En el pasado siglo México se caracterizó por ser una de las plataformas culturales y artísticas a la vanguardia del proyecto de modernidad en América Latina. A la par de países como Brasil y Argentina, por mencionar algunos, poseía un movimiento plástico genuinamente nacional. Décadas después e independientemente de los móviles que lo produjeron, pues quedaba claro que, a la par, se trataba también de esfuerzos políticos destinados a legitimar el poder, dentro de los subsecuentes sexenios priistas se dieron empresas que fomentaron el crecimiento de distintas disciplinas como el mismo Imcine y, aun en sus estertores, la conformación del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, y la exposición que sobre el país albergó el Metropolitan Museum de Nueva York durante el salinato. Aun en el foxismo, la creación de la biblioteca José Vasconcelos y la polémica compra de la Ballena de Gabriel Orozco pretendían repetir los intentos mejor hechos por el partido anterior. De cualquier manera, es evidente que los ecos de dichos intentos no pasaban de reflejar una presunta sintonía entre la vanguardia panista y el artista contemporáneo mexicano con mayor fama mundial.
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