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Para María Isabel Monroy.
“Reparad, señora, en que vivimos
entre acertijos y misterios. Las cosas
más obvias tienen sus lados oscuros”
(L. Sterne, Tristram Shandy, IV. 17.).

Mi admirado amigo Héctor Aguilar Camín, director de nexos, me pidió colaboración para el número conmemorativo de los diez años de esa revista. Me sugirió que escribiera “algo sobre el fin del milenio” y sin reparar en mi desconcierto se dio por agradecido y a mí por comprometido. Tal el origen de estas breves divagantes reflexiones, la salida que le encontré al aprieto.

El tema es, supongo, ocurrencia inspirada por el inminente —sólo faltan trece años— ocaso del primer milenio de nuestra era y del consecuente orto del segundo. Pocas serán las cejas levantadas en duda acerca de la verdad de tan, al parecer, apodíctica predicción. Soy, sin embargo, uno de esos dubitativos como tendrá que serlo cualquiera mínimamente atento a la más obvia lección de la historia y a las que le deparan las sorpresas en el curso de su vida. Y es que se trata de un atrevimiento futurista, bien que, en su modestia, es ajeno a la jactancia profética de esos grandiosos sistemas que predicen, so capa de certidumbre científica, el rumbo y la meta del devenir histórico.

Consideremos por lo pronto que, excepción hecha de la incierta luz de la fe en la perduración de nuestro sistema planetario, nada abona la necesariedad de una ronda de trece vueltas más en torno al Sol, es decir, nada garantiza la fatal ocurrencia de aquel ocaso y de aquel orto milenarios que dije. Arrumbadas están en el basurero del saber científico la supuesta inocencia de la mecánica celeste y su beata imagen de un cosmos bien educado, incapaz de una desagradable sorpresa que daría al traste con nuestro planeta. Nos sabemos inmersos en un universo amenazante y amenazado.

Ogorman

Confiados, sin embargo, en la intercesión de la Divina Mexicana que asegurará el advenimiento cósmico del segundo milenio cristiano, podemos discernir la muy real posibilidad histórica de la frustración de esa mudanza calendárica de cuyo acaecimiento tan seguros andamos. Pienso, para referirme a lo que el lector habrá pensado: en una devastación atómica, el parto de los dimes y diretes de superpotencias rivales; pero, no menos plausible, podría sobrevenir semejante catástrofe incitada por los padecimientos de la ulceración gástrica en un dictador cualquiera o bien por el sufrimiento del humillante desdén de la mujer que le quita el sueño. Y aquí es pertinente recordar el peligro en que tan en un tris estuvimos de un Hitler victorioso, quien, tras de haber consignado a Cristo por judío a una campo de exterminio, inauguraría, no el supuesto ineludible segundo milenio de nuestra era, sino el primero de la supremacía de la raza aria. Y puede suponerse algo semejante si Karl Marx se hubiera salido, de veras salido, con la suya. He aquí, Sancho, que hemos topado con esos arrogantes presagios del devenir histórico que, con el señuelo del cercano inevitable advento de un paraíso terrenal, pretenden justificar ensangrentadas persecuciones propias a las atroces dictaduras policiacas que esas seductoras postrimerías engendran.

Pero también hemos topado con la alternativa, la del humilde reconocimiento de nuestras limitaciones proféticas y la de una imprevisible historia como lo es el curso de nuestras propias y personales vidas; de una historia susceptible de sorpresas y accidentes, de venturas y desventuras; de una historia tejida de sucesos que así como acontecieron pudieron no acontecer; de una historia sin los grilletes de una casualidad necesaria; de una historia siempre en vilo como nuestros amores; de una historia ininteligible sin la luz de la imaginación; de una historia, en fin, dotada de algo tan semejante al libre albedrío para que en el foco de la comprensión del pasado no se opere la degradante metamorfosis del hombre en mero juguete de un destino inexorable.

El anhelo y aun la necesidad de columbrar el porvenir es constitutivo de la vida humana; pero hago votos porque en el segundo milenio —en el supuesto de su llegada— se renuncie a la seductora tentación de un obligado futuro y que éste se imagine sólo como entelequia que dependa de la libertad en desearla y de la voluntad en realizarla.

San Ángel, 16 de septiembre de 1987. n

(Núm. 120, diciembre de 1987)