Recorrí por primera y única vez esta carretera hace 35 años, cuando Colombia era un país muy distinto. Aún no leía a García Márquez pero sabía de él por mis padres, que lo citaban continuamente, pues ya era el escritor más célebre de Colombia y, al decir de ellos, el mejor. Para nosotros, nacidos en Bogotá, en lo alto de la cordillera y a mil 400 kilómetros del mar, el mundo de la costa atlántica era algo muy exótico, lleno de sorpresas, sabores y olores desconocidos, y ese universo que veíamos por las ventanas del carro era el que mis padres ya conocían en los libros de García Márquez. Cuando por fin lo leí, a mediados de los años setenta, comprendí la magia y la fuerza de esa región, y sobre todo comprendí la fuerza y el talento de quien supo contarla y convertirla en un territorio literario. Esas lecturas me hicieron desear con fuerza ser escritor, algo que en esos años era una verdadera utopía pues el mundo del que yo provenía me parecía gris, desprovisto del brillo de la costa Caribe.

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Hoy, cuando recorro este mismo camino, García Márquez cumple 85 años y es una de las glorias de la literatura universal. Yo, mal que bien, me he convertido en escritor, y la sorpresa y el encanto de esta región sigue intacto. Es lo que veo por las ventanas del carro en esta tarde de mucho calor en este año que parece futuro, una fecha a la que ninguno de los que nacimos en los años sesenta creímos que se pudiera llegar alguna vez. Pero el país ya no es el mismo y ahora la vía está militarizada. A lado y lado, cada dos o tres kilómetros, aparecen jóvenes soldados con armas imponentes y tanquetas de asalto. Las pancartas con el escudo del país dicen: “Viaje seguro. Su ejército está en la vía”. Un leve temblor de inquietud me asalta al ver los enormes fusiles y miro a mi izquierda las cimas de la Sierra Nevada de Santa Marta. Allá arriba están los indios arhuacos y los koguis, pero también hay guerrilleros del ELN y de las FARC. Hasta hace muy poco bajaban de los picos cubiertos de nubes e instalaban retenes en la vía. La operación se llamaba “pesca milagrosa” y cada vez se llevaban a varios secuestrados hacia sus campamentos de alta montaña. Luego vinieron los paramilitares, que pusieron freno a la guerrilla pero perpetraron masacres entre la población, con su particular idea de “limpieza social”, y entonces las cunetas de los caminos se llenaron de cadáveres de hombres y mujeres acusados de ser auxiliadores de la guerrilla, comunistas, sindicalistas, gente de izquierda. También cadáveres de ladronzuelos y drogadictos.

Nada de esto había aquí cuando García Márquez era un joven aspirante a escritor, allá por la década de 1940. La violencia en esos años era distinta. Las grandes masacres de las guerras civiles habían quedado atrás, pero aún se podía morir por ser liberal o conservador, y por eso él habla en sus libros de los cadáveres que bajaban flotando por el río. Hace mucho calor. Los pocos ríos que cruzamos con Alberto —el conductor que me acompaña— no parecen tener gran profundidad. Se ve pobreza, pero es esa limpia pobreza del campo.

La antigua zona Bananera aparece a los dos lados de la carretera llenando de verde el horizonte. A pesar de ser cultivos grandes, el banano ya no es el gran producto de la región, lo que no impide que todo el mundo recuerde la famosa “masacre de las bananeras”, cuando el ejército de Colombia disparó contra tres mil huelguistas —allá por 1928— para proteger los intereses de la United Fruit Company, una de las compañías norteamericanas por las cuales al país, en Estados Unidos, le decían despectivamente “República bananera”. La United Fruit Company cambió de nombre y ahora se llama Chiquita Brands Company. A pesar de que se retiró de Colombia en 2004, la justicia de Estados Unidos y de Colombia la tienen en la mira por financiar a los grupos paramilitares de la región, y por un caso aún no resuelto en el que, al parecer, Chiquita Brands habría traído en uno de sus barcos tres mil fusiles de asalto AK-47 y cinco millones de proyectiles para los “paras”.

Hoy el gran cultivo de la región es la palma africana, de la que se extrae aceite. Es el nuevo producto de exportación y por eso el paisaje ha cambiado. En lugar de las hojas rectangulares y verdes del banano se ven los espigados troncos de las palmas y sus hojas verde oscuro abiertas en elipse.

A medida que nos alejamos de la costa aumenta el calor, pues ya no llega la brisa del mar.
—Los trabajadores del agro —me dice Alberto— salen a los campos a las tres de la mañana y trabajan hasta las 10. Después es imposible estar entre la maleza con un machete.

Lo comprendo. Las casas de madera y techo de zinc que se ven al lado de la carretera tienen puertas y ventanas abiertas. Los hombres se sientan delante de sus casas, en mecedoras, y juegan al dominó, escuchan radio o beben cerveza. Por encima de los 35 grados de calor, el tiempo parece muy lento.

Más adelante llegamos al desvío que lleva a Aracataca y Alberto detiene el carro junto a un grupo de hombres en motocicletas. Se dirige a ellos para preguntar si la vía es la correcta.
—Sí —dice uno de ellos, aproximándose a nuestro carro y mirando hacia adentro, en actitud maliciosa.

Luego Alberto me explica que son informantes de los “paras”, pues a pesar de que oficialmente ya no están en la zona siguen teniendo el control.

Pasado el cruce la carretera se convierte en una amplia avenida de entrada al pueblo, calcinada por el calor pero con árboles de sombra a los lados. El matarratón es el más común, por sus largas ramas de sombra. Se ven casas en cemento con grandes terrazas, pintadas de colores vivos. Rojo, azul, amarillo. Se escucha música vallenata y se ven niños montando en bicicleta, sin zapatos y sin camisa. Ya entrando al pueblo veo a dos mujeres con una sombrilla que las protege del sol. La calle se llama Calle de los Turcos por su comercio, y tiene árboles de almendros que dan un poco de sombra. En los comercios la mercancía está colgada de las puertas, como en los bazares árabes, y tienen nombres llamativos como El regalo o El milagro. Avanzamos hasta la plaza principal y allí nos detenemos, delante de una vieja casa con techos de zinc. La plaza central de Aracataca tiene almendros y ficus. Los niños juegan balón y la gente está sentada en las tiendas que la circundan. Es mediodía, la hora de más calor. Del centro de la plaza veo venir a una viejita con una sombrilla y me digo: “podría ser Ursula Iguarán”. En la tienda de la esquina empiezo a ver las primeras referencias al mundo de García Márquez, pues un cuadro mural en el que se ve una casa azotada por un furioso vendaval lleva como título Tormenta en Macondo. Luego, un microbús aparece en la esquina de la plaza y se detiene. Varias personas descienden de él con maletines. Sobre la puerta del vehículo está escrito “Línea Nobel”. Claro, Aracataca es la ciudad del Nobel. Le pregunto al dueño de la tienda de refrescos si conoce a García Márquez y me dice que no, “él nunca viene por aquí”, agrega.

En la alcaldía conozco a Rafael Darío Jiménez, poeta de Aracataca de origen guajiro, director de la Fundación Casa Museo de Gabriel García Márquez. Con él volvemos a salir al sol homicida del mediodía y caminamos unas pocas cuadras, hasta la avenida Monseñor Espejo y la esquina con la calle Nariño. Ahí, sobre el costado izquierdo, está la casa.
Según dice García Márquez en sus memorias, el disparador de su obra literaria fue cuando acompañó a su madre a vender esa casa. La familia ya vivía en Barranquilla y para el joven Gabriel, que había sido criado en ella por los abuelos, volver a ver esos muros y el techo de zinc y el patio con un gigantesco ficus era como entrar a un territorio neblinoso que sólo podía ser recuperado a través de la escritura. Y fue lo que hizo. Hoy la casa tiene en su fachada una reproducción del momento en que el rey Gustavo de Suecia le otorga a Gabo el premio Nobel. En la terraza hay también una gigantesca mariposa amarilla, en honor de Mauricio Babilonia.

El proyecto de la Fundación Casa Museo es bastante reciente (se inauguró en 2010) y reproduce 14 ambientes de la casa basándose en las memorias de García Márquez. En el living hay varias mesas con fotografías antiguas de la familia, un par de viejas ediciones de Cien años de soledad y un árbol genealógico. En la habitación de al lado, que debía corresponder al salón comedor, Rafael tiene expuestos los recortes de prensa que ha ido guardando por años en una maleta. En ellos se ven imágenes de García Márquez y de los escritores de su generación. Al fondo está el patio y una segunda construcción de madera, con los dormitorios y el célebre ficus, el árbol de sombra por excelencia, acompañado de árboles de castaña. En el patio está también la cabaña donde dormía el servicio, que en la época de Gabo era una familia de indígenas wayuu, proveniente de La Guajira. Por cierto, según Rafael, la inspiradora de Remedios La Bella era la hija menor de esa familia. Por lo demás, la casa está vacía y es necesario poblarla con la imaginación. Intentar, observando esas paredes desnudas, escuchar los ecos antiguos, la algarabía de una familia o de una estirpe que estuvo condenada a cien años de soledad, pero que tuvo, gracias a la literatura, una segunda oportunidad sobre la Tierra.

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¿Ha vuelto Gabriel a esta casa?, pregunto, y me dicen que no. Salió a los ocho años y nunca volvió. Dicen que en 1983, de visita en Aracataca por última vez, no fue capaz de entrar. Pero corre la voz de que en las noches, cuando la gente está dormida, un automóvil BMW con vidrios oscuros irrumpe en el pueblo y entra a una de las casas grandes, con portones y muros altos, y que luego se inician ruidos de fiesta que duran hasta el amanecer. Se dice que al amparo de la noche un grupo de personas recorre las calles de Aracataca, y luego, antes del amanecer, el BMW se marcha. La gente dice que es García Márquez, que viene de noche para que nadie lo vea.

Cuando nos alejábamos de la casa natal de GGM el suelo empieza a temblar y veo que la trepidación hace moverse los postes de la luz, ¿qué es?
—Es el tren —me dice Rafael—, pasa dos veces y hasta tres al día llevando el carbón desde La Jagua de Ibirico, en el Cesar, hasta el puerto de Costa Verde, en Ciénaga. Un convoy de 120 vagones que hace temblar el suelo, y ya hay viejos con problemas nerviosos y alergias respiratorias por los efluvios. Es la compañía norteamericana Drummond la que explota el carbón. Quieren hacer una segunda vía de tren paralela y poner mallas de protección, partiendo el pueblo en dos.

Al atardecer el pueblo vuelve a animarse. El calor se ha ido y la gente sale a la calle. Pero a pesar del aire cosmopolita que le dan sus diferentes sectores, el barrio Italiano, el barrio Español, el barrio Turco, Aracataca es un pueblo pequeño y algo triste, y bastante empobrecido, según me dicen, por la crisis general. Esa es la imagen que va quedando atrás cuando regresamos a la carretera. Casas de cemento, niños sin camisa, mujeres prematuramente envejecidas.

Barranquilla
Tras una hora y media de ruta por la carretera de la Ciénaga Grande, llena del olor de la sal y de peces descompuestos, cruzamos el puente Laureano Gómez sobre el río Magdalena y entramos a la ciudad de Barranquilla, una de las “perlas del Caribe”. Pero la primera imagen, al ver la suciedad de las calles y la pobreza, es más la de una llaga, una herida abierta sobre la piel que no se cura. En uno de los primeros semáforos un joven se acerca a la ventanilla y pide una moneda. Alberto se la da y le dice: “A ver cuándo dejas esa vaina, carajo, estás muy flaco”. El joven le responde: “Ahí voy dejando, de a poquitos”. Alberto me cuenta que el joven es adicto al basuco o crack, un cigarrillo que se hace con los desechos de la cocaína. Lo conoce hace ya varios años y le ha ayudado a desintoxicarse, pero es muy difícil.
—El problema aquí es el desempleo —me dice—, si la gente tuviera qué hacer no se metería en tanta cosa rara.

A medida que avanzamos hacia el centro las calles con huecos del tamaño de cráteres volcánicos, repletas de basura y polvo, van desapareciendo, y veo barrios residenciales más cuidados, avenidas modernas, centros comerciales y almacenes de lujo.

García Márquez vivió varias veces en Barranquilla. La primera fue a mediados de la década de los treinta, en el Barrio Abajo, que describe así en sus memorias: “Una quinta gótica pintada de alfajores amarillos y rojos, y con dos alminares de guerra”. Ya en esos años el barrio era “degradado y alegre”, algo que hoy no ha cambiado en lo más mínimo pues lo que hay es una modesta construcción de un piso frente a un parque rectangular, en la calle Murillo, una arteria infestada de camiones y buses que hacen que el aire se vuelva irrespirable, una imagen muy frecuente en esta Barranquilla de hoy, ciudad de viejo esplendor venida a menos. En la esquina de esa casa está la tienda Tokio, donde Gabo bebía cerveza y donde, según cuentan, le hizo al dueño un cartel que decía “Hoy no fío. Mañana sí”.

Volvió a vivir aquí en 1949, siendo ya un joven literato en ciernes y un experimentado periodista. Consiguió un trabajo de cronista en el diario El Heraldo e inició en estas mismas calles su gran aventura de escritor, que transcurrirá en lugares hoy míticos como la librería Mundo, el bar Japi, el café Roma, la librería Cervantes, el burdel y hotel El Rascacielos, y por supuesto el edificio del diario El Heraldo, que en esos años estaba en un caserón de la calle Real, rodeado de vendedores que tendían sus mercancías en el suelo, carritos de helados y refrescos, bares y pensiones de mala muerte. Hoy El Heraldo cambió de sede y su imponente edificio, con salas de redacción modernas y aire acondicionado, no recuerda su modesto origen. Según me cuenta el escritor y periodista Heriberto Fiorillo, con quien visito el diario, durante años se guardó la vieja máquina de escribir Underwood, propiedad de Alfonso Fuenmayor, en la que García Márquez escribió La casa, el magma inicial del cual saldrían La hojarasca y Cien años de soledad.
—Cuando un redactor no encontraba la inspiración de un artículo lo sentaban en la Underwood que usó Gabo —dice Heriberto—, y funcionaba. Pero hoy ya no está aquí. Se la llevaron al Museo Romántico, junto a algunas cartas de Simón Bolívar y otros recuerdos de la ciudad.

Desde el edificio del diario veo la Barranquilla de hoy e intento imaginar esa ciudad de esplendor de la década de los cincuenta, enriquecida por la construcción del ferrocarril de Bolívar, el muelle de Puerto Colombia y la navegación fluvial del río Magdalena. Al igual que otras metrópolis de América, Barranquilla fue ciudad de inmigrantes con los barrios italiano, español, chino, zonas de influencia sirio-libanesa y judía. Tenía orquesta filarmónica y compañía local de ópera, grandes librerías, revistas culturales, cines, tertulias. Por se gestó en ella uno de los movimientos culturales más importantes del Caribe, el llamado Grupo de Barranquilla. De él formaron parte los escritores Gabriel García Márquez y Álvaro Cepeda Samudio, la poetisa Maira Delmar, los pintores Orlando Rivera, alias Figurita, Alejandro Obregón, Cecilia Porras y ocasionalmente Enrique Grau, los intelectuales Ramón Vinyes (llamado “el sabio catalán” en Cien años de soledad), José Félix y Alfonso Fuenmayor, que eran también periodistas, Germán Vargas, y otros más que iban y venían. La mayoría de los lugares míticos del grupo han desaparecido, como la librería Mundo, en el Callejón del Progreso y que hoy es una sede bancaria, o el café Colombia, también en San Blas, pero la buena noticia es que uno de los más bellos y legendarios, La Cueva, ha resucitado.

La Cueva está hoy en el mismo lugar de antes: la esquina de la calle Victoria con la Veinte de Julio, en el barrio Boston. Su aviso luminoso, un hombre disparándole con un rifle a un pato, recuerda el que tuvo en los años cincuenta, pues La Cueva era un bar para cazadores e intelectuales, las dos grandes pasiones de su propietario, Eduardo Vilá. Para devolver a la vida este bello lugar fue preciso crear una fundación cultural, pero sobre todo un enorme afecto y la decisión de Heriberto Fiorillo, quien siempre lamentó haber tenido sólo cinco años cuando La Cueva mítica estaba en funcionamiento, a mediados de los años cincuenta, y por eso su maravillosa obsesión por hacerla renacer. Fiorillo recuperó el lugar y, con la financiación de empresas amigas de la cultura, pudo reabrir en el año 2006 como bar, restaurante y salón de tertulias.

Frente al mostrador, en una pared blanca, hay una reproducción panorámica de una foto en blanco y negro que muestra a la mayoría de los integrantes del Grupo de Barranquilla y allí está García Márquez, un joven muy flaco con un cigarrillo colgando de la boca. A un lado de la entrada hay un cofre cuyo tesoro es una placa de hielo. El hielo que el coronel José Arcadio Buendía habría de recordar, muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento. La Cueva tiene remembranzas de todos los miembros del grupo. Está la máquina de escribir en que escribió Cepeda Samudio o la nevera de José Félix Fuenmayor repleta de libros, o una reproducción de un saltamontes amaestrado que el pintor Alejandro Obregón se tragó un día, para dolor de su dueño.

Yendo hacia el río se llega al barrio Flores y sus restaurantes, donde lo mejor es el pargo frito y donde se anuncia “aire acondicionado” por la fuerte brisa que viene del mar. Paseando en medio del calor y el fortísimo resplandor del sol, surgen a lo lejos el Canal del Dique las ciénagas de Totumo y Laruaco, con sus manglares aterradores que parecen un paisaje lunar, y más adelante el muelle histórico de Puerto Colombia, el primer puerto del país, que hoy está al borde de la muerte, sin alumbrado y con muchas de sus partes tragadas por el mar. Desde ahí se ve uno de los paisajes más imponentes de la región, que es la salida del río Magdalena al océano por las Bocas de Ceniza, un gigantesco marisma que se abre paso entre la ciénaga.

El río, en su parte final, sigue muy vivo, aun si los mil 540 kilómetros del Magdalena ya no son, como en la época de El amor en los tiempos del cólera, escenario de la navegación fluvial a vapor. Hay lanchas que van y vienen llevando pasajeros en trayectos más cortos, bultos de verduras y pertrechos para la durísima vida de los pueblos lacustres, que están muy adentro en la ciénaga. Se ven decenas de canoas de pescadores y otras de transporte de gasolina, o al menos eso es lo que parece al verlas cargadas con enormes tanques.

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Al final del tajamar, en Bocas de Ceniza, hay un caserío de pescadores al lado de una vía férrea oxidada por la que transitan dos trenes rudimentarios que se empujan con motobombas y uno moderno que lleva y trae turistas a la desembocadura del Magdalena. Esos hombres se mantienen por el pescado del mar y duermen en casas construidas a mano con plásticos, maderos y pilotes de las viejas estructuras férreas en desuso. Luis Carlos Suárez es uno de los jóvenes de ese caserío en medio de la nada.
—Aquí vivimos sabroso —me dice—, nadie nos molesta y no pagamos servicios. Se pesca, pero también se juega dominó y se conversa y se bebe ron.

Pescan en el mar, pues como dice Suárez, “el río está muy difícil, muy contaminado”, y sus presas son el pargo, el chivo, el mero, el sábalo, el jurel o el lebranche. Viven al día de lo que les da el mar.

Volviendo al interior de la ciudad, el sector más tradicional y de antiguo esplendor es el Viejo Prado, un barrio de mansiones republicanas, museos y teatros que es hoy monumento nacional. Está el teatro Amira de la Rosa, una especie de templo, el Museo Romántico, donde está la Underwood que usó Gabo, y el hotel Del Prado, una mansión construida en 1928 que tiene la reputación de ser el primer hotel de América Latina. Pero lo más importante es la casa de Álvaro Cepeda Samudio, una suntuosa residencia de dos plantas con ocho columnas de capitel jónico en el frontis y un boscoso y verde jardín que me hace pensar en algo evidente, y es que en el Grupo de Barranquilla el más pobre era sin duda Gabo.

Viendo esto, me digo, ¿de dónde sacó la fuerza para llegar tan lejos con su talento? Parece increíble que ese joven cuasimarginal, que azotaba las calles de Barranquilla en los años cincuenta sin un peso en el bolsillo, sea el mismo García Márquez de hoy. He tenido oportunidad de acercarme un poco a su vida y he visto, por ejemplo, cómo el teléfono de su casa no para de sonar. Presidentes, ministros, escritores famosos, actores de cine, directores. En una ocasión se quedó encerrado con el papa Juan Pablo II en una estancia de la biblioteca del Vaticano. Vi una foto en la que está con Robert De Niro, Martin Scorsese y Mohamed Alí, cenando en Roma. Es invitado a los agasajos más grandes. Cuando Air France estrenó el avión Concorde lo invitaron al primer vuelo, entre París y Nueva York. Al llegar le dijo a un amigo: “es como un DC 10, pero a toda mierda”. El joven que salió de esta ciudad tenía muy pocas armas, casi ninguna, excepto el talento y la fuerza creadora. Una vez lo dijo: “Yo empujo el carro un poco más cada noche, sin saber dónde llegaré”. Qué lección para tantos escritores de hoy, que ven en la escritura un medio para llegar a ser célebres, ricos y afamados. Para García Márquez la escritura no es un medio, sino un fin. Ésa es su gran lección.

Cartagena
García Márquez llegó a Cartagena en mayo de 1948, proveniente de Bogotá, muy entusiasmado por regresar del frío del altiplano a su cultura caribeña y con un puesto de redactor en el recién fundado periódico El Universal, de Clemente Manuel Zabala, quien deseaba darle un vuelco a la prensa tradicional y reforzar la crónica como género periodístico. El joven Gabriel, que ya había publicado crónicas y cuentos en el diario El Espectador de Bogotá, encontró allí un espacio para desarrollar sus calidades estilísticas. También encontró en Cartagena un par de amigos bohemios y literatos que lo acompañarían en las libaciones nocturnas: Gustavo Ibarra Merlano y el escritor Héctor Rojas Herazo, ambos periodistas de El Universal.

Los espacios de estas correrías cartageneras fueron la ciudad colonial amurallada, donde vivía Gabo, la plaza de Santo Domingo, el parque de Bolívar, el Portal de los Escribanos —del que habla en El amor en los tiempos del cólera—, el muelle de los Pegasos, las antiguas bodegas coloniales del puerto, la Bahía de las Animas, la playa y la zona más moderna de Bocagrande, lugares de marineros y gente humilde, como nos cuenta él mismo en sus memorias Vivir para contarla.

Algo muy distinto, claro, a la Cartagena de hoy, la ciudad más turística del país, la única que tiene, realmente, un consolidado turismo internacional, lo que ha llevado a un salvaje incremento en los precios de las viviendas. Las viejas casonas coloniales de la ciudad amurallada, que hace apenas 20 años se caían de decrepitud y eran vendidas al precio del terreno, hoy se negocian a tres mil 500 euros el metro cuadrado, lo que ha supuesto un cambio en el paisaje humano. Muchos de los antiguos habitantes del sector amurallado se han ido y en su lugar hay extranjeros adinerados y sobre todo la oligarquía del país, convirtiendo a Cartagena en epicentro del jet-set nacional. Políticos, hombres de negocios, célebres artistas, reinas de belleza y magnates del mundo de la prensa se codean en este escenario colonial, uno de los más bellos de Colombia, teniendo a su disposición elegantes restaurantes de mariscos y bares muy similares a los de la Costa Azul o la Costa Brava española.

En ese hermoso decorado está la casa actual de García Márquez, una esquina privilegiada, al lado del lujoso y colonial hotel Santa Clara y frente a las murallas, las palmeras y el mar. Desde afuera, y por razones obvias, sólo se ve un altísimo muro que protege la intimidad de la casa, que fue construida por Rogelio Salmona, el arquitecto más reconocido de Colombia. Hace años me contaron la siguiente anécdota: cuando Salmona buscaba terrenos en Cartagena para construir la casa de Gabo, la noticia se supo y los precios subieron. Así que Salmona debía actuar con mucho tacto. Un día encontró una vieja imprenta que estaba por cerrar y que tenía un terreno apropiado para el proyecto. Salmona fue a hablar con el impresor y dueño de la casa, un anciano ciego, y le preguntó el precio. El viejo, con un cigarro en la boca, le dio una cifra. La petición era razonable así que Salmona llamó a Gabo y le dijo que viniera a ver el lugar. Regresaron dos días después y, antes de entrar, Salmona le dijo: “No hables, si te reconoce como García Márquez seguro le sube el precio”. Entraron y a Gabo le gustó el lugar. Luego fueron a la oficina del anciano y al entrar García Márquez dijo solamente “buenos días”. El anciano levantó las cuencas vacías de los ojos y dijo: “Usted es García Márquez”. Salmona y Gabo hicieron cara de tragedia y pensaron que subiría el precio pero, para su sorpresa, cuando se abordó el tema, el viejo pidió una cifra inferior a la que se había pactado. Salmona le preguntó por qué cambiaba el precio y el anciano respondió: “Es que yo a García Márquez lo he pirateado mucho en esta imprenta y es justo retribuirle”. Tiempo después le pregunté a García Márquez por la veracidad de la historia y, riéndose, sin confirmar ni desmentir, me dijo: “Es muy buena, debe ser cierta porque es muy buena”.

Santiago Gamboa.
Escritor. Su más reciente libro es Necrópolis.