El extraordinario autor de libros imprescindibles —Perdita Durango, El padre fantasma—  y de guiones cinematográficos que derivaron en filmes clásicos —Lost Highway y City of Ghosts—  entrega a los lectores de nexos un cuento inédito en el que su mirada feroz, invariablemente oscura,  célebremente extraña, recorre el lado mexicano de la frontera

Para Guillermo Arriaga

A los setenta y cinco años Pace Ripley decidió emprender un viaje por carretera a México, donde nunca había estado antes, desde su casa en Carolina del Norte. Su viaje se llevó  a cabo sin contratiempos hasta que cruzó la frontera mexicana de Brownsville  a Matamaros. Fue en El Jabalí, un bar de Matamoros, donde conoció a un hombre de su edad, o más, llamado Hugo Gresca, quien en un inglés bastante fluido le contó que había trabajado durante muchos años como asistente del director de cine John Huston.

“Yo fui quien llevó a Huston a Puerto Vallarta y monté para él la locación para filmar La noche de la iguana. Huston compró una propiedad que descubrí en una costa accesible sólo por mar. En ese entonces yo era un joven semental, un bello demonio, ¿puedes creerlo? ¿Recuerdas cómo bailaba Ava Gardner en la playa con esos caballeros* que se suponía eran sus juguetes, sacudiendo maracas? Bien, pues ahí te va esto, amigo. Podía ser real si ella así lo quería. Me enseñó lo que había bautizado como el saludo del torero, que consistía en penetrarla por detrás cuando ella no sabía que tú estabas ahí. Bebía mucho y entonces se descomponía un poco, pero era una mujer de verdad. Esos chicos de la playa de culos saltarines eran maricones, los dos; pero idolatraban a Ava, la proveían de cualquier cosa que ella quisiera: bebida, muchachos, mota. A ella le gustaban los hombres pequeños: se casó con Mickey Rooney, ¡por Dios!, y con Sinatra, par de renacuajos. Ava vivía en Madrid, casi todo el tiempo en el Hotel Victoria, donde se hospedaban los toreros, así que tenía para escoger. No podría sino decir cosas buenas de esa mujer.

”John me llevó a sus propiedades en Irlanda, donde bebíamos whiskey cada mañana en el desayuno, y luego cazábamos zorros a caballo, con los perros. Llovía todo el tiempo y yo necesitaba el sol, así que volví a Puerto Vallarta y de manera intermitente, durante veinte años, me convertí en el cuidador del refugio de John. ¡Era una gran vida, amigo! Mejor que un sueño. Tras la muerte de John, viví en Nueva York durante cinco años con Raquelita Pamposada, la actriz uruguaya a la que llamaban La Pitonisa. Ella hizo pocas películas, la mayoría de ellas en España y Argentina, antes de casarse con un banquero suizo. Los arreglos del divorcio le permitieron una vida de lujo en Sutton Place, en un departamento de tres pisos arriba del de Katharine Hepburn. Ahí es donde la conocí, cuando John se reunía con Hepburn y Bogart antes de filmar La reina africana. Raquelita tenía una muy breve intervención en esa película, haciendo el papel de una prostituta congolesa con la que el personaje de Bogart se metía antes de partir por el río. Ella me dijo que él tenía muy mal aliento y que le había confesado que no podía hacer que se le pusiera duro el pito después de todos esos años de beber tan duro. Desafortunadamente, la parte de la puta congolesa fue cortada en la versión final de la película porque uno de los productores pensó que haría que la audiencia se formara un juicio negativo en contra de Bogart. Ése fue el canto del cisne de La Pitonisa, y nadie lo vio. Me mostró el rollo de película y era terrible, aunque ella estaba soberbiamente desnuda y pintada de negro. Le di el saludo y el adiós del torero, ambos la primera vez que la vi.

”Luego, La Pitonisa, que era francamente perezosa, se puso gorda y comenzó a gastar su dinero en spas europeos y clínicas de salud para perder peso. Se hizo cirugía plástica también, que la hacía ver como si estuviera mascando tabaco todo el tiempo. Con los años prefirió irse a la cama con mujeres, desistió de los hombres, incluyéndome a mí. Se metía heroína también, y dirigió las velas de su junco chino directamente hacia la isla de Lesbos. Así que yo, amigo, salí lentamente de la escena, a regañadientes, humillación tras humillación. A pesar de su nunca superado narcisismo y su manera diabólica de ser, siempre estuve perdidamente enamorado de Raquelita. Sólo Dolores del Río, o quizá Hedy Lamarr, tenían rostros a la altura del de ella antes de ser tasajeado por los doctores. Comparada con La Pitonisa, la Garbo bien podía haber sido un chimpancé”.

El saludo del torero

Pace temió que el monólogo de Hugo Gresca, alimentado por Cinco Estrellas y Negras Modelo, podría continuar indefinidamente hasta caer colapsado o muerto. Jamás se enteró de cómo Hugo había acabado en Matamoros porque justo cuando comenzaba a relatarle una noche en la que él, Sean Connery y Huston entraron a una casa de putas en Kabul llamada El Refugio de los Frutos Prohibidos, durante la filmación de El hombre que quiso ser rey, un negrazo que vestía un chaleco de piel de cocodrilo sobre el torso desnudo, entró al bar, levantó en vilo a Gresca para sacarlo de su asiento y sin decir palabra se lo llevó.

A la mañana siguiente, Pace enfiló su 4Runner hacia el sur. Necesitaba más de México, o eso creía. Condujo sobre la autopista 230, de Matamoros a Monterrey, y cruzó las montañas hasta Saltillo, en el estado de Coahuila. Había leído acerca de esta región, cuando el emperador austriaco Maximiliano gobernaba México, en mitad del siglo XIX, y se produjo un movimiento armado en contra de esa situación, que dio lugar a batallas entre los insurrectos y las tropas federales. Fue durante esta época que el gobernador de Coahuila concedió que se creara el santuario de los black seminoles, una tribu americana conformada por indios seminole de Florida, indios crik renegados del sur, que habían huido de las reservas reubicadas en Oklahoma, y esclavos fugitivos, casi todos de Texas. Los mexicanos llamaban a esta gente mascogos; eran únicos, ya que se habían mezclado entre ellos libremente y se habían unido contra los cazadores de esclavos y el gobierno estadunidense. Se permitió el asentamiento de black seminoles en Coahuila como retribución a su defensa de los poblados a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos de los ataques de comanches y apaches. Los mascogos se volvieron granjeros y apoyaron a los rebeldes contra el ejército de Maximiliano.

Pace se detuvo en el Hotel Río Salado, tomó un cuarto, se aseó un poco y luego bajó al comedor. Sólo otra persona se encontraba ahí, un cuarentón alto, toscamente guapo y ancho de espaldas, sentado en una mesa, sorbiendo a través de un popote algo que parecía ser un ponche de frutas. Tan pronto el hombre vio que Pace se iba a sentar en otra mesa, se levantó haciendo un movimiento con una mano y dijo: “Señor, ¿sería tan gentil de hacerme compañía?”.

Pace caminó hasta él, se presentó y el hombre dijo: “Soy Aurelio Audaz”.

Se dieron la mano y se sentaron.

—Como somos los únicos huéspedes —dijo Aurelio Audaz— pienso que coincidirá conmigo en que hay que hacernos compañía.
¿Por qué no?
—¡Ah!, habla español.
—Me temo que muy poco. Pero su inglés es excelente.
—Mi madre era de San Francisco, California. En casa hablamos inglés y español indiscriminadamente. Puedo preguntar qué lo trae a Saltillo.
—Vagabundeo en dirección de la ciudad de México. Soy un turista; jamás había estado en México antes. Vivo en Carolina del Norte, pero crecí en Nueva Orleans. ¿Y usted?
—Vivo en Coyoacán, en la ciudad de México. Estoy aquí, en Coahuila, para cazar jaguares.
—¿Acaso los ganaderos locales pagan por ese servicio?
—No. Sólo lo hago por placer. Cazo exclusivamente con arco y flecha. Los animales salvajes no traen armas de fuego, así que yo tampoco.
—Ellos tampoco usan arco y flecha.
—Es cierto, pero los gatos grandes son mucho más poderosos y ágiles que los seres humanos, y tienen fauces enormes con colmillos afilados que pueden aplastar sus huesos, y también uñas como navajas de afeitar que con un solo arañazo removerían la cara de un hombre.
—Al menos no van a luchar mano contra garra.
—No todavía. Me siento a esperar a que la bestia venga hacia mí. Se necesita mucha paciencia.

Un mesero se acercó. Pace pidió una Indio y tomó el menú que le ofrecían. El mesero se fue.

—Y ¿qué hace cuando no persigue y acecha jaguares, señor Audaz?
—Soy maestro de economía en la universidad, en la ciudad de México. Cazar me provee de un contraste ameno.

El mesero regresó con la cerveza de Pace.

—El mole es excelente —dijo Aurelio Audaz—. Lo recomiendo. Lo hacen con chocolate.
—Mole entonces —le dijo Pace al mesero.
Lo mismo para mí.

El mesero asintió con la cabeza y se retiró.

—Leí algo acerca de los black seminoles —dijo Pace—, llamados mascogos, que vivían en Coahuila. Es una historia interesante.
—La conozco. Su comunidad estaba en Nacimiento. Una vez, hace veinte años, en las faldas de la Sierra Madre Oriental, conocí a un descendiente de los mascogos. Era un hombre viejo, quizá de la edad de usted, pero seguía estando robusto. Me retó a una pelea con cuchillos.
—¿Por qué?

Audaz levantó los hombros. —¿Quién sabe? Él estaba solo, como yo. Tal vez estaba trastornado, un ermitaño de la montaña. Su ropa, incluso su sombrero, tenía agujeros. Vestía como un vaquero, pero no tenía caballo. Su piel era negra, pero sus ojos azules. ¿Sabía usted que había blancos entre los mascogos? No eran sólo negros o indios.

—William Powell era uno de ellos —dijo Pace—. Era mitad blanco, uno de sus líderes, de Florida. Cambió su nombre por Osceola y guío a su tribu en The Everglades, la región pantanosa de la Florida, donde se refugiaron.
—Me habría gustado haber conocido a Osceola, el jefe seminole. Debe haber sido un gran guerrero. Jamás se rindió ante el gobierno norteamericano.
—Es cierto. Los seminoles se negaron a firmar un tratado. Osceola fue herido con las bayonetas hasta morir en el fuerte Moultrie, en Carolina del Sur. Ahí un doctor lo decapitó y llevó su cabeza a Nueva York, donde fue incinerada.
—Qué terrible afrenta —dijo Aurelio Audaz.

Llegó el mesero con dos platos de mole.

—El mole fue inventado en Puebla —dijo Audaz— Hoy en día puede comerlo casi en cualquier lugar de México, pero si llegara a parar en Puebla, pruébelo. Ellos siguen la receta original.

Pace terminó su cerveza y le indicó a señas al mesero que quería otra.

—¿Quiere una cerveza? —le preguntó Pace a Aurelio.
—No, gracias. No bebo.
—Vivirá mucho.
—Tal vez sí, tal vez no. La muerte más común de los alcohólicos es al conducir.
—Estoy seguro de que es mejor no beber cuando se caza un jaguar.
Fuera de duda. A menos, por supuesto, que el jaguar también haya bebido.

Tras la comida, Pace de pronto se sintió fatigado.

—Lo siento, Aurelio, me va usted a disculpar. Necesito dormir. Soy un hombre viejo y me ha cansado manejar una distancia tan grande.

Audaz se puso de pie y extendió su mano derecha.

—Por supuesto, señor Ripley. Parto mañana al amanecer, así que aprovecho para desearle buen viaje.

Pace estrechó su mano y dijo: —Buena cacería, amigo mío. No permita que un gran gato acerque sus garras muy cerca de su cara. Está bien como está ahora.

Muchas gracias. Si eso llegara a ocurrir no nos volveríamos a encontrar, y eso además sería, si no una tragedia, una pena.

Pace dio la vuelta para irse, pero recordó en ese momento la historia de Aurelio y el hombre que conoció en la montaña, y se volvió.

—Dígame, Aurelio, ¿qué pasó entre usted y el mascogo? ¿Pelearon?

            Audaz sonrió a medias y movió la cabeza de un lado al otro.

—No. Él sacó su cuchillo, uno muy largo, de hoja oscura, acerada y brillante por muchos años de uso, con sangre de animal o quizá de humano, con melladuras en el filo. Le dije que estaba seguro de que él había vencido a muchos hombres más valientes que yo, y que yo sería una prueba insuficiente para su bravura. Se me quedó mirando fijamente por largo tiempo, y en el momento en que yo estaba convencido de que se me echaría encima, observando que sostenía su puñal con la hoja hacia el extremo exterior de la mano, de modo que sus golpes hirieran directamente, tal como hacen los cuchilleros experimentados, enfundó su arma y se fue caminando.
—Bueno para usted —dijo Pace.
—dijo Audaz—, pero mucho mejor para él.

Esa noche Pace durmió bien. Un animal de cuerpo atigrado, cola larga y rostro negro apareció en su sueño. Cuando se despertó por la mañana no podía recordar si se trataba o no de un jaguar, tan sólo que parecía estar persiguiendo a una mujer desnuda que reía mientras ambos corrían hacia la oscuridad.

Un poco después del mediodía siguiente, Pace se detuvo en un puesto a orilla de la carretera para comprar naranjas y cerezas. De pie, al lado de su 4Runner, leyó el letrero pintado a mano: NARANJAS, MANZANAS, CEREZAS. Viento, polvo, nubes altas, campos de frijol. Se sentía y se veía tal como él esperaba que México se sintiera y se viera. Una mujer joven, ancha y de baja estatura, con un vestido café y un rebozo verde y ligero sobre sus hombros, apilaba manzanas sobre el mostrador. Un niño de unos tres años, vestido sólo con una descolorida camiseta roja, sin pantalones ni zapatos, pedaleaba un triciclo azul y blanco hacia adelante y hacia atrás frente al puesto. ¿Dónde estaban las moscas? Pace esperaba que hubiera moscas, pero no había, quizás porque el viento estaba llevándose el hedor del fertilizante y el abono sin procesar en dirección contraria.

El saludo del torero

El niño cayó del triciclo y comenzó a llorar. La mujer se apresuró a venir desde atrás del mostrador, tropezando con una pequeña pila de manzanas y haciéndolas rodar por el suelo. Decía en voz alta: “¡Arriba, mijo! Arriba”. Ella estaba riéndose cuando dos Cadillac Escalades pasaron por ahí a toda velocidad, haciendo fuego con rifles de asalto desde las ventanillas posteriores abiertas. El rostro de la mujer se tornó sombrío y su rebozo salió volando cuando ella corrió hacia el niño gritando: “¡Abajo! ¡Abajo!”, antes de que incontables balas despedazaran el puesto de frutas. Pace estaba congelado. Continuó de pie después de que los Cadillac se fueron. El niño gemía, su delicado cuerpo estaba cubierto con el de la madre. Ella no se movía.

Pace lo sacó de ahí y lo abrazó hasta que se tranquilizó. Luego lo depositó en el asiento del pasajero de la 4Runner y le colocó el cinturón de seguridad. Sorprendentemente su vehículo no tenía ni un rasguño. Pace halló sacos vacíos de arpillera en el suelo, detrás del mostrador del puesto de fruta y los usó, así como el rebozo verde, para cubrir el cuerpo de la mujer. Luego manejó de vuelta a Saltillo y llevó al niño hasta el Hotel Río Salado. Pace le dijo al gerente lo que había ocurrido y este dio instrucciones a dos mucamas para que se hicieran cargo del niño. Preguntó a Pace si quería notificar a la policía.

—Me han dicho que en México nunca es buena idea llamar a la policía  —dijo Pace.
—Los hombres que mataron a la mujer de seguro eran narcotraficantes —dijo el gerente—. Probablemente Zetas. Ellos dispararon al puesto de frutas por diversión, y ella se atravesó en su camino. La policía y los narcos están de acuerdo. Llamaría a las autoridades locales si usted lo solicitara, pero, desafortunadamente, no creo que la policía haga otra cosa que retrasarlo y, quizás, sacarle dinero.
—¿Y el niño?
—Si tiene familia, la encontraremos. ¿Desea pasar la noche aquí, señor Ripley? Por cuenta de la casa.
No, gracias. Gracias por cuidar al niño.

Pace enfiló hacia el norte. Quería llegar a Monterrey, luego cruzar de nuevo la frontera entre Matamoros y Texas. No había nada más para él en México. Prendió la radio y buscó una estación con noticias de Estados Unidos. El Vaticano consideraba la posibilidad de bautizar a los extraterrestres. n

 

Barry Gifford. Narrador, poeta y guionista. Ha colaborado en publicaciones como The New Yorker, Esquire, La Nouvelle Revue Française, Rolling Stone, entre otras. Es autor de títulos como: Perdita Durango, Las cuatro reinas y El padre fantasma.

Traducción de Juan Manuel Gómez


* Las expresiones en cursivas están escritas en español en el original.