A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Los últimos tres años han sido tiempos movidos para los estudiosos de las independencias de Hispanoamérica. El furor conmemorativo de los bicentenarios en América y España produjo un tsunami de libros y monografías. La escritura de libros originales en medio de la marea bicentenaria fue un reto formidable para los académicos que peregrinaban de un congreso al siguiente. Ahora que se han empezado a retirar las aguas quedan por doquier restos de ese frenesí conmemorativo. El imperio de las circunstancias llega tarde a ese festín, pero tiene la ventaja de ser un libro que sobrevivirá la cruda bicentenaria mejor que otros. Lo hará porque proporciona una visión de conjunto de lo que el autor llama las “revoluciones hispánicas” en América y Europa y porque propone un conjunto de tesis claras que resumen los avances historiográficos más importantes e innovadores en los últimos 20 años. Breña, el estudioso más perspicaz del primer liberalismo español, estaba en una posición privilegiada para acometer la tarea. El libro propone que en las independencias de la América española las “circunstancias”, sociales, económicas, etcétera, se impusieron “casi sin excepción” a los proyectos políticos de los líderes de los movimientos. El autor se ocupa de las andanzas de Francisco de Miranda, Simón Bolívar, Servando Teresa de Mier y pasa revista a los procesos independientes en América del Sur y la Nueva España.

La obra de Breña está concebida como “alta divulgación”, pero lo cierto es que el ensayo se distingue poco de las obras académicas convencionales. Mientras que los primeros capítulos que se ocupan de la crisis causada en España por la invasión napoleónica, los próceres y las independencias en América, tendrán un amplio interés; los últimos capítulos que se ocupan de la discusión historiográfica más especializada tendrán un interés mucho más reducido. En ese sentido, este libro, que tiene la virtud de ser breve, podría haberlo sido aún más y así haber cumplido mejor con su propósito explícito de llegar a un público amplio, educado, interesado en el tema, pero no especializado. La secuencia de los capítulos podría ser más lineal, y probablemente la discusión sobre Cádiz debió preceder a los casos históricos.

El imperio de las circunstancias es un claro ejemplo de la historia posnacional y posnacionalista que se ha emancipado de las cadenas de los estrechos enfoques de la historia patria, pero al mismo tiempo es escéptica de las modas “atlantistas” en boga en el mundo académico anglosajón. Los aciertos del libro son muchos: resume admirablemente cuatro lustros de intensa revisión historiográfica y ofrece una mirada propia y enjundiosa de las independencias de América a la luz del liberalismo hispánico. Su gran mérito es proporcionar una mirada rigurosa, integradora y comparativa de un proceso que involucró dos continentes (tres si consideramos a Filipinas). El autor, a diferencia de la mayoría de los historiadores mexicanos, tiene un amplio conocimiento de los países de Hispanoamérica y España.

El ánimo integrador, sin embargo, tiene sus riesgos. Uno de ellos es perder cierta precisión. Por ejemplo, Breña discute las revoluciones hispánicas en América, lo cual parecería comprender los procesos independentistas. Sin embargo, también se discuten bajo ese rubro las primeras décadas de la construcción nacional. Y argumentos que sin duda son persuasivos cuando se habla de las independencias simplemente ya no lo son cuando se trata de las primeras décadas de gobiernos independientes. Un ejemplo de esto es la crítica, en su mayor parte acertada, que hace Breña de la “historia atlántica”. Ese enfoque quiere encontrar causas comunes a la independencia de Estados Unidos, la revolución francesa y las independencias de Hispanoamérica. Como señala Breña, el origen de las revoluciones obedece, en el caso de la América española, a causas muy diferentes: los hispanoamericanos no se rebelaron contra el rey sino a favor de él. Sin embargo, el enfoque atlántico, particularmente en su dimensión constitucional, es mucho más útil para explicar la fase de construcción institucional que siguió a las independencias. Hay un momento constitucional atlántico del que sin duda forman parte tanto la España de Cádiz como las nuevas repúblicas hispanoamericanas.

La tesis del imperio de las circunstancias es atractiva y en su versión más básica es intachable. Una cosa es lo que Bolívar, San Martín, Santander, por mencionar a algunos, deseaban y otra muy distinta lo que las circunstancias les permitieron hacer. Sin embargo, nadie consigue todo lo que quiere, no sólo los caudillos insurgentes. Breña señala que “prácticamente ninguno de ellos logró los objetivos de mediano y largo plazo que se propuso”. Con todo, muchos de esos líderes consiguieron mucho de lo que se propusieron, empezando por las independencias de sus países, que no es cosa menor. Tal vez Breña pone muy alta la vara del éxito. En ese sentido, el ejemplo de los fundadores de la república norteamericana es poco útil, porque fueron excepcionalmente afortunados (salvo Alexander Hamilton, que murió en un duelo con su adversario político Aaron Burr)

Me parece que, entre varios de sus aciertos, Breña tiene razón en su crítica a los enfoques que proponen distinguir nítidamente entre el republicanismo y el liberalismo en esos años. Como señala, “la magnitud de los entrecruzamientos entre el liberalismo y el republicanismo se desprende de un hecho relativamente simple: ambas corrientes comparten varios principios doctrinales y políticos que están en la base de sus planteamientos ideológicos y de sus propuestas institucionales”. Manuel Lorenzo de Vidaurre es un buen ejemplo de esto: su singular republicanismo estaba mezclado críticamente con una adhesión al iusnaturalismo. Era republicano, pero también era liberal. Breña lo reconoce explícitamente. Esto es así porque las nuevas naciones surgen a la vida, y sus movimientos independentistas se gestan, justo en el momento en el cual el liberalismo posrevolucionario toma forma en Europa al final de las guerras napoleónicas y la Restauración. Sin embargo, el autor cree que hay en la actualidad una “tendencia a conceder al liberalismo una entidad, una homogeneidad y una difusión social durante la primera mitad del siglo XIX” cuestionable. Lo cierto es que el liberalismo fue la ideología hegemónica, con mucho, en ese periodo. Ningún prócer pudo prescindir, por ejemplo, de los derechos individuales, el constitucionalismo, las elecciones, la división de poderes. Muy pocos propusieron regímenes autocráticos. Otra cosa muy diferente es que varios de ellos hayan pugnado por regímenes fuertes y centralizados, pero eso es compatible con el liberalismo, como señaló hace años José Merquior. Es la variante de liberalismo “constructor de instituciones”. De la misma manera, la crítica de que la ideología liberal fue usada “con frecuencia por motivos puramente instrumentales” no parece ser de mucha consecuencia. Tiene razón Breña, pero todos los actores políticos, en todos lados, hacen eso en algún momento. Los políticos no son teóricos. Las ideologías son muchas veces poco más que arsenales a su disposición en los cuales se aprovisionan según exigen las circunstancias. El criterio de elección de las armas no es la coherencia teórica, sino la necesidad inmediata de construir argumentos de combate. Eso, sin embrago, no quiere decir que no hay ideas que sean críticas en los proyectos políticos, como las ideas-fuerza del liberalismo.

La crítica al “sobre énfasis” en las ideas y las instituciones en la historiografía sólo es enunciada, pero no probada ni desarrollada por Breña. Contradictoriamente, el autor le dedica muchas páginas a las ideas políticas de Bolívar (pero en el análisis las contribuciones de Luis Castro Leyva se echan de menos) y a la propia constitución de Cádiz. Lo cual me lleva a la que considero la debilidad mayor de un libro de indudable valor: el sobredimensionamiento del papel del liberalismo hispánico en general, y de la constitución de Cádiz en particular, después de 1824. Según Breña, Cádiz, incluso en los territorios donde no se aplicó “influyó por bastante tiempo no solamente en diversos aspectos jurídicos de las nacientes repúblicas americanas, sino en los debates ideológicos e incluso en cuestiones de cultura política”. Sin embargo, no hay ejemplos concretos de este impacto. Las citas no bastan. El liberalismo en las nuevas naciones, sobre todo en su etapa de construcción institucional, tiene otras fuentes, francesas, inglesas y norteamericanas de igual o mayor peso que las españolas.

En su conjunto, El imperio de las circunstancias es una prueba de que la historia política hispanoamericana de la primera mitad del siglo XIX está viva y pujante. Por varios lustros ha sido uno de los campos más fértiles de la llamada “nueva historia política”. El libro de Breña no habría sido posible sin el diálogo crítico que entabla con otros historiadores. Se dirige a un público internacional a ambos lados del océano. En ese sentido es una verdadera empresa atlántica.

José Antonio Aguilar Rivera

Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.

Portada-Brena-feb14-w

Roberto Breña
El imperio de las circunstancias.
Las independencias hispanoamericanas y la revolución liberal española
, El Colegio de México/Marcial Pons, México,
2012, 255 pp.

 

Un comentario en “El imperio de las circunstancias