“Cancela el desayuno que tenemos y te veo en la oficina, ni preguntes para qué. Es del asunto que traemos. Te veo a las siete de la mañana”. Ésa fue la llamada que recibí del procurador general de la República en la madrugada del 9 de febrero de 1995. Yo era el titular de Comunicación de la Procuraduría. Llevaba dos meses en el puesto.
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