O al menos eso he visto en las fotografías en las que el viejo cuartel de la Ciudadela y los edificios aledaños parecían edificios de Berlín en 1945 o de Barcelona en 1938. Pilas de cadáveres fueron quemados en las calles cercanas a Bucareli. Don Eugenio Pugibet, el empresario francés dueño y fundador de la fábrica de cigarros El Buen Tono, salió huyendo de su casa ubicada en la calle que hoy lleva su nombre. Don Miguel Ángel de Quevedo, en unos memorables apuntes autobiográficos, cuenta cómo escaparon a Veracruz y a Francia, él, su familia y don Ernesto y la suya. La ciudad de México, invadida por la guerra varias veces antes, era por primera vez bombardeada con cañones modernos. La inocencia de la ciudad se perdió en instantes. Los citadinos perdieron su sentido de aislamiento —de paz, de confort, de orden, de clase— frente a las rústicas provincias.

Bombas

Barcelona, la ciudad condal, la metrópoli obrera y burguesa de principios del siglo XX, vio caer bombas de fabricación italiana y alemana. La República estaba sitiada en Barcelona, no quedaba más que buscar la tregua entre los escombros; Manuel Azaña, más escombro que persona, creía que pactar era lo único posible, si los nacionales prometían respetar las vidas de los que se rindieran. Pero, como sucedió en el Berlín que fue entregado al saqueo ruso, Franco no permitió la rendición de Barcelona. No habría perdón ni clemencia contra los enemigos de España. Y así fue: ante la llegada de las tropas nacionales la ciudad quedó en ruinas y abandonada por cientos de miles que se abalanzaron a la frontera francesa. Un edificio de la calle Milans, donde viví por un tiempo, es hoy una cicatriz de tanta herida. Un edificio reconstruido a fines de la década de 1940, porque lo que ahí había fue destruido por bombas —las mejores aliadas de los urbanistas— lanzadas desde el puerto.

Berlín fue bombardeada noche y día por casi dos años. Las cicatrices son aún visibles en nuevos edificios y calles. La traza de la ciudad hoy es otra, las viejas plazas son irreconocibles. Las bombas terminaron con un Berlín, con unos berlineses, que no existen ya por más que reconstruyan. Era la justicia en pago por las bombas depositadas por Alemania en Londres, en París; justicia, sí, pero también tragedia humana.

Bagdad quedó destrozada y poco sabemos de esa guerra reciente, aunque vivimos en la era de CNN e internet. Nueva York quedó tendido y no hubo guerra. Y así….

El bombardeo de ciudades es su suicidio. Es la fortaleza, el poder, la técnica y la cultura que la ciudad representa cayendo sobre ella misma. El mundo no ha encontrado aún una metáfora mejor que los bombardeos urbanos para explicar la construcción humana, no divina, del caos, de la tabula rasa completa. Saber esto es una certeza similar a la de estar al tanto que algún día la península de Baja California se separará del continente. Pero saber de las bombas es un conocimiento de más corto alcance. Podemos estar seguros de que antes de que Baja California se nos vaya, caerá una nueva bomba en Bagdad, en Terán, inclusive en México, en Madrid, en Berlín, en París. Es imbécil e imposible creer que las bombas no volverán a caer. Tendríamos que dejar de ser lo que somos. Siempre me asombra ver un nuevo rascacielos construido en Taiwán o en Nueva York; ese inocente optimismo de creer que esta vez sí es para siempre. A esta inocencia le damos por nombre vida urbana.

Mauricio Tenorio Trillo. Historiador. Miembro del Departamento de Historia de la Universidad de Chicago y de la División de Historia del CIDE.