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Mi padre fue piloto aviador y tuve contacto con Estados Unidos desde niño, aprendí inglés muy pronto e incluso di clases al segundo de secundaria del Colegio Franco Inglés cuando yo cursaba el tercero en el Simón Bolívar. A los doce años, mi hermana Yolanda, que tenía diez, y yo viajamos solos a Los Ángeles y pasamos Aventuras Fabulosas. Esa vez el Gabacho me gustó mucho. Estuvimos en casa de un tira importante (of all people!), que era muy buena onda y nos paseó por todos lados con sus hijos. Había una vibra tranquila en Los Ángeles, aunque el smog ya era un gran problema. Eran mediados de los años cincuenta.

Hice muchos viajes rápidos a distintas ciudades de Estados Unidos hasta que viví tres años allá con mis hijos, entonces muy pequeños, y mi esposa. Recorrimos tres cuartas partes del país en automóvil y yo me sentía un cualquier Vladimir Nabokov. En 1977 obtuve una beca Guggenheim y participé en el International Writing Program de Iowa City, después fui escritor residente y profesor visitante en las universidades de Denver, de California en Irvine y de Nuevo México en Albuquerque en 1980, donde me propusieron trabajo permanente con su debido tenure y salario que en México nunca habría ganado regularmente. Mi esposa y yo lo pensamos mucho. La idea de vivir en el Gabacho nos atraía enormemente, pero decidimos volver a México porque en la escuela uno de mis hijos mayor dibujó su casa. Era la nuestra, en Cuautla, con su alberca, el jardín y la gran araucaria; en el centro del techo había una bandera de Estados Unidos rodeada de luces y en un lado, casi oculta, una exangüe bandera mexicana. Comprendimos entonces que no queríamos que nuestros hijos crecieran como gringos.

José Agustín

Para entonces, de Estados Unidos me gustaba, primero, la música, el rock, el blues, el jazz, la ranchera, las bandas, el mainstream, y la clásica. También el gospel, los spirituals, el luegrass, el cajoun y hasta las ondas folklóricas. Después, el cine. Como a muchísimos, pregúntenme si he visto películas gringas. Me aburre la mayor parte de lo que produce Hollywood, aunque lo veo, pero Chaplin y Hitchcock, Welles, Huston, Hawks, Ford. Keaton, Fuller, Cassavettes, Coppola, Altman, Jarmush, Woody Allen, Tarantino y Etcétera son parte esencial de mi incultura. Mi película gringa favorita es Vértigo, o De entre los muertos, como se llamó originalmente en México, y que fue dirigida por un inglés.

Rock, cine y literatura es lo que más me gusta de Estados Unidos. Entre mis autores preferidos tendría que mencionar a Melville, Poe, Twain, Whitman. Fitzgerald, Hemingway, Hammett, Faulkner. Bradbury, Salinger, Bester, Bellow, Heller, Philip K. Dick, William Carlos Williams. Burroughs, Gingsberg, Kerouac, Bowles, Irving, Auster y Carver. Siempre me gustó la literatura y la pintura de Estados Unidos, aunque claro que también la europea, la rusa, la oriental, la africana, la latinoamericana y por supuesto la mexicana, por lo que fue insensato cuando, en los sesenta, me acusaron de escribir como gringo y de ser de la primera generación de Gringos Nacidos en México.

Por supuesto, a pesar de mi admiración por los grandes inventos, por los goodies tecnológicos y el gusto por muchos aspectos de la cultura y del carácter de los gringos, también desde adolescente no me hizo ninguna gracia que nos hubieran despojado de más de la mitad del territorio y que nos hubieran invadido cada vez que quisieron. También pinté mi raya ante el imperialismo, el intervencionismo, el capitalismo salvaje, la automatización, la fetichización de la tecnología, la manipulación de los medios, la enajenación insondable, el gringocentrismo y el gusto por las armas. Me asombré una vez cuando un profesor universitario, apacible, bueno y cordial, me enseñó un clóset de su casa repleto de pistolas, rifles y metralletas. Hasta granadas y gas lacrimógeno tenía.

Esta mezcla de sentimientos encontrados. de evidente amor-odio hacia Estados Unidos me llevó a escribir Ciudades desiertas, una road-novel que se sigue leyendo muchísimo desde hace veinte años y que me quitó de encima las ganas de vivir en el País Perro, porque en verdad me había ido muy bien y había ganado lana suficiente para comprar mi casa de Cuautla. La había hecho sin mayor problema quizá porque me sentía en casa y mi empatía con Estados Unidos era muy profunda, sólo comparable a la que siempre he sentido con Cuba, donde fui brigadista Conrado Benítez y alfabeticé a los dieciséis años de edad.

Desde entonces he vuelto infinidad de veces a Estados Unidos a dar cursos y conferencias y conozco gran parte del país. Siempre me han tratado muy bien, ni siquiera me han revisado una sola vez en la aduana. A mediados de los noventa me nombraron profesor visitante distinguido durante un año escolar en la Universidad de California en Irvine. Esa vez fuimos mi esposa y yo solos porque los hijos habían crecido y hacían su propia vida. En la universidad todo funcionó muy bien, al igual que los libros, las películas, los cuadros y el rocanrol; teníamos mucha lana, pero ese año en el sur de California no nos gustó. Pronto decíamos que estábamos en Muertolandia. El culto al dinero, al estatus, al conservadurismo, a los formalismos, la automatización, la incomunicación, el etnocentrismo, la xenofobia, el puritanismo, el yupismo y, en suma, la deshumanización, había avanzado terriblemente. Siempre había gente buena, pero a la mayoría le habían acabado de lavar muy bien el cerebro. Se creían todo lo que les decía la tele. El control era casi total. Además del fervor por los juzgados y del shopping spree (si “París era una fiesta”, Estados Unidos era una tienda), la moda era “mente enferma en cuerpo sano” y Lo Políticamente Correcto. Todos haciendo jogging y ejercicios mientras los niños asesinaban a sus maestros de la escuela. Todo era a través de contestadoras automáticas, con el menor contacto posible. El fundamentalismo contra el tabaco y la histeria contra las drogas estaban graves, así es que, como recomendaba el Piporro, con los güeros gané lana pero aquí la hube de gastar. Aquí también estaba de la chingada, pero al menos había una sociedad civil y deseos de una transición a la democracia. Bueno. Aunque al final de la estancia pasamos una semana sensacional en Chicago, donde sí había vida, pinturas sensacionales y muy buen blues, de cualquier manera nos quedamos con la idea de no volver a vivir en Estados Unidos nunca más. Viajes de paseos y conferencias, por supuesto que sí, pero estancias largas ya no. Era triste vivir en Estados Unidos en esa indigencia moral. La presidencia de Bush Júnior, en medio de un fraude electoral a la mexicana, no hizo más que corroborar la decadencia del imperio.

Ahora, después del ataque terrorista a Nueva York y Washington, Estados Unidos se ha visto pésimo, tanto el pueblo como el gobierno. No sólo no puede entrarles la idea de que están pagando su karma por tanta intervención alevosa en todo el mundo, sino que han limitado aún más sus propias libertades, han favorecido el belicismo, han implantado la censura y la tortura, se han llenado de incomodidades, y es difícil evadir la histeria y la paranoia que fomenta el sistema para sacar todas las ventajas posibles. Y además quieren que hagamos lo mismo. En tanto, nos tienen en medio de los peligros de la “nueva guerra”.

Hay grandes mentes, como Choms-ky o Susan Sontag, pero la inconciencia, la fusión de high tech y barbarie, dominan esta vez, y por supuesto las consecuencias ya han sido y serán pésimas en México. Aquí, desde 1982, los gobiernos más entreguistas de la historia nos han colocado en una dependencia total, con el edificante proyecto nacional de ser país maquilador y surtidor de materias primas bajo el dogma de la globalización y el libre mercado. En 1991 viajé a Puerto Rico. La isla me fascinó, por supuesto, pero sentí con claridad que hacia allá íbamos, a convertirnos en una colonia o protectorado sui generis, justo cuando el imperio está más desquiciado y decadente que nunca.

Por desgracia, sólo Estados Unidos puede parar a Estados Unidos. La única esperanza es que los estadunidenses, que tantas grandes cosas han hecho, ante la prolongación de las tensiones despierten de la pesadilla y reencuentren la vocación pacifista. Si no, seguiremos deslizándonos hacia los escenarios más pesimistas de la ciencia ficción. n

(Núm. 288, diciembre de 2001)