El 16 de octubre de 1978 el cardenal polaco Karol Wojtyla es electo Papa y adopta como nombre Juan Pablo II. Tres años después, el 25 de noviembre de 1981, designa al alemán Joseph Ratzinger como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Éste dimite como arzobispo de Múnich, para trasladarse a Roma al inicio de 1982. A partir de ese momento y hasta la muerte de Juan Pablo II será el teólogo del Papa y el garante de la vera doctrina de la Iglesia. El papa Wojtyla es consciente de ser un pastor, cosa que le será muy útil en su tarea, pero también que está lejos de ser un conocedor profundo de la filosofía y teología. Sabe que es algo que necesita para realizar su tarea y es eso precisamente lo que puede ofrecerle el profesor Ratzinger.

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A partir de 1982, el papa Juan Pablo II y el teólogo Ratzinger van a trabajar juntos en defensa de la ortodoxia doctrinal y serán a partir de entonces “el uno para el otro” o “almas gemelas”. Los dos coinciden en que tienen ideas teológicas conservadoras, con rasgos integristas, pero uno es estudioso de la teología, un teórico reconocido en el campo, que a los 34 años fue asesor del cardenal Joseph Frings, arzobispo de Colonia, en el Concilio Vaticano II (1962-1965), y el otro un pastor que ejerció en su natal Polonia. Uno es extrovertido y el otro tímido. Los dos se complementan y no se compiten. Cada uno sabe de sus límites y posibilidades.

En 1993, a los 10 años de encabezar la moderna Inquisición el Papa premia al teólogo Ratzinger y lo hace cardenal. En 1998 es elegido como vicedecano del Colegio Cardenalicio y en 2002 como decano del mismo al tiempo que continúa como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. El 19 de abril de 2005 el cardenal Ratzinger es elegido como sucesor de Juan Pablo II en el segundo día del Cónclave. Los cardenales acordaron pronto quién sería el 265 sucesor de san Pedro en el obispado de Roma.
Algunos teólogos albergaban la esperanza de que Ratzinger, con su acceso al papado, cambiaría de actitud con relación a la producción teológica, sobre todo cuando, a semanas de haber asumido su nueva responsabilidad, sostuvo un encuentro con el teólogo suizo Hans Küng, condenado por Juan Pablo II, que había sido su compañero en el Concilio. Muy pronto el desarrollo del pontificado de Benedicto XVI se encargó de echar por tierra esas esperanzas. Entre el cardenal Ratzinger a cargo del Santo Oficio y el papa Benedicto XVI nunca hubo diferencias. Los dos, al final el mismo, pero con cargos diferentes, se dedicaron a perseguir a las y los teólogos que según ellos, el prefecto y el Papa, eran “herejes” o por lo menos heterodoxos, que para el caso es lo mismo.

El catecismo de Ratzinger
En 1986 el papa Juan Pablo II encarga a Ratzinger la elaboración de un nuevo catecismo con el conjunto de las “verdades” de la fe. Se integra, entonces, una comisión de 12 cardenales y siete obispos diocesanos, presidida por el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En 1992, después de seis años de trabajo, se publica el texto con la Constitución Apostólica Fidei Depositum (Depósito de la fe). Los lineamientos del nuevo catecismo, aunque se publique seis años después, van a ser la guía que oriente al inquisidor en la persecución de los teólogos que se desvían de la vera doctrina.

Años después, en 2009, el papa Benedicto XVI en la homilía de la misa al inicio de los trabajos de la Comisión Teológica Internacional, hizo público el marco que había utilizado para juzgar, la heterodoxia o la herejía teológica. En esa ocasión sostuvo que hay “grandes especialistas que pueden decir dónde nace el Mesías” pero “no se sienten invitados a ir” y esa noticia “no toca su vida, permanecen fuera. Pueden dar información pero la información no se convierte en formación para la propia vida”. Añadió que existe “un modo de usar la razón que es autónomo, que se pone por encima de Dios, en toda la gama de las ciencias, comenzando por las ciencias naturales donde un método que se adopta para la investigación de la materia debe ser universalizado: en este método, Dios no entra, por lo tanto, Dios no existe”.

Según él, hay teólogos que dejan a un lado “lo divino” y pescan “en las aguas de la Sagrada Escritura con una red que permite sólo una cierta medida para los peces, y todo aquello que está más allá de esta medida no entra en la red y, por lo tanto, no puede existir. Y así, el gran misterio de Jesús, del Hijo hecho hombre, se reduce a un Jesús histórico, realmente una figura trágica, un fantasma sin carne y hueso, uno que ha quedado en el sepulcro, está corrompido, es realmente un muerto”. Se trata, dijo, de un método que “sabe pescar ciertos peces pero excluye el gran misterio, porque el hombre se hace él mismo la medida y tiene esta soberbia que, al mismo tiempo, es una gran necedad, que absolutiza ciertos métodos que no son aptos para las grandes realidades […] Es la especialización que ve todos los detalles pero ya no ve la totalidad”.

Un paso atrás

En materia de la producción teológica la posición del prefecto Ratzinger y del papa Benedicto XVI implicó un paso atrás, un retroceso de siglos frente a lo planteado por el Concilio en la constitución Gaudium et Spes (1965) que ve la necesidad de “aportar nuevas investigaciones teológicas frente a los más recientes estudios y hallazgos de las ciencias, de la historia y de la filosofía y buscar siempre un método más apropiado de comunicar la doctrina a los hombres de su época” y también que “debe reconocerse a todos la justa libertad de investigación, la libertad de pensar y la de expresar humilde y valerosamente su manera de ver en aquellas materias en las que son expertos”.

En consecuencia con lo dicho por el Concilio, en 1966, el papa Pablo VI suprime el Índice de Libros Prohibidos y también el Nihil obstat (sin objeciones) y el Imprimatur (imprímase) que hasta ese momento y por siglos habían sido requisitos obligatorios para publicar libros en la Iglesia. Sólo deja esa práctica para tres publicaciones: las traducciones oficiales de la Biblia; los libros litúrgicos y los catecismos oficiales. En ese entonces, congruente con la Gaudium et Spes, un profesor de teología alemán, de nombre Joseph, escribe en 1969: “Antes del Concilio y durante el Concilio mismo podía percibirse el empeño de reducir la teología a ser registro y —tal vez también— sistematización de las manifestaciones del magisterio. El Concilio impuso su voluntad de cultivar de nuevo la teología, sin mirarse únicamente en el espejo de la interpretación oficial de los últimos cien años y escuchar los interrogantes de los hombres de hoy”.

En efecto, Pablo VI veía la producción teológica como cualquier otra disciplina científica que parte de la total libertad para investigar y también del diálogo permanente entre quienes se dedican a ese campo, para confrontar y verificar los resultados de unos y otros y así dar mayor fundamento y certeza a lo que se investiga y produce. De esa manera, así lo entendía Pablo VI, en la publicación de los libros de teología los autores, peritos, editores y obispos podrían hablarse, intercambiar opiniones, pero dejando bien claro que ningún autor está obligado a pedir el Nihil obstat y el Imprimatur a ningún obispo, y ningún obispo puede exigirlo a ningún autor como condición para la publicación de sus ideas resultado de su trabajo de investigación.

Perseguir al pensamiento libre

El cardenal Wojtyla, al ser nombrado Papa, y el teólogo Ratzinger, en su papel de inquisidor, focalizaron su persecución, pero no fueron los únicos, contra dos grupos de pensadores: los teólogos dedicados a la reflexión sobre la moral, disciplina que también se conoce como teología moral, y los llamados teólogos de la liberación. Los primeros ubicados sobre todo en Europa y Estados Unidos, los segundos en América Latina. No es casual.

Los teólogos que proponen cambios a los planteamientos tradicionales de la moral que sostiene la Iglesia, cada vez más lejana de la realidad cotidiana de los creyentes, se proponen dialogar con la cultura de la modernidad y desde la teología encontrar respuestas a la nueva realidad social y a los cambios en la manera de vivir la sexualidad, las relaciones de pareja y la paternidad, entre otras cosas. Todos temas que por siglos han permitido, se quiera o no, el control desde la estructura del poder eclesial sobre la conciencia de los fieles de la Iglesia.

La teología de la liberación, desde una lectura del Evangelio que pone al centro la vida del Jesús histórico, cuestiona el orden económico, político y social establecido en búsqueda de una sociedad más justa y fraternal. Se opta por los pobres y sus causas. Se denuncia la injusticia del modelo social vigente y el papel que la Iglesia juega en él. La reflexión de los teólogos de la liberación plantea una nueva manera en que la Iglesia debe relacionarse con los fieles y también con el poder. Rompe con planteamientos que la Iglesia jerárquica ha sostenido por siglos.

Detrás de esta “cruzada” contra los teólogos de la moral y de la liberación está el conflicto que supone la pérdida del poder, ante la irrupción de nuevas ideas, por parte de los supuestos garantes de la verdad. Es el eterno problema entre el poder y la verdad que plantea bien Michel Foucault: “Estamos sometidos a la producción de la verdad desde el poder y no podemos ejercitar el poder más que a través de la producción de la verdad”. Si el poder no es el “productor” de las ideas verdaderas se ve amenazado, pierde el poder. Sucede lo mismo con la ortodoxia en la producción del pensamiento teológico y en la interpretación de las “verdades” de la fe. Los heterodoxos, los herejes, ponen en duda el orden establecido, en la media que con su pensamiento cuestionan al poder.

En esta lógica y dinámica, el cardenal Ratzinger, ya como el papa Benedicto XVI, hizo que la Congregación para la Doctrina de la Fe, a cargo del cardenal William Levada, aprobara, en marzo de 2012, el documento, redactado originalmente en inglés y no en latín, Theology Today: Perspectives, Principles and Criteria (Teología hoy: perspectivas, principios y criterios). El texto fue elaborado por la Comisión Teológica Internacional y sostiene que los teólogos, en contradicción de lo planteado por el Concilio, deben someterse a los obispos, muchos de ellos particularmente ignorantes en materia teológica, porque ellos son la “interpretación auténtica de la palabra de Dios transmitida por la Escritura y la Tradición”. Dicho de otra manera: sólo la Santa Sede, la curia romana, que sujeta a los obispos, puede garantizar la vera doctrina.

Teólogos morales

Los teólogos morales que han sido condenados en estos últimos 30 años suman decenas. Aquí se hace referencia a algunos de los casos más sonados.

La primera condena de Juan Pablo II fue al redentorista alemán Bernhard Häring (1912-1998), uno de los grandes renovadores de la moral católica. En 1979, después de un proceso de 10 años, fue llamado por la actual Inquisición para exigirle no volver a criticar la encíclica Humanae vitae (1968), en la que Pablo VI condenaba los métodos anticonceptivos como inmorales. Häring se negó y sufrió el rechazo del Vaticano hasta su muerte. En 1976 en carta dirigida al cardenal Seper, en ese entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Häring decía: “De forma humillante he sido acusado […] las acusaciones son falsas. Más aún nacen de un órgano de gobierno de la Iglesia a la que he servido durante toda mi vida con toda honestidad. Preferiría encontrarme nuevamente ante un tribunal de Hitler. Sin embargo, mi fe no vacila”.

A Häring finalmente no se le aplicó ninguna sanción, pero sí a su discípulo, el teólogo y sacerdote estadunidense Charles Curran (1934), a quien en 1986 se le prohibió enseñar en instituciones teológicas de la iglesia católica, por sus críticas a la Humanae vitae y por defender la legitimidad del disenso en cuestiones morales. Curran fue acusado de sostener ideas contrarias a la ortodoxia católica en relación al aborto, la eutanasia, la homosexualidad, el divorcio, la masturbación y las relaciones sexuales prematrimoniales. En el proceso, Curran contó con el apoyo de su maestro Häring, quien, dirigiéndose a la Congregación, presidida por Ratzinger, dijo: “¿Quién está en desacuerdo con la doctrina de la Iglesia: la Congregación o Curran? La historia demuestra inequívocamente que en temas importantes, tanto bíblicos como dogmáticos, el Santo Oficio y la Inquisición se mostraron en profundo desacuerdo con el sentir de los fieles y de la mayoría de los teólogos”. Ratzinger interrumpió el discurso de Häring diciendo: “Sepa que la decisión sobre este caso ya está tomada y no la cambiará esta reunión”. En esa ocasión Curran acusó abiertamente al prefecto por no haber permitido su defensa cuando “una de las grandes conquistas de un sistema democrático es conocer quién nos acusa y de qué nos acusan”.

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En 1987 el teólogo Benjamín Forcano (1935), religioso claretiano español, fue condenado por Ratzinger por el libro Nueva ética sexual, publicado en 1981. En el texto se plantea el uso de los anticonceptivos y el respeto a la homosexualidad. El claretiano tuvo que dejar la dirección de la revista Misión Abierta y luego fue expulsado de su congregación junto con cinco compañeros en 1993. Ellos no dejaron el sacerdocio y fueron acogidos por el obispo Pedro Casaldáliga, también claretiano, en la diócesis brasileña de São Felix, pero con permiso de residencia en Madrid. En 2001 el teólogo español Marciano Vidal (1937), de la congregación de los redentoristas, recibió una “notificación” de Ratzinger por tres de sus libros (Moral de actitudes, el Diccionario de ética teológica y La propuesta moral de Juan Pablo II) que señala que estos textos “no pueden ser utilizados para la formación teológica, y que el autor debe reelaborar especialmente Moral de actitudes, bajo la supervisión de la Comisión Doctrinal de la Conferencia Episcopal Española”. Este libro se ha utilizado en los últimos 25 años, en muchas lenguas, como texto de clase.

Ha sido también condenado el jesuita Juan Masiá, quien en 2006 fue cesado como director de la Cátedra de Bioética de la Universidad Pontificia de Comillas por defender de manera abierta el uso de los preservativos en su libro Tertulias de bioética. Manejar la vida. El texto tenía las debidas licencias del obispado de Santander, pero fue prohibido, ante presión directa de Roma, por el obispo auxiliar de Madrid.

La teóloga Margaret Farley, religiosa estadunidense y profesora emérita en Divinity School de la Universidad de Yale, fue condenada en 2012 por la publicación, en 2006, de su libro Sólo amor: un marco para la ética sexual cristiana donde sostiene posiciones contrarias a las que “enseña la Iglesia” en materia de masturbación, el matrimonio entre personas del mismo sexo y el divorcio. La Congregación para la Doctrina de la Fe le pidió retractarse, pero ella no aceptó. El Consejo Nacional de la Conferencia de Líderes de Mujeres Religiosas (LCWR, por sus siglas en inglés) rechazó la condena del Vaticano, a la que calificó “sin fundamento” y fruto de “un proceso viciado”.

Teólogos de la liberación

Son también decenas los teólogos de la liberación que han sido condenados en el pontificado de Juan Pablo II y Benedicto XVI. La persecución la inició el papa Wojtyla con el discurso inaugural de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (CELAM), celebrada en Puebla, México, en 1979. A esa primera intervención siguió, ya con Ratzinger como el prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, la Instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación (1984) que ofrecía las bases para iniciar la lucha frontal, despiadada, del Papa y Ratzinger contra los teólogos de la liberación. Los casos de Leonardo Boff y Jon Sobrino fueron paradigmáticos de la ofensiva, pero no los únicos.

El primer sancionado, en efecto, fue el franciscano brasileño Leonardo Boff (1938), que en 1972 se doctoró en la Universidad de Múnich, dirigido por el jesuita Karl Rhaner. La publicación de su tesis doctoral fue financiada por el profesor Ratzinger. No obstante, en 1984, por las ideas expuestas en su libro Iglesia: carisma y poder, Boff fue sometido a proceso. En el juicio, presidido por Ratzinger, el franciscano tuvo el apoyo de los cardenales brasileños Evaristo Arns, arzobispo de São Paulo, e Ivo Aloisio Lorscheider, presidente de la Conferencia Episcopal. Se sabe que los dos tuvieron votos en el Cónclave en el que Juan Pablo II fue elegido como Papa.

En su texto Boff critica el dogmatismo de las verdades, la comprensión “doctrinaria” de la revelación y el ejercicio hegemónico del poder sagrado, que llevaban a la violación de los derechos de los fieles dentro de la Iglesia. El cardenal Ratzinger calificó la obra como “difamatoria, incluso panfletaria, absolutamente impropia de un teólogo” y la tachó de “frágil, inconsistente e intolerante” con la Iglesia institucional.

La condena consistió en la imposición de un tiempo de “silencio” para predicar y publicar. Boff respondió a sus censores con la canción de Atahualpa Yupanqui: “La voz no la necesito, sé cantar en el silencio”. Nueve meses después era rehabilitado. En mayo de 1992 volvió a tener dificultades con la publicación de su libro América Latina: de la conquista a la nueva evangelización. Abandonó luego la editorial Voces y un mes después dejó a los franciscanos y renunció al sacerdocio: “La humildad es una virtud; la humillación es pecado”.

El jesuita Jon Sobrino (1938) vive desde los años cincuenta en El Salvador. En 2007 la Congregación de la Doctrina de la Fe le “notificó” que su obras, en particular Jesucristo Liberador: lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret y La Fe en Jesucristo: ensayo desde las víctimas, “puede derivar en un daño grave para los fieles”, porque en ellas se destaca “lo humano” de Jesús en lugar de su “divinidad”. Los libros de Sobrino, de manera especial su Cristología, se han utilizado como libros de texto en seminarios y facultades de teología en muchos países del mundo.

Sobrino escribió una carta al general de los jesuitas, Peter Hans Kolvenbach, explicando sus razones para no aceptar la “notificación” y entre ellas menciona que: “desde muy pronto se creó un ambiente en el Vaticano, en varias curias diocesanas y entre varios obispos, en contra de mi teología —y en general, contra la teología de la liberación. Se generó un ambiente en contra de mi teología, a priori, sin necesidad de leer muchas veces mis escritos. Son 30 largos años de historia”, y añade que “adherirme a la notificatio, que expresa en buena parte esa campaña y ese modo de proceder, muchas veces claramente injusto, contra tanta gente buena, siento que sería avalarlo. No quiero pecar de arrogancia, pero no creo que ayudaría a la causa de los pobres de Jesús y de la iglesia de los pobres y por lo mismo no me parece honrado suscribirla”. A partir de 2007 este jesuita, sobreviviente de la matanza de seis de sus hermanos en El Salvador, tiene prohibido enseñar en seminarios y centros teológicos de la iglesia católica.

Las otras condenas
Si bien el foco de las condenas a cargo del cardenal Ratzinger, después papa Benedicto XVI, se ha concentrado en los teólogos morales y los de la liberación, no han sido éstos los únicos herejes. Otros han sido censurados por sus posturas con relación a dogmas de la Iglesia, la ordenación de las mujeres y el acercamiento a la vida de Jesús. La cruzada por la vera doctrina abarca todos los temas. La Congregación para la Doctrina de la Fe siempre está lista para perseguir y condenar lo distinto e innovador. Así, el pensamiento se congela y la posibilidad de la renovación teológica, para responder a la realidad de hoy, se elimina. Sólo la ortodoxia tiene lugar.

El dominico Edward Schillebeeckx (1914-2009), teólogo de la Conferencia del Episcopado Holandés durante el Concilio Vaticano II y uno de los redactores del Catecismo Holandés, sufrió una primera condena en 1968 por algunos artículos y una segunda, ya con Juan Pablo II de Papa, por su libro Jesús: la historia de un viviente. Los censores se pronunciaron sobre afirmaciones relacionadas con la Santísima Trinidad, la concepción virginal de Jesús, la Iglesia y la resurrección. En 1984, ya bajo el prefecto Ratzinger, ocurrió la tercera “notificación” por su libro El ministerio eclesial: responsables en la comunidad cristiana, donde sostiene que en determinadas circunstancias se podía recurrir a un ministro extraordinario para celebrar la eucaristía.

Un caso muy conocido es la condena contra uno de los teólogos más notables de la iglesia católica, el suizo Hans Küng (1928), catedrático de la Universidad de Tubinga, Alemania, nombrado por Juan XXIII como uno de los teólogos del Concilio Vaticano II, donde coincidió con Ratzinger no sólo en el espacio sino en las posiciones teológicas de avanzada. 17 años después, y tras un largo proceso, Küng fue acusado de no defender la “integridad de la fe” y poner en cuestión el dogma de la infalibilidad papal. Así, en 1979 la Congregación para la Doctrina de la Fe dictaminó que no podía continuar ejerciendo la docencia en las instituciones teológicas de la Iglesia.

En 1988 los teólogos jesuitas José María Castillo (1929) y Juan Antonio Estrada fueron expulsados de la Universidad de Granada, por órdenes de Ratzinger, debido a sus opiniones sobre la jerarquía eclesiástica, el misterio de la Santísima Trinidad y la naturaleza de la Iglesia. La posición de estos teólogos es la de asumir los dogmas pero discutiéndolos, lo cual fue juzgado por el Vaticano como una posición incompatible con el magisterio de la Iglesia. En 2007 Castillo dejó la Compañía de Jesús. Su más reciente libro es La humanidad de Dios, publicado en 2012, donde expone sus reflexiones teológicas sobre la persona, el ser humano que fue Jesús de Nazaret.

La Congregación para la Doctrina de la Fe ha abierto un proceso que será largo, tortuoso y secreto para estudiar el caso del sacerdote español José Antonio Pagola (1937) por su libro Jesús: una aproximación, que ha sido un éxito editorial con ventas de más de 100 mil ejemplares. En 2008 la Conferencia Episcopal Española, presionada por la Curia Romana, publicó una “nota” sobre el texto de Pagola acusándolo de deficiencias metodológicas y de que “parece sugerir indirectamente que algunas propuestas fundamentales de la doctrina católica carecen de fundamento histórico en Jesús”. La editorial del libro se ha visto obligada a retirarlo mientras tiene lugar el proceso. El teólogo desconoce cuáles son exactamente las acusaciones que le hacen.

Más recientemente, en 2012, la Conferencia Episcopal Española, por instrucciones de Roma, publicó una “notificación” que cuestionaba la catolicidad de algunas de las tesis del teólogo Andrés Torres Queiruga a quien acusa de negar implícitamente la resurrección y de “reducir la fe cristiana a las categorías de la cultura dominante”, así como de “eliminar u oscurecer la novedad introducida por la Encarnación del Hijo de Dios”.

Las condenas también han llegado a los teólogos que asumiendo el pluralismo religioso y cultural entran en diálogo con otras religiones. La mayoría de éstos viven en Asia y están en comunicación permanente con su entorno religioso dominado por el hinduismo, el budismo, el sintoísmo o el confucianismo. El teólogo ceilandés Tissa Balasuriya fue suspendido a divinis, y su libro María y la liberación humana, condenado por sus interpretaciones del pecado original, la divinidad de Cristo y otros dogmas marianos, en diálogo con las religiones orientales. Más tarde se le levantó la censura, pero exigiéndole un mea culpa.

Por su parte, el jesuita belga Jacques Dupuis (1923-2004), profesor de Cristología en la India de 1959 a 1986, fue condenado en 1998 por las ideas sustentadas en su libro Hacia una teología cristiana del pluralismo religioso porque la Congregación para la Doctrina de la Fe consideró se atentaba contra verdades fundamentales de la fe, como la Santísima Trinidad, la Iglesia, la revelación, la encarnación y el papel de Jesús como el único salvador del mundo.

Los muertos también fueron perseguidos por Ratzinger. Es el caso del jesuita indio Anthony de Mello (1931-1987), que integró la espiritualidad de los Ejercicios, la metodología desarrollada por san Ignacio de Loyola, el fundador de los jesuitas, con la budista. Sus obras, de gran éxito mundial, fueron condenadas en 1998, a 11 años de haber fallecido, por considerarlas ajenas a la “fe católica”. A partir de esa condena en algunas de sus obras se señala: “Los libros escritos por el padre Anthony de Mello fueron escritos en un contexto multirreligioso para ayudar a los seguidores de otras religiones, agnósticos y ateos en su búsqueda espiritual, y el autor no pretendió que fueran un manual de instrucciones sobre la fe católica en la doctrina y dogmas cristianos”.

En 2005 se condenó al jesuita estadunidense Robert Haight por su libro Jesús, símbolo de Dios, donde propone una teología liberada de la sobrecarga dogmática, en sintonía con la cultura posmoderna y el actual pluralismo religioso. Roma le ha acusado de graves errores en cuestiones fundamentales de la fe como la resurrección, la divinidad de Jesús, el valor redentor de la muerte de Cristo y la universalidad de la salvación de Cristo. Se le prohibió enseñar teología hasta que corrija sus posiciones. Según Haight ya “no se puede seguir afirmando todavía que una religión pueda pretender ser el centro hacia el que todas las demás tienen que orientarse”.

La Congregación para la Doctrina de la Fe, en los tiempos de Ratzinger, fue particularmente dura con las teólogas que abogan por la ordenación de las mujeres. Entre las perseguidas están la estadunidense Lavinia Byrne (1947), que se vio obligada a abandonar su congregación, el Instituto de la Bienaventurada Virgen María, después de 35 años de pertenecer a él, por la publicación del libro Mujeres en el altar. Desde 2008 el Vaticano abrió un proceso al Consejo Nacional de la Conferencia de Líderes de Mujeres Religiosas (LCWR), que cuenta con mil 500 delegadas, que representan a 57 mil monjas, y en abril de 2012 las condenó por considerar que tienen “serios problemas doctrinales” y promueven una agenda de “temas feministas radicales incompatibles con la fe católica”, entre los que se encuentra su posición a favor de la ordenación sacerdotal de las mujeres.

En 2008, por defender esta misma posición, fue excomulgado Roy Bourgeois, sacerdote estadunidense de la congregación del Maryknoll. En la carta que envió al Vaticano en la que niega retractarse de sus posiciones, dice: “Con todo el debido respeto, creo que lo que enseña nuestra Iglesia Católica en este asunto es un error y no se sostiene en un examen serio. Un informe de la Comisión Bíblica Pontificia, en 1976, apoyaba la investigación de expertos en Escritura, en Derecho Canónico y de muchos fieles católicos que estudiaron y reflexionaron las Escrituras y concluían que no hay justificación en la Biblia para excluir a las mujeres del sacerdocio”.

30 años de oscuridad

El jesuita catalán José Ignacio González Faus, que fue mi profesor de teología, cuenta que en la Universidad de Tubinga, a finales de 1966, escuchó una clase impartida por el profesor Ratzinger donde hablaba de las diversas escuelas teológicas antiguas; la de Alejandría, más espiritualista y conservadora, y la de Antioquía, más humanista y abierta. En clase Ratzinger mismo se preguntó: “¿Y en Roma?”. Se detiene un momento, se abotona la chaqueta y se queda mirándonos: “En Roma, ya saben ustedes, no se hace buena teología”. “La sonora ovación del alumnado todavía retumba en mis oídos”, dice González Faus.

Al prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger y después papa Benedicto XVI, se le olvidó que en Roma no se hace buena teología, pero desde ahí se dedicó a juzgar la producción teológica en todo el mundo. Ratzinger presidió la Congregación de la Doctrina de la Fe de 1982 a 2005, 23 años, y luego ejerció como el papa Benedicto XVI de 2005 a 2013, ocho años. En total ha permanecido 31 años como el defensor a ultranza de la vera doctrina y el inquisidor de todos los que según él estaban fuera de la misma.

No se puede olvidar, no puede quedar atrás como si nunca hubiera sucedido, que en estas tres décadas han sufrido persecución y condena unos 500 teólogos y teólogas. El teólogo Juan José Tamayo, permanentemente asediado por algunos obispos españoles, ha escrito:

Por muy olvidadiza que sea la memoria colectiva —en este y otros muchos casos— hay cosas que no pueden colgarse en el perchero del olvido. No se puede olvidar la actitud inquisitorial del cardenal Ratzinger y de Benedicto XVI con sus colegas, los teólogos y las teólogas, desde que se hizo cargo del ex Santo Oficio, hasta su jubilación. Durante este tiempo —más de seis lustros que, para algunos, han sido una eternidad— juzgó, condenó, impuso silencio, censuró, expulsó de la cátedra, cesó como directores de revistas de teología e información religiosa, suspendió a divinis e incluso excomulgó a colegas por lo que subjetivamente creía eran errores. Laminó el pluralismo teológico con el consiguiente empobrecimiento de la teología.

Hoy más que antes es válida la reflexión del extraordinario teólogo Bernhard Häring, el primer condenado por el papa Juan Pablo II, que en 1976 escribió al cardenal Seper, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe:

¿Los teólogos tenemos que callar ante prácticas y doctrinas que alejan a millones de personas de los sacramentos, de la Iglesia? ¿Debemos preferir un buen sueño y una vida tranquila a la sinceridad necesaria para obtener un mejor ejercicio de la autoridad de la Iglesia? ¿El Magisterio decidirá sin o con la ayuda de la reflexión y competencia teológica?
¿Serán útiles los teólogos que no son audaces ni sinceros en la reflexión y en la expresión o más bien lo será la comunidad de teólogos sinceros y estudiosos? ¿Será mayor la ayuda que recibe el Magisterio de un grupo al que le es impuesta una estrecha uniformidad o de la comunidad de teólogos de diversas escuelas y culturas y de competencia no tanto de autoridad cuanto de ciencia y sinceridad? ¿Recibirá el Magisterio más ayuda de teólogos seriamente comprometidos en el apostolado y en la evangelización de la presente generación o de teólogos cuya respuesta está sacada de los archivos del Santo Oficio?

Rubén Aguilar Valenzuela.
Doctor en ciencias sociales. Profesor en la Universidad Iberoamericana.

 

 

Un comentario en “Los teólogos herejes de Roma

  1. Cruda realidad de la Iglesia. Preocupante retroceso, en un momento donde se impone con urgencia la palabra del otro, la cultura de la “otredad”. Muy interesante.