Julio Cortázar confesó alguna vez que no era un hombre de ideas, sino de intuiciones. Lo hizo quizá en varias ocasiones, pero una que tengo ahora a la mano es la entrevista para TVE de 1977, en el programa A fondo, del cual encontré una grabación en internet. Ahí, en esa conversación de dos horas con Joaquín Soler Serrano, habla el escritor maduro y famoso, de 63 años, que ya había escrito y publicado sus cuentos célebres, su manifiesto estético y lúdico: Rayuela y su novela política: El libro de Manuel. Se decía “incapaz de hilar una teoría y de ganar una discusión”. Sin embargo, durante esa cantidad de tiempo brutal para un programa de televisión (que todavía era en blanco y negro), se dedicó a hipnotizar a la audiencia con su ritmo lento y su parsimonioso acento gutural mientras elaboraba teorías a partir de sus procesos creativos y su biografía. Fue en esa época, finales de los años setenta, cuando, después de algunas visitas esporádicas, accedió a pasar una larga temporada en Estados Unidos (país que repudiaba por aplicar su consabida política imperialista). Se estableció en Berkeley para impartir un curso de literatura en la Universidad de California. Daba clase los jueves, de dos a cuatro de la tarde, y los lunes y viernes, de 9:30 a 12:00, recibía personalmente a los alumnos que así lo requerían en su oficina del Departamento de Español y Portugués. El resto del tiempo lo ocupaba con Carol Dunlop de visita en San Francisco, una de sus ciudades favoritas, y resolviendo algunos pendientes, como el relato de Deshoras “Botella al mar: epílogo a un cuento”, que concluyó en esas fechas.

Es sorprendente que hayan sobrevivido grabaciones de esas 13 horas de clases, y que constituyan hoy un estupendo documento repleto de ideas, teorías y claves literarias que fluyen de manera tan organizada como si hubieran sido escritas, a manera de un ensayo, por la intuición de ese escritor que se negaba a tal cosa. La oralidad de Cortázar es tan hipnótica como su literatura, sólo que se sitúa en el terreno de la conversación franca y sencilla, lo cual hace de ese monstruo literario un ser próximo y afable. Absolutamente no se trata de conferencias preciosas y precisas como las que dictó Jorge Luis Borges en la Universidad de Harvard entre 1967 y 1968; ni de lecciones reconstruidas perfectamente a partir de los miles de apuntes que el genio maniático del orden que era Vladimir Nabokov organizó para sus lecciones de literatura europea y rusa en las universidades de Wellesley y Cornell. Las de Cortázar constituyen más bien conversaciones que comparten el poder avasallador de la personalidad de su autor, ese largo y delgado laberinto de ojos gigantescos repletos de visiones.

Tal y como existen libros que compilan estas experiencias académicas tan afortunadas en materia de literatura, se antojaría leer las conferencias y lecciones que ha dado a lo largo de varios años en universidades norteamericanas (como la de Maryland) el escritor mexicano José Emilio Pacheco, uno de esos sabios que practican con fortuna suprema la oralidad. Ojalá alguien hubiera grabado a Salvador Elizondo cuando daba sus cursos de literatura romántica inglesa en la UNAM. Eso sí que debió haber sido portentoso, verdaderamente fuera de este mundo. Un amigo que tuvo la fortuna de asistir a uno de estos cursos me refirió el primer día de clase, imitando la voz gangosa y sincopada del maestro Elizondo: “A ver, ustedes… quiero que sepan que todos tienen 10… Los trabajos que entreguen que sean de media cuartilla, no quiero estar leyendo sus porquerías… Vamos a estudiar a Gerard Manley Hopkins, nada más… Y, ahora, me retiro, nos vemos la próxima clase, porque estoy completamente dro-gado”. Me habría encantado escuchar (o leer) las clases de Elizondo sobre el padre Hopkins. Quizá ningún escritor mexicano ha tenido tanto amor (y tal empatía) por la perfección verbal de la poesía inglesa como Elizondo, él mismo, poeta que renunció a publicar poesía, aunque como consta en el libro editado póstumamente, Contubernio de espejos (FCE, 2012), la continuó escribiendo en secreto hasta el final de sus días. Uno de los poemas, que repetía de viva voz a sus amigos, “La belle Helène”, está escrito en inglés: “Or is it the ship that faced a thousand launches/ Is this the ship that launched a thousand faces/ Or the launch that faced a thousand ships/ Or is it the launch that shipped a thousand faces/ Or the face that shipped a thousand launches/ Was this the face that launched a thousand ships”. En él, tornando verbos en sustantivos, regodeándose en la musicalidad del idioma inglés, el poeta sopesa la posibilidad de que sea este rostro precisamente el rostro de Helena, aquel que enfrentó a mil barcos, que embarcó a mil rostros.

Pero dejemos de soñar. Lo que tenemos ahora frente a nosotros es algo tangible y contundente, Clases de Literatura. Berkeley, 1980, de más de 300 páginas, que se explaya (sin agregar o quitar una sola palabra, según confiesa su transcriptor: Carles Álvarez Garriga) en el delicioso universo de la conversación cortazariana. Mientras Cortázar explica las razones de su predilección por la palabra “estructura” sobre “forma” para referirse al cuento: “porque la estructura supone una intencionalidad, una inteligencia, una voluntad”; de por qué el cuento tiene la misma “perfección geométrica” de una esfera y por qué es más perfecto aún a partir del vacío que guarda, porque sugiere (y materializa) algo que no es explícito, Cortázar borda una teoría repleta de ideas y silogismos difícilmente rebatibles, pero sin la complejidad de un académico. Hace accesible su intrincada teoría literaria de la perfección efectiva del lenguaje (la cual puso en práctica en Rayuela) mediante un discurso directo y transparente, que he encontrado siempre en las obras memorables de todos los tiempos y que  Miguel de Unamuno resumía muy bien con esta parábola: “Aborrezco los hombres que hablan como libros, y amo los libros que hablan como hombres”.

 

Juan Manuel Gómez

Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas.

 

2 comentarios en “Cortázar en Berkeley

  1. Simplemente genial; Me encanto,
    Un archivo fabuloso que agradezco
    infinitamente, haya llegado a mis manos
    por una persona que estimo y aprecio
    mucho.

  2. Hablando de escritores extraordinarios, me quedo con sus diálogos y su visión universal de su literatura, para tratar de alcanzar un sueño llamado realidad.