Heli

Ruido blanco, primero: un sonido persistente, invasivo, es lo primero que envuelve al espectador. Es el motor y el andar de una pick up blanca lo que se manifiesta en la pantalla y más allá, en una secuencia que, para nuestra desgracia, nos es familiar. En la caja de la camioneta hay dos hombres tendidos, amordazados, la cara de uno de ellos, vivo, sometida por la bota de su captor. El vehículo avanza por un camino vacío, una carretera secundaria, hasta llegar a un puente peatonal de concreto, gris y monolítico; allí, su camioneta se detiene y cuatro hombres sacan los dos cuerpos de la caja, los suben al puente peatonal y cuelgan a uno de ellos, los pantalones en las rodillas, una mancha al centro de su trusa blanca, muerto. La pick up se va. Y, después del prólogo, retrato de una realidad conocida, desmaquillada, comienza por fin Heli, de Amat Escalante (Barcelona, España, 1979; hijo de mexicano, creció en Guanajuato), película dedicada a resolver y llevar a su última consecuencia una incógnita: ¿quién es el hombre al que no colgaron (y por qué) del puente peatonal?

Estridente pese a —y también gracias a— su mucho silencio, Heli es una cruda disección de la violencia que nos contiene. Casi documental en su capa entérica, esta nueva obra de Escalante es en su núcleo una suerte de parábola o elipsis de naturaleza bíblica, luego parecida al libro de Job, ese hombre bueno al que Dios pone a prueba a través de una serie de desgracias; es decir, el milenario enfrentamiento entre el bien y el mal humanos, aunque en nuestro caso dejados de la mano de un demiurgo ausente desde hace mucho tiempo. Deslavada de la gracia espectacular de films como Miss Bala (2011) de Gerardo Naranjo, con la cual comparte más de un elemento, Heli es un relato narrado a ras de suelo, despojado de efectos especiales y consignas o desplantes estéticos, a ratos parecido a un cuento de Juan Rulfo, por más sobrado o superlativo que parezca el parangón.

Allí donde lo retratado es brutal y muy apegado a lo que sabemos y hemos visto de la violencia mexicana actual (y pasada: la miseria y su perpetuación es otra clase de violencia), la manera de filmarlo es de una sutileza estructural envidiable: pocos guiones tan bien escritos y ensamblados como el de Heli, obra del propio Escalante en mancuerna con Gabriel Reyes. Dividida en dos partes, la primera es la elipsis que nos lleva del cuerpo colgado en el puente, visto desde abajo, al hombre colgado en el puente, visto desde arriba, y que sirve para despejar la incógnita mencionada al principio. La segunda parte sirve para narrar y concluir una parábola iniciada en la primera, y cuyo vector no puede ser otro sino la virilidad como reducto último del que nada tiene; y que nada tiene que perder, haciendo una paráfrasis de un verso de Bob Dylan: “When you got nothing/ you got nothing to lose”.

Heli vive en una casa que comparte con su padre y su hermana, y a la cual se han sumado su esposa y su hijo, un bebé de pocos meses. Padre e hijo trabajan en la Hiro, una fábrica de autopartes ubicada en Silao, Guanajuato. La hermana de Heli, puberta, vive su primer amor con un joven aspirante a combatiente del narco, entrenado por una división especial del ejército y con el auxilio de Estados Unidos. La esposa de Heli no quiere mantener relaciones sexuales desde que nació el bebé. Y Heli, finalmente, es el vigilante de su hermana y el hombre frustrado por no tener acceso a su más sensible derecho matrimonial.

Mientras que afuera de la vivienda de la familia de Heli hay un Datsun destartalado y colocado sobre cuatro ladrillos grises, el novio de su hermana conduce un Nissan que es casi una carcacha, pero que aún goza de potencia. Finalmente, soldados y narcos manejan camionetas enormes y de tracción poderosa, amenazantes con su sola presencia. Símbolos últimos de la virilidad, estos vehículos que transportan muertos y vivos —o que ya no transportan nada, abandonados— sirven para mostrar el poder de quienes los conducen o de quienes los encaran: en una escena memorable, Heli se planta frente a una enorme camioneta negra que semeja un miura, hasta que el toro mecánico recula junto con el hombre armado en su torreta. Extensiones metálicas del pene, los vehículos que circulan en el film son tanto símbolos como alegorías de la condición masculina, ya presente tanto en la muy lograda ópera prima de Escalante, Sangre (2005), como en Los bastardos (2008), su notable film anterior.

Más allá de los autos, claro, están los hombres de carne y hueso que protagonizan Heli, todos midiéndose el tamaño de sus genitales entre sí. En otra escena no sólo memorable sino atroz (y no tremendista, porque no es gratuita), vemos cómo a un hombre le rocían combustible en el pene y los testículos y le prenden fuego, en una secuencia frontal que pasará a los anales de nuestra historia cinematográfica como una de las más fuertes en su representación de lo violento-real y su estridencia insondable.

Al final, el sonoro run run de la pick up blanca será sustituido por el sonido del viento, un viento más potente que cualquier motor y más fuerte que cualquier hombre: un viento que está allá afuera y no adentro adonde todo, después de la tormenta que es Heli, ha vuelto a una domeñada calma, la tranquilidad de Job que lo ha padecido todo y todo lo ha vencido, Dios y la violencia aparte. n

 

David Miklos. Escritor. Profesor asociado de la División de Historia del CIDE. Su libro más reciente es El abrazo de Cthulhu.