La policía tenía rodeado el departamento donde estaba el grupo criminal luego conocido como Los Narcosatánicos: el líder Adolfo Constanzo, Sara Aldrete, Martín Quintana y Álvaro de León Valdés, El Dubi. La policía volvió a abrir fuego y esta vez las balas dieron de lleno contra el departamento como lluvia, destruyendo completamente el piso, las paredes y el techo… Constanzo se fue contra los otros como si se le hubiera ocurrido una excelente idea. “Muramos entonces”, les gritaba. Sara, medio levantada, sollozaba y negaba con la cabeza. “¡No, Adolfo! ¡No! ¡No quiero morir!”. Ponderó sus palabras en forma curiosa, con la cabeza inclinada como la de un pájaro, y entonces pareció olvidarse de esta noción. Tomó dinero del portafolios —lleno de billetes de veinte, cincuenta y cien dólares— y fue hacia la ventana. Les aventó el dinero a los policías y les gritó en español y en bantú. El Dubi apareció en la ventana de junto y empezó a rociar la calle con balas.

Súbitamente, Constanzo dejó de delirar. Contempló al Dubi. Entonces se volvió y se le quedó viendo a Martín Quintana, su amante. Avanzó hacia donde estaba Martín hecho un ovillo en el suelo. Se agachó y extendió uno de sus dedos. Martín levantó una de sus manos y tomó el dedo de Constanzo. Constanzo lo levantó del piso y lo llevó hacia un pequeño clóset.

Le dijo al Dubi que debía levantar el arma para matarlo a él primero y luego a Martín. El Dubi se rehusó. Constanzo le suplicó primero, luego levantó la mano y lo abofeteó dos veces. “Te irá muy mal en el infierno si no obedeces”. El Dubi aún dudaba en hacerlo, paralizado por el miedo hacia el hombre que se lo había ordenado. De súbito, de algún lado, de donde haya sido que se refugió, apareció Sara. Hacía grandes aspavientos y le gritaba al Dubi: “¡Hazlo! ¡Hazlo!”. El Dubi levantó el arma, apuntaba primero al centro del rostro de Constanzo y luego al rostro de Martín. Apretó el gatillo y los llenó a ambos de plomo. Chorros de sangre negra salieron despedidos de sus rostros, cuellos y pecho, y cayeron contra el rostro y el pecho del Dubi. Cuando el Dubi soltó su dedo del gatillo, los dos cuerpos dejaron de saltar. Constanzo y Martín cayeron como fardos al piso del clóset, unidos profundamente en su abrazo sangriento.

Fuente: Jim Schutze, Los Narcosatánicos (traducción de Alberto Santander), Editorial Selector, México, 1991.