Philip Roth comentó que la primera impresión que tuvo de Bernard Malamud no fue la del escritor irreverente, obsesionado por la extraña poética del judío de los bajos fondos y los entretelones del humor negro, sino la de un porfiado agente de seguros aunque, a ciencia cierta, Roth tampoco determinó cómo debía de ser la fachada ideal de un escritor de la talla de su entonces admirado novelista. Parecía, dijo Roth en el breve pero sentido retrato de Malamud en El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, que Bernard formaba parte del gremio de las coberturas, las primas y los deducibles no sólo por su aspecto sino por su forma de expresarse, y lo comparó con los camaradas de su padre en MetLife. Quizá Roth no se equivocaba en su primera apreciación del escritor nacido en 1914 en Brooklyn, porque un corredor de seguros hace todo cuanto esté a su alcance para colocar el mayor número de pólizas bajo el brazo de nuevos clientes y, en buena medida, los personajes de Malamud se comportan como persuasivos explotadores de la inseguridad, el miedo y la fragilidad humana y, al final de la lectura, les compramos todo: la necedad, la ofuscación, el sinsentido y el ridículo. Las criaturas de Malamud nos pueden vender cualquier cosa simplemente con su ácida manera de abordar la realidad desde esa prosa iconoclasta que los muestra sin ambages, también sin florituras.

Bernard Malamud publicó su novela Los inquilinos en 1971. Atrás estaba el éxito de su novela El natural y de otros extraordinarios libros como El barril mágico, El dependiente, Retratos de Fiedelman o Una nueva vida. Atrás quedaban, también, el National Book Award y el Pulitzer por El reparador (conocida también como El hombre de Kiev), y a su bibliografía aún le faltaban otros libros por delante como El sombrero de Rembrandt y Las vidas de Dubin, pero volviendo a Los inquilinos, hay en esta historia un curioso paralelismo con un pequeño incidente entre Roth y él, a propósito de la piel delgada de los artistas cuando se opina de sus obras.

Los inquilinos es un relato simple a primera vista: pese a ser ya el único habitante de un viejo edificio, el escritor judío Harry Lesser se niega a abandonar su apartamento de renta congelada y no porque carezca de fondos para cambiar de residencia (Levenspiel, el casero, le extiende cheques nada despreciables para poder desalojarlo y derribar el cascarón para incursionar en otro tipo de negocios), sino porque está a punto de terminar la novela que le ha costado 10 años de su vida. La novela nació en ese apartamento cada vez más inhóspito y umbrío, donde las ratas corretean a su antojo y los bichos han instaurado una colonia paralela, pero Lesser se empeña en poner punto final a su libro ahí, convencido de que “las palabras no se comen pero calman la sed” y, sobre todo, por una especie de fidelidad al escenario donde concibió la primera línea de lo que está convencido que será su obra maestra.

Así que Harry Lesser vive una especie de idílico ostracismo en su edificio para vagabundos, hasta que cierto día escucha el tableteo de una máquina en el piso de arriba. Inquieto, sobrecogido, recorre cada puerta hasta descubrir al anónimo responsable de los ruidos. De espaldas a él, un negro aporrea la máquina con mucho más brío que el propio Harry y, contrario a lo que cualquiera pensaría, Lesser no se siente invadido sino en compañía, pues una especie de solidaria camaradería le hace ponerse al servicio del colega.

El escritor negro se llama Willie Spearmint y escribe un libro autobiográfico. Poco a poco, ambos escritores forjarán una amistad basada en la mutua comprensión por lo difícil del trabajo (la frase perfecta, el párrafo impecable, los verbos y adjetivos como cuñas de la arquitectura argumental), y Harry adoptará el papel del mentor y el crítico de los textos de Spearmint, no sin antes enrollarse con Irene Bell, la novia blanca y judía de su colega, y establecer un juego demencial de odios raciales y resentimientos literarios.

En Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), cada vez que Travis Bickle (Robert DeNiro) conduce por ciertas latitudes neoyorquinas, una pandilla de chicos negros lo apedrea y le lanza botellazos al vehículo. Son los años setenta, época de sociopatías y reyertas culturales, la alteridad era materia pendiente en esa isla que suele reinventarse una y otra vez, y distritos como el East Village o la caótica Octava Avenida corrían el riesgo de convertirse en un inmenso campo de batalla por tantos chulos, prostitutas, ladronzuelos y todo tipo de lacras que debían gravitar y convivir en tan poco espacio, y porque las rencillas entre negros, blancos, latinos, italianos, judíos e irlandeses eran el pan de cada día. Ésa es la misma atmósfera que comienza a enrarecer las paredes de Los inquilinos pues lenta, progresivamente, la amistad se torna un trozo de dinamita que estalla indefectiblemente, y no por la novia robada ni por el casero que se empeña en lanzar ahora a dos habitantes indeseables, sino porque las críticas de Lesser al libro de Spearmint se vuelven inflexibles y, de paso, los convierte en enemigos mortales.

La astucia narrativa de Malamud hace de la última parte de Los inquilinos un auténtico prodigio de ironía: mientras Lesser escarba en los contenedores de basura para indagar el avance narrativo de su adversario, el negro asalta el departamento del judío en busca de sus detritos textuales y no descansarán hasta destruirse con el filo de sus juicios más funestos.

En 1974 Philip Roth publicó un ensayo sobre Retratos de Fieldman y El hombre de Kiev en la New York Review. Antes de partir a Londres, le comentó a Malamud ese proyecto y pasó un buen tiempo hasta que volvieron a encontrarse. Había algo raro en Bern, como Roth le decía cariñosamente a su buen amigo, y el motivo se reveló después. Al preguntarle su opinión sobre el ensayo, Malamud dijo “los puntos de vista son problema tuyo, no mío”, y Roth pensó en esa idea de William Blake, “el enfrentamiento es la verdadera amistad”, pero contrario a la fiera soberbia de Lesser y de Spearmint, por fortuna Malamud pudo olvidar el desaguisado.

Roth recuerda, también, que en los últimos meses de su vida Malamud se esforzaba por escribir aunque su deterioro físico le nublaba las ideas. Cada vez que lo visitaba, escuchaba amablemente los párrafos sin orden ni concierto que redactaba a duras penas, pero ya no solía exponer ninguna opinión sino que se limitaba únicamente a preguntar “¿cómo sigue?”. La respuesta de Malamud era la misma: “Da igual cómo siga o deje de seguir”. La imagen de esos dos hombres me recuerda al perfeccionista Harry Lesser y al obtuso Willie Spearmint del piso de arriba. Dos escritores cuyo orgullo creador los hizo inseparables.

 

Iván Ríos Gascón

Escritor. Ha publicado Broadway Express, Espacios liminares y Luz estéril.