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Frente a los convencidos de la nueva “decadencia de Occidente”, Régis Debray toma el pulso a la relación de fuerzas del mundo actual. Occidente, concluye, es un enfermo que goza de buena salud

Estados Unidos anda en busca de sí mismo, Europa se extravía, China se reencuentra. Y así vuelven a oírse, desde la orilla del crepúsculo, los violines del otoño. En el momento en que la incombustible y noble noción de Occidente salta desde las páginas del venerable libro de texto de Malet-Isaac para etiquetar al trío obligado Estados Unidos-Reino Unido-Francia; en el momento en que la fragancia de la temporada, entre los directores de la opinión pública, lo mismo de izquierda que de derecha, es el “occidentalismo”; cuando cada “conciencia destacada” convoca a una movilización de las potencias, valores y responsabilidades “occidentales”, el título del libro maldito de Spengler, La decadencia de Occidente (1922) vuelve a la portada de las revistas.1

Cansados ya de Rambo, nos volvemos a encontrar con Hamlet.

El porqué de ese malestar íntimo se despliega en todos los titulares: desplome demográfico (¿qué contamos nosotros en un planeta que en medio siglo ha pasado de tres mil a seis mil millones de habitantes?); desindustrialización, endeudamiento y déficits públicos; contaminación ambiental; competitividad en picada; tasa de cambio privilegiada del yuan (se dice que China vende a mitad de precio), pérdida de la fe en nuestro modelo de crecimiento, etcétera, etcétera. Se trata de todo el catálogo de sobra conocido.

Ilustraciones: Oliver Flores

Esta neurastenia no debe poco a la autoridad abusiva del contador, característica de una sociedad fabricante y mercantil, olvidadiza de sus propios cimientos culturales e históricos (al grado de ir recientemente a buscar en el Fondo Monetario Internacional a su redentor supremo). Los etnólogos presumen su discreción, los historiadores muestran su ultraespecialización, los geógrafos desaparecen en el espacio, el antropólogo religioso permanece en su cubículo académico, mientras el doctor en economía dicta la afinación de la orquesta, que sólo atina a entonar “el adagio de una esperanza alternativa”. Una buena balanza de pagos, condición necesaria de la fuerza y la preeminencia, se convierte así en razón suficiente. Como si los déficits, el estancamiento, la recesión, las quiebras bancarias no tuvieran precedente, como si Occidente jamás hubiera visto otros.

Una posición hegemónica no depende ni de la tasa de cambio ni del costo del trabajo. Si el producto interno bruto dictara las jerarquías, la Unión Europea, ectoplasma sermoneador, le hablaría de tú a tú a Estados Unidos igual que a China —esta última primera potencia comercial y tal vez hacia el año 2030 primera potencia económica del mundo, que según estimaciones ya lo fue un siglo antes, cuando en 1830 detentaba un cuarto del PIB mundial—; por lo demás, China podría encaramarse tranquilamente al primer lugar del podio. Nada está dicho aún. Los matices que hacen la diferencia entre la influencia y el lugar de una nación, entre el peso y el sitio, entre lo económico y lo político, escapan a la economía política, no se enseñan en las aulas de la Escuela de Altos Estudios Comerciales. Dichos factores no los deberían perder de vista ni los impacientes en China ni los melancólicos en Europa que anuncian el fin de la preeminencia, en tanto los matices se sitúan detrás o debajo del cuadro estadístico. Un diagnóstico, aun a bote pronto, puede evidenciar dichos factores desapercibidos desde el momento en que se observan los hechos con un ojo clínico más que con la mirada del curandero o el muertero.

Primero pasemos lista a las ventajas.

1. Cohesión sin precedente

Invención ampliamente mítica —sin olvidar que los mitos son llamaradas y no frases huecas—, “Occidente” ha conocido varios avatares durante el último milenio (sin tener que remontarse hasta la división del imperio romano en el siglo IV ni a los carolingios). En aras de la simplificación: hacia 1250, la cristiandad. Para 1750, la Europa de la Ilustración. Alrededor de 1900, el club de Berlín para el reparto del planeta. Y en torno a 1950, el “mundo libre” para resistir a Stalin. Desde el momento en que toda comunidad humana se afirma desde su resistencia, esta cristalización se ha producido siempre en el antagonismo con un Oriente intrusivo y maldito, encarnado alternativamente por el sarraceno, el otomano, la sotana oscurantista, las razas inferiores y aun esclavistas, y al fin por el Gulag. Lucha a cien caídas distintas entre el Bien y el Mal, la Civilización y la Barbarie, la Luz y la Noche (nuestro dualismo innato convertido en un maniqueísmo que las religiones politeístas desconocen). Ninguna de estas epifanías históricas alcanzó el grado de organización y consistencia que conocemos.

Las comarcas donde el sol se oculta poseen por naturaleza contornos estéticos pero nebulosos. La zona euroatlántica, la llamada “área cristiana” (menos el mundo ortodoxo) tiene un perfil político bien cernido. Se trata, para hablar claro, de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) de la que Occidente sería como su nombre artístico. Ese sistema político-militar se halla en expansión. La vanguardia se halla más al oeste del Oeste, en Estados Unidos, pero incluye ahora a la antigua Europa del Este, países bálticos incluidos en espera de Georgia. Esta “arquitectura de seguridad” posee sólidos pilares y contrafuertes en la zona Asia Pacífico, con Japón, Taiwán y Corea del Sur, al igual que Australia y Nueva Zelanda (reunidas desde hace poco en el Tratado de Seguridad de Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos, ANZUS). Si Estados Unidos interviene allí por cuenta propia, al margen de la OTAN, de todas formas lo hace a nombre de Occidente, de su seguridad y sus valores.

De los 27 Estados de la Unión Europea, 21 forman parte de la OTAN y están felices de serlo. Club de ricos o familia espiritual, el “mundo occidental” ya no se contenta como en el pasado de exaltar a una elite clerical, intelectual o militar. Se trata más bien de un sentimiento de pertenencia, de fidelidad, que ha echado raíces en las mentalidades. A pesar de que esta cúpula pasa desapercibida para quienes viven bajo ella —así como el H2O no es un descubrimiento del mundo de los peces— su homogeneidad interna no tiene equivalente en otras partes del mundo.

Ningún asiático se define como tal. Asia no constituye un conjunto sino vista de lejos y desde fuera y tampoco vive en tanto comunidad de destino. La India no sería capaz de reconocer a China como líder o portavoz, y menos el Japón, para no hablar de Vietnam. El Asia del sureste (la Asociación de las Naciones del Asia Sudoriental, ASEAN), atenazada entre dos gigantes, rehúsa la tutela de la India lo mismo que la de China.

La bipolaridad Este-Oeste tal vez pertenezca al pasado, pero Occidente es unipolar: ninguno de sus miembros discute el liderazgo de Estados Unidos. Las aberraciones de George W. Bush dejaron a los gobernantes europeos impávidos o cautivados: ninguna voz de protesta se hizo escuchar contra la invasión de Irak, aparte de la momentánea oposición francesa, para sorpresa de sus homólogos con excepción de Alemania. Desde que la Francia gaulliana volvió al redil, hasta dejarse arrastrar en guerras perdidas de antemano que ni siquiera eran suyas (sin quejarse de carecer de ningún derecho sobre su conducción), Occidente es el único bloque multinacional capaz de acciones de fuerza rápidas y coordinadas (como en Yugoslavia y Libia). La Organización de los Estados Americanos (OEA) está dividida, el Mercado Común del Sur (Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Venezuela y Bolivia: Mercosur) apenas balbucea, mientras la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua, Mancomunidad de Dominica, Antigua y Barbuda, Ecuador, San Vicente y Las Granadinas: ALBA) no para de declamar, el Maghreb está dividido internamente y la Unión Africana es un sálvese quien pueda. La Liga Árabe, la Organización de Shanghai, la ASEA son foros, no lugares de decisión debidamente equipados. El G20 se ha convertido en un media event. Tan sólo la OTAN puede hablar con una sola voz, con una línea de mando incontestable y un consenso doctrinal. El “polo europeo de defensa”, comité o pilar, tiene que ver con organizaciones postizas como la ex Unión de Europa Occidental, o con deseos piadosos sin consecuencia alguna. ¿Qué otra fuerza regional puede aplicar, desviar o invertir una resolución de las Naciones Unidas?

No deja de ser significativo que ningún miembro de una alianza estipulada como defensiva haya echado mano de la cláusula de conciencia en 1989. ¡Viva! Ganamos, brindemos y hasta pronto. ¿Significativo de qué? No sólo de una Europa cansada y resignada a su vasallaje, soñando, bajo el ideal federalista, con una extensa Confederación helvética (una Suiza sin las montañas ni el servicio militar obligatorio) descargando allende el Atlántico el cuidado de su seguridad, sino de una lealtad profunda y a toda prueba. Haciendo a un lado todo juicio de valor, esta incoherencia estratégica es signo de cohesión. La “comunidad de valores” y de temores es lo suficientemente fuerte para que se borren las diferencias de interés, sobre todo geográficos, entre las dos orillas del Atlántico.

El terreno, con fama de atmosférico, de ideales y valores constitutivos de una relación de fuerzas, mucho más de lo que creen los idealistas, muestra la misma capacidad de integración. Los derechos del hombre y del ciudadano (revisados y corregidos por el hiperindividualismo en human rights de donde el ciudadano ha desaparecido) fijan la clave de las normas cívicas legítimas y si están lejos de respetarse en todas partes, el crimen dictatorial es de inmediato objeto de una censura general, aun en los países interesados. Los “valores asiáticos” —primacía del grupo sobre el individuo, disciplina, jerarquía, armonía, frugalidad—, enarbolados sólo un instante por recalcitrantes como Malasia y Singapur, no soportaron el encontronazo de una crisis económica. Sostenidos como están en una revelación y no en una sabiduría (Mahoma compele más que Confucio), los valores islámicos, movimiento de desobediencia civil más reacio, no parecen tener, después de la prueba del poder y en el largo plazo, un destino mejor. La imposición de la sharia es criticada en el propio interior del mundo musulmán (por la juventud educada y por una parte no despreciable de las clases medias urbanas), mientras el cimiento de los derechos humanos en el Oeste no muestra ninguna fractura.2 A pesar de que la tardía conversión de los colonizadores, por largo tiempo aficionados al napalm, la tortura y el trabajo forzado, a la religión del derecho hace sonreír a muchos antiguos colonizados, dicha postura es casi unánime, por la misma razón que la joven musulmana de velo y túnica, lo mismo en Túnez que en Irán, lleva un pantalón vaquero debajo de la túnica. El vestido es también un reconocimiento.

2. Monopolio de lo universal

Todos los Estados persiguen en el exterior sus intereses vitales. Como China, que desprovista de las materias primas necesarias para su desarrollo (un tanto como el Japón de antes de la guerra) está pendiente de sus fuentes de aprovisionamiento y de sus líneas de reabastecimiento de uno a otro hemisferio. Sin excesivo tacto. Llamémosle a eso el egoísmo sagrado. Todo mundo lo conoce. Pero sólo Occidente tiene la facultad de presentar y representar sus intereses particulares como expresión de los intereses de la humanidad en general (libertad, emancipación, progreso). El símbolo geográfico de esta coincidencia es el establecimiento de la ONU en Nueva York: es en el corazón de la única superpotencia que reside el órgano con funciones de “conciencia universal”. La metrópoli con la fuerza militar más grande es también la del derecho más elevado. Los 10 países que votaron en el Consejo de Seguridad la resolución 1973 —estableciendo una zona de exclusión aérea para proteger a las poblaciones libias en tierra— representan 10% de la población mundial. Así como los 10 miembros de la ASEAN.3 Pero éstos jamás se designarían, excepto para hacer reír, como “comunidad internacional”. Este subterfugio de presentación no es un dicho interesado de creadores de imagen. Es una convicción sincera, entre paternalista y evolucionista. Envuelve al clásico criterio de dos pesos, dos medidas (como en el caso, por ejemplo, del derecho a la secesión reconocido para Kosovo, pro occidental, pero rehusado para Abjasia y Osetia del Sur, que son pro orientales) en el más feroz idealismo. La aristocracia del género humano, confederación de democracias que se vive como Liga del bien público contra una Santa Alianza de déspotas y crápulas, no puede verse a sí misma como Santa Alianza tal y como la ve el resto del planeta. Los odios que despierta le resultan incomprensibles y en esta inconciencia funda su buena conciencia. Ni los asiáticos ni los africanos pretenden detentar la clave de la felicidad y el futuro, y los musulmanes (cuando la djihad global no es más que un fantasmón) ya no sueñan con remodelar al resto del planeta a su imagen. Los pashtunes conocidos como talibanes sólo aspiran a sacar a los extranjeros y a instaurar la sharia en sus valles. Nadie más que el bloque occidental emite advertencias sobre todo lo que pasa en el planeta, ni establece e impone la lista de los bad guys, atenta siempre a la coyuntura más reciente, ni dicta sanciones contra el más reciente Estado delincuente. El policía del mundo es también el juez de última instancia, pues goza de una situación en la que puede instrumentalizar al Consejo de Seguridad o saltárselo. A pesar de los vetos rusos y chinos que retrasan más que impiden, con agencias desactivadas y una Asamblea General no ejecutiva, la Organización de las Naciones Unidas no es un obstáculo infranqueable, hasta el grado de que un ex secretario general, Boutros Ghali, recién la ha calificado de enfeudada a la Alianza Atlántica. Se trata así, luego de la extinción de los cantores de La Internacional, del último grupo de Estados susceptible, con o sin aval de la ONU, solicitado antes o después, de acabar manu militari con regímenes situados en las antípodas y que en apariencia no constituyen una amenaza a la paz mundial. Y aun de sostener con acciones clandestinas o semipúblicas rebeliones, disidencias o separatismos. Resulta evidente que las naciones imperiales han querido siempre controlar al vecino: Rusia a sus camaradas europeos y caucásicos, China a sus zonas de protección, Tíbet, Corea del Norte, Mongolia, la India a los pequeños Estados del Himalaya, Sri-Lanka y Bangladesh. Pero aún nadie ha visto al “Imperio del Medio” lanzar misiles crucero cargados con bombas de fragmentación a 10 mil kilómetros de sus costas, ni emitir comunicados de apoyo a los pueblos vasco, kurdo, irlandés o flamenco. Tampoco hemos visto a Irán acosar a Estados Unidos con bases aéreas, terrestres o navales instaladas en las fronteras de México y Canadá, como sucede en Irak, Azerbaiyán, Turkmenistán, Kuwait, Qatar y Omán. Hay un buen trecho entre la amenaza percibida y la amenaza real.

Como Estados Unidos tiene intereses de todo tipo, “mantener la seguridad de Estados Unidos”, primer deber de un presidente estadunidense, commander in chief de facto de la OTAN, obliga a disponer de una capacidad de despliegue de fuerza no menos global y que sólo Estados Unidos detenta. 700 mil millones de dólares anuales: el presupuesto de la Defensa de Estados Unidos iguala al de todos los demás países reunidos, y ello para uno de los territorios mejor protegidos por la naturaleza. Sólo la OTAN tiene bases en los cinco continentes (80 instalaciones militares estadunidenses en el extranjero).

La insólita combinación de un pragmatismo y de una mística, de un modernismo a toda prueba y de un arcaísmo a ultranza es lo que hace la fuerza del Nuevo Mundo. Se origina en un hecho de civilización inalienable: el software cristiano, heredado de la primera de las religiones universales en el tiempo. Autosugestión si se quiere, pero lo suficientemente acogedora y familiar para que los aliados menos beneficiados por el Más Alto puedan sentirse a gusto con él o siquiera colgarle su propio “gran relato”: Europa como “luz del mundo”, Francia, “institutriz del género humano”. Nueve de cada 10 estadunidenses declaran creer en un dios único y personal. La Reforma protestante propagó, mucho mejor que la Iglesia romana, el proselitismo y milenarismo de los orígenes. El número de los misionarios evangelistas en el mundo sobrepasa en la actualidad al de los católicos romanos. Asegurar la salvación de la humanidad es el pacto fundacional, la ley implacable. Sólo se ha cambiado de potencia de fuego y de comandante en jefe desde la expedición de Pekín el año de 1900, bajo dirección alemana. Queda el ingrato prolongamiento del lejano llamado paulino a la conversión de todas las naciones (omnes gentes). El día de hoy se aprecia más la salud que la salvación, pero la aventura humanitaria o el taller ONG elegido por nuestras almas tiernas bien nacidas ¿no nos hace pensar, en pequeño, en el exilio de los jóvenes Padres Blancos4 de antaño?

Sin lugar a duda el Dios único e infalible tiene otro confidente de vocación ultramarina y atraviesa-muros: el islamista. En la compulsión por la cruzada es un competidor que hay que tomar en serio, pero retardatario desde cualquier punto de vista. Aparte de los golpes de mano rimbombantes pero para nada decisivos, como el 11 de septiembre, y por encima de su formidable eco mediático, la djihad global, que no hay que confundir con la djihad nacionalista de comarcas ocupadas, no tiene los medios materiales, militares, científicos y políticos de su fin espiritual. Además de que mata a nueve musulmanes por cada occidental. No preocupa más que a sectas ultramarginales, y ninguna capital del mundo musulmán, ningún think tank oficial la convierte en doctrina o programa.

3. Escuela de los cuadros del planeta

Occidente asegura la formación de las elites internacionales en sus universidades y business schools, sus instituciones financieras (FMI o Banco Mundial), sus escuelas militares, sus organizaciones comerciales, sus fundaciones filantrópicas y sus grandes firmas. Ningún imperio ha gobernado jamás sólo por la fuerza. Necesita relevos en las esferas dirigentes indígenas, y esta almáciga centrífuga produce una clase mundial de managers que incorpora su lengua, sus referencias y sus repugnancias, sus modelos de organización (el derecho anglosajón y la buena gobernanza) y su norma económica (el Consenso de Washington). Este crisol de cuadros superiores de una clase media globalizada es el que transforma una dominación en hegemonía, una dependencia en pertenencia. Mucho más allá de los talleres de prácticas de young leaders (tres mil cada año, varios cientos de ellos en Francia) organizados por las embajadas de Estados Unidos, este brain drain magnético engendra un inconsciente colectivo compartido. Los “príncipes rojos” chinos envían a sus hijos a formarse a Estados Unidos de donde regresan bien preparados para la carrera de enriquecimiento, y nuestros propios hijos, tanto en Francia como en Europa, hallan más que natural, indispensable ir a calificarse a esos lugares de excelencia —lo que sólo una ínfima minoría de privilegiados podía hacer en 1950 o aun en 1980.

No hay periferia, minoría o religión que no tenga en Estados Unidos, bomba aspiradora y compresora, representantes más o menos bien implantados, con sus entradas en el Congreso o en la administración y cuyos mejores elementos podrán, dado el caso, volver a sus países de origen convirtiéndolos en residencia secundaria. Se trata de los afganorricanos, albanorricanos, mexicorricanos, afrorricanos (el galorricano al estilo Jean Monnet5 sólo fue un prototipo). Esta Dirección de Recursos Humanos planetaria puede sacar en cualquier momento un Karzai de su bolsa. Un palestino del Banco Mundial, un italiano de Goldman Sachs, un libio formado en el mismo molde, o un Sajasvili georgiano. Esta magnífica accesibilidad a los puestos de mando es recompensa de una generosa facultad de adopción de extranjeros, un espectro de identidades al que el imperio británico no se atrevió nunca en su tiempo y que a su sucesor le significa justamente cientos de miles de hijos adoptivos de todas las nacionalidades. Así como la posibilidad de enviar un poco a todas partes embajadores estadunidenses provenientes de sus países de residencia. Captatio benevolentiae6 suficientemente funcional para prescindir de un “edicto de Caracalla” formalizando legalmente la concesión de la ciudadanía a todos los hombres libres de la oekumene, como en el año 212. Los individuos con doble nacionalidad lo son de facto y no de jure.

China, India, Egipto, e incluso Estados mínimos como Israel o Armenia, se benefician de una diáspora diligente y fiel como relevo de influencia. Y ya se sabe el peso de 30 millones de chinos de ultramar en el sudeste de Asia. Estados Unidos, que al igual que los países nórdicos no es una tierra de emigración sino de inmigración, resulta todavía más impresionante: tiene 42 millones de inmigrantes. No tiene diáspora propia, más bien recibe a todas, hispánicas, asiáticas y africanas. Los grandes rivales son monotribales o unidiaspóricos. Sólo los países occidentales, y América del Norte en primer lugar, disponen así de una multiplicidad de pasarelas hacia las lejanías —Francia hacia África del Norte, Malí, Israel o Vietnam—. Un premio de consolación. Prueba de que la transformación de un mal en bien y de un bien en mal es una caja de sorpresas sin fin. Bidochon7 se queja de ya no sentirse en su casa. Sentimiento explicable. Puede entenderse, ¿pero no es la “invasión” de vuelta de las metrópolis por los nietos de los invadidos (justo retorno de las cosas) lo que le permitirá a los Bidochon sentirse mañana en su casa en 10 latitudes distintas?8

4. Formateo de las sensibilidades humanas

Que el dólar sea desde 1945 la moneda de reserva del universo, lo que le permite a Estados Unidos endeudarse sin sufrir demasiado, parece el orden natural de las cosas. A nadie se le coerciona violentamente. Se trata de un consentimiento natural que sin duda está en deuda con el poderío militar. Para que los exportadores de petróleo del Golfo no tengan la ocurrencia impertinente de facturar el barril en euros en lugar de dólares, a cambio hay que poder asegurarles su seguridad frente a los vecinos envidiosos, persas o cualquier otro. Pero dicho consenso no sería tan natural sin el apoyo del soft power. Las primeras 10 agencias de publicidad en el mundo por facturación son occidentales. Y con sólo 10 películas Hollywood se asegura 50% de la taquilla china. La fantasía china rebasa ampliamente los confines del Imperio del Medio. Star Wars, Avatar, Batman. McDonald’s, contemporary art, blue-jeans, beisbol (el futbol, a pesar de su nombre, continúa siendo latino)… En la relación amor-odio, repulsión-seducción, que Occidente ejerce sobre sus periferias, por más populosas y distinguidas por añejas culturas refinadas que sean, la propagación a través de la imagen y el sonido de un estilo y un nivel de vida incomparables vale todas las propagandas y por lo demás hace caso omiso de ellas. Estados Unidos no necesita institutos culturales en el extranjero del tipo Cervantes o Confucio para “imprimir”, seducir y cautivar. En Vietnam ¿no fue la Coca-Cola la que ganó la guerra que los GI perdieron?

Para Frédéric Martel, autor del best-seller Cultura mainstream (Taurus 2011), el resultado es que Occidente se encuentra en el punto de mira y es el portaestandarte de todos los combates de emancipación cultural (gays, mujeres, negros, minorías) del Este y el Sur.9 Así como los disidentes del comunismo fueron los hijos del rocanrol, los del islamismo serán muy probablemente los retoños de Disney y Madonna, en todo caso más que de Montesquieu e Irving Kristol. Así como el entertainment capitalista convierte en oro la oposición al entertainment, el mainstream extrae el talento de sus refractarios. Sin duda Noam Chomsky no tiene acceso al New York Times, como tampoco Robert Fisk y Tarik Ali, pero Edward Said o Howard Zinn tenían sus lugares. La abundancia de diarios pequeños, estaciones de radio, revistas y sitios de internet grassroots les hace posible a estas voces disonantes penetrar y repercutir más allá del underground. Michael Moore, Bob Dylan, los documentalistas de Inside Job gozan de una situación confortable, así como en economía Paul Krugman o Joseph Stiglitz. El mundo anglosajón, tanto la ley de la ganancia como la libertad de opinión obligan, tiene esta capacidad catalizadora para reciclar y fagocitar la célula roja y aun el azafrán. El Dalai Lama, cuyos preceptos budistas son rigurosamente opuestos a nuestro acceso al mundo, es nombrado ciudadano de honor en todas partes. Tal es el origen de esta paradoja en la que un imperio enzimático no coloca al margen de la ley ni el antiimperialismo ni el anarquismo, donde está permitido criticar la anexión ilegal de Cisjordania sin pasar de inmediato por un nauseabundo, y a un politólogo serio argumentar en una revista seria a favor de la bomba atómica iraní, garantía de paz y no fin del mundo (punto de vista que en París movilizaría ipso facto a nuestros BHL y DRCI10). La policía del pensamiento es más severa en Francia y todo sucede como si la punta de lanza, el centro de gravedad de esta civilización hubiera radicalizado, invirtiéndola, la fórmula de Nietzsche: Todo lo que quiera matarme me hará más fuerte. Saber volverse inmune por una absorción regular de negatividad crítica es el genio de Occidente, así como su dinamismo y blindaje.

5. Innovación científica y técnica

Habría que haber comenzado por aquí, la excelencia en la investigación y el desarrollo es causa de un avance neto en este dominio crucial. Sin duda éste va a reducirse: ya hay más ingenieros hindúes y chinos que estadunidenses. Pero la lista de premios Nobel en las ciencias duras, la clasificación de Shanghai y el cuadro comparativo de patentes industriales deberían tranquilizar a los angustiados. El liceo y el tribunal del mundo acogen igualmente su laboratorio: las llaves del porvenir, en lo tocante a la ciencia, se encuentran todavía en el MIT y el Silicon Valley.

Observemos un curioso efecto de esta notable concentración de materia gris. Se sabe que la infoesfera impone como lingua franca a los cinco continentes el inglés, por lo demás globalizado, es cierto, por el imperio británico, y que una lengua de comunicación es tanto una manera de pensar como una herramienta (el cristianismo no existiría sin el griego). No resulta sorprendente que el ejército egipcio sea un anexo del US Army, pues éste le asegura el financiamiento, forma a sus oficiales en sus academias, los cura en sus hospitales y sobre todo les proporciona, en coto celosamente vigilado, todos sus sistemas de armamento y sus software. Business as usual. Pero que la plaza Tahir haya funcionado por la red, por Facebook, por los SMS, con una pericia originaria de las universidades californianas, resulta más insólito. Las herramientas de las insurrecciones antioccidentales son occidentales y los topos antinorteamericanos son entregados indirectamente por Estados Unidos. Elaboración de las conductas que sin duda puede jugarle chueco al aprendiz de brujo, pero que le permite a través de firmas y pseudópodos actuar sobre diversos objetivos, oficinas extorsionadoras y Hermanos torturados incluidos. Se sabe que Al-Qaeda adoptó una estructura a la McDonald’s, holding que ha extendido franquicias un poco por todas partes, pero el giro de las nuevas tecnologías made in USA de la mano de la World Wide Web propaga y refuerza lo que constituye el alma de la modernidad, la primacía del individuo sobre el grupo. La interconexión de las redes de internet no sólo entroniza la horizontalidad de las relaciones sociales, al margen de la jerarquía y sin control de arriba, también le da a los individuos un margen de iniciativa sin precedente. La revolución de la información, de matriz occidental, puede leerse como el servicio postventa de un capitalismo protestante interiorizado.

Pasemos ahora a las desventajas.

1. La desmesura de lo global

La hubris, el exceso, la morgue: tal es el destino que el héroe trágico tarde o temprano debe expiar. La pérdida del sentido de la mesura, una vieja tradición imperial, ha cambiado de escala. Relativistas que se sabían vulnerables, los ancestros holandés, español, francés y británico (permanezcamos en el Oeste), por megalómanos que fueran, no pretendían reeducar ni enmarcar ni inspirar a todo el globo terráqueo, cuya vista completa y en tiempo real estaba, por lo demás, técnicamente fuera de su alcance (ni Google ni el satélite de observación existían). Un cuarto de la superficie terrestre le bastó a la reina Victoria, y sólo hijos putativos encaprichados con Alejandro, sin gran futuro, a la manera de Napoleón 1808 o Reich milenario 1941, pudieron desear hacerlo mejor. En 1989, luego del desplome soviético, la Alianza occidental tuvo la locura de la grandeza. Se jactó de instaurar “un nuevo orden mundial desde Vancouver hasta Vladivostok”. Multiplicó las “asociaciones” hasta el Cercano Oriente (Israel, Jordania), el Cáucaso, Asia Central, y después de los PECO (Países de Europa Central y Oriental) llegó incluso a imaginarse que hacía entrar a Moscú en su órbita, tiempo entonces en que conferencistas e intelectuales parisinos desembarcaban en la capital rusa para reciclar el alma eslava y totalitaria en el nuevo catecismo.

Lo que ayer era imposible lo es a fortiori hoy con la proliferación de actores tanto infra como supraestatales. Ninguna pax americana —pronto sinica— podría mantener el orden y la seguridad allí donde la acción de las propias Naciones Unidas se asemeja a la de un tapón de corcho sobre el agua. Ninguna superpotencia, escudo antimisiles o no, se encuentra al abrigo del gas Sarín o de un camión bomba, y mucho menos del golpe de una epidemia o un tsunami. Querer estabilizar un mundo que no vive más que de ser inestable y sería tanto más violento y conflictivo si estuviera desnuclearizado, al dar libre curso a las armas convencionales de una y otra parte, se emparenta con un delirio a la Pangloss o a la Strangelove (Kubrick 1964). No estuvimos muy lejos de ello con el triunfalismo del neocon postsoviético.

El historiador estadunidense Paul Kennedy ha tocado la señal de alarma al evocar el momento en que la ambición del centro excede sus capacidades físicas en la periferia, momento clásico de la “sobreextensión imperial”.11 Sólo que estas capacidades, de la mano de la electrónica y la informática, desde hace tres décadas han dado un salto adelante formidable, de tal forma que el outreach ya no es el mismo. Ver, oír y descifrar todo, aun en las antípodas, ya no es técnicamente imposible. Ni aniquilar frente un monitor a un sospechoso que se encuentra a 10 mil kilómetros de distancia con un misil Hellfire tirado desde un dron Predator, por ejemplo. Ni paralizar un sistema de mando enemigo con un gusano informático tipo Stuxnet. Después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, la última versión de Occidente puede permitirse daños colaterales sin relación alguna con los perpetrados por las legiones romanas o napoleónicas. Su supremacía aérea y espacial lo expone a mayores excesos de los que el control de los océanos hizo correr a la Union Jack en el siglo XIX, porque en el trayecto ha perdido la sabiduría de los británicos, mezquinos en cuerpos expedicionarios y concentrados en alta mar. El police bombing fuera de todo límite territorial y jurídico definido, confirma extrañamente los pronósticos del último Carl Schmitt (1888-1985) a propósito de la deslocalización absoluta de la guerra y la transformación de las intervenciones militares en simples redadas policiacas.12 Pero lo local sigue siendo la fuerza del débil, ante lo cual lo global deviene la debilidad del fuerte.

2. Ciego complejo de superioridad

La seguridad de estar en la cima lo hace a uno indiferente a las rugosas realidades de abajo. El aterrizaje resulta fatal para quien sobrevuela telescópicamente, a menos que se repliegue sobre su “zona verde”.13 El gigante Anteo recuperaba fuerzas cada vez que tocaba el suelo. En este caso sucede lo contrario. Curiosamente, la civilización que inventó la etnología, la de Montaigne y Lévi-Strauss, muestra en su actividad internacional una mezcla inquietante de arrogancia e ignorancia que en el pasado hubiera afligido a un Estrabón o un Polibio. Rehén por partida doble de su universalidad abstracta y de sus equipos de telecomando, embobado por sus propios fuegos artificiales, el comisionado mesiánico, como puede verse en Irak o en Afganistán, tarda varios años antes de descubrir que para los autóctonos no es más que un invasor. Satura con su presencia un teatro de operaciones del que desconoce el pasado y el idioma, la cocina y la religión, la estructura familiar y aun los reflejos más elementales. Tranquilamente puede encender una fogata con el Corán y mear sobre el cadáver del enemigo. Es fun. El policía del mundo ignora el mundo y sólo quiere conocer su escala de valores. Eso se paga.

La Democracia como absoluto, alfa y omega tanto de incursiones como de sermones, fetiche sin condiciones del liberal, le tapa los ojos. Hagamos a un lado el inconveniente intelectual, es decir, la goma con que una mayúscula insospechable borra todo lo que separa en concreto a las diversas democracias: la democracia “consociativa” (Líbano con sus equilibrios comunitarios), la democracia étnica (Bulgaria, Israel, Turquía, con sus ciudadanos de primera y segunda clase conforme a su origen étnico), parlamentaria (Reino Unido), laica (Francia), religiosa (Egipto, Túnez), fideísta y plutocrática (Estados Unidos, suma de Thanksgiving más publicidad política al mejor postor), etcétera. Mucho más grave es el contragolpe práctico, el olvido de que el mundo no está hecho de individuos (one man, one vote) sino de comunidades, nacionales, religiosas o tribales, que ordenan sus lealtades y sus conductas. El átomo suelto, sin historia ni pertenencia, en la gravedad de su deseo y la certeza de que el dinero basta para todo, hasta para hacer sociedad, es lo que el occidental llama “modernidad”, y lo que desde el momento en que pone el pie fuera de su perímetro lo hace tropezar con una dificultad: la tradición. El intruso, orgulloso de sus helicópteros escupefuego, de sus fajos de dólares y de sus organizaciones no gubernamentales (la ONG es el modelo perfecto de colectivo en tanto objeto de adhesiones individuales y voluntarias, móviles y descontextualizadas) trompica en la superficie de los países ocupados y tiene que, antes de desalojar, replegarse a su zona verde o sus fortalezas. Tanto el US Army como el general Petraeus parecen prestarle una atención especial a un cierto coronel David Galula, autor de un manual de counterinsurgency. Los perdedores de la guerra de Afganistán debieron recordar que Francia, con todo y sus aparatos eléctricos de tortura más los teóricos de rigor, perdieron la guerra de Argelia, y consultar más bien a Maurice Godelier.14 Hubieran aprendido que la tribu, formación colectiva plena de futuro, representa la unidad de base de la mitad del mundo, desde los reinos beduinos hasta la América indígena pasando por Asia Central, África y el sur de Europa (baste pensar en el crimen de honor albanés o siciliano). Y que a ese hemisferio le importan muy poco el derecho de la persona y el interés individual.

Al impaciente caballero andante se le escapa la causa testaruda de las resistencias indígenas a la “romanización”: la autodefensa inmunitaria, sin duda alguna lamentable, mezquina y retrógrada, no exime del hecho de que ningún grupo humano, si bien puede recibir de buen grado una ayuda del exterior, aprecia en cambio que extranjeros permanezcan al mando de sus asuntos. Este reflejo completamente animal tiene un nombre noble: soberanía. En Europa, si se hace a un lado a la Gran Bretaña, la inconciencia étnica ha llegado a tal grado que las nociones (de hecho los sentimientos) de honor y orgullo nacional hacen sonreír de pena o de burla a dos de cada tres personas menores de 50 años (sin tomar en cuenta al young leader orgulloso de hacer jogging con una t-shirt NYPD). En los States, el etnocentrismo es de tal nivel que no pueden imaginarse que tales nobles sentimientos puedan ser los mismos de las aldeas atrasadas. En Bruselas se quiere olvidar de qué se trata; en Nueva York ni siquiera se siente la necesidad de saber. Para un postnacional emancipado, un vecino postmoderno del Barrio Latino, que considera el Estado-nación como un objeto de museo o una broma, la idea de que medio centenar de pueblos están listos para dar la vida por tener un Estado-nación, himno y bandera incluidos, les parece de un infantilismo bobo. Para el born again del Tea Party, émulo de Robert Mitchum y John Wayne, que un ser humano digno de este nombre pueda querer enarbolar otra cosa que la bandera de las barras y las estrellas con la mano en el corazón, evidencia los alcances del Eje del Mal. Tanto por la carencia como por el exceso de consideración, el resultado es una zona de sombra.

Nacido en Hawai, criado en Indonesia, culto y maestro en marketing, Obama no es un vaquero autista como George W. Bush, que tanto fascinó a los gobernantes europeos (de Blair a Sarkozy). Obama sabe que aquí abajo existe el otro. Y esto es nuevo. Por ello las maneras son más corteses. Pero convertir este ajuste en la mira en una conversión hacia el multilateralismo sería tomar, como se ha hecho en Europa, los deseos domésticos como realidad. Y olvidar que un estadunidense de los confines está más imbuido de los mitos fundadores de su país que un texano de cepa, más convencido todavía de que hay que defender con uñas y dientes los privilegios ontológicos de su tierra prometida. Y defenderlos por todos los medios, aun, inteligentemente, por medios clandestinos. De ahí el cibersabotaje y los drones mortíferos que golpean países soberanos, como Pakistán, Yemén y otros. La Casa Blanca, de acuerdo con fuentes estadunidenses, ha proporcionado en dos años y medio seis veces más autorizaciones de asesinatos con objetivo preciso, e innumerables víctimas civiles en rededor de los puntos de impacto, y no menos abundantes reclutas para Al-Qaeda entre los sobrevivientes, que George W. Bush en ocho años: 265 contra 40. La Special Operations Command (SOCOM) con un presupuesto que en 10 años ha pasado de dos mil 300 a seis mil 300 millones de dólares, cuenta ahora con 60 mil hombres repartidos en 60 países. “El ejército del presidente” dependería de “la comunidad de inteligencia” y no del Pentágono para evitar cualquier implicación o complicación judicial.15

La hubris se despliega en todas direcciones, pues se halla inscrita en lo más hondo. El francés contemporáneo peca por falta de autoestima; el estadunidense, por exceso. Se considera el elegido de la Providencia, el portador de la Revelación. Blanco, negro, mestizo o amarillo, un presidente de Estados Unidos ha sido, es y será “excepcionalista” y un convencido de su misión superior.16 La única variable digna de atención es cómo y hasta dónde. El complejo de superioridad es necesario, pero no en exceso. Pues la hubris, recordémoslo, no sólo es el orgullo culpable sino también el desfogue, el ardor, el aliento vital. Sólo los países dotados de una mística o de una mitología nacional fuerte pueden tener una política exterior vigorosa, con lo que implica hacia fuera de crueldad y de ilegalismo, pero también, en lo interno, de renuncia y sacrificio (por lo menos presupuestario). Manifest Destiny y pacto de alianza con Jehová: Estados Unidos e Israel, dos naciones que no ponen en duda su origen sobrenatural, tienen la vocación de beneficiarse de ese estatuto de excepción. Con los pueblos sucede como con los individuos: aquellos convencidos de tener en sí mismos algo irreductible a lo ordinariamente humano no se sienten obligados a obedecer normas, tratados o convenciones que no pueden aplicarse más que a personas normales. Estados Unidos, China e Israel, al igual que Siria, se opusieron formalmente, en 1998, a la instauración de la Corte Penal Internacional (CPI, tratado de Roma), jurisdicción permanente que tiene competencia en materia de genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra. Aún más: Estados Unidos ha obtenido de 60 países, bajo amenaza de recortes en la ayuda alimentaria o de represalias diplomáticas, la seguridad escrita y para el futuro de la impunidad de los militares estadunidenses, vaciando así el tratado de su sustancia. Que un GI pueda ser sometido a las mismas prohibiciones jurídicas que el guacho promedio es desde entonces sujeto de sanciones. En esta justicia internacional, el calificativo es optimista. Los politeísmos paganos ante una fe monoteísta, son siempre parte perdedora en la carrera por la hegemonía (la excepción hebraica frente al imperio romano habría que discutirla en detalle), y las religiones ateológicas (como el taoísmo, el budismo o el confucianismo), que se repliegan como en China en la “inmanencia ocasional de lo sagrado”, están menos bien colocadas que las culturas vinculadas a un principio divino que trasciende el orden del mundo para imponer o proponer al mundo entero su propio orden. Un Estado normal, anclado a lo secular, tapará las brechas día tras día. Lo que puede transcribirse de forma positiva: frente a la amenaza de muerte, aquel que no cree en el cielo y se sostiene, tiene más méritos que el que sí cree.

3. Negación al sacrificio

El 24 de agosto de 1914, 26 mil soldados franceses perdieron la vida en el frente; el presidente Poincaré no salió de su despacho. Mañana sería mejor (de hecho, en promedio murieron mil soldados al día entre 1914 y 1918). El 18 de julio de 2011, siete soldados franceses murieron en una emboscada en Afganistán. Homenaje nacional, elogio fúnebre del presidente que poco después visitó el lugar, conmoción mediática. Una demanda de indemnización es presentada por la familia de una de las víctimas (por “falta de servicio”). En Indochina y en Argelia, elementos de comparación más exactos, las pérdidas de vidas humanas, aunque en otra escala, no dieron lugar a semejantes manifestaciones ni recriminaciones.

El trastrocamiento, en tan corto lapso de tiempo, de nuestra relación individual y social con la muerte, es un fenómeno asombroso y lleno de consecuencias. En sus adentros, Occidente ya no posee la moralidad de su moral ni el valor de sus valores. Tiene menos de lo que promete o proclama. Sus brazos han engordado, le falta corazón. Fobia del enfrentamiento físico, ideal surrealista de la guerra sin ningún muerto, reemplazo del culto del héroe por el culto de la víctima, fin del servicio militar, desaparición del espíritu de defensa y despacho del ciudadano-soldado al Museo Carnavalet17 para sustituirlo por ejércitos profesionales (compuestos, en la medida de lo posible, por ilotas y forasteros): Goliat se ha vuelto un lloricón.

Era sin duda el precio a pagar por la elevación del nivel de vida, el triunfo del derecho sobre el deber, la felicidad como imperativo, el deber del placer, además de la reacción íntima al sobreequipamiento tecnológico. La avionitis del justiciero neoconservador —“¿pero qué esperamos para enviar los aviones?”, lo mismo sobre Belgrado que sobre Kabul, Trípoli, Damasco, Teherán, Jartum, Mogadiscio, Harare, Tumbuctú, Baalbek, Peshawar, etcétera, en espera de El Cairo y Argel— eleva a un grado óptimo el control apacible del espacio aéreo, al menos en África, sin dejar de respetar el principio de precaución: el Zorro de los titulares de prensa no estará en el avión sino en la tele. Después del tiempo en que uno entraba en la historia luego de ganar batallas, llega el tiempo en que se sale de la historia para ganar las pantallas. Y puntos de rating.

Se trata del triunfo mediático del golpeador a salvo. El humor es intervencionista, pero el clima, pacifista. Contradicción. El occidentalista deberá presentarse como amigo del género humano para neutralizar las reticencias. El miedo de lo real llega hasta a prohibirle la palabra guerra en beneficio de “operación de mantenimiento de la paz” (OMP), o “protección de las poblaciones”. El acto de fuerza, bajo la égida del cuerpo de operaciones psicológicas (psyops), tiende a vestirse de socorro humanitario. Con militares interesados en presentarse al público como trabajadores sociales. El prudente pinta su casco de azul: prácticas duras, ideales suaves. Sus adversarios fanatizados ignoran esta fractura: sin contar ni de lejos con las mismas panoplias de terror, piensan duramente y actúan en consecuencia.

En otras palabras: si Oriente posee el sentido de lo sagrado, Occidente, y Europa en particular, lo ha abandonado. De donde se sigue su incomprensión visceral (o su estupor pánico) ante esos fenómenos que lejos de perseguir un beneficio material inmediato prefieren la felicidad del más allá al placer en esta tierra (la human bomb). Tanto más que aquí abajo hay personas, cada vez más numerosas, a quienes “la idea nueva en Europa” les parece obsoleta y mezquina. Pero como lo sagrado es lo que ordena el sacrificio y prohíbe el sacrilegio, ocasiona una preocupación paralizante, sobre el terreno, de “protección del personal” y encima, en el país, la necesidad de escurrir el bulto, de transformar el lenguaje en una sarta de puras intenciones sin sustancia y de mentiras autoprotectoras (precarias por las fugas del tipo WikiLeaks y por las facilidades de información sin precedente). Conservar la amabilidad del crepúsculo es juramento del espíritu de cruzada, que es más bien matinal.

4. La prisión del corto plazo

La desventaja crónica de las democracias, que “no enfrentan los problemas externos sino por razones internas”, como lo vio con claridad Tocqueville, se ha agravado aún más con la entrada en escena del Estado seductor y de los regímenes de opinión. No nada más el Ejecutivo, ansioso de reelegirse, debe atender las resoluciones del Congreso o de sus electores (a riesgo de fastidiar a Turquía, país clave, para satisfacer a los armenios de Bouches-du-Rhône, o como allende el Atlántico, echarse encima a mil millones de musulmanes con tal de apaciguar a una comunidad interna influyente). Lo nuevo es la obligación del atajo, de lo expeditivo. Los resultados que se exigen deben ser rápidos. A ello obligan la abreviación de los mandatos (del septenio al quinquenio, por ejemplo), el vals sin fin de los gabinetes, la disminución de los ciclos de atención (tanto en el alumno como en el telespectador) y la obsesión del zapping. Y todo esto en el momento en que reaparecen —con el retorno, aquí, del inca, el zulú, el berebere, y allá del gran lama, el rabino, el ayatolá o el archimandrita— los tiempos largos de la memoria étnica y el mesianismo religioso. Intercambio desgraciado. El tiempo corto de los indignados del norte se encuentra en desfase con respecto al tiempo largo de los indignados del sur. Aquí los accesos de rabia estallan ante las imágenes insoportables de matanzas, hambrunas, exacciones, pero la burbuja de emoción mediática no durará más de un mes (lo óptimo es entre tres y 15 días). Allá, en cambio, además de no ver las mismas imágenes conmovedoras que en el norte (la operación Plomo Fundido, ausente de las pantallas occidentales, fue transmitida en directo y día tras día por los corresponsales de Al-Jazira enviados con anterioridad al lugar de los hechos), el rencor es paciente y subterráneo, al estilo vendetta, sin que esto obste para hacerlo explotar con el primer pretexto, religioso o de cualquier clase.

Occidente, cortoplacista, sueña con la guerra relámpago; Oriente, con una dilatada experiencia y que sabe anticipar, prefiere la guerra de desgaste. Aquí se habla de asestar un golpe; allá, de resistencia. El golpeador fulmina, mata e invade en un abrir y cerrar de ojos; el golpeado atasca, infiltra, agota al adversario. Lo cual equivale a decir que el tiempo juega contra Occidente, amo del espacio pero rehén del instante.

Nutrido con el flash y el videoclip, el presentismo es un irrealismo estratégico porque oblitera tanto el pasado como el porvenir. Hacia adelante, el presentismo no evalúa las consecuencias a mediano y largo plazos de sus decisiones inmediatas, por lo general opuestas al objetivo propuesto (el Irak sunita que pasa bajo la influencia del chiismo pro iraní es paradigmático). El presentismo emocional descalifica la inteligencia estratégica. Hacia atrás, encerrado en un moralismo eruptivo y confuso, pasa por encima de la memoria de los demás, así como hace desaparecer las humillaciones que él mismo les ha hecho sufrir en el pasado. Los dominados tienen siempre más memoria que los dominadores. La trata no es letra muerta para los descendientes de esclavos, ni para los argelinos el tramposo “segundo colegio”,18 ni la “entrada prohibida para perros y chinos” en la concesión francesa de Shanghai para los bisnietos de los coolies. Es cierto que el sentimiento de humillación, “motor de la historia”, regularmente subestimado a pesar de ser más explosivo que la explotación económica, con el resentimiento que provoca, nunca ha encontrado un lugar, desde 1945, en la pantalla del radar del prescriptor y decididor occidental. Y este desdén lo ha pagado caro. Hay que decir en su favor que lo contrario hubiera sido contra natura. Cada uno recuerda mil veces mejor los bofetones que ha recibido que aquellos que propinó.19

La destrucción o el desgaste de los Estados nacionales bajo los encontronazos injerencistas tuvo por efecto una diseminación de las fuentes de desorden, que confunden cada vez más la vigilancia del centro. Sin duda, el hecho de que la globalización tecnoeconómica tenga por reverso y consecuencia la balcanización político-cultural del planeta no es imputable a ninguna indolencia en particular. La acentuación de las pertenencias como consecuencia de la homogeneización de las herramientas es un fenómeno termomecánico que funciona por sí solo, como la marea o la válvula. Pero olvidar que el Estado es el propietario del monopolio de la violencia legítima y que su destrucción hace proliferar a los irregulares de los cuernos de chivo, interlocutores imposibles o difíciles de dominar, está vinculado con una metida de pata demasiado humana.

Hacer saltar un candado de soberanía política a golpe de misiles y comandos es finalmente sacar a la superficie la étnica y la mística, con las que resulta mucho más difícil razonar porque hablan lenguajes por completo distintos. Sin duda, Israel preferiría en la actualidad tener que ver con Estados o autoridades constituidas (como en 1956, 1967 o 1973) para emprender buenas guerras frontales y regulares, a la legalona, que con ONGs armadas y nómadas sin número de teléfono. Más vale tener frente a sí, en Cisjordania, a la Autoridad Palestina que a Al-Qaeda; en Gaza, a Hamás que al clan Darmush, dedicado a la compra y venta de rehenes; en Siria a un tirano oficial pero localizado (“león en Palestina y gallina en el Golán”) que a cien locos de Dios diseminados por la geografía con misiles tierra-aire. Tal vez no haya sido un buen cálculo eliminar a Arafat y ridiculizar a la Autoridad ante la mirada de los palestinos de la calle; como tampoco ignorar a Hamás —que ha puesto en orden, con mano dura, al clan Darmush y mantiene a sus extremistas con la rienda corta, hasta en la mismísima Gaza City.

El frente de expansión de la djihad global avanza a través de las zonas en las que el Estado central se desploma, sobre todo en el África subsahariana, y el Oeste no tiene vela en ese entierro. Después de haber acabado, en el Cercano y Medio Oriente, de la mano del wahabismo y con el dinero de Arabia Saudita (donde las mujeres adúlteras son decapitadas a golpe de cimitarra en la plaza pública), con los movimientos nacionalistas identificados con un arabismo más o menos laico y marxiano, Occidente se queja en la actualidad de tener que tratar con aspirantes teócratas. Un impertinente con mala leche siempre podrá ver en la Umma reunificada, sin fronteras ni nacionalidades, alucinada por el pakistaní Ala-Al Mawdudi, un contracampo onírico-teológico a la gobernanza mundial de un mercado unificado por la Organización Mundial de Comercio alucinada por el francés Pascal Lamy, en el mismo sentido de la respuesta del pastor a la World Enterprise. Lo supraestatal es un lecho para dos sueños. Lo palmario es que la privatización de la violencia no es el negocio de los supuestos guardianes de la paz mundial, ni en lo interno con las redes criminales transnacionales, ni en lo externo con el desperdigamiento en manos volátiles de arsenales químicos, bacteriológicos y nucleares. El doctor Frankenstein tiene de qué preocuparse.

Concluyamos. El balance entre las cinco “grandezas” y las cinco “servidumbres”, no de los haberes sino del ser occidental, a un tiempo más vigoroso y más frágil de lo que piensa, ¿puede calificarse de equilibrado? Desde el punto de vista de la dinámica, probablemente no. En el corto plazo, parece que sí. No porque el guía de la modernidad tenga el sartén por el mango, lejos de eso. El Bien que cree encarnar es un espejismo que cada vez engaña menos a su mundo. Pero ya resulte lamentable o produzca una alegría, parece que por el momento sostiene la cuerda —y para nada tentado, por codicioso que sea, a comprar otra para que lo cuelguen, como lo había imaginado un tanto a la ligera, hace un siglo, cierto Vladimir Ilich Lenin.

 

Régis Debray
Filósofo y escritor. Su más reciente libro publicado en francés es Modernes Catacombes. Hommages à la France littéraire (Gallimard); Flammarion está a punto de publicar Debout les anciens.

Traducción de Silvio Rascón


1 Courrier International (2011): “L’Occident est-il fini?”; La Revue internationale et stratégique, núm. 75, otoño 2008: “Le monde occidental est-il en danger?”; Éléments, abril-junio 2011: “Le déclin de l’Occident”. Entre otros.

2 Aunque a veces sí pequeñas fisuras. Miembro en 1981 de la delegación francesa en la sesión de reapertura de la ONU, el autor de estas líneas pudo comprobar de visu el apoyo de la administración estadunidense a los Khmers rojos luego de su derrota a manos del ejército vietnamita. Se produjo un vacío en torno a la delegación de Vietnam y el lugar de Camboya aún ocupado por los representantes de Pol Pot, bajo la presión declarada de Estados Unidos. Razón por la cual habría que relativizar no la referencia sino la reverencia debida a los paladines de los human rights.

3 Los 10 Estados miembros de la ASEAN, fundada en 1967, son Brunei, Camboya, Indonesia, Laos, Malasia, Birmania, Filipinas, Singapur, Tailandia y Vietnam.

4 Denominación popular de la Sociedad de los Misioneros de África fundada en 1868 por el arzobispo de Argel, monseñor Charles Lavigerie. (N. del T.)

5 Uno de los iniciadores de la Unión Europea. (N. del T.)

6 Búsqueda de la benevolencia. (N. del T.)

7 Apellido de la pareja de cincuentones clasemedieros que son personajes principales de la tira cómica homónima. (N. del T.)

8 Para ser más gráfico: 1850-1950: yo, Occidente, hago sudar el albornoz, vacuno y abro escuelas. 1950-2000: los indígenas sobrevivientes que han aprendido mi idioma regresan para cobrar los beneficios a domicilio. 2000-2050: yo puedo, al formar a los más talentosos, regresarlos bien colocados a sus aldeas de origen para propagar mis concepciones y defender mis intereses. Dando y dando.

9 Ver en Médium núm. 27 (abril-junio 2011), “Discutiendo Mainstream”, diálogo con Frédéric Martel.

10 Bernard-Henri Lévy y Dirección Central de Inteligencia Interior, respectivamente. (N. del T.)

11 Paul M. Kennedy, Auge y caída de las grandes potencias, Debolsillo, 2006.

12 Carl Schmitt, El nomos de la tierra en el derecho de gentes, Comares, 2003.

13 La zona más segura de Bagdad durante la ocupación estadunidense. (N. del T.)

14 Maurice Godelier, Métamorphoses de la parenté, Fayard, 2004.

15 Véase “La stratégie furtive de Barack Obama: une novation majeure”, de Jean-Louis Gergorin, Commentaires, número 39, otoño de 2012.

16 A este respecto, la adulación de los aliados es un muy mal servicio que le hacen al ejecutivo de la metrópoli. La obamanía casi orgásmica que vivió, durante la primera gira europea del presidente estadunidense, la clase dirigente francesa, tanto de izquierda como de derecha, en detrimento del mínimo self-respect (gobernantes y periodistas empujándose alrededor del milagroso mendigando una sonrisa, la más mínima muestra de atención, por lo menos un autógrafo) no es de las cosas que puedan hacer aterrizar al presidente de un gran país, ni recordarle que no es, a pesar de su estatura, de otra naturaleza intrínseca diferente de la de los demás. Ahora que la campaña presidencial de Estados Unidos es cubierta día tras día por nuestros medios hasta convertirla en la más importante de las competencias electorales en Francia, resulta sin duda inútil esperar un poco más de dignidad.

17 Museo dedicado a la historia de París. (N. del T.)

18 Institución creada durante la colonización francesa para hacer posible, dentro de la legislación francesa, la participación política de los argelinos musulmanes. (N. del T.)

19 No se sabe que Le Monde, diario preocupado desde hace poco del tiempo largo, haya acompañado sus encendidos reportajes y editoriales sobre los insurgentes sirios de un retorno documentado sobre la actividad del general Gouraud en Damasco y en el djebel druso, en la época del mandato francés sobre Siria (1919-1945).