A la memoria de mi amigo

Enrique González Phillips

I

La lectura de “La suave Patria” despertó una emoción compleja y contradictoria. El largo poema salió a la luz en el número 3 de El Maestro, hacia finales de junio de 1921. Enrique Monteverde y Agustín Loera y Chávez dirigían la revista bajo el auspicio directo de José Vasconcelos. Desde el primer número López Velarde participó. El texto que entregó fue, ni más ni menos, “Novedad de la Patria”. Junto a la prosa del poeta jerezano apareció, también en esa primera entrega, una visión religiosa de México con matices políticos de Loera y Chávez, “Veneremos nuestro solar”.1 En los índices de los tres primeros números de El Maestro destacan la presencia de José Vasconcelos, José Gorostiza, Jaime Torres Bodet y Julio Torri, entre otros. Así pues, el poeta de Jerez, al entregar su última colaboración a la publicación vasconcelista, se encontraba entre los mejores escritores del país.

suave
El ambiente literario de la ciudad de México había aceptado desde su arribo, aunque con algunos reconcomios, la figura polémica y, en cierta forma, ríspida (por su severo rigor y su defensa de un arte aristocrático) de Ramón López Velarde. Su relación con algunos escritores no sólo de importancia, sino con un sólido prestigio y con poder literario, como por ejemplo Enrique González Martínez —con el que tuvo diferencias y consolidó, a pesar de todo, una amistad de mutuo afecto y respeto—, o José Juan Tablada —con quien se carteaba en un vínculo de admiración recíproca (el ávido escritor vanguardista captó en un poema manuscrito de 1914, antes de la publicación de la Sangre devota, la singularidad del poeta zacatecano)—, o jóvenes intelectuales como Alfonso Cravioto, Enrique Fernández Ledesma, Alejandro Quijano, Pedro de Alba y Rafael López, sus amigos cercanos, lo colocaban de manera obvia en una situación, si no de éxito, sí muy favorable. Además, López Velarde colaboraba en diarios y revistas de renombre (Revista de Revistas, Vida Moderna, Pegaso y México Moderno, entre las más importantes) y publicó su primer libro en uno de los mejores lugares de aquella época, precisamente en las ediciones de Revista de Revistas, y el segundo en una edición de México Moderno, “la revista más distinguida de aquellos años”2 A pesar de las reseñas en contra de Zozobra, escritas por Enrique González Martínez y por José de Jesús Núñez y Domínguez, este segundo volumen alcanzó un reconocimiento indudable. ¿Cuántos escritores recién llegados de provincia o de otro país tuvieron ayer o tienen ahora la oportunidad de establecer vínculos tan significativos con autores reconocidos y casas editoriales de relieve y, además, contar con la suerte de ser considerados con notas inteligentes?

Ciertamente, había un grupo de escritores poderosos que lo cuestionaban de un modo subrepticio y permanente porque él, que no pertenecía al grupo selecto del Ateneo o de la Academia, mostraba una actitud individualista, se perdía “por el sendero de la extravagancia […] sutilizando la metáfora hasta convertirla en nebulosa”3 y se atrevió, cuando llegó el caso, a cuestionar la pertinencia de uno de los integrantes más queridos de esa comunidad erudita. Un poco antes de la publicación de Zozobra, José Juan Tablada observó que “los guardianes de la tradición pretérita lo miran recelosamente, algo destanteados”.4 En esta capilla de expertos literarios, confundidos ante la singularidad del jerezano, estaban Pedro Enríquez Ureña, quien nunca alcanzó a ver el genio del nuevo poeta,5 Julio Torri (autor de una nota sobre La sangre devota,6 donde vio con toda claridad y abierta simpatía al escritor recién llegado, vislumbró su enorme trascendencia y, luego, lo rechazó por resentimientos de grupo) y Alfonso Reyes, el cuestionado por el “buen lugareño autodidacta”.7 Podemos entrever que López Velarde no sólo era un hombre independiente. También había en él una discreta altivez y un afán crítico indeclinable —González Martínez llamó a este temperamento batallador “las alas púgiles”—. Gabriel Zaid8 y, asimismo, Marco Antonio Campos9 nos han mostrado cómo los autores influyentes del grupo del Ateneo miraban con suspicacia y molestia la irrupción del nuevo poeta tan altivo, dueño de un mensaje inédito y con una postura independiente, y cómo esos otros autores se negaron a aceptar la originalidad de su lenguaje. Por otro lado, los jóvenes más talentosos de ese momento, aunque habían expresado críticas, estaban profundamente atraídos —“la juventud lo ama”,10 escribió con entusiasmo Tablada— por los inesperados textos de La sangre devota y de Zozobra y ya habían entrado en contacto personal con López Velarde, como rememora el propio Xavier Villaurrutia en su insoslayable ensayo de 1935.

Desde otro ángulo, López Velarde tenía razones para sentirse, en los últimos años de su vida, atribulado y triste. La Revolución había “eliminado” las figuras políticas en las que él depositó sus esperanzas democráticas y, con ellas, también desaparecieron, o por lo menos se complicaron, las posibilidades profesionales del propio López Velarde, en su calidad de abogado,11 para sobrevivir dignamente. Peor aún, los acontecimientos lo llevaron a colaborar, aunque sólo fuera de manera incidental, con el gobierno que había derrocado a Carranza. Era una situación muy incómoda, como nos cuenta González Martínez en La apacible locura.12 En esos años también fallecieron personas esenciales en la vida personal del poeta: Josefa de los Ríos, su primer amor —Fuensanta—, el magnífico pintor Saturnino Herrán, su amigo —sobre quien escribió dos prosas espléndidas— y Jesús Urueta, “un verdadero educador”, y por el que sintió tan profunda admiración que comparó con Barbey d’Aurevilly. Asimismo, rechazada su propuesta de matrimonio,13 rompió su noviazgo con Margarita Quijano, el personaje de vértigo del poema “Día 13”. No obstante todas estas circunstancias dolorosas y adversas, López Velarde era ya, por lo menos en la pequeña república de las letras, una nueva figura indiscutible. De esta forma, en la más reciente poesía mexicana había comenzado a gestarse la fuerza de atracción de un nuevo icono poético y la publicación de “La suave Patria” en la revista El Maestro fue el primer gran momento de la difusión de su obra.

II

La aparición de “La suave Patria” estuvo presidida por la inesperada muerte de López Velarde, el 19 de junio de 1921. Esta triste coincidencia aumentaba la nostalgia del escritor desaparecido, convertía al texto recién editado al final de ese mismo mes, en una obra póstuma —el autor tuvo en las manos las pruebas, pero no alcanzó a ver la revista impresa— y dejaba en el misterio cómo el poeta había logrado saltar de una poesía muchas veces oscura, hermética, intimista y supersticiosa a otra aparentemente mucho más simple, liviana, social y pletórica de animación. Era evidente que había algo nuevo, un giro distinto en esa escritura. El poema, como las otras composiciones líricas de López Velarde, avanzaba a través de zonas difíciles de entender, pasajes muy barrocos y expresiones inusitadas, pero estas cualidades sin dejar de producir el efecto de un mundo desconcertante, pasaban casi inadvertidas en el aire de una visión fina, generosa y ligera, bajo la forma de quien da un consejo grato, con una ingravidez de fe, felicidad y humor.

¿Qué significaba este cambio? ¿Un abandono de la poesía anterior? ¿La búsqueda de más lectores y de popularidad? ¿Una forma de ponerse en paz con las nuevas figuras de la política triunfante? ¿La alegría desmesurada para paliar una depresión honda?14 ¿Una digresión para volver después al estilo característico y aceptado entre lectores duchos y poetas de abolengo?

La nueva pieza no sólo entraba en contraste o en cierta oposición con los dos libros publicados anteriormente, La sangre devota y Zozobra, sino que también establecía un raro contrapunto con la realidad, con la Revolución y sus anhelos, ya que el poema parecía ignorar las resonantes hazañas y a los intrépidos “héroes” de diez años de lucha civil y militar y ponía el acento en la hermosura de las escenas de la vida diaria, se abandonaba a un sentimiento de señorío y abrazaba la añoranza de un mundo de costumbres religiosas en peligro de desaparecer o por lo menos amenazado. En medio de la situación terrible que vivía el país, el poema pudo haber sido visto —a la distancia podemos conjeturar— como un gesto frívolo o una falta de valor para mirar de frente la dura realidad o, incluso, como una forma sesgada de defender otros intereses. Pero no, no fue así. Los lectores de esa época no vieron con suspicacia el poema. Por el contrario, a pesar del desconcierto que producía la actitud “ligera” y los nudos herméticos del texto, lo aceptaron como un hecho excepcional. José Juan Tablada expresó el estado psicológico complejo de ese momento y de la recepción del poema cuando dijo:

Su “suave patria” no sólo me conmovió como una obra maestra, sino como una reliquia que llevará el sudor de su agonía. ¡Qué clarividencia doble, de moribundo y de gran poeta! Tiene el ritmo de sus últimos pasos sobre la tierra.15

También González Martínez nos permite palpar de cerca la viva impresión que produjo la muerte de López Velarde y su sorprendente texto:

No puedo imaginármelo con los cabellos grises, dueño de esa maestría serena y reposada que asume a veces formas de cansancio. No lo concibo sin rebeldías, sin avidez de ser nuevo, sin las nobles huellas del insomnio creador, sin la tortura íntima que lucha con la seguridad del propio numen.16

Asimismo, el entusiasmo que despertó la poesía y, probablemente, el último poema de López Velarde en el general Álvaro Obregón —el caudillo—, entre el momento de la muerte y el entierro del poeta, revela la disposición en otros planos de la vida social de México hacia una nueva cultura y, tal vez, hacia el insólito texto.17 Dejando de lado lo extraordinario, en el ambiente mexicano de esos años, de un militar con inclinaciones poéticas y memoria literaria prodigiosa, la atención del presidente Obregón sobre el poeta recién fallecido y su poesía muestra un ánimo especial, tanto en el ambiente literario como en el político.

Si pensamos que unos años más tarde en la literatura mexicana surgirán varios grandes libros (Nostalgia de la muerte, Muerte sin fin y Muerte de cielo azul) donde predominan la soledad y la destrucción y que estos textos tienen como referencia —según dijo el propio Villaurrutia— la violencia social, “Acaso porque en momentos como los que ahora vivimos la muerte es lo único que no le pueden quitar al hombre”;18 y si pensamos, asimismo, que estos magníficos poemas no tuvieron por mucho tiempo la resonancia en el lector común que tuvo aquella otra composición, el contrapeso que estableció “La suave patria” con los otros poemas de López Velarde, con la poesía mexicana y con las circunstancias de su tiempo es notable y, al mismo tiempo, problemática. ¿El poema revela el deseo profundo, tanto en la pequeña comunidad literaria como en el mundo político, de volver a la paz y mirar la vida social desde otra perspectiva distinta a los conflictos sociales? ¿Qué significa una oda a la tersura y a la docilidad dedicada a una patria que no es suave —de acuerdo con la opinión de Octavio Paz—19 y en un tiempo de asperezas y revuelta? ¿De alguna manera este poema es una forma de darle la espalda a los hechos? O en su aparente ingenuidad ¿es una respuesta y una posición clara, de carácter estético pero también moral, ante la existencia y las vicisitudes históricas? ¿Y esta composición, así como los otros grandes poemas de López Velarde, no dejaron una profunda huella en muchos de los mejores poemas que se escribirían en el siglo XX?

Víctor Manuel Mendiola. Poeta, narrador y ensayista. Su más reciente libro es 4 para Lulú.
Este texto forma parte del libro La suave Patria/The Soft Land. El ángel que acompañó a Tobías, con recopilación de notas de Víctor Manuel Mendiola, que circulará en breve.


1 En el texto de Loera y Chávez hay, evidentemente, una voz que recuerda El genio del cristianismo de Chateaubriand.
2 José Luis Martínez, “Cronología bibliográfica”, en R. López Velarde, Obras, J. L. Martínez comp., FCE, México, 2044, p.83.
3 José de Jesús Núñez y Domínguez, “Ramón López Velarde”, en E. Carballo, comp., Visiones y versiones. López Velarde y sus críticos 1914-1987, Gobierno del Estado de Zacatecas/Universidad Autónoma de Zacatecas/UAM/INBA, 1989, p. 17.
4 José Juan Tablada, Obras completas, t. 5, UNAM, México, 1994, p. 306.
5 En un ensayo escrito tres años después de la muerte de López Velarde, Pedro Henríquez Ureña consideró que el poeta zacatecano no había alcanzado la realización plena. A propósito señaló: “En poesía, Ramón López Velarde, muerto antes de la madurez en 1921, puso matices originales en la interpretación de asuntos provincianos y se levantó a la visión de conjunto en Suave patria”. Véase Pedro Enríquez Ureña, Estudios mexicanos, FCE, México, 2004, p. 312.
6 Julio Torri, “La sangre devota”, en Obra completa, FCE, México, 2011, p. 287.
7 Ibíd., p. 518.
8 Cf. Gabriel Zaid, “López Velarde ateneísta”, en Ensayos sobre poesía, El Colegio Nacional, México, 1993, p. 347.
9 Cf. Marco Antonio Campos, “López Velarde visto por Julio Torri”, en El tigre incendiado, Instituto Zacatecano de Cultura Ramón López Velarde, 2005, p. 149.
10 J. J. Tablada, op. cit., p. 306.
11 López Velarde obtuvo el título de abogado en San Luis Potosí el 31 de octubre de 1911. Véase José Luis Martínez, “Cronología bibliográfica”, en op. cit., p. 77.
12 Enrique González Martínez, Obras completas, El Colegio Nacional, México, 1971, p. 765.
13 Elisa García Barragán y Luis Mario Schneider, Ramón López Velarde Album, Coordinación de Humanidades, UNAM, México, 1988, p. 219.
14 Gabriel Zaid piensa que Ramón López Velarde estaba deprimido cuando murió y que este estado influyó en su deceso. Cf. Gabriel Zaid, “Aclaraciones sobre López Velarde”, en Ensayo sobre poesía, El Colegio Nacional, México, 1993, p. 442.
15 Nina Cabrera de Tablada, José Juan Tablada en la intimidad, UNAM, 1954, México, p. 176.
16 Enrique González Martínez, “Ramón López Velarde”, México Moderno, núms. 11-12, México, 1 de noviembre de 1921, p. 253.
17 Seguramente el poema que Vasconcelos le escuchó recitar a Obregón fue “La suave Patria”, pero no está completamente claro que haya sido ese texto, porque el lugar de donde salió está anécdota, “Mis encuentros con el buen Ramón” de Djéd Bórquez, no dice que el presidente haya oído de un tercero “La suave Patria” ni dice que ése fue el poema que le dijo de memoria a Vasconcelos. Es lógico pensar que ése es el texto, porque era parte de la próxima edición de la revista El Maestro y porque el tema tenía que ser interesante para un político.
18 Xavier Villaurrutia, Obras, selección de Miguel Capistrán, Alí Chumacero y Luis Mario Schneider, prólogo de Alí Chumacero, México, FCE, 1974, p. 771.
19 Octavio Paz, “El camino de la pasión: Ramón López Velarde”, en Obras completas III (edición del autor), Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2001, p. 232.