Si alguien no podía imaginar el rumbo que tomaría el primer año de este sexenio, ese era Enrique Peña Nieto la noche del 1 de julio mientras celebraba su victoria en la sede nacional de su partido. El triunfo había resultado más estrecho de lo esperado, su partido no tendría mayoría en las Cámaras y López Obrador tenía los votos suficientes para volver a impugnar la elección presidencial. Concluía con éxito su campaña, es cierto, pero el proceso electoral había vuelto a polarizar a la sociedad. El panorama lucía complicado.

Lo que Peña Nieto no podía saber es que esa misma noche, no lejos de ahí, insospechados personajes tomaban las decisiones que en gran medida determinarían la ruta que seguiría su gobierno. En Cuernavaca, Graco Ramírez, recién electo gobernador de Morelos, decidía, sin esperar a consultarlo con nadie de su partido, el PRD, que desde el día siguiente reconocería sin ambigüedad el triunfo de Peña Nieto para sacudirse la presión, que anticipaba, ejercería sobre todos los perredistas López Obrador para embarcarlos de nuevo en una estrategia contestataria similar a la que había seguido en 2006, con lo que se dilapidaría de nuevo la fuerza que la izquierda había logrado en las urnas.

En la colonia Del Valle, en las oficinas del PAN, Gustavo Madero, el presidente nacional, se reunía con Santiago Creel, Juan Molinar Horcasitas y Marco Adame, para delinear juntos la posición que esa misma noche adoptaría el partido ante el regreso del PRI al poder. Convinieron de entrada que la suya debería ser una oposición constructiva y leal a México, para contrastarla con la oposición obstructiva que había practicado el PRI durante sus gobiernos. Empezarían por criticar el proceso electoral denunciando que el PRI ganó a billetazos pero convocando simultáneamente al futuro gobierno a discutir una agenda de cambio. La derrota había sido muy severa para el PAN, pasaban de gobernar el país a un lejano tercer lugar, pero quienes definían en esa reunión la posición del partido no se consideraban directamente los perdedores. Alejados del presidente saliente y sin ser parte del equipo más cercano de la candidata Josefina Vázquez Mota, la preocupación de ese grupo era el futuro inmediato  del partido.

En el PRD, el grupo conocido como Los Chuchos, Jesús Ortega y Jesús Zambrano, lo tenía muy platicado: apoyarían con todo la campaña de López Obrador, irían con él a la impugnación porque la consideraban un reclamo legítimo, pero no  estaban dispuestos a reeditar el escenario de 2006 cuando se desperdició la oportunidad de incidir en el rumbo del país. Esta vez querían hacer valer los 16 millones de votos que se habían pronunciado por el cambio que todos ellos representaban.

Esa noche no lo sabía Peña Nieto, ni nadie más lo vio, pero lo cierto es que los verdaderos derrotados de ese día: Andrés Manuel López Obrador, Felipe Calderón y Josefina Vázquez Mota no eran quienes estaban definiendo la postura de los dos principales partidos de oposición, ni lo serían en las semanas y meses por venir. Quedaron al frente dos dirigentes, Gustavo Madero y Jesús Zambrano que representaban, cada uno dentro de sus partidos, el ala más negociadora y menos ideologizada de sus organizaciones.

Zambrano y Ortega llevaban años enfrentándose a López Obrador por el control del PRD, teniendo a menudo que decidir entre ser señalados como traidores o arrastrados a defender posiciones duras que no compartían.

Madero no había sido el candidato de Calderón para dirigir al PAN y su forma de conducirlo lo había alejado aún más del presidente saliente. Pero más importante resultaría lo que Madero llama su narrativa sobre los gobiernos panistas y su derrota. Para él, las presidencias de Fox y Calderón no lograron concluir la transición a la democracia porque el mandato superior de los ciudadanos que era cambiar el sistema político no se había conseguido. En 12 años las estructuras reales de poder, los poderes fácticos, no sólo se mantuvieron sino algunos incluso se habían fortalecido. Y la única ventana que tuvo el PAN para hacer el cambio, los primeros meses de Fox, se había cerrado. Ahora Madero veía que paradójicamente se volvía a abrir una oportunidad para cambiar al sistema.

2013: El año del Pacto

—Y pues lo tomas o lo dejas  —concluía, no sin cierta resignación.

El ambiente no era el mismo que en 2006. A pesar de la rudeza final, los candidatos hicieron campañas de poca confrontación, reconciliadoras, “amorosas” incluso. Todos los asesores habían detectado el desgaste que el enfrentamiento político había provocado en los electores. No eran tiempos propicios para el enfrentamiento.

La mesa estaba servida.

Pasados unos días, el equipo de Enrique Peña Nieto se dedicó a tender puente con todos los actores políticos y muy en especial con el grupo de su principal contrincante. Buscaban, dicen, establecer un ambiente mínimo de civilidad, suavizar las tensiones, terminar con el encono. Con los obradoristas no tuvieron éxito, pero ¿cuál sería su sorpresa cuando desde las primeras pláticas los líderes del PAN y del PRD les plantearon la posibilidad de llegar a grandes acuerdos a alianzas tripartitas? No se lo esperaban.

Cada uno de los opositores tenía sus razones. En el PAN temían encontrarse de nuevo solos frente al PRI-gobierno, con un PRD marginalizado en la protesta y teniendo que enfrentar elecciones locales cada vez más inequitativas, con gobernadores omnipotentes y ricos, y al mismo tiempo, empujados y comprometidos por su “oposición leal a México” a votar en el Congreso iniciativas económicas con las  que coincidían, pero a cambio de  muy poco. Necesitaban al PRD  en la alianza para contrarrestar al  PRI y evitar la restauración, y al PRI para dar pasos en el camino  de la modernización económica. La prioridad de Madero y su equipo era poder seguir compitiendo sin traicionarse en el camino.

En el PRD, Jesús Ortega llevaba tiempo convencido que ni Peña Nieto ni López Obrador, ni nadie, podría gobernar solo un país donde los poderes fácticos de todo tipo llevaban más de una década doblegando al Estado. Se necesitaba un gran acuerdo nacional entre los principales partidos para darle al Estado la capacidad de retomar la iniciativa y de enfrentarlos con éxito. Para el PRD era la posibilidad de dar una imagen constructiva del partido e influir como nunca antes en el rumbo que tomaría el país.

El equipo del presidente entrante estaba consciente de que no teniendo mayoría en el Congreso necesitaba construir acuerdos, pasajeros o estables, para poder hacer que su agenda avanzara.

—Dicen que para gobernar se necesitan muchas cosas, entre otras, suerte. ¿No es una gran suerte esta coincidencia de ánimos justo cuando gana las elecciones presidenciales? —le pregunté al presidente Peña Nieto a propósito del Pacto.

—Pues Denise, si es suerte, bien, y si es algo más… —ahí se detuvo.

Por supuesto que tuvo suerte, o se le alinearon las estrellas, como dice Madero, pero el “algo más” que pide implícitamente que se reconozca es que él y su equipo supieron ver la oportunidad, la alimentaron y cuidaron de cualquier filtración o indiscreción que hubiera destruido  la posibilidad de un gran acuerdo como el que lograron, y que se convirtió en la carta fuerte con la  que se presentaron al país en la toma de posesión.

El Pacto por México define el primer año de este gobierno. Lo define desde el primero de diciembre cuando Peña Nieto retoma el discurso y los acuerdos del Pacto y los presenta como su plan de gobierno. Lo define en el lenguaje: mesurado, incluyente, conciliador, siempre agradecido con las aportaciones de los otros. La única excepción es el discurso en Chiapas en el lanzamiento de la Cruzada contra el Hambre, el ya famoso “No te preocupes Rosario, hay que aguantar porque han empezado las críticas. Han empezado las descalificaciones de aquellos a quienes ocupa y preocupa la política y las elecciones”. Un discurso muy costoso que tuvo como saldo la cancelación del evento en que los integrantes del Pacto presentarían la reforma financiera, un discurso de enmienda del propio presidente días después en Puebla, un addendum del Pacto donde el gobierno se comprometía a respetar la ley de cara a las elecciones que se aproximaban y la exigencia de que la reforma política se votara antes que la reforma energética. No volvió a pasar.

El Pacto ha definido también las formas y ceremonias del nuevo gobierno. El poder hoy se escenifica en un gran estrado donde el presidente se sienta a la mitad de una larga mesa con los líderes de los tres principales partidos a su derecha e izquierda, seguidos por sus hombres fuertes, los secretarios de Hacienda y el de Gobernación, y en las esquinas los presidentes de la Cámara de Diputados y de Senadores. Todos ellos literalmente respaldados, cuando la ocasión lo amerita, por los gobernadores de pie en gradas dispuestas detrás del podio.

El Pacto ha dominado la agenda, la ha impuesto. Llevamos meses discutiendo una reforma o la otra, de la de maestros a la de telecomunicaciones a la fiscal y las que siguen. Le ha sido también de gran utilidad al gobierno para que los temas de violencia no siguieran acaparando los titulares.

El Pacto desplazó el conflicto político. De ser entre partidos pasó a ser al interior de los partidos, muy abiertamente en el PAN y en el PRD, pero de manera velada también en  el PRI.

El Pacto ha marcado el manejo  de crisis del gobierno y su sensibilidad a los escándalos. La contención, por lo menos en el lenguaje, que siguió al escándalo de Veracruz denunciado por el PAN, la ausencia del presidente en los estados donde había contienda electoral, el “castigo” al ex gobernador priista Andrés Granier por sus despilfarros.

Cuidar al Pacto ha sido la prioridad explícita de este gobierno. Para Peña Nieto: “El Pacto ya no sólo es de quienes lo suscribimos, ha generado una expectativa, una esperanza entre los mexicanos que es algo bueno y positivo para el cambio y el desarrollo de México”.

El Pacto también ha sido muy criticado porque: reduce los espacios de disenso, desdibuja ideológicamente al gobierno, descafeína las reformas, pervierte la política, debilita a los poderes, se acuerda en lo oscurito.

Lo cierto es que es muy pronto para evaluarlo. El tiempo y los resultados nos dirán si el Pacto por México es la extraordinaria herramienta política que dicen quienes lo firmaron o una alianza que desprestigió a los partidos de oposición sin darle tampoco grandes beneficios al grupo gobernante. Por ahora hay reformas muy importantes en discusión y las que ya pasaron están lejos de haberse concluido y aplicado.

Para los partidos la cita es en 2015, los resultados que obtengan en esas elecciones serán vistos como el veredicto por su intervención en el Pacto. Para los dirigentes que participaron directamente en la construcción del acuerdo, la cita es antes, cuando cada partido renueve a su dirigencia.

El efecto para el país nos lo dirán las cifras de crecimiento, pobreza y desigualdad en los próximos años. n

 

Denise Maerker. Periodista. Es titular de los programas Atando Cabos y Punto de Partida.