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Tres mendigos solían golpear puntualmente, cada día, a las puertas de las hospitalarias casas de Miguel Street. Alrededor de las diez llegaba un indio vestido con dhoti y camisa blanca: le vaciábamos una lata de arroz dentro del saco que cargaba sobre la espalda. A las doce llegaba una vieja fumando en pipa de arcilla y obtenía un centavo. A las dos, un ciego guiado por un niño venía a pedir su moneda.

A veces llegaba algún encimoso, como aquel que tocó una vez a la puerta diciendo que estaba hambriento. Después de que le dimos de comer, pidió un cigarro y no se fue hasta que le encendimos uno; nunca volvió.

El más extraño de todos los mendigos llegó una tarde, cerca de las cuatro. Yo acababa de regresar de la escuela. El hombre me dijo:

Naipaul

—Hijo mío, ¿puedo entrar en tu patio?

Era un hombre pequeño, vestía camisa blanca, pantalón negro y usaba sombrero; parecía, limpio.

—¿Qué quieres? —le pregunté.

—Quiero ver tus abejas —respondió.

En nuestro patio teníamos cuatro palmeritas gru gru atiborradas de abejas intrusas. Subí corriendo los peldaños interiores y grité:

—¡Mamá! Aquí afuera está un tipo que dice que quiere mirar las abejas.

Mi madre salió al patio y, mirando al hombre, le preguntó en un tono de pocos amigos:

—¿Qué es lo que dices que quieres?

—Deseo contemplar vuestras abejas —respondió el hombre. Su inglés era tan correcto que no parecía sincero y pude percibir que mi madre estaba intranquila. Ella me dijo:

—Quédate aquí y vigílalo mientras mira las abejas.

—Gracias, señora. Hoy ha hecho usted una buena acción —exclamó el hombre. Hablaba pausadamente y con propiedad, como si cada palabra le estuviera costando dinero.

Juntos, el hombre y yo observamos las abejas durante casi una hora, encuclillados cerca de las palmeras. El hombre dijo:

—Me gusta contemplar las abejas. ¿Te gusta a ti?

—No tengo tiempo para eso —contesté.

Movió tristemente la cabeza:

—Eso es lo que yo hago: sólo observar. Puedo mirar las hormigas durante días. ¿Nunca has observado las hormigas? ¿Has contemplado alguna vez los escorpiones, los cienpiés, los congorees?

Negué con la cabeza diciéndole:

—¿A qué se dedica usted, señor?

—Soy poeta —me contestó, levantándose.

—¿Es un buen poeta?—volví a preguntar.

—El mejor del mundo —me respondió.

—¿Cómo se llama, señor?

—B. Wordsworth.

—¿B de Bill?

Black. Black Wordsworth. White Wordsworth era mi hermano y juntos compartíamos un solo corazón. Puedo contemplar una humilde flor, como por ejemplo la “alegría del hogar”1 y echarme a llorar.

—¡¿Y para qué llora?! —exclamé.

—¿Por qué razón muchacho? ¿Por qué? Eso lo sabrás cuando crezcas. Tú también eres poeta, ¿sabes? Y cuando se es poeta, se puede llorar por cualquier motivo.

No pude reírme.

—¿Te gusta tu madre? —me preguntó.

—Sí, cuando no me pega…

Sacó una hoja de papel de sus bolsillos y dijo:

—En este trozo de papel está escrito el mejor poema sobre las madres, y voy a vendértelo por una verdadera ganga: por cuatro centavos.

Entré en la casa y llamé:

—¡Mamá! ¿Quieres comprar una poesía en cuatro centavos?

—Dile a ese maldito tipo que saque la cola de mi patio, ¿oíste? —fue la respuesta de mi madre.

—Mamá dice que no tiene cuatro centavos —regresé, diciendo a B. Wordsworth.

—Esa es la tragedia del poeta —señaló B. Wordsworth, volviendo a colocar la hoja de papel en su bolsa, como si no le hubiera importado el asunto.

—Es chistoso eso de andar vendiendo poemas por ahí —le dije, y añadí—: Sólo los cantantes de calipso2 hacen esas cosas. ¿Y hay muchos que se los compran?

Naipaul

—Nadie me ha comprado nunca ni uno siquiera —respondió.

—Entonces, ¿por qué sigue dando vueltas?

—Porque así observo muchas cosas, siempre abrigando la esperanza de encontrarme con poetas —respondió.

—¿Y en serio usted cree que yo soy un poeta?

—Eres un poeta tan bueno como yo.

Cuando B. Wordsworth se fue, me quedé rogando por volver a verlo.

Casi una semana más tarde, al volver de la escuela, lo encontré en la esquina de Miguel Street.

—He estado esperándote mucho tiempo —me dijo.

—¿Ya vendió algunas de sus poesías? —le pregunté.

Negó con la cabeza y me dijo:

—En mi patio tengo el mejor árbol de mango de todo Port of Spain y ya los mangos están maduros y rojos, muy dulces y jugosos. He estado esperando para contártelo e invitarte a comer algunos de mis mangos.

Vivía en Alberto Street, en una choza de un solo cuarto, construida justo en medio del terreno. El patio estaba tupido de vegetación y a la mitad, enorme, se encontraba el árbol de mango; también había un cocotero y un ciruelo. El lugar era silvestre, como si no hubiera estado en plena ciudad, ya que desde su interior no era posible ver las casonas de concreto de la calle.

Él tenía razón: los mangos estaban dulces y jugosos. Me comí como seis, el jugo amarillo de la fruta corría por mis brazos hasta los codos y desde la boca al mentón, manchándome la camisa.

Cuando volví a casa, mamá me regañó:

—¿Dónde te metiste? ¿Crees que ya eres un hombre y puedes largarte donde se te antoje? ¡Corta una vara!

Me azotó mucho y con fuerza. Me escapé de la casa, jurando no regresar jamás. Furioso y con la nariz sangrando, caminé a casa de B. Wordsworth. Al llegar, B. Wordsworth me dijo:

—Deja de llorar y vamos a dar un paseo.

Dejé de llorar, pero no podía evitar la respiración entrecortada.

Dimos un paseo por St. Clair Avenue hasta la Savannah y de ahí hacia el hipódromo. B. Wordsworth propuso:

—Ahora, recostémonos sobre el césped y miremos el cielo; quiero que pienses en lo lejanas que esas estrellas están de nosotros.

Hice lo que me decía y miré hacia arriba. Me sentía insignificante y, a la vez, nunca antes había experimentado algo tan grandioso y magnífico en toda mi vida. Pronto olvidé mi rabia, mis lágrimas y los golpes recibidos.

Cuando le dije que estaba más calmado, empezó a enseñarme los nombres de las estrellas y, en particular, recuerdo la constelación de Orión, el Cazador, aunque no sé exactamente por qué. Todavía hoy puedo localizar Orión, pero se me olvidó el resto.

De pronto, algo iluminó nuestras caras y ante nosotros apareció un policía. Nos levantamos.

—¿Qué hacen aquí?

—Me he venido haciendo exactamente la misma pregunta desde hace cuarenta años —contestó B. Wordsworth.

Nos hicimos amigos.

—Nunca debes contarle a nadie de mi existencia, ni del mango, ni del cocotero, ni del ciruelo. Debes guardar el secreto. Si lo cuentas a alguien, lo sabré, porque soy un poeta —me dijo.

Le di mi palabra y la sostuve.

Me gustaba su casita. No tenía más muebles que la sala de la casa de George, pero se veía más limpia y fresca; sin embargo, también era solitaria. Un día le pregunté:

—Señor Wordsworth, ¿por qué tiene tantas hierbas en su patio? ¿No cree que humedecen mucho la casa?

—Escúchame. Voy a contarte una historia —me dijo—. Había una vez un muchacho y una niña que se conocieron y enamoraron. Tanto se amaban, que se casaron. Ambos eran poetas: él amaba las palabras. Ella amaba la hierba, las flores y los árboles. Vivían felices en un solo cuarto. Un día, la niña poeta dijo al muchacho poeta: “Vamos a tener otro poeta en la familia”. Pero ese poeta nunca nació, porque la niña murió y el joven poeta murió con ella, en sus entrañas. El esposo de la niña se puso muy triste y prometió no tocar jamás nada del jardín de la niña. Así quedó el jardín, haciéndose tupido y agreste.

Yo miraba a B. Wordsworth. A medida que iba contándome la historia, parecía que iba poniéndose más viejo. Entendí muy bien la historia.

Juntos hicimos largos paseos por los Botanical Gardens y los Rocky Gardens, subimos por Chancellor Hill en el atardecer y desde allí contemplamos cómo caían las sombras sobre Port of Spain, mientras se encendían las luces en la ciudad y en los barcos del muelle.

Todo lo que él hacía era como si lo hiciera por primera vez en su vida; como si estuviera cumpliendo algún rito sagrado. Solía decirme:

—Y ahora, ¿qué tal si tomamos un helado?

Y cuando le respondía afirmativamente, se ponía serio, diciéndome:

—Bien. ¿A qué cafetería podríamos beneficiar? —como si se tratara de algo muy importante. Pensaba un momento y decía finalmente:

—Creo que iré a negociar la compra a esa tienda.

El mundo se convirtió para mí en algo más excitante.

Un día, estando yo en su patio, me dijo:

—Tengo un secreto que ahora voy a revelarte.

—¿Un secreto de verdad? —le pregunté.

—Hasta este momento, sí.

Lo miré y él me devolvió la mirada diciendo:

—Esto es sólo entre tú y yo, recuérdalo. Estoy escribiendo un poema.

—¡Ah! —exclamé desilusionado.

Y él agregó:

—Pero este es un poema diferente: es el más grande poema del mundo.

Le respondí con un silbido.

—He estado trabajando en él durante casi cinco años y lo terminaré en veintidós años más, siempre y cuando continúe escribiendo con el ritmo actual —declaró.

—Debe de escribir un montón, entonces.

—No tanto —dijo—. Sólo escribo un verso al mes, pero me aseguro de que sea bueno.

—¿Y cuál fue el buen verso del mes pasado? —le pregunté.

Mirando hacia el cielo, respondió:

El pasado es profundo.

—Es un hermoso verso —declaré.

B. Wordsworth agregó:

—Pretendo destilar las experiencias de todo el mes en este único verso. Así, en veintidós años habré logrado escribir un poema que cante a la humanidad toda.

Yo estaba atónito.

Nuestras caminatas continuaron. Un día, yendo a lo largo del malecón, le dije:

—Señor Wordsworth, si tiro este alfiler en el agua, ¿cree que flotará?

—Este mundo es extraño —me respondió—. Arroja tu alfiler y veamos qué sucede.

El alfiler se hundió.

—¿Cómo va el poema este mes? —le pregunté. Pero nunca más volvió a decirme otro verso. Contestó simplemente:

—Ahí va, ahí va saliendo.

Algunas veces nos sentábamos en el muro del puerto, mirando los barcos que entraban en el muelle. Del más grande poema del mundo no volví a oír nunca más.

Sentí que estaba haciéndose viejo.

—¿De qué vive, señor Wordsworth? —le pregunté un día.

—¿Quieres decir en qué forma obtengo dinero? —dijo. Cuando asentí, se rió con picardía y replicó:

—Canto calipsos en la temporada del Calipso.3

—¿Y eso le alcanza para el resto del año?

—Es suficiente.

—Pero usted va a ser el hombre más rico del mundo cuando escriba el mejor poema, ¿verdad?

No me respondió.

Un día en que fui a visitarlo a su casita, lo encontré acostado en su cama angosta. Se veía tan viejo y débil que sentí ganas de llorar.

—El poema no va bien —dijo sin mirarme, como si yo no estuviera ahí, mientras dirigía su vista hacia el cocotero, a través de la ventana—. Cuando tenía veinte años, sentía la fuerza en mi interior —con mis propios ojos pude comprobar cómo su rostro se volvía más viejo y cansado. Agregó—: Pero eso fue hace ya mucho tiempo.

Y entonces (lo sentí tan nítidamente como si hubiera recibido una bofetada de mi madre) pude ver en su rostro algo que era evidente para cualquiera: vi la muerte en su cara que se consumía. Él me miró y, al ver mis lágrimas, se incorporó, diciéndome: —Ven—. Me acerqué y me senté en sus rodillas. Mirándome a los ojos, dijo: —¡Oh! ¡Tú también puedes verlo! ¡Siempre supe que tenías ojos de poeta!

Ni siquiera se notaba triste y eso me hizo estallar en sollozos. Me atrajo a su pecho delgado, sonrió para animarme y dijo:

—¿Quieres que te cuente una historia divertida?

No fui capaz de responderle.

—Cuando haya terminado esta historia, quiero que me prometas algo: te irás de aquí y nunca volverás a visitarme. ¿Prometido? —me dijo. Asentí. Él continuó—: Bien. Bueno. Escucha. La historia que te conté sobre el muchacho poeta y la niña poeta, ¿recuerdas?, no era verdadera, fue algo que inventé. Y toda esa conversación sobre la poesía, del más grande poema del mundo, tampoco era cierta. ¿Acaso no es la cosa más divertida que jamás hayas escuchado?

Pero su voz se quebró.

Salí de la cabaña y corrí hasta mi casa, llorando como un poeta por todo lo que veía.

Un año después, recorría Alberto Street sin poder encontrar señal alguna de la casa del poeta. Simplemente había desaparecido. La derrumbaron y en su lugar se elevaba una construcción de dos pisos. El mango, el cocotero y el ciruelo habían sido talados y por todas partes sólo había ladrillo y concreto. Como si B. Wordsworth nunca hubiese existido. n

Traducción de María Inés Taulis de Totoro

(Núm. 42, junio de 1981)

1 En inglés, morning glory: en ciertos países americanos, equivalente a la traducción que se ha escogido (N.T.).

2Calypsonian. Compositor e intérprete de calipso, ritmo de origen trinitario y ampliamente difundido en las Antillas inglesas (N.T.).

3 Se refiere al Carnaval de Trinidad, que tiene lugar la primera semana de marzo. Previamente, y durante un mes, se organizan las competencias entre los numerosos calypsonians, saliendo de ahí el triunfador del año (N.T.).