Siempre recordaré a don Álvaro Mutis como un hombre robusto y jovial, de risa franca, con un paraguas en la mano, de pie a la puerta de su casa de San Jerónimo, a la espera de un poeta torpe, novato y extraviado. Ese personaje incómodo con su primer libro bajo el brazo, en mitad de la lluvia, era yo. Corría el año de 1996. A la fecha no he perdido ni lo torpe ni lo novato ni lo extraviado, pero en esa ocasión obtuve uno de los grandes logros de mi carrera poética: fui obsequiado con la infinita y gratuita generosidad de un poeta mayor. Al año siguiente don Álvaro Mutis recibió dos premios, el Príncipe de Asturias de las Letras y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (de manos de las majestades que dan nombre a tales distinciones). Don Álvaro estaba, como declaró, colmado de “inmensa satisfacción y calurosa gratitud”. Tal como debe suceder a alguien que abre su autobiografía con la siguiente declaración de principios: “Nací en Bogotá, el 25 de agosto de 1923, día de San Luis Rey de Francia. No descarto la influencia de mi santo patrono en mi devoción por la monarquía”. Ayer murió don Álvaro Mutis en la ciudad de México, el lugar del mundo donde escogió vivir sus últimos 50 años. Si continuamos leyendo su nota autobiográfica sorprende el peso enorme que otorga a la poesía un escritor conocido mundialmente por sus novelas, principalmente por las siete protagonizadas por ese canalla encantador que es Maqroll el Gaviero. Continúa don Álvaro diciendo: “Hice mis primeros estudios en Bruselas. Regresé a Colombia y por períodos que, primero, fueron los de vacaciones y, luego, se extendieron más y más, viví en una finca de café y caña de azúcar que había fundado mi abuelo materno. Se llama Coello y se encuentra en las estribaciones de la Cordillera Central. Todo lo que he escrito está destinado a celebrar, a perpetuar ese rincón de la tierra caliente del que emana la substancia misma de mis sueños, mis nostalgias, mis temores y mis dichas. No hay una sola línea de mi obra que no esté referida, en forma secreta o explícita, al mundo sin límites que es para mí ese rincón de la región del Tolima, en Colombia”. Luego diría que tal Paraíso había sido “arrasado por ese averno devorante que han dado en llamar la modernidad” y que entre las causas de que “ese rincón de mi América sea hoy una árida ruina sin alma” tienen que ver con el mercado, que ha corrompido a la narrativa y ha echo a un lado a la poesía. Sin embargo, continuaba don Álvaro: “Me ha acompañado siempre la idea de que todo poema es, finalmente, una oración y su virtud esencial consiste en acompañar al hombre en cada instante de su paso por la tierra, así le haya sido negado el secreto de convertirla en palabras. El último hombre que tenga que despedirse de este mundo al borde del caos, hará poesía sin saberlo porque invocará, antes de desaparecer, esas secretas fuerzas que nos han mantenido sobre el haz de la tierra desde el principio de los tiempos”. Todo un caso, don Álvaro, paladín a contracorriente de las secretas fuerzas que nos mantienen en pie y de la gracia de la poesía, tal como el poeta toscano de la época medieval Francesco Petrarca, de quien don Álvaro tomó esta frase: “Un bel morir tutta una vita onora”, para contar una de las aventuras de Maqroll y escribir esta plegaria: “De pie en una barca detenida en medio del río/ cuyas aguas pasan en lento remolino/ de lodos y raíces/ el misionero bendice la familia del cacique./ Los frutos, las joyas de cristal, los animales, la selva,/ reciben los signos de la bienaventuranza./ Cuando descienda la mano/ habré muerto en mi alcoba/ cuyas ventanas vibran al paso del tranvía/ y el lechero acudirá en vano por sus botellas vacías./ Para entonces quedará bien poco de nuestra historia,/ algunos retratos en desorden,/ unas cartas guardadas no sé dónde,/ lo dicho aquel día al desnudarte en el campo./ Todo irá desvaneciéndose en el olvido/ y el grito de un mono, el manar blancuzco de la savia/ por la herida corteza del caucho,/ el chapoteo de las aguas contra la quilla en viaje,/ serán asunto más memorable que nuestros largos abrazos”.

Juan Manuel Gómez. Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas.