El 30 de marzo se celebra el Día Internacional del Trabajo Doméstico. En el Parque de los Venados, en la Basílica de Guadalupe y sobre todo en la Alameda Central se celebra cada domingo desde hace dos siglos. Triste paradoja para el que muy probablemente sea el gremio de trabajadores más discriminado del mundo: el de las sirvientas. Desde muy temprano jovencitas casi niñas de origen indígena se olvidan de los apremios de su actividad laboral y llenan la Alameda con su presencia a veces festiva, a veces taimada y retraída pero siempre desafiante a la ceguera de las autoridades y de una sociedad que las rechaza.

Alameda

Lo que en sus épocas de postín fue el paseo de las familias mexicanas con alcurnia es ahora un muladar, pese a ello goza de un ambientazo digno de un programa de “don Francisco”. Orquestas en vivo, sonideros, venta de garnachas, de piratería en todas sus modalidades, lectura de Tarot, predicadores cristianos, un hilarante imitador de Juan Gabriel (otro más), merolicos, muchachitos indígenas con oficios varios decididos a ligar, padrotes, drogadictos, teporochos, indigentes, travestis, gays de la tercera edad, pirujas y excelsos bailarines de grotesca figura, hacen de la Alameda una kermese a tono con lo que es el Rincón de los Milagros por excelencia de la ciudad de México.

Fellini a la mexicana
La actitud caifanesca predomina entre el personal masculino. Mucho gel en el peinado que en el caso de cientos de jóvenes que recorren los andadores al acecho de un ligue, pareciera con sus abigarrados y estilizados cortes terminados en punta, una referencia al maguey que identifica sus lugares de origen. Ellas, por su parte, favorecen un enorme copete de rizo en la frente que semeja una cresta. Las vuelve locas su adicción por los productos azucarados. Lamen paletas de caramelo, toman refrescos, mastican chicle.
Licras y pantalón de mezclilla muy entallados, lentejuelas y estoperoles en los atuendos los identifican como parte de los grupos marginales más nutridos en ese parque donde está permitido todo, menos aburrirse. Habría que hacer un poderoso esfuerzo de imaginación para que la lujuria irrumpa en un ámbito de desolada inocencia. En el cuento “Enigma” de Juan García Ponce el psiquiatra Ramón Rendón cae presa del amour fou por su sirvienta a quien reconoce como “un lascivo demonio sexual”. Francamente esto se antoja inverosímil frente a la atmósfera del parque, abrumadora en sus personajes fellinescos.

¿Cómo narrar una instantánea de sirvientas en día libre sin caer en el análisis ramplón que acude a la sociología para marcar distancias? Es un día radiante de contingencia ambiental. La aspereza del clima es parte de la tragedia bíblica en una ciudad avasallada por obras públicas interminables y plantones ad infinitum. Justo es decir que el cielo azul y el calor apenas dan la suficiente entereza de ánimo para internarse en una congregación del México profundo y “bueno” pero al que nadie le echa un lazo.

No me queda duda que soy un perfecto extraño en el mundo de la “otredad”. Según estudios del INEGI y organizaciones sociales, son niñas y adolescentes de origen indígena el 99% de las trabajadoras domésticas en el DF. Quizá por eso a nadie le importe que esta labor sea la de más bajo rango social, menos regulada y peor remunerada; y que, dadas las circunstancias, este ejército (se calcula alrededor de dos millones de sirvientas) sea sujeto a toda clase de abusos. Por cierto, según una nota publicada en El Universal el 7 de marzo de 2012, el perfil promedio de las muchachitas que visitan la Alameda corresponde al de mil 872 jóvenes desaparecidas en esta ciudad del 1 de enero al 13 de febrero de este año: entre los 10 y los 17 años, morenas, de pelo largo.

Es en el transporte público, los lavaderos y parques donde ellas atenúan fugazmente el aislamiento laboral y la soledad absoluta. La calle es libertad. Como prácticamente no tienen tiempo de hacer vida social, de instruirse o estar con sus familias, no es de extrañar que los domingos en la Alameda se desfoguen acosadas (¿cortejadas?) por otra turba de jovencitos que trabajan como albañiles, mozos, vigilantes, soldados, auxiliares de cocina y quién sabe qué otros oficios “exóticos” o insospechados que tanta compasión provocan en los políticos a la hora de echar rollo en campaña, y que a la industria del entretenimiento le han servido para hacer chunga una y otra vez.

Dios baila el pasito tuntún
En temas como éste uno tiene de dos sopas: escribir con la mentalidad del doctor Livingston y la ingenuidad de quien cree que descubre el hilo negro, o de plano consciente de que donde es norma lo grotesco, la miseria y una larga historia de injusticias, quedan pocas posibilidades de evitar el lugar común. Este es un pueblo hambriento de todo, pero sobre todo de diversión, al parecer. Pues no es otro el espíritu que prevalece en una larga tarde dominical en el parque más antiguo de Latinoamérica. La nutrida concurrencia a la Alameda enloquece de alegría a la menor oportunidad, y es en el baile, sobre todo, donde desfoga una sexualidad que sólo durante el tiempo que dura una cumbia, una salsa o un pasito duranguense, se desinhibe. Las muchachitas y sus pretendientes, de suyo tímidos y ladinos fuera de la pista, en ésta y alrededor de ella sueltan carcajadas equinas que presumen enormes dentaduras blancas y encías tan rojas como los labios de ellas pintados de carmín. Pipipipipipiiiiiii. Aúlla la voz principal de Los Ángeles Azules. El sonido de Doña Laura, instalado en el corazón del parque, anima el bailongo desde las 12 del día y hasta ya entrada la noche. 800 pesos por cinco horas a domicilio, lo mismo que recupera entre la fiel asistencia con el apoyo de su sobrino gay, quien no se cansa de colectar dinero en una canastita entre una pieza y otra.

En el ala poniente de la Alameda, casi al llegar a la calle de Doctor Mora, sobresale el grupo versátil y religioso: “Pacto Renovado” que además interpreta corridos sobre las hazañas del Señor. En esta zona uno se topa con sujetos ya no tan jovencitos con actitud desafiante, ropa entallada, corte militar, estatura por encima del promedio de los visitantes al parque en domingo, lentes oscuros, playeras sin mangas para presumir el músculo. Deambulan en los alrededores del metro Hidalgo a la altura de la plaza Martí, hablan por celular o lanzan piropos a las muchachitas y muchachitos que en grupos de tres o cuatro pasean por las orillas del parque. Homosexuales de la tercera edad acaparan las bancas cercanas a donde Pacto Renovado hace una pausa para que uno de sus asistentes reparta volantes que harían las delicias de “Sensacional de diseño”: “El más grande evento del futuro”, obviamente se refiere al descenso del Señor a la Tierra. En la ilustración del folleto un tipo de traje que recuerda a Rod Serling, el creador de la Dimensión desconocida, mira al más allá con unos binoculares mientras lo absorbe detrás el túnel del tiempo.

Detrás del Hemiciclo a Juárez “Rockin Time Crew” arrastra multitudes con su espectáculo híbrido de meroliqueo, acrobacia y break dance. Además de alburearse a las jovencitas deseosas de gritar de emoción a la menor oportunidad, invitan a su público a participar como postes horizontales en su acto estelar: un salto del tigre de unos cinco metros.

Juventud de generosa inocencia que lo mismo da limosna que invita los refrescos, los cigarros de a peso o un mango enchilado. Sirvientas, chachas, pilmamas, criadas, gatas que en sus ratos de descanso y en la intimidad de sus viviendas y cuartos de servicio acuden sin demora al analgésico de la televisión. En pocas palabras, la expresión “naco” en toda su crudeza y sin el barniz “hipster” con el que artistas conceptuales, diseñadores y músicos idealizan nuestras desgracias, toma su sentido real, de tragedia nacional que democratizó nuestra identidad.
—Tacosdecachétacosdecaché tacos de cacheteeeeee.

El ala oriente de la Alameda apesta a grasa. Es el área destinada a la comida, principalmente. Parece increíble que a cielo abierto sea imposible respirar aire puro. A unos metros de ahí está a punto de comenzar un homenaje a Cristina Pacheco. Una fila enorme de fans espera su ingreso al Palacio de Bellas Artes. Y uno se pregunta si no hubiera sido mejor lugar el kiosco de la Alameda, entre su grey.

Pesadilla franciscana
Y de pronto, así nomás, con arrimón de por medio, justo en la puesta del sol, las más afortunadas y audaces ya tienen novio por lo menos para terminar el día en alguno de los antros del rumbo dedicados a los pudientes del Rincón de los Milagros, es decir, para quien tiene para pagar un cubetazo de seis cervezas por 80 pesos y un cover de 20 la entrada en el “Touch Disco” en la calle de López, que a partir de las cinco p.m. y hasta las 10 p.m. ofrece dos “shows sorpresa” consistentes en aburridos desfiles de edecanes de ambos sexos en poca ropa que incitan a la concurrencia a dejar todo lo de su semana en cervezas. La estupidez etílica aparece como pesadilla de evangelizador. El intercambio de celulares se vuelve una competencia de habilidad táctil, tanto o más como la que se necesita para cachondearse entre los árboles y las sombras que ya comienzan a ganarle espacio al sol en la Alameda. Y de aquí ¿a dónde? No pus vamos al “Paraíso Tropical”, allá en Izazaga, dicen un par de enamorados con un tono de voz que homenajea a María Elena Velasco en su caracterización de “La india María”.

A galope entre el salón de baile a la California Dancing Club y el hoyo punk, la Alameda se convierte en una de las mecas de la hibridez cultural proletaria. Del mismo modo, el teléfono celular suple al escribano de la plaza de Santo Domingo, que escribía cartas de amor por una módica tarifa. “¿Qué haces?”. “Me gustas, eres bien linda”. El listado de frases amorosas a la Hello Kitty serán llevadas a su extremo más radical en el programa radiofónico nocturno de El Panda show, donde jóvenes como los que se divierten en la Alameda se gastan pesadas bromas por teléfono sobre infidelidad o hacen confesiones eróticas que en vivo resultan inaceptables para su ingenua religiosidad.

Relato una breve anécdota que me conectó con las circunstancias de esta crónica. Un par de semanas antes me invitaron a una comida con otros escritores. El pretexto era proponer y discutir algunos proyectos editoriales con un supuesto promotor cultural y su esposa, ambos muy progresistas, “alivianados” y dispuestos a repartir dinero a manos llenas. El jodido a todas va, decía mi padre. La cita era en la casa de los anfitriones en un lujoso barrio al sur de la ciudad de México. Aparte de pomposo y aburrido, el menú y los tragos fueron servidos por dos muchachitas vestidas como para pasear al perro en domingo: pantalón de mezclilla, sudadera y tenis para jogging. Prácticamente mudas, las veíamos entrar y salir de la cocina para atender a unas 12 personas con brillantes ideas sobre cómo embolsarse algo de dinero a nombre de la cultura. De vez en cuando la señora de la casa entraba a la cocina a darles instrucciones a sus “muchachas” hasta que ya bien avanzada la reunión la anfitriona nos pidió que en adelante cada quien se atendiera en la barra. Además de algunos chismes y grillas intrascendentes, sólo conservo el recuerdo del sentimiento de culpa que me embargaba cada vez que alguna de las muchachas del servicio me preguntaba con la vista baja y sonrisa petrificada si quería otro trago o una botanita. Es imprescindible referirnos a Octavio Paz en Máscaras mexicanas, donde cuenta que trabajando solo en su domicilio escuchó ruidos afuera de su estudio. Inquieto preguntó quién andaba por ahí. “Nadie señor”, fue la respuesta. Por cierto, ningún proyecto de los muchos que se hablaron en la reunión se concretó.

En fin, que ya con la noche encima, me detuve en un puesto de música pirata ubicado en la avenida Hidalgo, muy cerca de los baños de a cuatro pesos, que vendía recopilaciones de todos los ritmos de moda en el parque. El propietario “se abría de capa” con un amigo contándole sus cuitas amorosas con una cliente frecuente:
—Pobres, los dos lo somos. No lo podemos negar. Compartamos nuestras pobrezas (sic). Si me rechazas no serás la primera ni la última. Pero mi proposición seguirá hasta que tú me digas no definitivamente.

¿Existe el futuro para ellas? Si bien les va, la rutina extenuante del trapo, el limpiador en atomizador, la aspiradora, la planchada, cocinar, todo sin contrato de trabajo ni Seguro Social y quién sabe qué más. Jonathan Swift publicó en 1732 Instrucciones a los sirvientes. Considerado como una joya del cinismo hoy en día podría ser un grito a la insurrección de los desposeídos. En el panfleto aconseja cómo medrar. Aprovecharse, cómo salirse con la suya, ser maligno, ratero y perezoso, cómo manipular y burlar al amo.
He aquí uno de sus consejos que, por otra parte, tiene total vigencia en nuestros días: “cuando hayas cometido una falta, muéstrate siempre impertinente e insolente. Y compórtate como si fueras tú el ofendido…”.

A las 10 de la noche de ese 4 de marzo de 2012, 400 granaderos custodian los alrededores de la Alameda. Apuran a los últimos paseantes y se aseguran que no quede dentro del cerco de aluminio y mantas alguno de los cientos de vendedores ambulantes (asociaciones de comerciantes establecidos aseguran que son más de mil) que incluso han acondicionado sus puestos como dormitorios. Ha iniciado la restauración del parque con un costo aproximado de 120 millones de pesos. ¿Adónde se desplazarán las decenas de menesterosos, de indigentes, la prostitución infantil y homosexual y la venta de droga?

Nada que no pueda esperar hasta septiembre de 2012, fecha en que se promete entregar la obra terminada. Aquí en la Alameda nadie sufre, todo mundo goza y se agazapa en sus deseos furtivos hasta nuevo aviso.

J.M. Servín.
Escritor y periodista. Entre sus libros: D.F. Confidencial, Cuartos para gente sola y Periodismo Charter.