La erudición profesional adolece de codicias y delirios más bien cómicos, como toda la vasta bibliografía que se ha empeñado en negar a Shakespeare y en buscarles novedosos autores a sus obras. Ahora Christian Duverger, en un libro desaforadamente titulado Crónica de la eternidad —retomado de la Historia de la eternidad, de Borges, que partía de una broma en oxímoron, pues la eternidad (sin tiempo) no puede tener historia, ni desde luego crónica—, y subtitulado: “¿Quién escribió la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España?” (México, Tusquets, 2012), pretende la sensacionalista volada de atribuir el libro de Bernal Díaz del Castillo ¡al propio Hernán Cortés!

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La volada no es inocente: hay una declarada idolatría del estudioso por el gran capitán y un fulminante desprecio por el resto de los españoles. Los indios casi no cuentan. Tampoco cuenta Bernal: una nadería accidental supuestamente escogida por Cortés precisamente como un vetusto cero social perdido en Guatemala, como prestanombres y audacísimo personaje literario, luego inflada por los vientos del azar y por la codicia y mala fe del propio Bernal y sus descendientes, que producirían venalmente manuscritos babélicos.

Eso parece demasiado lucubrar ya no en una mera obra de historia, sino incluso en alguna novela sensata. El objetivo no sería resguardar la memoria de Cortés, para entonces ya salvaguardada en sus escritos legítimos y en muchas otras obras, y en su fama mundial de conquistador: sino añadirle un milagro más, el de escritor artístico genial, que nadie podría predecir antes del siglo XX, y no meramente el de enorme escritor guerrero y político ya asentado en las Cartas de relación.

Como si el capitán anduviera escaso de méritos innegables, nunca le han faltado ayudantes que lo erigen como el inventor del culto guadalupano, el primer precursor de la independencia, el fundador de los grafiti urbanos o la rencarnación imprevista de san Francisco de Asís, lo que se quiera…

Tranquilos: nadie le ha tocado un pelo al buen Bernal. Duverger no ofrece ninguna prueba positiva de tal atribución, sino un denso recorrido por cosas de sobra sabidas, aunque no siempre tan minuciosamente documentadas: primero, que la biografía de Bernal Díaz del Castillo se antoja escasa, oscura y a ratos debatible o inverosímil; segundo, que el texto de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, editado décadas después de su muerte, ofrece muchas contradicciones y enigmas, y que puede contener interpolaciones y modificaciones ajenas, algunas de las cuales ya desde hace décadas se han atribuido a parientes o a frailes. Esto no debiera escandalizar. Hubo autores y obras muchísimo más importantes que Bernal en su tiempo, de quienes sabemos poco, como algunos de los primeros frailes, que casi se confunden con sus mitos. Durante siglos anduvieron escondidos o se perdieron los mayores manuscritos de Olmos, Motolinía, Sahagún…

Luego Duverger aporta sus propias especulaciones (más bien sobradas, y a ratos de franca mala fe, como toda su inquina gratuita contra Bernal y su familia) de que el único (por descarte de todo mundo) que pudo haber escrito el libro del descalificado, negado Bernal sería Cortés. ¿Por qué? Porque sería el único lindo, el único letrado, el único valiente, el único enamorado, el único amigo, el único pensante, y ¡hasta el único que sabía apreciar a las mujeres, a los guerreros y hasta los contrastados paisajes de México!, como se verá. El único Pedro Infante.

Retomar el juego de oximorones de Borges (quien se divertía hablando de obesos esbeltos, enanos gigantescos y manuales del gigante) no es pasajero: Historia de la eternidad / Crónica de la eternidad. En otro momento, el bromista Borges juega a señalar como el autor de los versos “más quevedescos” (“Mal te perdonarán a ti las horas,/ las horas que limando están los días,/ los días que royendo están los años”) precisamente ¡a Góngora!, su antagonista principal. La provocación para poner toda la erudición al revés es un viejo deporte letrado. ¡El Quevedo más esencial y decantado era… Góngora! Pues ahora nada por aquí, nada por allá y Bernal no es otro que su principal competidor… Cortés.

Ya Luis González estudió la lenta entronización del libro de Bernal, al que en un principio y por siglos se consideró inculto, ilegible y casi sin valor, a la joya conjunta de la historiografía y la literatura que celebramos desde apenas hace algunas décadas, y en cuyo elogio encontramos a autores como Ramón Iglesia y Luis Cardoza y Aragón. Se asentó que lo más envidiable de Bernal era su imprevisible garra literaria. Infalsificable. Única. En otros aspectos de testimonio puntual, de política, derecho y de inteligencia militar probablemente el Cortés de las Cartas de relación lo supera.

Recordemos algunas de las características que le han conseguido a Bernal este literario sitio señero, y que nadie había advertido en Cortés: la perspectiva grupal, casi popular, de la tropa, durante la conquista, en oposición a la perspectiva individual y dirigente de las Cartas de relación de Cortés, o al discurso corporativo del trono o de la iglesia; la oralidad del relato, que aspira frecuentemente al tono de conversación, a diferencia del discurso litigante del capitán o de los códigos clericales y jurídicos de otros autores; el detallismo, la cotidianeidad, la exuberancia verbal, el humor, el gusto por narrar y narrar interminablemente, casi a tontas y a locas; cierto lirismo popular o populachero, que había fascinado a Michelet: “Le peuple! Le peuple!”; los perfiles deliberadamente tragicómicos y otros aspectos que casi la vuelven obra novelesca, a ratos incluso esperpéntica (baile de conquistadores en Coyoacán); finalmente, la deliberada posición de Bernal de reivindicar los méritos y la memoria de la tropa frente a historias y crónicas que atribuían todo el valor al capitán, al rey y a las potencias celestiales.

En vida, Cortés quiso despojar a su tropa de sus grandes méritos en la conquista; siglos después, su fantasma hagiográfico quiere despojarlos asimismo de su libro más emotivo y gustado. Sabemos que Cortés quiso labrar su fama ante la corte y la posteridad, pero soberbia como todo en él: la de un rival de Julio César tanto en las batallas como en la relación y explicación de las batallas. Si su ideal era La guerra de las Galias difícilmente pudo ambicionar la saga bernalesca: sus propias cartas se acercan más. Ya sólo le faltaba ser rey y esto lo supo entender Carlos V. De ahí su derrota final.

Entonces, para ser también Bernal, debió Cortés, de paso, haber perdido de pronto toda su infatuada pretensión de solemnidad, pues Bernal cuenta algún episodio en que Cortés sufría batallas y diarreas… Unas purgas, dice Bernal. En la ocurrencia de Duverger, me gusta sobre todo este Cortés como el laberíntico autobiógrafo de un Julio César en sus purgas (caps. LXXII, LXXIII).

Estos aspectos celebrados en Bernal tienen poco que ver con el Cortés de sus textos legítimos, aunque a ratos pueden acercarse a pasajes de otras crónicas de frailes y soldados. Hay cierta oralidad bernalesca en Mendieta, por ejemplo. La historia de la conquista según Cortés era protagónica, una defensa de sus méritos personales y de su condición de adalid de españoles y cristianos. Estamos pues ante autores muy diferentes, a veces contrastados, si bien por lo general Bernal respeta a su capitán, mientras su capitán lo ignora por completo. Pero Cortés por sistema ningunea a todo mundo. En el mejor de los casos sólo los utiliza y acto seguido los desecha, como a la pobre Malinche.

Que se sepa Cortés, quien codició tantas cosas, nunca se esforzó en ser un autor público. Era rebajarse. Sus cartas se dirigían altaneramente al rey y la corte, para litigar y defender sus hazañas (aunque se publicaron mientras el rey lo permitió). Si se le ocurría escribir un tuit lo hacía directamente en un cañoncito o culebrina de oro que llamó Ave Fénix y que envió a su gran lector, el emperador… “La más espléndida de nuestras ediciones poéticas”, según el engolado Méndez Plancarte, era adulatoria: “Esta Ave nació sin par;/ Yo, en serviros, sin segundo;/ Vos, sin igual en el mundo”… En cambio, para que lo encomiaran ante la galería contrató a jilguerillos como Gómara. ¿Por qué iba a querer falsificar a Bernal por propia mano con tan precipitadas anticipación y clarividencia del azaroso gusto de la posteridad? La nueva vocación de Cortés por las musas —pues Bernal es sobre todo arte—, con nuevo carácter y nuevo estilo, resulta demasiado moderna. Se aprecia con mayor justicia a Cortés por las Cartas de relación que sí supo y quiso escribir, apartadas de las musas, pero no de la inteligencia, de la bravura ni del poder, y que de cualquier modo son un monumento de la escritura política de su tiempo.

Es cierto que, desde un principio, sin embargo, Cortés jugó a cierto anonimato, al atribuir la primera carta a “la tropa”, como estrategia para que “otros” lo encomiaran ante el rey y legitimaran (según el uso medieval) sus pretensiones de conquistador, aunque el tono y la estrategia legalista del texto delatan la voz inspiradora. Pero esa primera carta tenía la finalidad política de que el emperador reconociera su mando, la fundación del ayuntamiento de Veracruz y, de hecho, de todo el reino de la Nueva España. Esa primera carta, sin embargo, ya tiene un “nosotros”, pero estratégico y legalista, no bernalesco ni literario, mucho menos jocoso, dicharachero, de interminable conversación en torno a la fogata.

Desde luego, frente a su caída en el favor del rey, necesitaba voceros y los contrató. Que él mismo se trucara en un vocero críptico para la posteridad erudita, además de usar a Gómara como vocero obvio, resulta por lo demás hipernovelesco. Habría querido y podido, entonces, ser no sólo el supercapitán y supergobernante, sino además todos los cronistas-soldados a la vez: el de las Cartas de relación, Gómara, Bernal, algún anónimo y los que se acumulen esta semana. Se supone que ejerció además gran influencia entre los cronistas franciscanos.

Por otra parte, su familia y sus seguidores siguieron difundiendo abiertamente obras de jilguerillos y exégetas ora sí que a través de los siglos, hasta el propio Lucas Alamán, quien abiertamente declara que sus disertaciones historiográficas sobre Cortés también perseguían defender los bienes de sus sucesores, de los que era apoderado, en el México independiente. Descendientes y seguidores nunca sospecharon, pero para nada, el “arma secreta” de un capitán bifronte, a la que se supone se conjuraron para trucar: Cortés-Bernal. Pese a la derrota final de Cortés (más que merecida, según los códigos de la época, por hybris o desmesura frente al soberano), la cultura abiertamente cortesiana siempre cundió abundante en España y América. Tuvo a todos los franciscanos, a muchos conquistadores y encomenderos; tuvo a los universitarios, tuvo a Arias de Villalobos, tuvo a Sigüenza y Góngora. Qué voracidad de tipo: ahora también quiere ser el mismísimo Bernal y todos sus imprevisibles prestigios tan recientes de arte y popularidad. Bueno a lo mejor el fantasma de Cortés no padece tal codicia, es mera chifladura de su fanaticada.

Los argumentos de Duverger contra Bernal como historiador, son los de siempre. Que dizque era ignorante. Pues a lo mejor no lo era tanto. Escribía y se sabía que escribía, y que leía, y que conversaba sobre asuntos de la conquista. Eso es trabajo intelectual. Que a ratos mostrara cultismos tampoco debe extrañar: la escasa escolaridad no significaba necesariamente ignorancia en el siglo XVI, pues la gente no tan letrada de cualquier modo oía muchos sermones, asistía a muchos ritos y representaciones, veía muchos retablos y emblemas, discutía de todo y platicaba mucho incluso con frailes, oidores y letrados. Los soldados conversaban todo el tiempo, se recitaban refranes, coplas y romances, y circulaban impresos y copias manuscritas de muchas obras. Albañil hubo a quien el Santo Oficio decomisó una vasta biblioteca de libros prohibidos. Esos cultismos, por lo demás, casi siempre cumplen meras funciones decorativas, incidentales, transportables. Y siempre han sobrado bachilleres para galanuras adicionales de estilo.

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Bernal además vivió muchos años y pudo aprender bastante con algunas lecturas y por transmisión oral sobre la marcha. Hay viejos que se cultivan. Su relato es el eco de innumerables conversaciones agrupadas. Diría el buen Sócrates que la conversación también es cultura. Asimismo santa Teresa y sor Juana jugaron a calificarse de ignorantes. Es más bien un gesto irónico de los no-tan-hijosdalgo esto de llamarse ignorantes cuando se aventuran en los cotos librescos, que equivalía a clericales o cortesanos.

Se arguye que Bernal cuenta demasiadas cosas con demasiado detalle, y que no pudo estar todo el tiempo en todas partes y recordarlo todo tan profusamente. Pero esto es una petición de principio: el propio Bernal se asume explícitamente, desde un inicio, como la voz plural de la tropa. Su “yo” y su “nosotros” son intercambiables cuando no coincidentes. Si de pronto dice, por ejemplo, que los soldados se molestaron ante tal actitud de Cortés, puede estar diciendo que sobre todo él, Bernal, se molestó; si cuenta personalmente tal o cual detalle o peripecia puede estar usando conversaciones e incluso escritos (relaciones de méritos, alegatos ante tribunales, informes diversos) de varios compañeros. Aspiró a encarnar la voz y la memoria de muchos: sin estos muchos no hay Bernal. Cortés nunca fue muchos. Siempre fue demasiado él mismo. Era un héroe trágicamente altivo, hosco y solitario. Y desde luego, tampoco él —ni nadie— pudo presenciar todo aquello en todo detalle. Muchos de los argumentos que aquí se lanzan contra Bernal operarían igual o mejor contra quien fuera, especialmente contra capitanes-gobernantes-empresarios atareadísimos como Cortés.

Es posible, además, que hayan ocurrido interpolaciones en el manuscrito que Bernal pudo aprobar (algún escolar que le proporcionara dos o tres menciones prestigiosas de la antigüedad clásica, por ejemplo), o bien que no controló (fue sordo y ciego en su extrema vejez), y que haya contado con secretarios (su hijo, por ejemplo) que colaboraran demasiado. Y luego, los editores.

Es incluso posible que en ocasiones haya colaborado también, involuntariamente, el propio Hernán Cortés, ¿por qué no?, pues convivieron y conversaron bastante. Bernal fue toda la tropa, sin excluir a Cortés. También hay mucho de Las Casas en Motolinía, a pesar o precisamente a partir de sus diferencias; de Olmos en Sahagún; de todo mundo en Torquemada… Cada fraile cronista o soldado era también muchos otros frailes cronistas y/o soldados, y tomaba de todos un poco cuando lo necesitaba, y a la vez sería aprovechado por otros autores. No había “autoría” en el sentido moderno del copyright.

Debe finalmente tenerse en cuenta que la animadversión de la corona contra Cortés fue resentida como propia por todos los conquistadores y sus descendientes, y que debieron circular entre todos ellos muchos escritos y mucha conversación de defensa colectiva, que se siguió transparentando hasta la época de Luis de Sandoval Zapata, el autor de la Relación fúnebre, que también anduvo escondida y anónima por siglos… Defender a Cortés significaba defender a todo el grupo conquistador. Bernal, en cierto sentido, aun cuando critica a Cortés, lo defiende como cabeza y escudo de todo el grupo. Pero todo ese vasto partido ignoró que la gran arma final de Cortés llevaba como seudónimo Bernal, esto a pesar de que los muchos bienes del Marqués sobrevivieron tanto a su desgracia como a la de sus hijos. Lo que no sobrevivió fue el informe de que nada menos que las “Memorias” del Marqués andaban trucadas como chismes de tropa… Este delirio impone demasiados supuestos exorbitantes.

Y desde luego: nadie sospechaba el éxito que iba a alcanzar la obra largamente diferida y largamente ocultada y menospreciada del buen Bernal Díaz del Castillo, como para que Cortés la codiciara y prefabricara tan previamente, al menos tanto como pretenden las barrocas especulaciones de Duverger. Para Cortés, Bernal y su historia prácticamente no existieron. Durante siglos fue sólo uno de tantos cronistas-soldados.

Las sombras, enigmas y contradicciones en la biografía y en la obra de Bernal, por lo demás, no resultan raras entre los cronistas de la conquista. Muchos historiadores, como Ángel María Garibay Kintana y Edmundo O’Gorman, han buscado las “historias perdidas” de Olmos y Motolinía entre los escritos de sus sucesores. Esto de andar buscando a Olmos y a Motolinía en todas las crónicas de frailes (que llegó a ser exasperante durante los últimos años de O’Gorman) pudo llevar a Duverger a andar buscando, a su vez, a Cortés en todos los escritos de soldados. Sospecho que Christian Duverger aspira a reencarnar al admirable viejo O’Gorman y sus manías motolinistas, ahora con Cortés como etiqueta. Grande ambición.

Pero la prosa de Cortés, tan conocida, no está en Bernal, por fortuna, para nada (es magnífica pero en otro rango: tajante, fría, intelectual, colérica, pragmática, manipuladora), aunque compartan muchos rasgos de las experiencias comunes, de la cultura y de la época. Eso lo atestiguan los miles y miles de lectores que acuden a Bernal por el mero placer de su lectura, mientras a las Cartas de relación suele acudirse sobre todo por academia. Mucho tendría, además, que haber cambiado Cortés para perder la veneración de sí mismo y asumirse como anónima tropa con una voz tan plural, tan conversada, tan aplebeyada. Y tendría que haber predicho el éxito de la oralidad en la literatura del siglo XX, que antes causaba horror entre letrados.

Sea bienvenido, en fin, este nuevo barullo en el examen de las crónicas de conquistadores. Infinidad de detalles de Cortés y de Bernal seguirán estando en debate. Ambos fueron humanos, demasiado humanos, y mintieron o se equivocaron probablemente algunas veces, especialmente en cuestión de algunas sus demasiadas fechas, de sus demasiados nombres. Nacieron, los pobres, antes del Power Point. Siempre habrá material para el debate y la especulación. Queda empero todavía la verdad del discurso: la prosa, quedan las virtudes y la densidad de la voz de cada cual. Esto a pesar de los manuscritos caóticos de Bernal.

Aunque siguiendo los juegos borgeanos, que Duverger (quien tanto denuncia y delata en cuestión de defectos de documentación de los pobres muertos de hace medio milenio) no confiesa de sí mismo: ¡la desvergüenza de birlarle sin dar crédito el título nada menos que a Borges, así como su enrevesamiento espectacular de Quevedo y Góngora!…; siguiendo los juegos borgeanos, decía, podríamos recordar ese encuentro ficticio de Borges con Lugones en El Hacedor:

“En este punto se deshace mi sueño, como el agua en el agua. La vasta biblioteca que me rodea está en la calle México, no en la calle Rodríguez Peña, y usted, Lugones, se mató a principios del treinta y ocho. Mi vanidad y mi nostalgia han armado una escena imposible. Así será (me digo) pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado”.

Así va siendo con el entrañable Bernal y el altivo Cortés. Se desvanecen muchas diferencias y regresan a ser la misma tropa (juntos pero no tan revueltos), y de algún modo pueden jugar los eruditos con que Cortés es Bernal, y Bernal es Cortés.

De hecho, algunos pasajes de ambos ya se mezclan en la memoria del lector y hay que ir a ratos a confirmar en la biblioteca quién dijo precisamente qué cosa particular. La prosa, la voz de cada uno todavía suenan muy diferentes. Y muchos lectores prefieren a Bernal por el gozo de su voz, de su temperamento, de su estilo… Pero ¡ánimo!: ya Duverger les inventa prosodias y ritmos familiares en una extravagante filología conjetural.

También, por desgracia, abundan el astracán y la cursilería evidente. Duverger es tan fan de Cortés que descarta de todo rasgo no sólo de historia y cultura, sino de llana humanidad, por principio, a quienes supone rivales en algún punto, en este caso Bernal. Señala, como declamador patriotero (pp. 190-191): “Sin ánimos de querer multiplicar los ejemplos, podemos constatar que la Historia verdadera está plagada de indicios que traicionan la personalidad de Cortés. Emerge por doquier, en cada página, ese amor por México, vibrante y palpable… se conmueve ante los paisajes americanos que van desde la languidez tropical hasta las infinitas estepas del altiplano… siente espiritualmente admiración por los mexicanos que concibe como asociados y como aliados, nunca como enemigos… Alaba cada vez que puede la belleza de las mujeres mexicanas”.

Bueno: quien hace algo de eso (no taaaanto como declama Duverger, pues el buen Bernal se enoja muchas veces con los indios, las indias y la geografía) es el texto que conocemos como Bernal, y no las Cartas de relación, más pragmáticas y utilitaristas. Se apresura a regalarle a Cortés lo que jamás ha demostrado, lo que sigue siendo ajeno a Cortés. ¿Y por qué otro español, aparte de Cortés, cualquier otro, por ejemplo un tal Bernal, iba a estar necesariamente incapacitado para elogiar la belleza de algunas mujeres mexicanas, la bravura de algunos guerreros mexicanos o algunos paisajes del trópico o del altiplano? ¿Ni siquiera hubiese podido soltar un piropo?

¿A la leyenda negra anticortés que pinta al capitán como ogro se opone el fanatismo pro cortés que establece que todos los demás españoles no sólo serían incapaces de cultura y escritura, sino hasta de apreciar belleza de mujeres, valor de guerreros y majestad de paisajes? ¿Fuera de Cortés, todos los españoles eran chusma-de-chusma? Esto suena algo novedoso. Se suponía que los enemigos de la memoria de Cortés eran los indigenistas fanáticos. Ahora tenemos un Cortés enemigo sobre todo de puro español. Cuánta soledad.

Bernal permanece en su bruma de siempre. Pero Cortés no consigue, en este libro de Duverger, robarle a Bernal la simpatía y las virtudes de humanidad que lo ensalzan sobre otros cronistas, ni las alas extrañas de su arte. Queda el capitán en su monumental claroscuro tan conocido, después de una más de sus muchas fallidas intentonas de beatificación sobrada y retorcida, lo que representa toda la finalidad de esta obra. Existe por lo demás una basta biblioteca en endiosamientos exagerados de Hernán Cortés, así como otra de deturpaciones frenéticas, para solaz del público burlón.

José Joaquín Blanco.
Escritor y ensayista. Ha publicado: Veinte aventuras de la literatura mexicana, Función de medianoche. Ensayos de literatura cotidiana y Álbum de pesadillas mexicanas, entre otros libros.