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En mi ejemplar de la primera edición de bolsillo de Luces de bohemia, en su primera página, campean dos líneas escritas por un álter ego mío de 23 años: “Ganado a los dados a José Luis Gómez poniendo yo en juego los poemas completos de Machado, agosto 1962”. Debajo, la firma del futuro Hamlet, Segismundo, Arturo Ui, Kaspar, Pascual Duarte, Manuel Azaña, Kafka, la firma, pues, de José Luis Gómez, y de su puño y letra la indicación “Huelva, enero 1962”. Ocho meses le duró la propiedad de aquel libro entonces casi tan inencontrable como la edición dizque completa de la poesía de don Antonio.

Desde luego que este género de recuerdos es muy poca cosa comparado, sin ir más lejos, con el hecho de que Peter Weiss le haya gastado a uno la broma de leerle como obra propia El vicario, de Rolf Hochhuth, en su casa de Suecia. Sí, Francisco Umbral contó una vez que Peter Weiss le había leído en su casa de Suecia su obra sobre el papel desempeñado por Pío XII en el tema del Holocausto, y la explicación más benévola que se me ocurre es esa de que el autor de La estética de la resistencia le quiso gastar un broma. Con lo que Weiss no contaba es con que Umbral se iba a pavonear de semejante lectura, ay diosito de mi vida…

Y, sin embargo, cada vez que vuelvo a tener en mis manos ese viejo y querido ejemplar de Luces de bohemia, se me activa la espoleta retardada de la memoria, y rememoro algunos episodios de lo que llamo “la pequeña inmortalidad” (sonata en re menor).

Fue tan bella la vida que viviste…

Íbamos camino de Tubinga (esa ciudad de nombre casi pornográfico, diría yo) a un seminario de lo que tengo bautizado como “Desarrollología”, donde los expertos en ayuda al desarrollo se reúnen para desarrollar la mejora de los sistemas de ayuda al desarrollo, y a la postre dizque ya consiguieron desarrollar su técnica de organizar tales simposios sobre la ayuda al desarrollo.

Poco antes de Tubinga, sobre una colina, uno de esos pueblos que parecen construidos para provocarles orgasmos a los fabricantes de tarjetas postales. Bebenhausen, decía la flecha indicadora, y era tan de cuento de hadas, visto de lejos, que quisimos entrar en él aunque se retrasase nuestra llegada a la ciudad de Hölderlin.

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Bebenhausen fue construido alrededor de una abadía del Císter y se conserva en un estado perfecto, casi como si el Tiempo hubiera pasado de puntillas por allí, sin quererlo despertar. Una aldea perdida, ínfima, en la inmensa geografía habitacional de Alemania.

Y como siempre, la atracción que sobre mí ejercen siempre los cementerios. El de Bebenhausen está al pie de la antigua muralla medieval. Penetré en él y caminé por entre las tumbas. Nombres alemanes, suabios, badenses; la historia del pueblo contada por la piedra de las canteras vecinas. Pero la luz se estaba poniendo y mis compañeros de viaje me instaban a salir del cementerio y seguir camino de Tubinga, habíamos perdido (¿perdido?) ya mucho tiempo.

¿Por qué me niego, por qué siento que hay algo que me hace continuar vagabundeando hasta el final del camposanto, hasta la última tumba? Sobre ella arroja su sombra una estela rectangular, grande, con numerosas inscripciones. Doy la vuelta por detrás, de regreso a mis impacientes compañeros, y en el lado de la piedra que da a la muralla, invisible por completo si no se llega expresamente allí, unas palabras talladas: “Fue tan bella la vida que viviste…”. Debajo, el nombre del autor: Pablo Neruda.

50 varas al norte de La Mejoral

Si Francisco (don Paco) Amighetti hubiese nacido en Buenos Aires o en ciudad de México seguramente habría gustado las mieles del éxito internacional que tanto mereció. Pero tuvo la mala fortuna de que lo nacieran en San José de Costa Rica, y ahí puedes esperar a ser famoso como artista hasta el día del Juicio Final, a la tardecita. Aun así, los japoneses, que tienen un olfato de primerísima categoría, fueron comprando todos los grabados de Francisco Amighetti que se les ponían a tiro.

A don Paco lo conocí en su atelier de La Paulina, cerca de San José, cuya dirección —en la vieja nomenclatura josefina— era “50 varas al norte de La Mejoral”. Una dirección que fue, durante décadas, el santo y seña de la vida artística centroamericana, y todos los poetas que participaron en el homenaje a don Paco, cuando cumplió 70 años, hablaron de una u otra manera de aquellas 50 varas al norte de La Mejoral. El tiempo, que todo lo prosifica, supo acabar por convertir esas entrañables coordenadas en “½ cuadra al norte de la Sterling”, firma gringa que instalaron por aquellos pagos.

Mi último día en Costa Rica,  antes de ir a casa de don Paco, pasé a despedirme del embajador alemán. Para ello me vestí, pese a la calor inenarrable, de terno y corbata, pensando ponerme cómodo, cambiar de ropa, después de la visita oficial. Pero la charla con el embajador (un tipo interesantísimo y en cuya casa en Alemania —muy cerca de la mía, en Colonia— se rodaron casi todos los interiores de las películas de Fassbinder) se prolongó y se prolongó, y después vino el endemoniado tráfico josefino, en fin, que no tuve tiempo de cambiar de ropa sino tan sólo de tomar el primer taxi posible para llegar puntual a casa de don Paco. Y al subir al taxi, el capricho de hacer una cita literaria: “50 varas al norte de La Mejoral”.

El taxista asintió sin extrañarse. Lo miré de reojo, le calculé medio siglo y pensé qué bueno, de chico conoció la nomenclatura anterior. Él, a su vez, viéndome tan de punta en blanco, me preguntó que si vivía “allá, 50 varas al norte de La Mejoral”. Le contesté que no, que sólo iba a visitar a un amigo. “Ah —me dijo, todavía sugestionado por mi terno y mi corbata—, a don José Joaquín Trejos” (ex presidente de la República y vecino de Amighetti). “No —le repliqué—, es alguien más importante”. “Ah —me dijo—, entonces don Paco, el pintor”.

Sonreí feliz, como don Paco cuando se lo conté. Sí, alguien mucho más importante.

Mi táctica es quedarme en tu recuerdo

Una tarde en Madrid se me cancelaron todas las citas de trabajo que tenía, por mor de un día festivo olvidado al cabo de veinte años de expatriación. Regresé al hotel sin saber de momento en qué emplear mis horas, y le pedí al conserje la Guía de Madrid. Me apabulló tanta oferta: museos, teatro, cine, exposiciones… y me divirtió que al final hubiera incluso dos páginas dedicadas al eufemístico “relax”. En el ángulo inferior izquierdo un recuadro pequeñito prometía lo siguiente: “Mi táctica es quedarme en tu recuerdo”. Y un nombre, Sandra, y un número de teléfono.

Quedé tan impresionado que en ese mismísimo instante, cuando sonó el teléfono, creí en un fenómeno de telepatía y que era Sandra quien me llamaba. Pero no, se trataba de un viejo amigo que se enteró de que tenía la tarde libre y me invitaba a pasear por la Casa de Campo, dándole vuelta atrás a la máquina del Tiempo. No obstante, la frase no se me zafaba de la memoria. “Mi táctica es quedarme en tu recuerdo”. ¡Diosito mío! Un endecasílabo perfecto. Y qué increíble belleza, pensaba yo. Si la de Sandra fuese homologable a la de su endecasílabo…

Casi un año más tarde llegué a Granada por un trance doloroso, un amigo íntimo que estaba por morirse, en un pueblito de la costa, y quería verme antes. Pasé la noche en la ciudad, donde José Luis Gómez estrenaba su versión de la Carta al padre, de Kafka, y después de la función nos fuimos a pasear camino del Albaicín, por la orilla del Darro, presidida por la Alhambra.

A la mañana siguiente, antes de tomar el autobús que me llevaría a Motril, acudí a unos grandes almacenes para comprar algunos discos (todavía LPs). Pasé por el departamento de librería y vi un gran póster reproduciendo una foto como hecha a la acuarela, con un prado verde, flores gualdas, una muchacha vestida de blanco y tocada de romántica pamela. Sobreimpreso, el texto de un poema, “Táctica y estrategia”, que no conocía. Lo leí, y su octavo verso rezaba: “Mi táctica es quedarme en tu recuerdo”. Lo firmaba Mario Benedetti.

El póster se vendía también como postal. Compré una docena y la primera se la envié al autor del poema: “Mario, en Madrid hay una callgirl que se anuncia con un verso tuyo. Llamala y pedile royalties. A ser posible en especie”.

Un alemán desconocido, un taxista costarricense, una callgirl que ejercía en Madrid, y un común denominador: la pequeña inmortalidad. Sé de algunos (de muchos) poetas que se conformarían con que se pudiera contar de ellos una anécdota como cualquiera de las precedentes. ¿Y quién no?

Ricardo Bada

Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

 

Un comentario en “La pequeña inmortalidad

  1. Qué anecdotario viviente que sos, Ricardo… ¡Tenés más historias que Las mil y una noches! Una maravilla esas tres «pequeñas inmortalidades», que en realidad son grandísimas, casi increíbles. Y que hayas tenido el privilegio de vivir esos tres momentos es todavía más increíble. Un abrazo grande desde Río Ceballos, en la Córdoba de tu querida Aryyyentina.