I
Me descubro pensando en un hombre parado en medio de un campo en el año 1200. Un hombre que está haciendo lo que sea que hacían los hombres en medio de un campo en el año 1200. Estoy pensando en su mente, me pregunto qué contiene. ¿A qué cosas les da vueltas en esa cinta que trae en la cabeza? ¿Con quién discute? ¿De quién se defiende? ¿A quién le trata de racionalizar sus actos?

Me pregunto, en otras palabras, si su manera de experimentar mentalmente la vida es diferente a la mía.

Me temo que lo que sí tengo en común con este tipo es que buena parte del diálogo mental que nos traemos es con gente que conocemos: nuestros padres, esposas, hijos y vecinos.

Sospecho que donde se separan nuestros caminos es en la cantidad y en la naturaleza de las conversaciones que sostenemos con personas con las que no nos hemos encontrado.

Es probable que él charle de vez en cuando con sus dioses, sus ancestros, con criaturas mitológicas o figuras históricas. Yo también lo hago. Pero hay otra clase de personas con las que yo sí converso mentalmente y él no: personas que están muy lejos, que han viajado hasta mi mente, con propósitos distintos, a través de sistemas de alta tecnología.

Sospecho que usted también tiene este tipo de personas en su mente; de hecho, mientras lee esto (mil perdones) me estoy convirtiendo en una de ellas.

La diferencia que hay entre nosotros y el señor y la señora 1200 ¿es una cosa buena o una cosa mala? No estoy seguro. De momento, limitémonos a reconocer que sí es una diferencia; un cambio en las actividades que los seres humanos le piden a sus mentes día tras día.

El megáfono descerebrado

II
Imagine una fiesta. Los invitados, que han pasado por todos los caminos de la vida, no son despreciables en lo más mínimo. Han tenido experiencias: han vivido, han sufrido, poseen negocios y son expertos en una cosa o en la otra. Todos están hablando de asuntos que genuinamente les interesan, corrigiendo con sutileza o siendo a su vez sutilmente corregidos. Ciertas preocupaciones subconscientes comienzan a aflorar y —sorpresa, agradable sorpresa— están siendo confirmadas, secundadas y apaciguadas por otras personas que se han estado sintiendo igual.

Acto seguido un tipo entra con un megáfono. No es la persona más lista de la fiesta, ni la que tiene más experiencia, tampoco es la más elocuente.

Pero tiene ese megáfono.

Imagine que el tipo empieza a hablar de lo mucho que le gusta el amanecer en primavera. ¿Qué ocurre entonces? Bueno, la gente se voltea y lo empieza a escuchar. Es difícil no hacerlo. Es un asunto de modales. Poco tiempo después, en sus pequeños grupos, quizá los invitados ya se encuentren hablando de los amaneceres primaverales. O, mejor dicho, sobre la validez de las ideas que Don Megáfono tiene sobre los amaneceres primaverales. Algunos están de acuerdo con él, otros están en desacuerdo —pero, como el volumen es tan alto, sus conversaciones empezarán a reaccionar a lo que él dice—. Si él cambia de tema, ellos cambiarán también. Si él utiliza una y otra vez la frase “y a fin de cuentas”, ellos empezarán a utilizarla también. Si él entreteje en su discurso la suposición de que el oeste de la habitación es preferible al este, una lenta migración hacia el oeste empezará a ocurrir.

Estas reacciones no están condicionadas por su inteligencia, por su singular experiencia del mundo, por su poder de contemplación, o por su dominio del lenguaje, sino por el volumen y la omnipresencia de su voz mientras narra.

Su principal característica es su predominio. Desplaza a las otras voces. Su retórica se vuelve la retórica principal por su mera inevitabilidad.

Con el tiempo, Don Megáfono arruinará la fiesta. Los invitados dejarán de creer en su propio valor de invitados y pasarán a entender que su papel consiste en responder-al-del-Megáfono. Dejarán de hacer lo que se supone que tienen que hacer los invitados: procurar que la conversación fluya en torno a sus propios intereses y preocupaciones. Se volverán pasivos, dejarán de creer en la validez de sus propias impresiones. Es posible que ni siquiera noten que han comenzado a hablar imitando su estilo, que sus ideas están siendo modeladas por las suyas. Lo que resulta importante para él acabará por parecerles importante a ellos.

Ya hemos dicho que Don Megáfono no es el más listo, ni el más elocuente, ni la persona con más experiencia de la fiesta, y ¿qué tal si la situación fuera todavía peor?

Pongamos, por ejemplo, que no ha reflexionado con cuidado las cosas que dice. Básicamente está escupiendo palabras. Y, a pesar de tener el megáfono, tiene que gritar un poco para que lo oigan, lo cual limita la complejidad de lo que es capaz de decir. Y es que siente que su deber es ser entretenido. Salta de un tema a otro. Tiene cierta tendencia a enfatizar puras generalidades conceptuales (“¡Nos estamos comiendo más trocitos de queso y los estamos disfrutando mucho!”), aquello que puede provocar ansiedad o controversia (“¿Se está acabando el vino debido a una oscura conspiración?”), aquello que anime al chismorreo (¡Se rumora un rapidín en el baño del ala sur!) y también lo trivial (“¿Qué zona de la fiesta prefieres? ¡sí TÚ!”).

Se considera que el habla resulta del pensamiento (tenemos una idea y luego procedemos a seleccionar una oración con la cual expresarla correctamente); sin embargo, el pensamiento también puede ser el resultado del habla (mientras manoseamos las palabras en busca de un significado, descubrimos lo que estamos pensando). Este tipo gritón, al forzar la entrada de su reducido lenguaje en la cabeza de los invitados, ha afectado la calidad y el color de los pensamientos que ocurren en ese lugar.

Don Megáfono ha marcado, de hecho, el punto exacto donde la inteligencia de la fiesta tocará techo.

III
Un hombre está sentado en una habitación. Alguien empieza a gritar a través de su ventana, informándole lo que ocurre en la casa de al lado. La mente de nuestro hombre modula, es decir, empieza a imaginarse esa casa. ¿Qué factores pueden afectar la calidad de sus modulaciones imaginarias? O, lo que es lo mismo, ¿qué factores afectan su habilidad para imaginar la casa vecina tal y como realmente es?

(1)      La claridad del lenguaje que usa el Informante (mientras menos confuso, inarticulado y libre de jerga, mejor);
(2)      la agenda que tiene el Informante (sin intenciones es preferible a un Informante con muchas intenciones);
(3)      el tiempo y el cuidado que el Informante ha dedicado a construir su discurso (es decir, el grado en el cual su testimonio fue revisado y mejorado antes de ser transmitido, siendo más tiempo y cuidado preferible a menos);
(4)      el tiempo disponible para la comunicación (siendo más tiempo preferible a menos, partiendo de que más tiempo permite al Informante una mejor oportunidad para explicar, explorar, clarificar, etcétera).

Así que el mejor escenario para adquirir un retrato cercano a la verdad sobre lo que está ocurriendo en la casa de al lado podría ser algo así: llega información en forma de prosa que ha sido escrita y revisada durante un buen tiempo, con la intención de encontrar la verdad, por una persona desinteresada y con una amplia experiencia vital en el área que se está tratando. El informe puede ser tan largo, denso, complejo y lleno de matices como sea necesario para describir la complejidad de la situación.

Por el contrario, el peor de los escenarios podría ser algo así: la información llega en forma de prosa escrita por una persona que tiene poca o nula experiencia de primera mano en el área que se está tratando, que tampoco ha tenido mucho tiempo para revisar lo que ha escrito, trabajando con un margen de tiempo muy constreñido, intentando mantener una línea editorial que puede distorsionar de manera sutil o tosca su habilidad para contar la verdad.

¿Podríamos empeorar este peor de los escenarios? Por supuesto. Asumamos que el trabajo de ese Informante consiste, sobre todo, en entretener y que, de no conseguirlo, queda despedido. ¿Y el hombre al que se está informando? Imaginémosle demasiado ocupado, distraído y poco preparado para poder evaluar lo que el Informante le está gritando.

Acto seguido, propongamos invadir la casa de al lado.

Bienvenidos a Estados Unidos, circa 2003.

IV
A mi entender, algo que estaba latente en nuestros medios informativos se volvió manifiesto y catastrófico por la época del juicio de O. J. Simpson. Ya que la premisa de la importancia nacional del juicio era obviamente falsa, tuvo que ser reforzada. Fue necesario inventar un nuevo estilo de presentación. Para poder escurrir miles de horas de cobertura de una historia que podía haber sido resumida en un par de minutos cada par de semanas, se desarrolló o —seamos generosos— evolucionó una nueva estrategia retórica.

Si alguien tiene que dar una conferencia de 10 horas diarias sobre la caca de perro en un tazón, será necesario hacer ciertos ajustes retóricos. Para poder decir las cosas ridículas que será necesario decir para mantener la ilusión de que la caca de perro es una noticia seria (“¡el experto en mierda de perro Jesse Toville ofrece su valoración del tamaño probable del perro y de cuál podría haber sido su estado psicológico en el momento preciso de la excreción!”) serán necesarias distorsiones en la voz, en la cara y en el formato.

Esta erosión continuó a lo largo del escándalo de Monica Lewinsky (“¡A las cinco continuaremos con más información sobre La Mancha en el vestido! ¿Ha causado alguna vez una Mancha? ¿Qué color cree que disimularía una Mancha de forma más efectiva? ¡Vea lo que nuestros expertos predijeron que usted diría!”), y docenas de casos y escándalos menores (¿se puede?), todos morbosos, sensacionalistas y desproporcionados, a menudo protagonizados por famosos de medio pelo. Y entonces llegó el 11-S.

Llegados a este punto nuestro discurso nacional había sido tan degradado —nuestro lenguaje se había atontado tanto— que éramos presa fácil. En aquel momento de miedo y necesidad, al descubrir en nuestras manos las herramientas que habíamos usado para discutir sobre O. J., et alter, empezamos a usarlas para decidir si invadir o no otro país, y poco después nos vimos en Bagdad, liderados por Don Megáfono, vía “¡Cuenta atrás para paliza en el desierto!” y “¡Crepúsculo para El Maligno: América al Rescate!” Don Megáfono, al parecer, se había vuelto un poco descerebrado. O por lo menos parte de él sí. Lo que se había perdido era la parte curiosa que tenía que habernos ayudado a decidir sobre la moralidad de una invasión y si era o no una decisión inteligente; había muerto la parte que debía haber sabido que la guerra que se estaba planteando era una guerra real, que podría realmente ocurrirle a personas reales, personas que en ese momento estaban vivas. ¿Dónde estaba nuestra agonizante curiosidad? ¿Dónde nuestra forma sincera de dudar? Logramos (según recuerdo) discutir mucho sobre tácticas (qué rutas y con qué vehículos) y sobre estrategia (cómo funcionaría todo eso en “la calle árabe”) pero no se dijo gran cosa sobre la moralidad de la invasión. (No escuchamos, por ejemplo, a nadie decir “Bueno, Ted, como dijo Gandhi: ‘¿Qué le importa a los muertos, a los huérfanos, a los que han perdido su hogar, si la destrucción sin sentido vino bajo el nombre de un totalitarismo o del sagrado nombre de la libertad o de la democracia?’”.)

¿Estoy simplificando en exceso? Sí. ¿Son todos nuestros medios estúpidos? Ni mucho menos. ¿Se escribieron cosas valiosas e inteligentes sobre la carrera hacia la guerra (y sobre O. J. y Monica, y luego Laci Peterson y Michael Jackson, entre otros)? Claro que sí.

Pero: ¿hay una parte de nuestros medios que sea realmente estúpida? Ay Dios. Si los medios son estúpidos y cuasiomnipresentes, ¿nos hacen más tolerantes a la estupidez en general? Sería muy sorprendente que no fuera así.

¿Es propio de la naturaleza humana el hecho de que, bajo ciertas circunstancias, pueda llegar a dominar la estupidez, infectando a los cuadrantes más inteligentes, arrastrando a todos al fondo junto con ella?

V
Anoche, en las noticias locales vi a un joven reportero de pie frente a un centro comercial, a todas luces helándose de frío. En esencia su reportaje partía del siguiente supuesto: ¡Los centros comerciales tienden a estar más llenos en Navidad! Luego informó de las implicaciones locales de su investigación: (1) ¡Esto también es cierto en nuestro centro comercial! (2) ¡Mientras más lleno esté nuestro centro comercial, más coches hay en el estacionamiento! (3) Cuantos más coches, ¡más tardan los compradores en estacionarse! Y (asombrosamente): (4) Aún así la gente sigue comprando, porque ¡es Navidad!

Básicamente sí parecía información. Se despidió escuetamente, nadie en los estudios de NewsCenter8 o en cualquier otro lugar se rió de él. Y a lo largo y ancho de nuestra linda ciudad, la gente se quedó ahí, sentada, y lo aceptó y yo diría que, por lo general, ellos tampoco se rieron de él. Ellos, como nosotros en nuestra casa, estaban acostumbrados a todo esto y aceptaban la idea de que un algo Informativo acababa de ocurrir. A pesar de que ya sabíamos lo que nos contaron, a pesar de que se había empleado un lenguaje banal, inflado con ese extraño énfasis de los noticieros (“¡el FRÍO, lleva a alGUNOS conductTORES a manejar MEnos, CARrie!”). Nos lo tragamos y —yo diría— nos hizo algo: nos hizo más estúpidos y predispuestos a aceptar pura bazofia.

Es más, sospecho que rebajó sutilmente nuestra capacidad para decir cosas valientes y cargadas de sentido, o para reírnos de las frases estúpidas que no significan nada. La ocasión siguiente en que quizá estemos tentados a decir algo como “Vaya, en Navidad los centros comerciales realmente se llenan de gente ya que mucha más gente compra en Navidad, porque en Navidad hay mucha gente que sale a comprar cosas ya que es Navidad una ocasión en la que se regalan cosas los unos a los otros” —es posible que realmente lo digamos. Este sentimiento se potenció al haber sido ensalzada aquella opinión, pues la hemos visto debidamente revestida, en la televisión, con falsos trajes informativos.

Y la próxima vez que oigamos a alguien decir algo como “Estamos embarcados en esta estrategia porque otras estrategias, después de haberlas considerado, concluimos que, en términos de efectividad global, no eran estrategias adecuadas, razón por la cual hemos desarrollado la que en este momento nos ocupa, que nuestros enemigos querrían ver fracasar, ya que odian la libertad”, esperaríamos ver al presentador del noticiero botarse de risa o atragantarse con un espasmo de asco, pero si él o ella no lo hace, nos sentiremos un poco locos y por lo tanto menos seguros de nosotros y, por lo tanto, más pasivos.

La comunicación imbécil tiene, en otras palabras, un precio. Incluso cuando las intenciones de esta comunicación imbécil sean inocentes.

Y el precio que se paga por esa comunicación imbécil es directamente proporcional a la omnipresencia del mensaje.

El megáfono descerebrado

VI
Al principio hay una mente en blanco. Luego esa mente recibe una idea y empiezan los problemas, porque la mente confunde la idea con el mundo. Al confundir la idea con el mundo, la mente formula una teoría y, tras formular la teoría, siente la necesidad de actuar.

Ya que la idea es siempre una visión aproximada del mundo, que esa actuación sea catastrófica o beneficiosa depende de la distancia entre la idea y el mundo.

El trabajo de los mass media es proporcionar este simulacro del mundo, sobre el cual construimos nuestras ideas. Hay otro nombre para este proceso de construcción de simulacro: cuentacuentos.

Don Megáfono es un cuentacuentos, pero sus cuentos no son muy buenos. O, mejor dicho, sus cuentos son limitados. No han tenido tiempo de gestarse —se cuentan muy deprisa y a un público demasiado amplio—. Contar cuentos es un trabajo que implica un uso elaborado del lenguaje, pero Don Megáfono no tiene tiempo para generar un lenguaje poderoso. Los mejores cuentos tienen su origen en un misterioso impulso que ahonda en la verdad cuando la narrativa se revisa con rigor; son complejos y sorprendentes y ambiguos; suelen ralentizar los impulsos que nos llevan a actuar, más que acelerarlos. Nos hacen más humildes, hacen que sintamos empatía hacia personas que no conocemos, porque nos ayudan a imaginar estas personas, y cuando las imaginamos —si el cuentacuentos es lo bastante bueno—, las imaginamos, en esencia, muy parecidas a nosotros. Si la calidad narrativa es pobre, o tiene una intención detrás, o si procede de una escasez de imaginación o si se ha contado con prisa, imaginamos que esas personas son, esencialmente, muy distintas a nosotros: no podemos conocerlas, son inescrutables, no podemos convertirlas.

Nuestra incursión en Irak fue un fracaso literario, con lo cual quiero decir un fracaso de la imaginación. Una cultura capaz de imaginar con más matices, en tres dimensiones, le habría tenido más respeto a la guerra que nosotros, habría estado más pendiente de la ley que rige las consecuencias no deseadas, habría estado más familiarizada con la manera en que el mundo tiende a devolverle al agresor toda la energía agresiva que éste había lanzado antes, y que suele hacerlo de la forma más inesperada. Una cultura capaz de imaginar con complejidad es una cultura humilde. Actúa, cuando tiene que actuar, lo más tarde posible y con toda la cautela de la que es capaz, porque conoce cuál es su propia corpulencia y cuáles son las restringidas medidas de la cristalería en la que está metiendo la pata. Y sabe que por muy preparada que esté —por muy riguroso que fuera el escrutinio inteligente de sus proyecciones— el lugar al que se dirigen va a ser muy distinto al lugar que habían imaginado. La diferencia entre lo imaginado y la realidad, multiplicado por la violencia de la determinación, da como resultado el mal que se causará.

VII
¿Cómo hemos llegado a este punto? Yo creo que sucedió más o menos así: elementos de la derecha (Fox News, Rush Limbaugh, etcétera) resucitaron una vieja retórica americana simplista, ultranacionalista, basada en el miedo que, en el clima de miedo que sucedió al 11-S infectó, en mayor o menor medida, al resto de los medios. ¿Recuerdan a Bill O’Reilly interrumpiendo/castigando/tergiversando a Jeremy Glick, cuyo padre murió en los atentados del 11 de septiembre, y la forma en que terminó por mandarle callar, cortándole el micrófono? ¿Y la extraña entrevista, unos meses más tarde, que Diane Sawyer le hizo a las Dixie Chicks, emulando el papel de una Madre Superiora?

Ah, qué tiempos aquellos.

Pero esos tiempos siguen siendo estos tiempos y los tiempos que vendrán. La enfermedad que padecen nuestros medios no está curada; lo que ocurre es que nuestro miedo se ha sosegado un poco. Cuando llegue el siguiente ataque, el giro hacia el estalinismo será incluso más extremo al tener, como tendrá, el empuje adicional que proporciona un arrepentimiento retrospectivo por una época (esto es, ahora) que será percibida, entonces, como un momento de debilidad y de discursos abiertos que propiciaron el terror.

¿Estamos completamente perdidos? No: los medios, como la vida, tienen una estructura compleja y estratificada, repleta de héroes que no tiran la toalla. (Alabado sea Bill Moyers; alabada sea Soledad O’Brien, tras el Katrina, perdiendo los estribos al hablar con el director de FEMA [Agencia Federal para la Gestión de Emergencias], Michael Brown). Pero si definimos el Megáfono como la amalgama de los cientos de voces que oímos a lo largo del día que nos llegan de personas que no conocemos, a través de sistemas de alta tecnología, queda claro que una parte significativa y ascendente de esa voz se ha vuelto rastrera, gritona, carente de curiosidad y dominada por intereses ocultos. Concentra sus esfuerzos en hacernos antagónicos, en hacernos sentir ansiosos, incompetentes y solos. Se esfuerza por convencernos de que el mundo está repleto de enemigos y de gente más estúpida y menos razonable que nosotros; se encuentra totalmente dedicada a la idea de que, fuera de la esfera de nuestra experiencia inmediata, el mundo funciona de una forma diferente, menos fácil de conocer, más hostil. Esta tendencia descerebrada es viral y se manifiesta de modo intermitente; mientras se trata de la sangre que irriga a algunas de nuestras figuras mediáticas, aparece y desaparece en otras. Con frecuencia muda su piel política para darse una vuelta por el Parque de Diversiones, donde mira maliciosamente y celebra, sonriendo con superioridad, que alguien caiga de su pedestal por, digamos, ausencia de ropa interior o una noche de borrachera.

¿Pero por qué habría de estar en alza esta tendencia? El miedo, sí, el miedo tiene algo que ver. En el momento de peligro, la persona que siempre hacía sonar la alarma paranoica tendrá razón. La voz que aboga por nuestro posicionamiento completo en el lado del Bien y por el posicionamiento de nuestros enemigos en el Mal, la voz que está constantemente ampliando la acepción de “enemigo”, nos libra de la carga de tener que vivir con ambigüedad. La sensibilidad que genera una frase como “daños colaterales desafortunados pero necesarios” puede, en el calor del momento, parecer una forma oscura de pragmatismo necesario.

Pero nuestra nueva condición de descerebrados no tiene tanto que ver, creo, con el miedo sino con el comercio: el modo en el que las principales organizaciones encargadas de informar a nuestro país se han acercado al modelo corporativo, alejándose, a su vez, de un modelo que vela por los intereses del público. La necesidad de extraer utilidades es una cosa que ya se da por sentado en nuestras actividades mediáticas. A este supuesto se le ha trasquilado cualquier referencia moral: no es más que algo para gente sofisticada que se prefiere dar por hecho, para que entonces puedan ocurrir otras discusiones, más vitales, como la de los “contenidos”.

Ahora bien, la razón por la cual un discurso agresivo, polarizador, sensiblero y angustiante ofrece más beneficios que su contrario es un misterio. Quizá sea una sencilla cuestión de drama: el griterío, la insinuación, el regodeo en la cara del débil, la exasperación del que ya está convencido quizá sean, a cierto nivel ordinario, sencillamente más interesantes que algún ser humano inteligente y escéptico intentando hacerse una idea de un sistema complejo. Especialmente si tenemos en cuenta el modo en el que usamos nuestros medios: como un pasatiempo en el aeropuerto, un sedante o estimulante al final de un día largo.

En cualquier caso, la gente que antes se preguntaba “¿Es una noticia?” ahora parece estar preguntándose “¿Será estimulante?”. Y el cambio se hace presente en todos los planos de la cultura.

Imagínese un pueblo. En otro pueblo, cercano, resulta que tienen un excedente de cierta verdura que, tras ser ingerida, hace que la piel se ponga de color rojo. Ese pueblo llega a un acuerdo con el nuestro y, pasados unos meses, el color habitual de la piel de los habitantes de nuestro pueblo se habrá acercado a los tonos rojizos. Dentro de esta tendencia general habrá toda clase de variaciones y excepciones: este hombre consume todo lo que quiere y más de la verdura, pero sólo se vuelve un poco rosa; esta mujer, que odia el sabor y que nunca lo prueba se queda del mismo color que siempre. Pero, en general, por la omnipresencia de esa verdura, el pueblo se está enrojeciendo cada vez más y en un extremo de la curva gaussiana la gente no podrá menos que compararse con el diablo.

¿Qué representa la “verdura”? ¿Qué el “rojo”?

La verdura que ha venido a dominar nuestro pueblo es la búsqueda de beneficios. El “rojo” es el carácter burdo de nuestra retórica pública.

Veamos, los beneficios están bien; la viabilidad económica es maravillosa. Pero si estas dos cosas atropellan cualquier otra consideración nos veremos convertidos en niños perpetuos, tras habernos negado a nosotros mismos el uso de unas facultades más elevadas. Con cada sombrío debate sobre la disposición del feto dentro del cuerpo de su madre asesinada, con cada entrevista realizada a alguien que conoció al abogado de un supuesto amigo íntimo de alguna nueva Anna Nicole Smith, nos volvemos más abotagados y payasos, y por lo tanto más vulnerables.

Al poner a nuestra enorme herramienta cuentacuentos en manos de entidades cuya absoluta prioridad es la utilidad, hacemos una peligrosa concesión: “Cuéntenos”, eso es lo que decimos, “mientras sigan ganando dinero, tanta verdad como les sea posible”. Esto no es lo mismo que exigir llanamente: “díganos la verdad”.

La capacidad de una cultura para entender el mundo y a sí misma es un factor crucial para su supervivencia. Pero hoy se nos conduce al ruedo del debate público por profetas cuyo principal don es su habilidad para convencer a la gente de que los siga viendo.

El megáfono descerebrado

VIII
Una persona que escribe y que generaliza se parece en algo al borracho apasionado que entra tambaleando en su casa mientras murmura: sé que no estoy siendo muy claro, exactamente, ¿pero no se siente más o menos como me siento yo? Si, pasando por alto, con generosidad, mis generalizaciones, algo dentro de usted está de acuerdo con algo que, dentro de mí, siente que los noticieros vespertinos pronto consistirán enteramente en diatribas entre hombres tan iracundos y carentes de elocuencia, que lo único que hacen es balbucear mientras se dan puñetazos los unos a los otros en la cara, interrumpidos sólo por escenas de perros que devoran petardos y explotan, y expertos en explosiones perrunas evaluando cuán graciosos son los vídeos —si acepta mi premisa básica de que los medios se están volviendo cada vez más crueles y estúpidos— bien podríamos preguntarnos, juntos: ¿Quién está a cargo de todo este desastre? ¿Quién está elaborando los gráficos de Sean Hannity? ¿Quién está reservando los asientos a la infinidad de reporteros que volarán a las Bahamas para especular con gravedad desde la orilla del mar sobre el contenido del estómago de una mujer muerta?

Pues nosotros. ¿Quiénes alimentan a los medios? ¿Quiénes son los medios? Los mejores y los más listos de entre nosotros —los más cultos y ambiciosos y dotados, quienes salieron de sus casas para entrar en las mejores universidades, y de allí a las mejores prácticas, y de allí a oficinas a lo largo y ancho de toda la nación, para informarnos—. Aceptan los puestos que aceptan, sospecho, sin pensar mucho en la ideología de quien les contrata. Lo que importa es el lugar en el Paraíso que ocupa su jefe. Lo nacional está más cerca de Dios que lo local; el gran mercado mira por encima del hombro al pequeño mercado; los que últimamente han sido bendecidos con una gran audiencia ascienden flotando, impresionando a los ángeles cuyo vuelo ha decaído, porque trabajan para perdedores.

No hay ninguna conspiración en marcha, creo, ninguna intención maligna ni hombres agazapados Detrás de la Cortina: sólo un puñado de personas de buenas universidades, viviendo el sueño, avergonzándose un poco de la historia del excremento de perro mientras procuran, a su vez, que salga puntualmente, con una producción excelente.

¿Cómo puede un producto tan dañino emanar de gente con tanto talento? Imagino que tiene que ver con el deseo de sobrevivir: cada pequeña pieza de la máquina haciendo lo que él o ella deba hacer con tal de no regresar a Toledo, Ohio, con el rabo entre las piernas; dentro de las reducidas limitaciones que marcan el tiempo y el beneficio; cada uno aplazando su “verdadero” trabajo hasta el momento en el que ella o él tenga el dinero que le permita retirarse, o conseguir un trabajo donde puedan seguir las órdenes que dicte su corazón. (Un joven amigo que escribe para una página web perteneciente a un gigante informativo, me envía este correo electrónico: “Acabo de redactar el siguiente titular en el trabajo: ‘El diario perdido de Anna Nicole: odio el sexo’. Si alguien se pregunta por qué a los americanos no se les proporciona verdadera información es por imbéciles como yo, vendidos a la corporación, que harán lo que sea para no tener que volver a repartir pizzas”.)

La ayudante de un famoso generador de opinión conservador me describió una vez a su jefe, con ese tono apasionado pero neutro que uno suele oír en este ambiente, como uno de los hombres más graciosos, inteligentes y cargados de energía que había conocido en su vida. Y yo le creí. Para poder hacer lo que él hace es necesario poseer una serie de talentos aterradores. ¿Estaba ella de acuerdo con su ideología? Ponía reparos —por un lado sí y por otro no—. Parecía que eso no viniera al caso. Él estaba en la cima. De pronto me sentí un poco cohibido por preguntar por su ideología, como alguien que, en un palacio, pregunta cuánto ganan los sirvientes.

La primera cosa que requiere la grandeza es que uno se mantenga en el juego. Para seguir en el juego, uno debe demostrar ser viable; para ser viable, uno debe ser observado; para ser observado, uno tiene que ser observable y, en el negocio de la información, ha evolucionado un acuerdo sobre observabilidad —un tono, un ritmo, una lista no escrita de los temas aceptables y de las relaciones aceptables que se pueden establecer con estos temas— que mantiene, en el mejor de los casos, una relación periférica con la verdad. Lo que se puede decir por la televisión se circunscribe, sutilmente, a cualquier aparición previa, a la edición, a apuntes sociales y, de una forma no tan sutil, al hecho de si a uno lo vuelven a invitar a ir.

Esta entidad que estoy intentando unificar bajo la rúbrica El Megáfono es, claro, en realidad una comunidad fuerte de decenas de miles de personas que, como todas las comunidades, es diversa y resistente a la generalización fácil, y sus formas de actuar son misteriosas.

Pero esta comunidad constituye una especie de clase dominante de facto, porque no podemos evitar oír lo que dice, y lo que oímos cambia nuestra forma de pensar. Se ha convertido en algo parecido a una rama de nuestro gobierno: cuando el gobierno quiere confundir, hace uso de los medios; cuando los medios se centran en cierta historia (a saber, presienten una fuente de audiencia), ejerce una influencia sobre el gobierno. Esto siempre ha sido así, pero últimamente esta relación se ha vuelto cada vez más cerrada, lo cual deja al ciudadano cada vez más convertido en un elemento externo. Como cualquier clase dominante, ésta menosprecia a aquellos a los que domina. El giro novedoso es que esta clase dominante domina a través de nuestros ojos y oídos. Llena el aire, y por lo tanto nuestras cabezas, con sus prioridades y pensamientos, y su dicción raquítica y nueva.

Esto es una clase dominante compuesta de extraños compañeros de cama: el Rey de la Opinión Conservadora tiene más en común con el Rey de la Opinión Liberal de lo que cualquiera de los dos pueda tener en común con los trabajadores del matadero conservador o liberal partiéndose la espalda en Wichita; los Reyes de la Opinión tienen amigos en común, ambiciones similares, un mismo marco de referencias (agentes, bonificaciones esperables, un conocimiento de la jerarquía de los indicadores de éxito, un dominio total de la jerga del mundillo). Lo que más comparten es un deseo de no ser derrocados, derrocados del reino del aire enrarecido, el deseo de no ser enviados de vuelta a su origen.

Hay una pequeña ranura en la parte lateral del Megáfono y, mientras se siga permitiendo hablar por el Megáfono, seguirá saliendo dinero por la ranura.

Pasan las temporadas. Lo que antes hubiera hecho abrir los ojos de par en par ahora evoca un aburrido parpadeo. Surgen nuevos temas, nuevos puntos de referencia. Se colocan cimientos nuevos bajo la etiqueta Nuestro Sistema Básico de Creencias, y sobre estos cimientos aparecen alucinantes estructuras nuevas: una repentina cuasiconformidad con, digamos, los ahogamientos simulados a los prisioneros, o la idea de que un juicio es un privilegio que podemos decidir no conceder si consideramos que el crimen es lo bastante grave.

IX
En este punto escucho una voz procedente del fondo de la sala, y es mía: “Vamos, George, ¿no ha sido siempre nuestros mass media sensacionalistas y estúpidos? ¿No han estado siempre obsesionados por la búsqueda de utilidades?”.

Claro que sí. Si quiere aprender a emular un tono estúpido, ponga un viejo noticiero cinematográfico (“¡Estos andrajosos Yankees del Sur se encaminan con brío hacia unos cuantos Cabeza Cuadradas que pronto estarán silbando ‘Dixie’ [canción popular americana] desde el otro lado de Das Trampas!”). Éramos ya muy capaces de meternos en frenesís asesinos incluso cuando el Megáfono era un bebé que consistía en un puñado de periódicos (¡Hola, Mr. Hearst!) y supongo que si retrocediéramos lo suficiente, encontraríamos seis o siete trogloditas vociferando enloquecidamente sobre un pueblo de trogloditas rivales, para luego bajar allí al trote, ululando breves eslóganes, para eliminarlo basándose en el poder falaz de un fuego aventado colectivamente.

Pero creo que estamos en un momento de especial peligro, aunque sólo sea porque nuestra tecnología se ha vuelto tan estridente, hábil y seductora, con una capacidad para la autocrítica del todo insuficiente y glacial. La era de la mano dura ha terminado: las fuerzas que acuden en aras de nuestra decencia, nuestro humor y nuestra libertad, ensalzarán, con bellas y suaves voces, las virtudes de la decencia, del humor y de la libertad.

Imagine que el Megáfono tuviera dos controles: uno para regular la Inteligencia de su retórica y otras para regular su Volumen. Lo ideal sería que la Inteligencia estuviera en Alto y que el Volumen estuviera en Bajo —posibilitando, así, que se pudieran emitir y escuchar múltiples voces contradictorias. Pero dado que nos encontramos con que la Inteligencia está puesta en Estúpido mientras que el regulador del Volumen marca Ahogar a Todos los Demás, no hay mucha diferencia entre esto y pura propaganda, y tenemos un problema, uno que atenta directamente contra la salud de nuestra democracia.

¿Hay un antídoto?

Pues sí, pero sólo funciona en parte o puede que no funcione y no es muy emocionante. ¿Podemos legislar contra la Estupidez? No creo que queramos. La Libertad significa que debemos tener la libertad de ser Estúpidos y Banales y Perversos; libres para generar tanto ¡Absalón, Absalón! como Intercambio de mascotas: Edición Caimanes. Libertad implica que si un ex DJ puede arreglárselas para llegar a la cima y provocar revueltas políticas por escupir sus ineptas opiniones e intimidar a los invitados de su programa, él también tiene derecho a tener un paquete de cereales con su nombre. La energía creativa americana siempre ha rozado la delgada línea que separa la cordura de la locura. “Rapsodia en azul” y “La noche que Chicago se murió” tienen, ay, el mismo ADN, el ADN de “la alegre confianza temeraria”. Lo que propongo a modo de antídoto es sencillamente: percatarnos de la tendencia Megafónica, y debatir sobre la misma. Cada refutación bien razonada del dogma, cada pedacito de lógica inteligente, cada vez que se reduce una actitud intimidadora al absurdo, se está aplicando el antídoto. Con cada vez que se exige una aclaración para lo difuso, con cada estocada a la banalidad petulante, con cada subrayado y tachón sobre un documento que se revisa, aplicamos el antídoto.

Esta batalla, como cualquier gran batalla moral, se ganará, si se gana, no con una ola gigante de Virtud Total a modo de fácil correctivo, sino con pequeñas gotas de especificidad y aplomo y lógica correcta, administradas con valoración, por muchos de nosotros a la vez.

Hemos conocido al enemigo y él es nosotros, sí, sí, pero el hecho de que nos hayamos reconocido como el enemigo indica que aún somos capaces de superarnos y darnos a nosotros mismos una buena patada en el trasero, por ponerlo de alguna forma: debemos recordarnos que las representaciones del mundo nunca son el propio mundo. Bájele el volumen a ese Megáfono, y exija que lo que se diga a través de él sea tan preciso, inteligente y humano como sea posible. n

George Saunders. Escritor. Es profesor del Colegio de Ciencias y Artes de la Syracuse University.  Ha colaborado en publicaciones como The New Yorker y Harper’s Bazaar. Su más reciente libro es Tenth of December.
Traducción de Ben Clark