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“Cancela el desayuno que tenemos y te veo en la oficina, ni preguntes para qué. Es del asunto que traemos. Te veo a las siete de la mañana”. Ésa fue la llamada que recibí del procurador general de la República en la madrugada del 9 de febrero de 1995. Yo era el titular de Comunicación de la Procuraduría. Llevaba dos meses en el puesto. Tenía 28 años y junto con el procurador y otros compañeros éramos los primeros panistas en ocupar cargos en el gobierno federal.

Siempre supimos que el trabajo sería difícil pero nuestra imaginación era constantemente superada por la realidad. Basta recordar que no había pasado el mes en la Procuraduría cuando se cometió el atentado al recién nombrado titular de la Policía Judicial Federal, Juan Pablo de Tavira. Lo intentaron envenenar con el calentador de gas de su casa. Juan Pablo sobrevivió al atentado, pero nunca se restableció del daño causado por el envenenamiento. En esos momentos comenzamos a entender de qué se trataba una buena parte del trabajo. Juan Pablo era de carácter implacable, de una mirada profunda como su inteligencia. Tiempo después sería asesinado en la cafetería de un hospital de un balazo en la cabeza. Su conocimiento científico sobre el trato a los criminales y la aplicación del mismo sin miramientos le costó la vida.

Así que no pregunté para qué tenía que estar temprano aquella mañana. Traíamos varios asuntos pero no atiné a saber cuál. Cuando había alguno delicado, no se trataba por teléfono sino en una oficina —la de ciertos funcionarios como el procurador era constantemente “limpiada”, es decir, se checaba que no tuviera micrófonos—. Toda comunicación, como ahora, era susceptible de interceptarse, por lo que aplicaba la conocida frase del argot policiaco: “Si no quieres que alguien se entere de algo, ni lo pienses”. Cancelé temprano el desayuno que teníamos con algunos caricaturistas. No encontré a todos por lo que algunos llegaron muy puntuales y tuve que salir a pedirles su comprensión porque había ocurrido un “imprevisto, de los que a diario hay aquí”, les dije a modo de disculpa. Del asunto “que traíamos”, según había dicho el procurador, me enteré en la junta de las siete.

Dirigidos por un ministerio público se llevaron a cabo en días anteriores una serie de diligencias y operativos que conformaron averiguaciones previas en las que el resultado más notable era la revelación del nombre verdadero del azote de poderosos, ídolo femenino, ideal de la juventud, defensor de los indígenas, poeta exprés, romántico cursilón, puntual repartidor de culpas históricas, modelador de palabras, icono mundial de la justicia, esperanza de desahuciados políticos, fascinación de periodistas, amo de las frases ingeniosas, personaje de fama y talla internacionales, señor de las montañas y las selvas, el impactante y sorprendente subcomandante Marcos.

En los últimos meses del gobierno anterior, a través de algunas filtraciones a medios de comunicación, habían “quemado” la posibilidad de algunos nombres. Algún jesuita, algún maoísta, algo para intentar saber quién estaba tras el pasamontañas, quién era el misterioso personaje que traía de cabeza al gobierno, encantaba a los europeos, y que había resucitado a una izquierda moribunda. Pero los intentos no tuvieron fruto. El secreto se guardaba celosamente por quienes lo conocían. Pero como en todo grupo político, era cuestión de tiempo para que se presentara la traición.

De todo se vio en la junta. Revelar la identidad de Marcos era sin duda una noticia de primer nivel. Le daría la vuelta al mundo, pero también juntaría a los enemigos del gobierno —entre los cuales no se descartaba, por supuesto, a Salinas de Gortari, que decía por todos lados que la culpa de la crisis económica era de Zedillo—. Me informaron que el anuncio sobre el nombre del subcomandante lo haría el presidente y yo decidiría todo lo relativo a la comunicación de la PGR. El país atravesaba una de las peores crisis económicas. No había noticia que sirviera de atenuante. El sexenio de Zedillo pintaba de color negro. El presidente anunciaba ajustes y medidas. La situación era crítica. Quizá por eso el presidente quería hacer el anuncio, para situarse en un ámbito distinto del desastre económico.

¿Y nosotros qué vamos a hacer?, pregunté. Ahí estaban el procurador, su secretario particular, subprocuradores, ministerios públicos, el coordinador de los operativos y algunos militares. Todos con cara de haber dormido apenas unos minutos. “Te tienes que coordinar con presidencia —me instruyó Lozano— y aquí con el general que te dirá con quién en el ejército te pones en contacto para organizar las conferencias de prensa que sigan a la del presidente”. El general dijo que me coordinaría con él directamente.

Después de que el presidente hiciera el anuncio, nosotros informaríamos sobre las averiguaciones, detenciones y pasos a seguir. Además haríamos de la PGR el centro de la información sobre el tema. Varios salieron a una junta a Los Pinos y a mediodía volvimos a tener una reunión en la que me dieron un par de fotos de zapatistas en la selva con el subcomandante y algunos de sus compañeros, la foto de Rafael Sebastián Guillén y la mica con un pasamontañas en la que encajaban perfectamente sus ojos para convertirlo en “el sub”

—¿Es todo? —pregunté.

—Sí, eso es lo que hay que mostrar —me respondieron.

—¿Y por qué no intentamos algo en computadora? Algo que se vea un poco más profesional.

Se me contestó que por supuesto se había pensado en esa opción pero que, lamentablemente, esa herramienta no la podíamos usar porque se había convertido en una vacilada con la presentación que hizo Jorge Carpizo sobre el asesinato del cardenal Posadas, y que en la prensa fue objeto de burla hasta quedar en el conocido “Nintendo de Carpizo”. Aproveché que el procurador dejaba la sala de juntas para tomar una llamada y me colé a su oficina. Cuando terminó su llamada le dije con el tono que a veces usábamos para relajarnos: “Señor procurador, mire lo que me dieron: estas fotos son lo que tengo que enseñar. Con todo respeto, no mamen”.

Se rió y me dijo que ni modo, que había que hacerlo. “Voy a parecer de las edecanes que anuncian los rounds en las peleas de box. Además, muy seguramente nos cuestionarán que es un trabajito de superposición muy elemental”, dije en tono de queja. “No te preocupes, no va pasar nada de eso”, me respondió. “En primera porque va por delante la palabra del presidente y no arriesgaríamos su figura si no estuviéramos seguros. Las cosas no están para ese tipo de errores. Y la segunda es porque es él, Marcos es esa persona, no hay equivocación. Ésa es la fuerza del mensaje, verás que la foto no será problema. Nomás no la pongas al revés”.

Tenía razón, la fuerza era la certeza del nombre, no sólo la imagen. De cualquier forma dediqué bastante tiempo a ensayar el numerito de quitar y poner la foto. Tenía que salir impecable. Presidencia había anunciado que el mandatario daría un mensaje, lo que causó expectación. Nosotros citamos a conferencia de prensa en la Procuraduría, pocas horas después del anuncio presidencial.

Después de que el presidente dijera que se había descubierto la identidad del líder zapatista y que la PGR daría más información, el mundo se vino encima. Los teléfonos eran una locura, todo el mundo hablaba y exigía saber qué íbamos a decir. La inquietud general era si habíamos aprehendido al subcomandante y qué iba a pasar. Me quedé en la oficina del procurador porque en la mía sería imposible escapar de la demanda informativa. Había sido una sorpresa para todos. Fue una información que no se compartió con nadie. La Secretaría de Gobernación ni siquiera sabía del asunto.

Habían pasado unos cuantos minutos del mensaje del presidente, y ya el auditorio de la PGR estaba saturado. Cientos de periodistas. Pocas veces he visto tantos, quizá cuando se da el resultado de la elección presidencial del lado ganador. Todos los corresponsales extranjeros, cámaras y empujones por todos lados entre los reporteros, camarógrafos y fotógrafos. Cuando salimos a informar solamente quedó el ruido de las cámaras y un silencio total se hizo en el auditorio. El procurador leyó el resumen de las investigaciones y cuando finalizó procedí a enseñar la fotografía tal y como lo había ensayado. Los ojos debían quedar perfectamente ajustados en la mica del pasamontañas. Gritos y  flashes: “por acá”, “acércala más”. Fueron minutos con las manos a la altura de mi cara para ver que no fallara la sobreposición de la foto y la mica.

Terminamos el evento al anunciar la entrega de más información al día siguiente. Me acerqué a comentar algo con los reporteros. Aquello era un desorden de gritos y exigencias: ¿Ya lo tienen, verdad? ¿Van a entrar a la selva por él?, preguntaban los reporteros nacionales, mientras con cara de desesperación algunos corresponsales extranjeros reclamaban el horario de la conferencia porque la nota pasaría en la madrugada en sus respectivos países.

Llegué a mi oficina y tenía, literalmente, cientos de llamadas. ¿Qué iba a pasar? ¿Qué sigue?, eran las preguntas que me hacían con más insistencia. No lo sé, contestaba, pero ya tenemos la orden de aprehensión y tenemos que cumplirla. Mientras tanto, la imagen daba la vuelta al mundo. Era una gran nota: Marcos, su verdadero nombre y su cara sin pasamontañas. Un par de horas después el problema era otro: nadie creía que no lo tuviéramos detenido. Pensaban que al día siguiente lo presentaríamos físicamente. Se les recordaba que el anuncio fue exclusivamente para dar a conocer la identidad del personaje. Se dijo dónde estudió, se repartieron copias de su tesis universitaria, un trabajo que habían realizado áreas de inteligencia, que permitiera no dejar un cabo suelto. No había manera de saber con precisión en cuántos medios internacionales repercutió la nota, pero no cabe duda que fue de las que más impacto internacional tuvo en muchos años.

Por supuesto, los efectos no se hicieron esperar. A los pocos días todo mundo nos mentaba la madre. A la semana se daban dos o tres manifestaciones de jóvenes que pasaban por la PGR y se detenían a entonar frases que nunca confundimos con “muestras de apoyo”. Un amigo que trabajaba conmigo renunció tres días después porque sus padres le recriminaban trabajar del lado “represor”. Una de mis hermanas estudiaba en el extranjero y al ver las noticias llamó a mi madre para saber si yo me había convertido en policía o qué estaba pasando porque salía en la televisión destapando a Marcos. En el PAN muchos mostraban una especie de susto: ¿Sí saben lo que están haciendo?, nos preguntaban con una suerte de pena ajena de que fuéramos nosotros los que estábamos en medio del asunto. Diputados y senadores querían, exigían, información; las mujeres se encontraban desencantadas y exigían que no se le quitara el pasamontañas. El tamaulipeco, tal cual, no resultaba sexy y los europeos —en la actitud de varios de sus corresponsales— mostraban una tristeza enorme porque se podía acabar con la idea romántica de lavar la culpa colonialista. Decir que se trataba de una persona que se había armado, junto con un grupo, y que había declarado la guerra al Estado mexicano, era un argumento que compraban muy pocos. La mayoría alegaba a su favor y había un consenso en que el presidente ordenara la suspensión del cumplimiento de las órdenes de aprehensión (que fue lo que terminó pasando).

No fueron fáciles aquellos días. Para mí fue un trabajo que había que hacer porque hay lugares donde el trabajo no es un jardín de rosas. Así lo entendí y sabía que me había convertido en un sujeto anticlimático: nadie gozaba mucho de ser visto en mi compañía. Marcos era, ante todo, políticamente correcto, moralmente intachable y nosotros “el aparato represor del Estado”, “el regreso de la guerra sucia”, “la renovada presencia del fascismo”, y toda esa retórica que acompañaba los debates ideológicos. Lo mejor era no presentarse en lugares públicos como el cine o los restaurantes para tratar de evitar las agresiones y los reclamos airados de la “sociedad civil”, ya fuera del grafitero o de la enjoyada romántica.

En todo ese juego que suele simplificarse como una película o un cómic, en el que la lucha es entre buenos y malos, habíamos cometido el terrible error de desenmascarar a Batman cuando todos lo querían y a nadie le interesaba saber si era Bruno Díaz. Habíamos sorprendido y señalado al hombre bueno y justiciero como alguien fuera de la ley en un país acostumbrado a ver que a los malos nunca les pasa nada. Y aquí, salvo unos cuantos, todos estaban vueltos locos con Marcos: políticos, estudiantes, indígenas, periodistas, escritores, actrices, millonarios… Ciudad Gótica estaba con él, mientras nosotros jugábamos el papel del Guasón. Y, claro, Batman regresó.

 

Juan Ignacio Zavala

Fue director de Comunicación Social de la PGR de diciembre de 1994 a diciembre de 1996; ha sido vocero del PAN en repetidas ocasiones y miembro de los comités de campaña presidenciales de Vicente Fox, Felipe Calderón y Josefina Vázquez Mota. Es columnista de Milenio Diario y participa en programas de polémica y debate público.

 

5 comentarios en “El destape de Marcos

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  2. Asi nos pasa a muchos primero es el compromiso del trabajo, para eso nos alquilamos, no nos podemos quejar después, primero que nada es el ingreso para mantenernos y mantener a la familia, después la grilla.