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1

El investigador Miro trajo la mujer a mi presencia.

Fue el marido, dijo Miro desinteresado. En aquella comisaría de suburbio las peleas entre marido y mujer eran cosa cotidiana.

Ella tenía dos dientes rotos, los labios heridos, el rostro hinchado. Marcas en los brazos y en el cuello.

¿Lo hizo su marido?, pregunté.

No lo ha hecho a propósito, señor, no quiero registrar la queja.

¿Entonces por qué vino usted?

En el momento me dio rabia, pero ya pasó. ¿Puedo irme?

No.

Miro suspiró. Déjala que se vaya, dijo entre dientes.

Usted sufrió lesiones corporales, es crimen de acción pública, independientemente de su queja, el registro. Voy a enviarla para el examen corporal, dije.

Ubiratán es nervioso pero no es malo, dijo ella. Por favor, no le haga nada.

Ellos vivían cerca. Decidí hablarle a Ubiratán. Una vez, en Madureira, yo había convencido a un tipo de que no le siguiera pegando a la mujer; otros dos, cuando trabajé en la comisaría de Jacarepaguá, también fueron persuadidos de que trataran con decencia a las mujeres.

Fonseca

Un hombre alto y musculoso abrió la puerta. Vestía pantalones cortos, sin camisa. En un rincón de la sala había una barra de acero con pesados anillos de hierro y dos halteres pintados de rojo. Él debería estar haciendo ejercicios cuando llegué. Sus músculos estaban hinchados y cubiertos por una gruesa capa de sudor. Exhalaba la fuerza espiritual y el orgullo que una buena salud y un cuerpo lleno de músculos dan a ciertos hombres.

Soy de la comisaría, dije.

Ah, así que ella fue a quejarse, la idiota, murmuró Ubiratán. Abrió la heladera, sacó una lata de cerveza, la destapó y empezó a beber.

Ve y dile que vuelva de inmediato a casa, si no quiere que le pase nada.

Creo que no entendió lo que vine a hacer. Vine a invitarlo a que vaya a la comisaría.

Ubiratán tiró la lata vacía por la ventana, agarró la barra de acero y la levantó por encima de la cabeza diez veces, respirando ruidosamente por la boca, como si fuese una locomotora.

¿Tú crees que le temo a la policía?, preguntó, mirando con admiración y cariño los músculos del pecho y de los brazos.

No es necesario tener miedo. Tú vas únicamente a declarar.

Ubiratán me agarró del brazo y me sacudió.

Fuera, guarura asqueroso, me estás irritando.

Saqué el revólver de la funda. Puedo procesarlo por desacato, pero no lo voy a hacer. No complique las cosas, venga conmigo a la comisaría, en media hora estará libre, dije, calmadamente y con delicadeza.

Ubiratán se rió. ¿Cuál es tu altura, enanito?

Un metro y setenta. Vámonos.

Voy a quitar esa mierda de tus manos y mear en el caño, enanito.

Ubiratán contrajo todos los músculos del cuerpo, como un animal que asusta al otro, y tendió el brazo, la mano abierta para agarrar mi revólver. Disparé en su muslo. Él me miró, atónito.

Mira lo que hiciste con mi muslo, gritó Ubiratán enseñando el muslo, estás loco.

Lo siento, dije, ahora vámonos o disparo al otro muslo.

¿Hacia dónde me llevas, enanito?

Primero al hospital, luego a la comisaría.

Eso no se va a quedar así, enanito, tengo amigos influyentes.

La sangre escurría por su pierna, salpicando el piso del coche.

Desgraciado, ¡mi muslo! Su voz era más estridente que la sirena que nos abría paso por las calles.

2

Mañana calurosa de diciembre, calle San Clemente. Un autobús atropelló a un niño de diez años. Las ruedas del vehículo pasaron sobre la cabeza del niño dejando unos metros de rastro de masa encefálica. Al lado del cuerpo una bicicleta nueva, sin ninguna marca ni rasguño.

Un agente de tránsito aprehendió al motorista. Dos testigos afirmaron que el autobús venía a gran velocidad. El lugar del accidente fue aislado cuidadosamente.

Una vieja, mal vestida, con una vela en la mano, quería acercarse al cuerpo “para salvar el alma del angelito”. Se lo impidieron. Con los otros espectadores ella se quedó contemplando el cuerpo desde lejos. Separado, en medio de la calle, el cadáver parecía aún menor.

Menos mal que hoy es feriado, dijo un agente desviando el tránsito, ¿se imagina eso en un día común?

A los gritos una mujer rompió el cordón y levantó el cuerpo del suelo. Le ordené que lo dejara. Le torcí el brazo, pero ella parecía no sentir dolor, gemía alto, sin ceder. Yo y los agentes luchamos con ella hasta lograr quitarle el muerto de los brazos y colocarlo en el suelo, donde debía estar, aguardando el peritaje. Dos agentes arrastraron a la mujer bastante lejos.

Esos choferes de autobús son todos unos asesinos, dijo el perito, menos mal que el lugar está perfecto, ningún licenciado logrará derrumbar el dictamen.

Fui hasta el patrullero y me senté en el asiento delantero por unos momentos. Mi saco estaba sucio de pequeños despojos del muerto. Traté de limpiarme con las manos. Llamé a uno de los agentes y lo mandé traer al preso.

A camino de la comisaría lo miré. Era un hombre flaco, de unos sesenta años, y parecía cansado, enfermo y con miedo. Un miedo, una enfermedad y un cansancio antiguos, que no eran sólo de aquel día.

3

Llegué a la casa de la calle Cancela y el agente que estaba en la puerta dijo: Arriba, en el primer piso. Está en el baño.

Subí. En la sala una mujer con los ojos enrojecidos me miró en silencio. A su lado un niño flaco, medio encogido, la boca abierta, respirando con dificultad.

¿El baño? Ella señaló un pasillo oscuro. La casa olía a moho, como si los caños se hubiesen roto en el interior de las paredes. De algún lugar venía un olor a cebolla y ajos fritos.

La puerta del baño estaba entreabierta. El hombre estaba allá.

Volví a la sala. Ya había hecho todas las preguntas a la mujer cuando llegó el perito Azevedo.

En el baño, dije.

Anochecía. Prendí la luz de la sala. Azevedo me pidió ayuda. Fuimos al baño.

Levanta el cuerpo, dijo el perito, para que yo deshaga el lazo.

Sostuve al muerto por la barriga. De su boca salió un quejido.

Aire preso, dijo Azevedo, raro, ¿no? Nos reímos sin placer. Pusimos el cuerpo sobre el suelo húmedo. Un hombre pequeño, barba crecida, el rostro gris, parecía un muñeco de cera.

No dejó ninguna nota, nada, dije.

Conozco ese tipo, dijo Azevedo, cuando no aguantan más se matan de prisa, tiene que ser de prisa o se arrepienten.

Azevedo orinó en el excusado. Luego se lavó las manos y las secó con la falda de su camisa. n

Traducción de Eric Nepomuceno

(Núm. 38, febrero de 1981)