Uno podría componer una autobiografía con cada una de las comidas memorables de su existencia y acaso resultaría más interesante que las autobiografías habituales. Con toda honestidad, ¿qué preferiría usted leer: la descripción de un primer beso o la de una col rellena hecha a la perfección?

Recuerdo mejor, debo admitir, lo que comí que lo que pensé. Mi memoria es especialmente vívida respecto a los lejanos días de 1944 a 1949 cuando nos moríamos de hambre en Yugoslavia. El mercado negro florecía. Las mujeres canjeaban jamones por sus anillos de boda y sus fondos de seda. Cada vez que dejaba limpio el plato mi tía me desaprobaba con un movimiento de cabeza. “Un día voy a hacer tanta comida que no podrás acabártela”, me dijo. Con mi apetito de entonces, aquello parecía imposible, pero así fue.

Mi tía halló un caldero gigantesco de esos que se usan para hacer jabón y lo llenó con frijoles para “alimentar a un ejército”, como decían los vecinos. Todos los serbios, sin importar edad o sexo, tienen su opinión acerca de cómo debe prepararse este platillo. A algunos les gusta espeso, a otros más caldoso. Entre ambos extremos existen muchos matices. Casi todo el mundo le pone tocino, chuletas de cerdo, salchichas, páprika y chiles. Es una cuestión de clase. Las clases altas lo hacen sin tocino; las bajas, más grasoso. Mi tía, que se educó en Londres y hasta hoy habla inglés con acento británico, lo prepara como lo haría la esposa de un cavador de zanjas. Los frijoles estaban picosísimos.

Ilustración: Adrián Pérez

Me apena admitir que no tengo idea de cuánto comimos aquella tarde. Un cálculo aproximado sería de tres a cinco platos llenísimos. Se trataba de platos de sopa europeos, hondos y espaciosos, a los que les cabían montones de frijoles. Fue una tarde de verano. Comíamos en una amplia terraza mientras los vecinos curiosos nos observaban para llevar la cuenta. En algún momento, recuerdo que sencillamente me deslicé de la silla al piso.

Pensé que me estaba muriendo. Mi tío aún esgrimía su cuchara con el rostro enterrado en el plato. Había una especie de enmudecimiento general. Al principio todos hablaban y bromeaban, pero a esas alturas mi tía estaba exhausta y se había ido a recostar. Aún quedaban muchos frijoles, pero yo no podía más. Me era imposible moverme. Por fin, hasta mi propio tío se levantó y se fue bamboleante hacia la cama. Me dejaron solo, sentado bajo la mesa. Hacía un calor intolerable. El sol estaba a punto de ocultarse y mi mente borrosa sólo podía pensar en que así es como deben sentirse los cerdos.

En 1951 pasé todo el verano en una aldea de la costa adriática. De hecho, la casa en la que nos hospedamos mi madre, mi hermano y yo, estaba situada a una distancia considerable de la aldea, sobre una playa arenosa. Nuestra casera, viuda de guerra, cocinaba de maravilla. En su casa comí calamares por vez primera e inicié mis amores de toda la vida con las aceitunas. La casera siempre asaba el pescado a la parrilla con un poco de aceite de oliva, ajo y perejil. Hasta hoy, es así como más me gusta.

Mi platillo favorito eran unos pescaditos llamados girice que se secan en harina de maíz. Nos los comíamos íntegros con los dedos. Ya que no es bueno nadar después del almuerzo, los huéspedes tomaban una larga siesta. Recuerdo la deliciosa frescura de nuestra habitación, las sábanas limpias, el arrullo del mar, el regusto y el olor del pescado, y las prolongadas siestas repletas de sueños eróticos.

Había en ese lugar dos mujeres que me obsesionaban. Una era actriz de Zagreb que se alojaba en la habitación contigua. Cuando nuestra playa quedaba desierta, ella tomaba el sol sin la parte superior del bikini y yo me ocultaba tras los matorrales para verla. La otra era la hija de nuestra casera. Tenía 16 años y yo más o menos andaba tras de ella. Debe de haber estado aburrida hasta la médula para permitir que un chico de 13 años la acompañara a todas partes. Íbamos a nadar hasta una roca en la bahía donde se daban uvas silvestres. Nos acostábamos a tomar el sol y reventábamos las pequeñas uvas azules en nuestra boca. Por la tarde, una o dos veces, hasta hubo un beso y después un exquisito risotto con mejillones.

Hace algunos años me encontraba en Génova, en una elegante recepción en el Palazzo Doria, hablando con el alcalde comunista. “Adoro la comida norteamericana”, me dijo abruptamente cuando supo que me agradaba la comida local. Le pregunté qué tenía en mente. “Me fascinan las papas fritas”, me dijo. Tuve que darle la razón, las papas fritas son muy buenas.

Llegamos a Estados Unidos en 1954, y ahora me parece que eso era lo único que comíamos. Nos sentábamos frente al televisor comiendo enormes bolsas de papas fritas. Nuestros padres nos daban permiso para hacerlo. Estábamos aprendiendo inglés y a ser norteamericanos. Visitábamos el supermercado del vecindario dos veces al día para admirar la comida chatarra. Había tantas cosas que probar, y todas despertaban nuestro interés. Había jamón endiablado, malvaviscos y galletas con malvavisco, Spam, ponche hawaiano, galletas Newton rellenas de higo, cacahuates Planters y mucho más, todo muy rico. Todo era delicioso en Estados Unidos, excepto el pan Wonder que nos parecía repugnante.

 

Un día conocí a Salvatore. Me señaló que mis gustos gastronómicos eran los de un verdadero cretinoidiota y me llevó a su casa para probar lo que cocinaba su madre. Sal y sus tres hermanos tenían buenos empleos, eran solteros, vivían en casa de sus padres y le entregaban sus quincenas a su madre. Muerto el padre, sólo había que alimentar a estos cuatro muchachos. La madre no paraba de cocinar. Cada comida era como el banquete de una boda campesina. Desde luego, en lo que a ella concernía, sus hijos no apreciaban sus esfuerzos. “¿Estás loca, mamá?”, gritaban a coro cada vez que ella se presentaba con otra fuente humeante. La viejita no titubeaba. El día en que me invitaron a comer ella estaba feliz de que hubiera alguien que en verdad apreciara su labor, y no escatimé ningún elogio.

Cocinaba al estilo del sur de Italia. Mucho aceite de oliva y mucho ajo. Recuerdo, con una sensación de conciencia exaltada, su linguine con anchoas. Lo acompañábamos con vino rojo siciliano. Antes de iniciar cada comida la mamá de Sal ponía en la mesa varias botellas descorchadas. Jamás vi nada semejante. Nos mentía diciéndonos que no había nada más de comer para que nos sirviéramos por lo menos dos veces, y luego traía salchichón, pimientos y, después de eso, algún tipo de asado.

Cuando terminábamos de comer nos quedábamos sentados a la mesa, bebiendo y escuchando viejos discos de Beniamino Gigli y Ferruccio Tagliavini. La viejita seguía allí, ofreciéndonos un poquito más de queso, un poquito más de pastel. Y después, cuando pensábamos que se había dado por vencida y se había ido a dormir, nos sorprendía trayéndonos un plato lleno de higos frescos.

Mi difunto padre, quien jamás en su vida rechazó una segunda porción en la mesa, tenía una peculiaridad común entre los gastrónomos. Mientras más comía, más hablaba de comida. Mi madre no dejaba de asombrarse por ello. En cuanto nos acabábamos un gigantesco pavo asado con chucrut, mi padre ya estaba recordando una salchichita que se había desayunado en una aldea de la frontera rumana en 1929, o una sopa de pescado que le había preparado una ciega en Marsella en 1945. Bueno, no estaba tan ciega y era de buen ver: en todo caso, después de tres o cuatro historias como ésa nos volvía a dar hambre. Mi padre sostenía que, si después de una comida en Lutèce uno aún sentía ganas de comer, digamos un hot dog, era porque gozaba de una extraordinaria salud. Si un visitante fortuito no estaba comiendo y bebiendo tres minutos después de haber llegado a nuestra casa, eso significaba que éramos mal educados. Mi padre no podía comprender en absoluto a quienes no se interesaban por la comida. A ellos los interrogaba como si fuera un antropólogo, y se marchaba seriamente intrigado y consternado. En sus últimos tiempos me dijo que el más grande error de su vida fue aceptar las órdenes de su médico que lo obligó a comer y beber menos después de los 75 años. Se sintió muy mal hasta que volvió a las andadas.

Mi amigo Mike De Porte, nieto de un famoso abogado de San Petersburgo que en sus argumentos combina una probidad dostoyevskiana con la sabiduría jurídica de su abuelo, afirma que una obsesión de esa naturaleza con la comida es la mejor prueba que tenemos de la existencia del alma. Por tanto, mucho después de que el cuerpo ha sido satisfecho, el alma permanece insaciada. “¿Acaso significa eso que el alma nunca se sacia?”, le pregunté. Aún no me ha dado su respuesta. Mi propia teoría es que se trata de un signo de suprema felicidad. Cuando nuestras almas se sienten dichosas hablan de comida.

 

Charles Simic

Traducción de Laura Emilia Pacheco

(Núm. 182, febrero de 1993)