apostamos

Era hermana de mi abuela, tía de mi madre y una feria para mí. Hace unos días la recordé sin saber cómo, en mitad de la tarde, a propósito de las películas tristes. Era la hermana menor de mi abuela materna. Se llamaba Elena, tenía los ojos inquietos y pequeños, verdes o azules según la intensidad de sus mañanas. No sabía estarse quieta. Andaba siempre moviendo de un lado para otro su cuerpo bajito, de grandes pechos blancos y ninguna cintura. Sonreía como una diosa complaciente y lloraba con la misma naturalidad con que otros respiran. Su piel era tan blanca que cualquiera habría podido creerla una escandinava nacida en México, para ventura de su índole friolenta. Por lo mismo las partes de su piel alcanzadas sin más por nuestro sol, eran de un rojo ardiente como la voz con que ella podía hablar del amor o sus pesares. Siempre supe que ella no le tenía miedo a la vida y tal vez por eso me alegraba caminar a su lado cuando era posible. Ninguna maravilla mejor encontrada que su persona yendo a toda prisa por el centro de la ciudad. Yo salía a las compras con mi madre esperando al azar descubrir su pequeña estampa al torcer una esquina. Nos besaba rápido para no interrumpir la conversación que había iniciado apenas al vernos. Hablaba a una velocidad imposible sin encimar las palabras ni confundirse, acudiendo cada tres frases al Sagrado Corazón de Jesús y los milagros que esperaba de su radiante y divina prodigalidad. Ni sus penurias económicas, ni el lejano destino laboral de su esposo, podrían resolverse sino viniendo de él. Le había encomendado nada menos que la solución de sus problemas. Pero, tampoco era tanto, bastaba con que por fin saliera premiado en la lotería, el número que ella compraba todas las semanas, con los únicos pesos que podía ahorrar.

—¿Quieres venir al cine y a dormir en mi casa? —era la pregunta que yo esperaba entre las muchas que hacía y las tantas respuestas que por sí misma les encontraba—. Claro que quieres, ¿verdad? Están dando una película buenísima. Se llora desde el principio hasta el final.

Y claro que yo quería. Seguirla era ir tras la promesa de una feria íntima, en la que mis once años eran tomados en cuenta como si fueran veintinueve, y mi talento para escuchar historias desafiado como si en novelista debiera convertirme al día siguiente. En su casa yo no era una entre cinco hijos, o entre veinte primos o entre doscientas condiscípulas. Yo era la otra de una pareja capaz de encaramarse a las nubes de cuanto imposible cruzaba por su rubia cabeza. Yo era la importante mitad de los mil sueños que ella tejía mientras preparaba la merienda o se iba poniendo el delgado camisón de encaje que la hacía pasar de ser una mujer vestida sin ningunas pretensiones, a ser la reina incandescente de su recámara. Medio cuerpo de fuera, toda el alma enardecida como la de una adolescente.

En la familia era tan querida como indescifrable, justo por la calidad intensa y compleja de sus emociones. Nadie a su alrededor parecía capaz de permitirse una gama tan ardua de sentimientos desconocidos. Nadie sino ella. Por eso la quise yo como quien quiere lo inaudito y la quisieron todos como quien cree en lo increíble.

En cuanto yo escuchaba su invitación, abandonaba la vera de mi madre y me ponía a su lado dispuesta a irme de viaje a la Tres Poniente, a una casa de apartamentos cuya puerta de hierro negro entreverada de cristales cruzábamos sin aliento tras haber ido de la iglesia a la panadería, pasando por un cine en el que siempre dábamos con una película “de llorar”. Junto a ella vi más de cinco veces An affair to remember, Ben Hur y Violetas imperiales. Todas las de Sarita Montiel y la serie de tres sobre Elizabeth de Baviera, “Sissi” para nosotros y Romy Schneider para los entendidos. Cualquier película en que pudiese llorar desde casi el principio hasta después del final. Cualquiera sobre grandes amores imposibles o certeras jugadas del destino inclemente. Cualquiera que le diese pretexto para soltar su llanto por la temprana muerte de sus padres, la pérdida de su casa en la colonia Roma, la despiadada juventud que no la condujo al matrimonio sino hasta los cuarenta años, la variable y aún intensa calidad de sus deseos, la nostalgia infinita por su marido que vivía en el norte y hasta la dicha diaria de haber crecido bien a su hijo Alejandro, un hermoso y delgado muchacho de ojos grandes que estudiaba el segundo año de contaduría.

Era siempre una emoción nueva hacer con ella el recorrido al cine. Una vez a su lado, me despedía de mi madre y de la realidad y la emprendíamos por las calles del centro como por el patio de su casa. Usaba unos zapatos con agujerito en la punta y plataforma corrida que habían estado de moda tres años antes de que yo naciera, pero que hacían un perfecto juego con sus vestidos a media pierna y sus faldas amplias. Ir de su mano por la ciudad antigua era como meterse a una zarzuela, como viajar al pasado sin haberse movido de 1960 y las mismas diez calles alrededor de Catedral. Quién sabe cómo se las arreglaría para ser amiga de todos los tenderos, para coincidir con varias comadres y detenerse a comprar golosinas y pan dulce en unas cantidades seguramente emparentadas con mi actual vocación por el derroche, siempre que de comprar comida se trata.

Dinero tenía poco en su pequeña faltriquera negra, pero lo iba dejando todo en el camino. Cuando volvíamos a su casa con la leche y la bolsa de pan, el envoltorio con almendras y chocolate, los cigarros, una revista de cuentos y el billete de vigésimo para la lotería de esa noche, nadie hubiera podido sentirse más rico que nosotros.

En cuanto entrábamos a su casa por la puerta de la cocina, ponía a cocer unas salchichas con las que preparaba los más deliciosos hot dogs que niño alguno haya probado. A mí me fascinaban desde la época en que ella había tenido una pequeña tienda llamada “El caracolito”, donde vendía comida y billetes de lotería, que yo nunca supe por qué ni cómo dejó de tener. Tras la merienda, que recuerdo como una celebración religiosa porque para ella guisar y comer eran como decir una plegaria, iba con sus pasos cortos y rápidos hasta la imagen del Sagrado Corazón que tenía en el corredor. Bajaba una veladora ya lánguida de la repisa sobre la que imperaba la figura del único Dios en que creían sus ojos, y la cambiaba por una nueva que encendía con los mismos cerillos con que más tarde iba encendiendo los cigarros que fumaba antes de irnos a la cama. Decía La Magnífica con una fe cuyo sonido aún me estremece y se ponía en manos de la Divina Providencia como quien se entrega a una pasión sin límites.

Luego nos metíamos en su cama y yo quedaba junto a ella, contagiada por su falta de orden y su gozo infantil, como dentro de una fiesta. La suya había sido una larguísima y ardua jornada. Trabajaba como mecanógrafa en el noveno piso de una oficina de gobierno que no tenía elevadores. Y dada su perenne inquietud, su urgencia de conversación, aire libre y cigarros, no sólo copiaba cuartillas con una rapidez de vértigo sino que descendía y remontaba varias veces, durante las ocho horas de trabajo, los nueve pisos de aquellas oficinas.

—Estoy muerta —decía encendiendo el último cigarro de la noche, recargada la espalda en la cabecera.

—¿Cómo llegaron tus abuelos a Campeche? O ¿cuál era tu lugar preferido en los alrededores de Teziutlán? O ¿por qué vendiste el entero de la lotería? —le preguntaba yo para desatar con algo cualquier recuerdo suyo. Porque cualquiera venía ensartado con otros y cualquie-

ra tenía una colección de anécdotas en torno a las cuales desvelarse. Entonces ella se iba por el mar Caribe en el barco que trajo a los Lanz a México, o me llevaba hasta la cumbre de un cerrito nublado, en la sierra de Puebla, que a ella le gustaba escalar mientras comía pepitas de calabaza recién doradas en el horno de su madre. Con frecuencia se echaba a llorar, como una liebre corre, tras la memoria del ingrato atardecer en que habiéndose ganado en una rifa de lotería el entero más caro de la historia, no fue capaz de venderlo confiada en que la mano de la Divina Providencia estaba dándole desde ya el premio mayor.

apostamos

—Nadie sabe nunca lo que pretende la Divina Providencia —decía—. Me dio el verbo, pero no el sustantivo. Confiando en su mano, guardé el billete completo a pesar de que tus tíos me pedían que lo vendiera y me quedara con los mil pesos de su precio. Pero creyendo yo que el Sagrado Corazón me había mandado el entero para mandarme luego el premio, lo guardé. Lo guardé para ganarme los millones con los que hubiéramos ido de viaje a Europa, y hubiéramos comprado la casita en la avenida de la Paz, y le hubiera yo puesto un negocito a tu tío Rafael para que pudiera venirse a vivir a Puebla y a dormir aquí en su cama junto a la pobre de tu tía Nena que esto te cuenta para contentarse y que, por andar imaginándose que eran más amplios los designios de la Providencia, se quedó un mes enferma del hígado. Porque un mes estuve grave, pero grave, mijita. Del coraje y de la pena que no se van sino con tiempo. Con tiempo y lágrimas —decía llorando luego sin alarde y sin ruido como quien sonríe—. ¿Quién entiende a la Divina Providencia? Nadie. Nadie.

Yo la acompañaba en su relato acariciando la mano en que ella no tenía cigarro. No era piedad, ni lástima, ni pesadumbre lo que daban sus lágrimas. Era una sensación de entereza, de invulnerable lucidez, de sabiduría sin alardes, la que ella toda contagiaba al ir viviendo así, tan a la intemperie y tan a buen resguardo. Luego de oírla me quedaba dormida en su regazo tibio y amplio, dueña de una paz que sólo podía venir de tan buen cobijo. Abría los ojos hasta la mañana siguiente cuando ella estiraba la mano para prender su lámpara y me anunciaba que desde hacía un buen rato la luz se había filtrado entre los oscuros de madera. Iba a ser hora de levantarse. A tientas buscaba el botón que encendía su lámpara y la cajetilla con cigarros. Cogía uno y se incorporaba a encenderlo, mientras el camisón se le torcía dejando buena parte de sus pechos al aire como una provocación.

—¿Quién entiende a la Divina Providencia? —preguntaba—. ¿Habrá quién la entienda?

Después le daba cinco largas fumadas a su cigarro y saltaba de la cama con sus sesenta años anhelantes como debieron serlo sus diecinueve, esgrimiendo en su persona las dos mitades de humanidad en que según un personaje de Oscar Wilde se divide el mundo: “los que creen lo increíble y los que hacen lo inverosímil”.

—¿Un chocolate con panqué? —decía caminando descalza hacia la cocina.

Yo me quedaba otro momento en la cama y la oía detenerse en el corredor frente a la imagen, revisar la veladora y decir:

—Buenos días, Sagrado Corazón. ¿Hoy me vas a hacer el milagro? ¿O piensas seguir sin hacerme ningún caso? Como tú quieras. Siempre es como tú quieres. ¿Qué remedio? Yo por eso me voy a trabajar ahorita mismo, porque con algo hay que pagar el llanto. El cine cuesta, Sagrado Corazón. Aunque tú no lo creas, el cine cuesta. Llorar bien cuesta. Todo cuesta, Sagrado Corazón. Me lo quieras creer o no. Todo cuesta. Hasta rezar el Credo cuesta, Sagrado Corazón. Buenos días. n

(Núm. 273, septiembre de 2000)