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Seguimos sin saber reaccionar ante la premiación de un compatriota. Todo nos parece una conspiración de aliento fétido. El mexicano —y esto no lo dijo Octavio Paz— es el experto fugaz en adivinar cómo se mueven las “cuerdas” que hacen girar la arena pública. En toda casa, antes que teléfono y horno de microondas, hay una bola de cristal. “Sospechosismo”, que dieron en llamarle. Y nadie como él para disparar sentires: disparates. De la incredulidad se salta a la polarización de las opiniones y, de ahí, a escarbar los segmentos de historia privada que, descontextualizados, confunden a la opinión pública, tan devota de los malos entendidos.

Los medios informativos y las redes sociales se viralizaron con el otorgamiento del Premio Cervantes 2013 a Elena Poniatowska (1932). Fue un espectáculo deplorable y rocambolesco, si cabe el binomio. Acudieron al auto de fe los críticos literarios del sentir popular, los acólitos de la autora que “ha dado voz a los sin voz” —el irrenunciable lugar común—, los convencidos de que la ternura puede dignificar una obra literaria, y una serie de instantáneos que grafitearon los muros posteando indignaciones al por mayor.

Pero jamás volvieron a las obras. La cercanía de la escritora con cierto sector de la izquierda, lo mismo que su compromiso con la realidad mexicana, ha entorpecido un acercamiento a su tarea literaria menos susceptible de influencias. Una labor pausada, de raigambre popular, que se aproxima libérrima en su alcances y contenida en su forma, a ese “tiempo mexicano” que sin transcurrir se fuga de las manos. Mirada atenta sobre las mutaciones de una sociedad, en su trayectoria nos leemos desde una perspectiva familiar que sin desbocarse en la persecución del enaltecimiento, lo sugiere cuando critica el estado de las cosas.

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Estamos ante el premio mayor de literatura en español, y los motivos para celebrar se acumulan. Es un galardón que corona el sentido y frutos de una larga trayectoria. Manteles largos para confirmar que la temperatura de la cultura mexicana hierve, que se nos lee fuera de las fronteras. Que si se escribe con honestidad y respeto por el oficio el lector llegará, y con ello los reconocimientos. Y no sólo es, como se repitió, por la supuesta “efervescencia de las letras mexicanas” —Sergio Pitol se hizo acreedor al galardón en 2005 y José Emilio Pacheco en 2009—, sino por el reconocimiento a un modelo de escritura y asimilación de la realidad, a través de una lengua compartida. Porque aquí se premia al español, vehículo trasatlántico de aspiraciones y sueños compartidos.

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En el acta del jurado se consigna que se le otorgó debido a “su brillante trayectoria literaria en diversos géneros, de manera particular en la narrativa y en su dedicación ejemplar al periodismo”, y destaca, a la par, su “firme compromiso con la historia contemporánea”. Que un escritor deba o no ser galardonado con un premio literario por su “compromiso”, es asunto debatible. Esta simpleza declarada es un asterisco en una premiación de aire literario. Entregarse a una causa no diluye o engrandece los valores de una intención estética, menos aún el carisma del autor —de tenerlo— o la colaboración con un proyecto político. Esta es una decisión unilateral por parte del escritor, no distinta de salir en bicicleta los domingos, o beber el espresso cortado.

Poniatowska forma parte de una generación de escritores mexicanos —aunque su caso es un trasplante insólito, no se olvide— que no tuvo reparos en arriesgar su integridad para ejercer el periodismo de un modo legítimo. La consigna de aquellos días era llegar a la “verdad”, y con eso minar la tiranía del poder político, ejercida de manera subrepticia. Fueron décadas en que la consigna era “desenmascarar”, ejercer el oficio para “poner al descubierto”, y que con ello el lector tuviera una visión completa del juego político. La meta era prender más luces para eliminar los claroscuros de la arena pública. Pero esto es un valor añadido a la obra periodística, que corre por cuerda separada de la literaria.

Sus libros ganan lectores según aterrizan las nuevas generaciones, y no pocos de ellos serán referencia para acercarse a tal o cual hecho de la historia reciente del país. Dos ejemplos: La noche de Tlatelolco (1971) y Nada, nadie: las voces del temblor (1988). Polémicas aparte, que se olvidarán según pasen los años, en esos libros aparecen las claves para vislumbrar conmociones que llaman a meditarlas de nuevo. En otra vertiente, íntima y confesional, sobresale su fidelidad al retrato-testimonio-anecdotario de personalidades: Octavio Paz: las palabras del árbol (1998) o Juan Soriano. Niño de mil años (2000). La mirada de Poniatowska destaca pues colinda con esa ingenuidad tersa que lima de entrada los prejuicios y desafectos que derivan de la pluralidad ejercida. Es esa oralidad de madre la que registra una marca personalísima en el individuo que ofrece su testimonio. En toda su obra literaria, por otra parte, la forma de la entrevista cose el discurso y una voz conecta la secuencia de los acontecimientos.

Vuelvo a sus libros y si bien el marcado acento popular concluye en una afectación estilística, el aliento de su narrativa es prístino y dibuja otro escalón desde el cual asomarse al devenir de nuestra literatura. En 2013 se cumplieron 60 años de que inició el ejercicio de su labor periodística, llevada a cabo en un medio profesional hostil, pues además de ser mujer la forma de su indagación generaba sospechas. Ejercer el periodismo en los años sesenta en nada parece a practicarlo ahora. Eran los años de la paranoia policial, el control desmedido de las autoridades, la ausencia de medios electrónicos.

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En sus libros la frontera entre registros es indistinguible, lo que desafiará el paso del tiempo. Su forma particular de narrar orbita a placer entre géneros, y además lo orquesta con envidiable libertad. Un paso adelante en el seno de una cultura literaria que privilegia el rostro grave y el tallado en piedra, antes que los giros libérrimos del ingenio. Las instituciones culturales, además, encorsetan a los autores y el que es “narrador”, “poeta” o “dramaturgo”, lo es hasta su muerte y no le es dable intentar más. De su obra elijo la ficción pura antes que el testimonio y la crónica. Lilus Kikus (1954) antes que El tren pasa primero (2006). Pero su pluma también se engrana con autonomía en la reconstrucción imaginada de vidas, como en Tinísima (1992) sobre Tina Modotti, Paseo de la Reforma (1996) alrededor de Elena Garro, o La piel del cielo (2001), basada parcialmente en el astrónomo Guillermo Haro. El México de carne y hueso, de personajes que activaron la vida pública, se funde con la fabulación y la creación de una geografía literaria, y que en su intento por preservar la forma de los objetos altera su composición y fundamento. Operación alquímica de palabras. Y si bien los linderos no son claros y siempre hay una tensión que organiza los alientos, se erige el carácter súbito de una escritura que se impregna de sí misma para recrearse.

Poniatowska abre senderos a esa forma elíptica que es la crónica lírica, amalgama de registros en donde el “yo” es una intuición que no cesa en su peregrinaje para buscar la verdad. En otro brazo de su obra ha privilegiado la mirada atenta sobre la mujer creadora. Sus preocupaciones laten en donde la mujer se sobrepone a la circunstancia, y se lanza a contrarrestar sus efectos adversos a través de la creación artística. O de la mera tenacidad: resistir es vencer. El feminismo radical de sus primeros años trasmutó con las décadas para plantarse en el centro del rescate meditado de mujeres destacadas.

Se refiere que fue el premio Seix-Barral en 2011 por su novela Leonora la que acercó sus libros al lector español, y eso detonó el interés generalizado por su obra. Es creíble. En México, no obstante, es leída de manera permanente y las reediciones de sus libros aparecen sin apenas anunciarlas. Esto es: la concesión del premio sólo nos confirma el dictum popular. La excentricidad de su origen y posterior errancia, a causa de los eventos bélicos en Europa, hacen de su trayectoria un triunfo de la asimilación cultural. Se le puede leer o no, pero su aportación a la cultura del país es innegable, sea en su vertiente literaria, periodística o de participación con las causas que decidió apoyar. La concesión de este premio detonará traducciones de su obra, en parte vertida sólo al inglés, francés y alemán, y con esto estallará en muchas direcciones.

Tras el énfasis de su asombro por la tradición novelística hispanoamericana, Poniatowska no dio la espalda al museo de horrores que habita nuestro amanecer diario de muertes e injusticias, y lo ha encarado por décadas. Sea desde la indignación llana, o sea desde optar por una novelística que insta al rescate de ciertos aspectos de la sociedad mexicana, la cual comparte los demasiados vicios con el mundo hispanoamericano. Así, pasa de largo ante las facilidades que ofrece la literatura testimonial a secas, y emplea su calidad de testigo-víctima-partícipe para intentar la forma ideal de ese presente novelado. El arco dilatado de una labor múltiple que trenza las formas agónicas del ejercicio de la libertad en el siglo XX se curva hasta quedar a punto de romperse. Y ahí resiste, tensa. Desde esa dureza, finísima y translúcida, a la manera de una telaraña, es posible leer su producción literaria.

 

Luis Bugarini

Crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

 

5 comentarios en “Poniatowska pasa primero

  1. A Poniatowska hay que leerla por sus libros y no vetarla anticipadamente por el hecho de que sea adica a AMLO, eso no tiene nada que ver. Es como si no quisiéramos leer a Garcia Marquez porque sea amigo de Fidel Castro, o en el otro extremo, no leer a Vargas Llosa porque «es reaccionario». Hay que separar a los escritores de sus filias y fobias politicas, al margen de que, por supuesto, su ideologia esté implicita en sus textos. La calidad es lo que vale.

  2. Aclaro: No soy seguidor ni simpatizante de Poniatowska, pero no pude dejar de opinar.
    Sere breve:
    1.- Quien dio el nombramiento de ‘Critico’ al autor de tantas lineas? O se considera a si mismo como tal? Con base en que? Como puede uno decirse ‘Critico’ o donde otorgan tal distincion? Es suficiente leer unos 50 libros diarios para serlo? O como?
    2.- Dedicar tantas lineas? Parece envidia. Nadie dedica tanto para al final terminar pareciendo perdido en todo un relato que ya al final no dice algo que valga la pena y mucho menos aporta.
    3.- Le hace falta un corrector de estilo. En su afan de adornar las lineas y frases, ademas de tratar infructiferamente de parecer Escritor (o ‘critico literario’?), se pierde y tropieza con sus propias palabras. No necesita escribir cien palabras para aportar tan solo una sencilla idea.
    4.- Si a uno no le gusta leer algo o saber sobre algo, simplemente se retira y ya para dedicarse a hacer algo mas productivo. Para que tanta palabra?
    Hago lo propio: Me retiro.
    Saludos!

    • Lo mismo pensé Edgar, mucha paja en el texto. Creo que a manera de telaraña —siguiendo en la línea de este crítico excelso— es posible leer su texto cantinfleado. El trabajo de Elena me parece enorme, no hace falta que alguien como Luis Bugarini nos lo diga.

  3. Estoy agradecida con el autor de este ensayo. Me ha gustado muchísimo. Ha sabido leer y querer a Elena Poniatowska como es debido. ¡Felicidades Elena!