Entre la espada y la pluma

En su biografía de Hernán Cortés, publicada en 2005 (Taurus), usted no cuestiona la autoría de Bernal Díaz ni sugiere la de Cortés para la Historia verdadera… ¿Qué le hizo cambiar de opinión?

Esa biografía de Cortés la escribí en realidad en 2001. Y fue al escribirla cuando me di cuenta de la “verdadera” paternidad de la Historia verdadera. Me llamó la atención la simetría estructural de las crónicas de Gómara y Díaz del Castillo, descubrí las actividades literarias de Cortés en Valladolid y, poco a poco, la duda se convirtió en certeza. Yo estaba entonces en una situación delicada. Después de pensarlo bien, decidí callar por completo mi descubrimiento en torno a la Historia verdadera y seguir con la tradición de ocultar los últimos años del conquistador y citar a Bernal como fuente preferencial. En realidad, el contenido del libro ya implicaba un cambio radical en la percepción de Cortés: hice, por ejemplo, una restitución de su origen social, una reapreciación de su cultura castellana e indígena (pasó 15 años en las islas, inmerso en la cultura autóctona), y, claro está, me lancé en una reinterpretación de su actuación en México. Descubrimos un Cortés capaz de mandar a Carlos I de España las joyas de oro ofrecidas por Moctezuma en lugar de transformarlas en lingotes; con absoluta intención, él incluyó en su envío objetos de pluma y manuscritos pictográficos, para dar a conocer que los mexicanos eran gente de alta cultura. Mi libro explica claramente el mestizaje desarrollado por Cortés no como la consecuencia de un azar violento, sino como la traducción de una idea racional y perseverante que el alcalde de Santiago de Cuba concibió hacia 1515, para evitar que se repitiera en México la tendencia genocida en proceso en las islas. Este Cortés fascinado por México, empresario, descubridor del Pacífico, que escribe a los reyes desconocidos de Cebu y Tidore una carta que empieza citando la primera frase de la Metafísica de Aristóteles, este Cortés diferente del que figura en los libros de texto constituía ya una novedad. Muchos apoyaron desde los inicios esa nueva presentación, como José Luis Martínez, que dio un prefacio al libro y vino en su silla de ruedas a presentarlo en el Museo de Antropología. Pero ha tomado su tiempo acostumbrarnos a este nuevo planteamiento. ¿Cuál hubiera sido la recepción del libro si hubiera cambiado al mismo tiempo todos nuestros marcos de lectura al integrar el Cortés escritor que hoy presento?
Así, decidí considerar mi Cortés como el tomo I de mi biografía ­—que un día se podría subtitular: La espada— y seguir en mis investigaciones para elaborar con cuidado esta Crónica de la eternidad, que funciona como tomo II de mi estudio cortesiano y al cual podríamos subtitular: La pluma.   

Usted ha asegurado que hay “una convergencia de pruebas” que indican que Bernal no pudo ser el autor de la Historia verdadera… ¿Podría señalar algunas?

Como el libro se presenta un poco como una novela policiaca, sería fatal revelar el detalle de la intriga. Pero cuestiono la ubicuidad de Bernal que escucha detrás de las puertas, lee el correo de Cortés, narra la boda del conquistador, revela detalles íntimos de su vida y ¡está presente al momento de la lectura del testamento del marqués del Valle! Ese diablo de hombre lo sabe todo. Absolutamente todo sobre Cortés. ¿Es creíble que asista a las entrevistas con el emperador Carlos V, que pueda captar y rememorar palabra por palabra los diálogos intercambiados entre el conquistador y el soberano azteca? Pongo en tela de juicio sus lecturas: lo sorprendemos leyendo libros prohibidos o a veces ¡no publicados! Cuestiono su fabulosa memoria a los 84 años de edad. También su impresionante cultura, muy sorprendente para un soldado raso.

Precisamente, su Crónica de la eternidad sostiene que Bernal no podía tener la cultura que demuestran las alusiones clásicas que hay en su historia. Pero un lugar común de la historiografía de la época es que esas referencias clásicas eran parte del saber general. No hacía falta ser letrado para citar a Alejandro Magno o a Julio César, como no hace falta hoy saber leer para saberse la vida de Jesús. La cultura clásica era parte de la cultura popular de la época. Shakespeare está lleno de alusiones clásicas que su público popular entendía.

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Dudo mucho de esta noción de cultura popular apegada a la cultura “clásica” en el siglo XVI. ¿Cuál era el proceso de transmisión de la cultura griega y latina al pueblo iletrado? Para la vida de Jesús podemos identificar el vector de transmisión: los sermones de la misa dominical. Pero, ¿para conocer a Homero, a Tito Livio, a Salustio, a Flavio Josefo? ¿Por qué Jugurta (largamente citado por Bernal) sería un héroe de esa cultura popular? ¿Era de conocimiento público que el triunfo de Sila generó un agudo conflicto con Mario, que este último era nativo de Arpino y que fue siete veces cónsul? Con Bernal estamos a un grado de cultura que sobrepasa las nociones comunes. Incluso para los cantares de gesta, no estoy muy convencido de su dimensión popular: los trovadores recibían sueldos de los señores y presentaban sus obras en los castillos. La actuación de los trovadores en plazas públicas está mal documentada. De cualquier forma, ¿cuándo pudo Bernal haber recibido esta “cultura popular”? Supuestamente se embarcó muy joven. ¿Acaso llegó a Santo Domingo con el Amadís de Gaula, comprado folio por folio, en su petacate?

Por haber sido escrito en 1585, usted desecha el testimonio de Alonso de Zorita, quien afirma que conoció a Bernal en Guatemala entre 1553 y 1556, cuando era oidor de la Audiencia de los Confines. Según Zorita, en esos años Bernal le dijo que escribía “la Historia de aquella tierra” y le mostró parte de lo escrito. ¿No es mucho desechar?

Mi método siempre es el mismo. Doy la cita in extenso y en su contexto: así cada quien puede forjarse su opinión. En este caso del testimonio de Zorita, ¿cuál es la pregunta de fondo? En 1941 Ramón Iglesia consideró esta notita como la prueba de que Bernal había empezado su crónica en Santiago de Guatemala en los años 1553-1556. Esa afirmación pasó a la tradición bernaldina. ¿Qué planteo? Uno, que el texto de Zorita es un texto de 1585, por consecuencia posterior a la muerte de Bernal. Dos, que Zorita es muy prudente en sus afirmaciones. Dice que Díaz del Castillo “escribía la historia de aquella tierra y me mostró parte de lo que tenía escrito; no sé si la acabó, ni si ha salido a luz”. De esa frase podemos inferir que Zorita no ha tenido el manuscrito de Bernal entre sus manos y que es incapaz de hacer una relación entre lo que había visto 30 años antes y el manuscrito definitivo. ¿Qué tipo de texto se presentaba ante los ojos de los oidores? Siempre la misma cosa: probanzas y peticiones de méritos, apoyadas en datos curriculares. Es lo que Alonso ha podido conocer de Bernal. Por lo que sabemos ahora, Zorita, oidor en Guatemala de 1553 a 1556, no habla de Díaz cronista en sus numerosos textos de la época. Mi trabajo consiste en retomar las bases de nuestro conocimiento de manera crítica. ¿No será ése el papel del historiador?

También hay un testimonio de Torquemada. ¿Por qué desecharlo?

Lo cito y lo discuto en mi libro. Encontramos en la crónica de Torquemada, publicada en 1615, la cita siguiente: “Yo conocí en la ciudad de Guatemala al dicho Bernal Díaz, ya en su última vejez y era hombre de todo crédito”. Esta afirmación es resueltamente contradictoria con lo que escribe el mismo Torquemada en el prólogo general de su obra: “No he salido de esta Provincia del Santo Evangelio (México central) ni peregrinado a Yucatán, Guatemala y Nicaragua”. Lo que confirman los archivos franciscanos.


Si Bernal no es el autor de la Historia verdadera, ¿cómo llegó a él el manuscrito?

Se explica por el contexto histórico. Hay que hacer hincapié en el episodio, muy bien documentado, pero pasado por alto en la historia tradicional de México, de la tentativa de restauración del poder cortesiano en Nueva España por los tres hijos de Cortés a partir de 1563. Fracasó el intento en 1566. Los hermanos Cortés fueron aprehendidos y encarcelados; dos fueron condenados a pena de muerte; los tres terminaron finalmente expulsados. En noviembre de 1567 llegó un visitador, Alonso Muñoz, uno de los más sanguinarios representantes de la Corona que hubo en la Nueva España. Para escaparse de su locura feroz, todos los partidarios de los Cortés huyeron, y muchos de ellos a Guatemala. No existían muchas posibilidades. El manuscrito que llevaba Martín Cortés con él —en ese momento secreto, pero destinado a la imprenta— tuvo que tomar el camino hacia Guatemala, a manos amigas.

¿Cómo sabemos que Martín Cortés llevaba el documento con él de Valladolid a Nueva España?

Hizo correcciones, mínimas, pero significativas, en el manuscrito. Estas adendas refieren a eventos ocurridos entre 1563 y 1566 en la ciudad de México: ira de Martín a su llegada a México en enero de 1563 hacia su media hermana mestiza, Leonor, que encontró casada con Juanes de Tolosa; referencia al entierro de Cortés en Nueva España a mediados del año 1566.

El paso del manuscrito de las manos de los hijos de Cortés a las manos de Bernal en Guatemala es un tramo particularmente conjetural de su libro, con certidumbres más propias de una novela que de una historia. ¿Por qué le enviarían los hijos de Cortés la crónica a Bernal, un soldado iletrado que no aparece en las listas de conquistadores, y al que Cortés no menciona nunca ni siquiera de paso?

La vida propia de un manuscrito siempre se asemeja a una novela. En este caso, lo más probable es que el manuscrito llegara a manos de Bernal por ser conocido de alguien del círculo cortesiano. Pero yo no propongo ninguna conjetura: digo no sabemos. La única evidencia es que el manuscrito pasó a poder del hijo mayor de Bernal, Francisco, al final del año 1567 o a principios de 1568.

Pero si “no sabemos”, ¿cómo podemos afirmar que el manuscrito llevó ese camino?

En realidad, casi nunca perdemos de vista el manuscrito: a finales de 1566 está en la ciudad de México, a finales de 1567 está en Santiago de Guatemala. Lo que no sabemos es cómo Bernal entró en poder del manuscrito.

¿Cree realmente que Bernal no formó siquiera parte del grupo de conquistadores? ¿Por qué?

De Bernal Díaz conquistador, soldado en la tropa de Cortés, no sabemos nada. Eso es cierto. La presunta cédula de Aguilar que otorga una encomienda a Bernal Díaz el 6 de febrero de 1527 tiene todos los rasgos de una burda falsificación: en lo personal, no conozco ninguna cédula de encomienda ¡de ocho líneas! Una cédula de encomienda tiene que contener la descripción de la tierra encomendada, con sus dimensiones, sus límites, los lugares colindantes, el número preciso de indios encomendados por barrios, etcétera. Aquí, el oficio se transforma en escueta nota. Hay dos posibilidades: o nunca fue conquistador o cambió de nombre en 1539. Pero si Bernal pierde la autoría de la Historia verdadera, su vida pierde de hecho una gran parte de su interés.

Hay un documento que lo muestra firmando en la Villa Rica, 1519, descubierto por Rodrigo Martínez Baracs (Historias, 2005).

Tuve noticias de este documento cuando fue presentado ante la Sociedad de Geografía y Estadística de México, en 2003, creo. Es más novelesco que lo que podríamos imaginar. Fue descubierto oficialmente de manera casual por un hotelero mexicano en el Archivo General de Indias de Sevilla, en 1989. Se trataría de un documento extraviado, sin número de catálogo, encontrado en un legajo correspondiente al año 1539, aunque el texto está fechado el 20 de junio de 1519. Además, sería compuesto por nueve hojas sueltas, lo que no deja de sorprender. Significa que los curadores de Sevilla se hubieran equivocado en ubicar el documento en un expediente que no le correspondía, sin registrarlo, y sin darle el tratamiento de salvaguardia adecuado para evitar que las hojas sueltas se perdieran. Eso contradice la experiencia que tengo del Archivo de Sevilla, el cual es una maravilla, perfectamente ordenado y cuidado. Tanto por su forma como por su contenido, siempre dudé mucho de la veracidad del documento. Me quedo prudente.

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¿Por qué tuvo que ser Cortés el autor de la Historia verdadera? ¿Cuál sería la prueba documental más sólida de este aserto?

No se puede resumir un libro que desarrolla esta encuesta a través de 300 páginas y a través de una progresividad racional. La fuerza de la demostración reside en la convergencia de datos que, a la vez, invalidan la autoría de Bernal y la sustituyen por la de Cortés. De verdad, hay que leer el libro para tener la respuesta. Pero el argumento más fuerte reside en un hecho: en todo momento a lo largo de las páginas el narrador de la Historia verdadera revela que cuenta con información privilegiada sobre el comportamiento y la acción del capitán general. Y en ocasiones gusta de escudriñar sus pensamientos o de anotar sus palabras. Penetra al interior de la esfera de su intimidad. Por eso Cortés es el único en situación de escribir la Historia verdadera.

La primera duda que llega a la mente del lector frente a la tesis central de Crónica de la eternidad —el autor del manuscrito es en realidad Hernán Cortés— es la diferencia tan significativa entre el estilo de escritura de la Historia verdadera y las Cartas de relación escritas por Cortés. Usted afirma, sin embargo, que existe una “marca de fábrica” en ambos libros. ¿Cuál es?

Hasta ahora, el hecho de haber considerado al Cortés de las Cartas de relación y al Díaz del Castillo de la Historia verdadera como dos autores diferentes, nos ha impedido ver el parentesco entre las obras. Pero a pesar de la asombrosa creación literaria de Cortés en la Historia verdadera, un autor nunca se desprende de su manera inconsciente de escribir. Por eso podemos encontrar muchas semejanzas entre el estilo de Cortés y el de Bernal. Influido por Fernando de Rojas, Cortés usa muchas enumeraciones. No tenemos ninguna en la obra de Gómara por ejemplo, pero sí muchas en las obras de Cortés y Bernal. En la Historia verdadera, en relación con Aguilar que la tropa de Cortés halló cubierto de harapos, encontramos por ejemplo: “Y luego le mando dar de vestir camisa y jubón y zaragüelles y caperuza y alparagates”. En la Primera relación Cortés escribe: “los españoles enfrentaron un gran número de indios y gente de guerra, con sus arcos y flechas y lanzas y rodelas”. En la Segunda relación habla del mercado de Tenochtitlan donde abundaban las verduras, “cebollas, puerros, ajos, mastuerzo, berros, borrajas, acederas y cardos y tagarninas”. Son miles los ejemplos. Otra característica es el recurso del binarismo; esa manera de juntar dos sinónimos o dos palabras afines para evocar una sola idea, es un rasgo del idioma náhuatl que Cortés aclimató a su estilo propio, ilustrando su práctica del mestizaje cultural. Encontramos ese ritmo tan particular tanto en las Cartas a partir de la Segunda (octubre de 1520) como en la Historia verdadera. Cortés bajo su nombre escribe “conquista y pacificación”, “ciudades y villas”, “seguros y pacíficos”, “muy honrado y favorecido”, “matar y sacrificar”, “costa y puerto”… Bernal habla de los “caciques y señores”, de “fiestas y regocijos”, de “ofrecimientos y dádivas”, de “rosas y flores”, de “informaciones y cartas”, etcétera. Son ecos de la lengua náhuatl en la cual la escritura se decía “el rojo, el negro”; un espía, “un ojo, una oreja”; una mujer, “una falda, una blusa”, etcétera.

La tradición alabó y —está plenamente justificado— la primera descripción de Tenochtitlan hecha por Bernal. “No es de maravillar que yo escriba aquí de esta manera, porque hay mucho que ponderar en ello que no sé cómo lo cuente: ver cosas nunca oídas, ni aun soñadas, como veíamos”. Pero teníamos una versión muy similar bajo la pluma de Hernán en 1520: “No podré yo decir de cien partes una, de las que de ellas se podrían decir, mas como pudiere diré algunas cosas de las que vi, que aunque mal dichas, bien sé que serán de tanta admiración que no se podrán creer, porque los que acá con nuestros propios ojos las vemos, no las podemos con el entendimiento comprender”. La satanización del conquistador nos ha cerrado los ojos.


El Cortés que usted imagina o declara posible es un creador literario de una modernidad extraordinaria, un autor cuyos desdoblamientos narrativos apenas pueden imaginarse en el siglo XX. ¿No hay un pecado de anacronismo histórico y artístico en esa visión?

Nacimos en México con la visión de un Cortés bárbaro, brutal, animado por una búsqueda frenética del oro, capaz de matar a todo un pueblo para robar sus tierras. En ese panorama, el conquistador fue siempre presentado como “feudal” o “medieval” y cargado de todas nuestras ideas preconcebidas sobre el siglo XV. Mi biografía ha intentado matizar el cuadro; a pesar de su nacimiento en 1485, Cortés es plenamente un hombre del siglo XVI y del Renacimiento. No sólo absorbió la modernidad de los círculos cultos de la época, sino que, por carácter propio, es un gran moderno: republicano en un mundo monárquico, liberal en un ámbito inquisitorial, católico enemigo de la iglesia secular, favorable a la libre empresa en un contexto de monopolios estatales, defensor de la mujer en una sociedad ultramasculina. Creo que Cortés ha podido compartir la modernidad intelectual de algunos de sus contemporáneos, como Antonio de Guevara o Fernández de Oviedo, personalidad sutil bastante desconocida. No creo en un anacronismo. Una gran mayoría de los temas debatidos en su Academia de Valladolid son de impresionante modernidad, apegados a la dimensión social de la acción pública. Por otra parte, no me sorprende ver a Cortés tomar su papel en la revolución cultural del Renacimiento: el paso del latín a los idiomas nacionales como vehículos literarios. Al contrario del anacronismo, veo a Hernán como hombre de su tiempo. Pero, es cierto, esa cara del conquistador la estamos descubriendo. Debemos tomarnos el tiempo para acostumbrarnos.

¿Por qué habría podido recordar Cortés lo que no recordaría Bernal?

¡Porque tenía archivos! Signatario de todos los contratos, organizado para conservar copias de todas sus cartas, de todas sus notas, de todos sus documentos contables y judiciales, Cortés estuvo en condiciones de reunir la inmensa documentación necesaria para la redacción de su crónica. ¡La fabulosa memoria de Bernal reside en las cajas de archivos del capitán general!

En su “Epílogo imaginario”, durante una conversación ficticia entre Cortés y su primer editor, el fraile mercedario Alonso Remón, usted hace decir a Cortés que “en una primera vida Bernal se llamaba Sánchez Pizarro”, nombre del cocinero de Cortés a quien éste incitó “a desaparecer” por una falta que no se especifica. Sánchez Pizarro, sigue Cortés, “rehízo su vida en Guatemala bajo otro nombre”, precisamente el de Bernal Díaz. ¿Cree usted esto realmente? ¿Cree que esto es lo que sucedió? ¿Que Bernal era Sánchez Pizarro y que los hijos de Cortés o sus enviados le hicieron llegar el manuscrito para que lo conservara y él, o su familia, se lo apropió?

Si terminé mi libro con un “epílogo imaginario” es precisamente para ofrecer al lector la posibilidad de cerrar la historia a su manera. Es una conclusión interactiva que conserva su dosis de misterio. La hipótesis Sánchez Pizarro es una posibilidad. Cortés funciona de forma clánica, el primer círculo de sus íntimos son parientes y Bernal tiene un hijo que lleva el nombre de Sánchez. El cambio de nombre en 1539 tiene el mérito de explicar la ausencia de Bernal Díaz en los documentos anteriores a 1539. Pero, para distinguir nítidamente lo hipotético de lo comprobado, el final introduce una ruptura en el tono del libro.

¿No cree que las licencias novelescas le quitan seriedad a su libro? ¿Por qué recurrir a ellas si no puede documentarlas?

No hay licencias novelescas en mi libro sino una sola, mi epílogo que asumo como tal. No veo por qué un libro de historia tendría que estar mal escrito.

¿Qué futuro imagina que tendrá su Crónica de la eternidad frente a la Academia?

Frente a la Academia, tengo la más serena tranquilidad. Doy en mi libro todas las referencias, todos los textos que apoyan mi demostración. Mi manera de trabajar consiste en respetar las fechas de los documentos. La fuente principal para estudiar a Bernal reside en probanzas de méritos; los dos documentos más provechosos son la Probanza de Pedro de Castillo, uno de los hijos de Bernal que intentó recuperar la encomienda de su hermano Francisco, fechada en 1613 (AGI, Pa 55 n°6 R2) y la del Dr. Tomas Díaz del Castillo, nieto de Bernal, que intentó también recuperar tierras e indios encomendados, aun más tardía y fechada en 1629 (AGI, Pa 75 n°3 R1-4). En estos documentos vienen copias de copias de documentos anteriores, incluso el famoso interrogatorio de 1539 de Bernal Díaz ante el ayuntamiento de México. Mi observación es que un texto de 1613 es un texto de 1613. No lo podemos leer como si fuera de 1539. Dos generaciones después, los testigos iniciales han desaparecido. La justicia declarativa es una justicia del presente. En ausencia de los originales, hay que actuar con prudencia al transformar esos documentos de circunstancia en documentos históricos perennes.

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Si su investigación es validada, ¿cómo se leerá en el futuro la Historia verdadera?

Básicamente, no hay que cambiar lo que Carlos Fuentes escribió en La gran novela latinoamericana (Taurus, 2011). Dice dos cosas: “Bernal es nuestro primer novelista”. Y “la historia es la violencia que asesina el sueño”. Enfrentamos ahora a un Cortés escritor e historiador. Amanuense de lo maravilloso y conquistador de la memoria. Padre fundador de un país y de su literatura. No es fácil aceptar un cambio tan importante. Toda su vida Carlos Fuentes giró alrededor de la verdad: había entendido que Bernal era un escritor antes de ser un soldado. Escribe por ejemplo: “Este sentimiento de pasmo seguido de un sentimiento de humildad en la descripción literaria del sueño se resuelve finalmente en la obligación de destruir el sueño, de transformarlo en una pesadilla. Bernal Díaz escribe con admiración, con auténtico amor, sobre la nobleza y la belleza de muchos de los aspectos del mundo indígena. Su descripción del gran mercado de Tlatelolco, del palacio del emperador, del encuentro entre Cortés y Moctezuma, está entre los pasajes más emotivos de la literatura”. Fuentes analiza también la extraña relación de la epopeya con la novela: “Esta integridad entre el relato contado y la conciencia detrás del contar es común al tema épico. Pero Bernal, al escribir la primera épica europea del Nuevo Mundo, introduce una novedad en la voz épica, quizá porque en realidad describe la novedad misma, un Nuevo Mundo, mientras que la épica, de acuerdo tanto con el filósofo español José Ortega y Gasset como con el crítico ruso Mijail Bajtin, sólo se ocupa de lo que ya es conocido”. Fuentes había entendido la profunda complejidad de la obra.

¿Cómo debería seguir la investigación de este tema? ¿Usted mismo está investigando algo más?

Lo que me sorprendió mucho en el transcurso de esos años de búsqueda fue la casi ausencia de investigación en torno a los copistas de Nueva España. No sabemos verdaderamente quiénes son; nos gustaría conocer, además de sus características gráficas, sus contratos, sus vidas. Es una faceta oculta de la producción intelectual en el siglo XVI que valdría un estudio sistemático.

Por otra parte, la conclusión de mis investigaciones lleva a considerar a Cortés como gran controlador de la información en relación con la conquista de México. Eso implica ahora buscar otras fuentes de documentación.

En fin, no conocemos prácticamente nada de la vida de los hijos de Cortés después de su muerte en 1547. En particular nada relativo a los tres hermanos que tendrán un papel político a partir de 1562. Nos hace falta.

Para terminar, algo del principio. ¿Cómo fue el proceso de investigación y construcción de su tesis durante estos 10 años?

¡Me costó trabajo! Lo más difícil fue alejarme de las ideas recibidas que pasan por certezas. A pesar de la nitidez de lo que estaba buscando, tuve que lidiar con los esquemas mentales que nos ciegan. Es el síndrome de la Carta robada de Edgar Allan Poe. Tomamos un ejemplo: en la edición de 1632, Bernal hace una pequeña introducción para presentar “su Historia”, y añade: “la cual se acabó de sacar en limpio de mis memorias e borradores en esta muy leal ciudad de Guatemala, donde reside la Real Audiencia, en veinte y seis días del mes de febrero de mil y quinientos y sesenta y ocho años”. Todos los especialistas han explotado esa información que da supuestamente la fecha de composición de la obra. ¡Sin ver que esta frase es imposible! Hay que hacer hincapié en un hecho comprobado: en 1565 se trasladó la Audiencia de los Confines a Panamá; y Guatemala fue administrado como dependencia de la Nueva España por el licenciado Francisco Briceño, que recibió el título de gobernador y capitán general de Guatemala. Desempeñó sus funciones hasta el final del año 1569. La decisión de reinstalar la Audiencia en Santiago de Guatemala fue tomada por cédula del 28 de junio de 1568, pero el nuevo titular, el doctor Antonio González, no dio inicio a sus funciones sino el 5 de enero de 1570. De hecho, queda claro que el 26 de febrero de 1568, ¡Santiago no es la sede de la Audiencia! Esa evidencia la teníamos a la vista desde 1632: la frase contiene un error que hubiera reclamado una investigación y un esclarecimiento. Durante siglos no la vimos.


Hasta hoy, hay voces que niegan este punto.

Sí. Contra toda evidencia. La actuación del gobernador Briceño hasta finales de 1569 está muy bien documentada: su juicio de residencia cuenta con más de tres mil 500 folios y constituye una fuente documental de primera importancia. Pero, después de tantos años, no es fácil regresar a una visión desapasionada “sin torcer a una parte ni a otra”, como dice Bernal.

Bueno. Seguimos con su método de investigación.

La segunda dificultad que encontré fue más clásica: los manuscritos del siglo XVI y XVII requieren un estudio lento en razón de las especificidades de la grafía de la época. Unos documentos de cancillería son de gran belleza por la maestría de los amanuenses oficiales. Pero no es el caso más común. A veces el síndrome de Poe se mezcla con lo complicado de la lectura de los textos: eso explica que en las actas del ayuntamiento de Santiago, Carmelo Sáenz de Santa María haya identificado 75 firmas de Bernal. Al revisar los mismos documentos encontré más de 150. ¿Por qué? Porque yo estaba buscando una firma que sabía cambiante y volátil, y no una firma fija como sería lo usual. No alcanzamos fácilmente a ver la evidencia. Es el misterio del “formateado” del espíritu humano.


¿Qué nos dicen tantas firmas? Usted sostiene que Bernal no sabía siquiera escribir. ¿Puede abundar en esto?

Es muy probable que Bernal no supiera escribir. Lo confesó en una carta al rey Carlos V donde dice “no soy letrado”. Sus firmas cambiantes habían desarrollado muchas dudas y se sospechó que, de vez en cuando, alguien firmaba por él. Después de haber estudiado escrupulosamente las firmas depositadas en las actas del cabildo de Santiago de Guatemala, tiendo a pensar que pueden ser de la mano de Bernal. Pero saber firmar es una cosa; saber leer y escribir es otra.

Para escribir mi biografía de Cortés, decidí visitar todos los lugares por donde pasó Cortés de Medellín a Chametla, de Santiponce a Trinidad, de Azua a Trujillo, de Baracoa a Centla, del monasterio de Guadalupe en Extremadura al secreto Hospital de Jesús de la ciudad de México. Todos los lugares. Radiqué tres años en la casa de Hernán en Santo Domingo, hoy sede de la embajada de Francia, en la esquina de la calle de las Damas. Ocurrencia algo milagrosa, mi estancia coincidió con la de Fernando Benítez, entonces embajador de México en República Dominicana y nos volvimos inseparables. Esos viajes de 20 años generaron dos líneas aquí, tres allá pero me impregnaron, me dieron un conocimiento interior de los paisajes, de los ámbitos, de los olores. No puedo transcribir lo que me dijeron los austeros muros de coral blanco de la casa de Santo Domingo. Pero aprendí a oír las olas nocturnas del Caribe, a percibir la topografía del poder, a soñar el espíritu de conquista. Esta vez, para escribir Crónica de la eternidad, hice otro tipo de viaje. Un viaje con libros. Me aventuré en la formación intelectual del conquistador. Me puse en la piel de un lector castellano de la primera mitad del siglo XVI. Y descifré las influencias que recibió Cortés. Lo que significa compartir sus entusiasmos, identificar el proceso de selección de sus citas, acompañarlo en el descubrimiento de la filosofía política de Guevara, hojear con él los primeros diccionarios. También leer los libros que no le gustaron, y entender por qué no le gustaron. Finalmente, esa búsqueda indirecta fue fructífera, aunque tuve que sacrificar la cuarta parte de la información recopilada. Pero así conserva su fluidez el libro, escrito para el público y no para un cenáculo.