de que lo estaba viendo como un vagabundo, todo chimuelo, y como era muy inteligente, exclamó: “Sí, yo tenía una dentadura, pero se la regalé a Vargas Llosa”.
La anécdota del escritor premiado junto al escritor sin premios me hace pensar que al día siguiente Rafael será noticia en las páginas culturales. Se me ocurre hacerle una entrevista. Pongo en la mesa la grabadora. Él acepta a regañadientes. Entrevistar a un amigo es muy difícil. Uno sabe muchas cosas de los amigos y sin embargo está obligado a actuar como si no supiera nada.
–¿De dónde viene usted como escritor? –le pregunto.
–Soy una persona que lleva 35 años metiendo un artículo a la semana en la prensa. Vengo de la prensa. En mi historia no existe el falso dilema entre periodismo y literatura. Y no solo vengo de la prensa en la que llevo escribiendo todos esos años, vengo también de otras prensas: del azoro y el asombro que es tener en las manos un periódico del siglo XIX y ver cómo otros escritores enfrentaban el periodismo con artículos tan nuevos que parecen escritos para mañana. En esa prensa están Manuel Gutiérrez Nájera, Francisco Zarco, Ignacio Manuel Altamirano, Manuel Payno…
–¿Quiénes diría que fueron sus maestros?
–Héctor Aguilar Camín, Carlos Monsiváis y José Joaquín Blanco. La responsabilidad de lo que he escrito es mía, pero vengo de ellos, es con ellos con quienes he hecho mi vida, son mis maestros realmente, todos escritores completísimos.
–¿Podría resumir qué lecciones recibió de ellos?
–Absolutamente. Trabajo con Héctor Aguilar desde hace 30 años, y cuando digo trabajar es que hemos trabajado en una redacción, y eso te da muchísimo: lo poco o mucho que sepa de periodismo y narrativa se lo debo a Héctor. Entré a trabajar a Nexos en 1984 y aprendí a corregir textos, a cabecearlos, a hacer una revista. En cuanto a su trabajo como escritor, me hechizó la transparencia de su prosa, una transparencia cargada de emoción. Admiro en él su vocación de grandeza.
–No creí que en esta entrevista fuera a mencionar a Monsiváis. He oído que no se llevaban bien.
–Aunque tengo un enredo emocional con Monsiváis (terminamos por no ser amigos, en alguna página he explicado por qué), trabajé ocho años su lado haciendo un suplemento. No es posible estar al lado de una de las mentes privilegiadas del siglo XX sin que se te pegue al menos algo. Monsiváis era un espectáculo: su inteligencia vertiginosa, la codicia intelectual que lo llevaba a estar siempre al día, su capacidad para leerlo todo. Y paso a José Joaquín Blanco: sigo pensando que es el crítico por excelencia de nuestra generación y de varias. Blanco es un escritor maldito por sus dones. Tiene demasiado: poeta, cuentista, ensayista, cronista, novelista. Era siempre extremadamente generoso y tenía un ojo impresionante para saber dónde había un escritor y qué tipo de escritor. Fue el primero que se detuvo y me dijo: “A mí me gusta lo que haces”. Mientras esto ocurría leí con admiración todos los libros de José Emilio Pacheco, a quien consideré siempre uno de los hombres de letras por antonomasia.
–Me gustaría preguntarle cuál fue el primer libro que llegó a sus manos.
–Yo soy un lector tardío. Comencé a leer a los 16. Quienes teníamos esa edad en los remotos setentas tuvimos la enorme suerte de que estaba de moda el boom. Podíamos ir a la librería a comprar el nuevo libro de Borges, de Cortázar.
–¿Por qué comenzó a leer con tanto retraso?
–Me tardé en llegar porque era impaciente. Terminaba libros por obligación, pero abandonaba. Eso me sirvió después porque entendí que un lector, como decía Bioy Casares, es una persona que quiere dejar el libro que tiene entre las manos y el trabajo del escritor es que ese lector no tire el libro que tiene entre las manos. Por otra parte, era yo callejero, quería estar todo el tiempo en la calle. Mi papá me llevaba al centro, él conocía todas las calles y todos los callejones, y me gustaba mucho más eso que encerrarme en mi casa.
–¿Cómo se curó de esa enfermedad de la impaciencia?
–El día que descubrí que había muchas vidas dentro de los libros. Eso me lo enseñó otro maestro: mi hermano. José María regresó de Alemania cuando yo tenía 18 años. Era algo muy loco porque toda la casa empezó a girar alrededor de los textos que estaba traduciendo o escribiendo Pepe. A él le encantaba leer en voz alta, así que había lecturas en voz alta todo el día. En ellas participábamos todos, mi mamá, mi papá, mis hermanas y yo le ayudábamos a corregir. Amanecía una cordillera de papeles en la mesa, él había fumado toda la noche traduciendo a Celan, a Musil, a Joseph Roth. Y en la noche, otra vez a leer en voz alta: a partir de las diez hasta las cuatro de la mañana en un departamento donde había ratones, y como nos daban miedo, nos sentábamos en los respaldos de las sillas fumando y leyendo. Salía mi papá y nos decía: “se van a volver locos”. Y Pepe le contestaba: “No, ya estamos locos”. Cuando él volvió a Alemania, aquel taller literario continuó por carta. Conocí a Beckett, a Cioran, a Stendhal, la correspondencia de Flaubert. Fue un taller invaluable, pero uno no sabe, hasta que pasan los años, que está ocurriendo esa maravilla. Y en fin, terminé de curarme en un taller literario que ya para entonces existía fuera de casa y que fue un taller fundamental: lo formaban Luis Miguel Aguilar, Antonio Saborit, Alberto Román, Roberto Diego Ortega, Sergio González Rodríguez, amigos con los que hice una editorial, una carrera, una vida.
–Lo primero que publicó, ¿fueron reseñas?
–Sí, las reseñas eran la puerta de entrada. Una desgracia, porque retrasan el desarrollo literario de cualquier escritor. La escritura de reseñas no te vuelve un escritor libre, sino un escritor esclavo. Tienes que escribir cada semana, por encargo, y además fijarte si el escritor que vas a reseñar es amigo de zutano o de mengano. Como joven escritor eres presa fácil de todos los agravantes del mundillo cultural. De hecho, cuando comencé a leer libremente, comencé a escribir más libremente.
–¿No le da la impresión de que de unos años a acá usted se ha convertido en un nuevo escritor, un escritor distinto al anterior?
–Sí. Creo que hubo un escritor que estuvo casado con la idea de que tenía que hacer cuentos humorísticos. Ese escritor fue contrapunteando momentos de humor con momentos melancólicos, y ese escritor, que soy yo mismo, hizo al fin un libro que le gustó muchísimo, Paraísos duros de roer. Yo digo que ahí están todos los escritores que a mí me gustaría ser. Pero de pronto me enfermé, y cuando te enfermas y la muerte pasa y te mira, algo indefinible cambia dentro de ti. Esa es la verdad. Yo estaba escribiendo Nos acompañan los muertos, y todo se vuelve pequeño cuando la muerte te mira, así que dije voy a escribir como yo quiera, ya me voy a morir. Ahí metí toda la técnica, todo lo que sabía. Algo pasó, solté la mano, me preocupó menos el éxito, el reconocimiento. Pude ir y venir. Yo dije un día: ¿por qué quiero hacer libros? Había una parte que tenía que ver con una cosa absolutamente artificial y otra parte que sí venía del fondo de mí. Había cosas que quería y necesitaba expresar de ese modo. Quería sentir esa libertad, vivir ese momento de libertad. Supe que yo no podría no escribir, que no estaría a gusto sin escribir. Ahora estoy convencido de que si cuando uno está escribiendo se transmite a uno mismo ciertas cosas, cosas tristes, cosas duras, las cosas que siempre pasan en la vida, algún lector lo recibirá del mismo modo.
–Y ahora, gracias al Premio, no corre usted el riesgo de tener que regalarle a algún otro su dentadura.
–Sigo pensando que los premios no hacen mejores escritores ni hacen mejor la literatura de nadie. Acercan más lectores y eso es importante. El verdadero premio de un escritor son los lectores, aunque a algunos solo les preocupe el brillo de la dentadura.